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miércoles, 28 de mayo de 2014

ATENTADO AL REY FERNANDO EL CATÓLICO



CURIOSIDADES:




En una epístola del 1492 que Pere Miquel Carbonell (1434 – 1517), archivero real de Barcelona, dirigió a una compañero Bartolomeu Veri en la que le narra el atentado que sufrió Fernando el católico en Barcelona el 7 de abril de 1492 y la condición y suplicio del regicida, Juan Canyamás. Pere Carbonell no presenció el atentado por hallarse trabajando en esos momentos en el Archivo, cuya fachada da a la plaza, y oyó el rumor atropellado de la gente ante el grave acontecimiento y corrió raudo al contiguo palacio real, dónde pudo enterarse de todo. 


EL ATENTADO


Dice su crónica del hecho lo siguiente: “Tanta fue la conmoción, llanto, tristeza y dolor de la ciudad de Barcelona, viernes, a 7 del mes de diciembre año 1492, que no le era posible expresarlo por escrito. Y esto, por el caso inaudito y nunca acontecido en esa ciudad y principado de Cataluña. Caso horrible y endemoniado. ¿Cuál es el traidor facineroso, vasallo de nuestro rey, y que osase solo pasarse por el entendimiento lo que ha ejecutado un traidor hombre de nuestra nación llamado Juan Canyamás, de Canyamás que es lugar del Vallés, cerca del castillo de la Roca, payés de remensa? Cierto, no creo que a menos de ser loco, se pudiera encontrar que era un buen cristiano semejante traidor, y malvado en todas las tierras de nuestro potentísimo Rey y Señor tal como ese Juan Canyamás.

No era digno de ser llamado Juan, sino diablo, quién, no temiendo a Dios ni corrección alguna, como hombre del infierno, y no creyendo que haya otra vida sino esta de este mundo vengador y lleno de lazos y maldades, emprendió tal cosa en dicho día. Con ánimo de cruelísima y ferocísima bestia, puso las manos en la Real Persona de nuestro virtuosísimo y cuasi ángel enviado a la tierra por Nuestro Señor, que no creo que mejor rey haya sido nunca.


Salón principal del Palacio Real o Tinell


El dicho día, estaba el Rey sentado sobre la silla de su sitial, en la sala de su Palacio Mayor de esta ciudad Barcelona, oyendo como piadoso Rey las súplicas y lamentaciones de los pobres miserables. Como sabe Vuestra Señoría estas súplicas se acostumbran a hacer ante Su Majestad los viernes para conseguir justicia de las deudas; y transcurría mucho tiempo, y nuestro Poderoso Rey lo soportaba con tanta paciencia que dieron, estando él en esto, las doce del mediodía. Entonces se vio obligado a dejar tal ejercicio e irse a comer. El traidor y más que traidor, en mal hora nacido, estando escondido dentro de la capilla o iglesia que está junto al Palacio Real mirando a la Plaza del Rey, vio salir al Rey; y sin vacilar se acercó paso a paso, sin que nadie se diese cuenta de los circunstantes (que estaban en gran número), y no se podía andar sino con grandes empellones hacia el Rey, que bajaba las escaleras, ante las mismas puertas del palacio e iglesia, llevando el malvado bajo la capa una tajante espada desnuda, corta y ancha, que cortaba como navaja de afeitar. Y cuando el Rey hubo descendido el segundo peldaño y él, como traidor, andaba detrás, saca la espada desnuda que tenía dentro de la capa y da con ella un golpe entre el cuello y cabeza del Rey; que si no hubiese sido milagro de Nuestro Señor y custodia de la virgen María ( el Rey aquel dia de viernes ayunaba) le hubiera separado la cabeza de las espaldas en un tris. Nuestro Señor quiso que el golpe viniera flojo, por el movimiento del Rey al bajar, y porque el malvado le temblaba el brazo, e impedido por los hombres de otro. Quiso repetir otro golpe con dicha espada pero los circunstantes le asieron el brazo y el cuerpo, le dieron tres puñaladas y lo hubieran muerto y dado cuenta de él allí si no hubiera sido por la misericordia del Rey que dijo en su castellano "no le matéis".


Escaleras de la real Capilla de Santa Agueda y Salón del Tinell, en la plaza del Rey de Barcelona, donde tuvo lugar el atentado


El rey quería montar a caballo para irse a su posada y tocándose el cuello con la mano ve mucha sangre que salía de su herida, toma una parte de su tabardo y la envuelve en ella. Y yendo a pie, con gran esfuerzo, con ayuda de personas de palacio, lo aposentaron en el apartamento llamado donde paraba el Rey Don Juan de memoria inmortal, su padre, cuando el Duque de Calabria estaba aquí para desposar a Doña Juana hija del Rey Don Juan con Don Fernando, Rey de Nápoles, padre del Duque de Calabria; y de hecho en la gran sala del palacio se hicieron los esponsales del Rey de Nápoles con Doña Juana muy pomposamente; en cuyo acto estuve presente y ordené los capítulos matrimoniales y documentos de ellos resultantes.

Cuando nuestro Rey estuvo en aquel aposento lo sentaron en una silla e hicieron venir en el acto a todos los físicos y cirujanos de esta ciudad para medicarle la herida, y entre tanto le dieron un poco de vino fuerte a beber. Y al haberlo bebido dijo el Rey con voz temblorosa: ^SE me va el corazón; tenedme fuerte^, y le vino un síncope, desmayándose. Y aquí fueron los llantos y gritos, que era cosa de piedad e increíble; y fue rezar a Nuestro Señor que nunca abandona ómnibus in se sperantibus y mayormente a la Inmaculada Virgen María, de la cuál este Rey nuestro Señor es muy devoto (pues la tenía grabada en el corazón donde siempre la invocaba aunque no podía hacerlo con la palabra). Y poco después recobra la palabra y dice con esfuerzo que no llorasen ni tuviesen miedo por su vida, pues él, por la gracia de Dios y de Nuestra Señora, se sentía bueno.

Estando hablando así llegaron los físicos y cirujanos y reconociéronlo la herida y encontraron que por ella no había peligro de morir, pero le vino un hilo de araña el riesgo de muerte porque el golpe de la espada hirió por un lado del cuello hacia la cabeza y por otro hacía la oreja, sin tocar lo de en medio, allí donde está la vena vital, que por poco que la hubiese tocado, dicho Rey nuestro Señor allí, en el acto, hubiese caído muerto. Allí mismo tuvieron consejo los físicos y cirujanos acerca de cómo le tratarían, si le dieran puntos en la herida o si se la curarían con aguas fuertes. Se decidieron por coserla, y le dieron siete puntos. Ahora, por gracia de Dios, está muy bien de dicha herida y no se cree haya peligro de muerte por ella; pero descansa, y descansará según se dice, por muchos días en este Palacio Real lo que plazca a Nuestro Señor y a nuestra Señora, lo acontecido no será nada pues se ha corregido a tiempo, y el mayor milagro del mundo fue que dicho traidor no lo degollase.

Y si vuestra Sapiencia quiere saber dónde estaba yo, y lo triste que estaba la Ciudad y como he seguido el acontecimiento, señor compadre, sepa Vuestra Prestancia que yo, como acostumbraba permanecer en este Real Archivo todos los días desde la mañana hasta el mediodía, estaba dicho día del viernes buscando en los registros, permisos y privilegios reales, y después de oír dar las doce del día sentí gran rumor y ruido en el palacio como si hubiese incendio y todo viniese en tierra. Y salí en el acto de este archivo y fui a la gran sala del Palacio y encontré las puertas cerradas, y grandes lloros y llantos, que se dijera que la ciudad se hundía en un abismo; y tanto que pregunté, temblando, qué era este gran ruido. Dijeron unos que habían herido al Rey; otros que lo habían degollado con una espada y no sabían qué era. Otros, que al que lo había herido o degollado lo tenían ya preso; cosa que, en oyéndola, os digo en verdad, compadre, que creí desmayarme; pero recobré ánimo, y llorando y suspirando iba investigando qué era de la vida del Rey, pues yo le quería ver; y aunque tanto lo trabajé y solicité, tantos fueron losa empujones de la gente que no lo pude ver. Y se vio venir al Cardenal de España y al Infante Don Enrique, Conde de Ampurias; y que la gente salió de la casa del Rey como de la Ciudad; unos con armas; otros sin armas, llorando y gritando ^Viva el rey^. Y daban tan grandes golpes en las puertas del palacio para entrar que parecía las quebraban. Unos entraban, otros no podían por los obstáculos que se les ponía. Y sabed que toda la ciudad estaba conmovida y en armas.

Y la Reina Doña Isabel; mujer del Rey, sabiendo que estaba a punto de morir, desmayándose y llorando decía ^Dónde está mi Rey y Señor? ¿ES muerto o vivo? Seguidme mis doncellas, y tenedme por las axilas que a pie quiero ir al palacio^. Y tan deprisa como pudo, con las doncellas y acompañada por multitud grandísima de gente, siempre llorando y gritando y suspirando llegó al palacio y al entrar preguntó si el Rey estaba vivo o muerto. Y le dijeron que vívía y no tenía peligro de morir de la herida, de lo que se alegró que parecía resucitada de casi muerta que estaba, y todo el mundo con ella quería entrar en el palacio. Cerraron las puertas para que solo entrase ella con las doncellas y los de la casa. Era tanta la gente que corría y venía al palacio, que yo creo que ni en Roma, cunado muerte el Papa, ni en parte alguna del mundo nunca ha habido tanto lloro, tumulto ni tristeza. Así ha sido el viernes en esta ciudad, que no había nadie que de buena gana no quisiese morir para sanar al Rey. Mala y muy mala, desdichada y triste jornada hubiese sido para esta ciudad si hubiese muerto el Rey, que no hubiese podido menos que quedar revolucionada por la agitación en que estaba, pues bien ha demostrado y demuestra esta ciudad tener fidelidad a su señor. Gracias sean dadas a Nuestro Señor y ala Virgen María…


El rey perdonó al remensa pero se le dio muerte horrible



SUPLICIO DE CANYAMÁS.



Si bien esta falta es grande, no sé como se pueda bien castigar, para que en el porvenir quede como ejemplo y castigo a los traidores y malos hombres. Se dicen muchas cosas. Unos dicen que este traidor ha venido de Francia, donde se había criado, y que había sido desterrado por motivo de los remensas, y que de Francia ha venido este mal. Otros dicen otras y otras cosas y no saben averiguar ni de dónde viene ni cuya es la causa. Este traidor ha sido preso y le han atormentado un poco para que dijese la verdad, por si se fingía loco; y cuando le tomaban declaración unas veces decía que Dios y el Espíritu Santo se lo habían mandado hacer,, y otras decía que él era el rey legítimo en lugar del Rey; y que lo había hecho por el bien común y no sé qué otras cosas de loco, orate e insensato.

Creían que lo hacía por astucia cuando se dijo que los de la casa que le sirvió de posada aquí en la ciudad han aclarado que nunca conocieron que fuese loco, sino que hablaba con buen entendimiento. Después he sabido que dicho hombre, autor de esta fechoría, ha vivido unos pocos años días y ha sido atormentado y muy interrogado. Al examinarle han visto que esta endiablado y loco, y que nadie del mundo se lo hizo hacer sino el diablo; pues él ha declarado que el Espíritu Santo le había mandado que matase a dicho Señor Rey, y después, él sería Rey. Llegó hasta decir después de algunos días que le dejasen ir, que él renunciaría a todos sus derechos que tenía como rey y prometía no matar a nuestro Rey y Señor aunque reconocía que lo había querido matar, según había dicho; a lo que añadió otras rarezas y despropósitos, que en verdad han ido muy bien a conocer su locura ante dicho señora Reina, que quiso verlo e interrogarlo por el Vicecanciller y Tesorero y otros del Consejo Real.


Detalle de la plana del manuscrito dietario del antiguo consejo de Barcelona del día 7 de diciembre de 1492 donde se anuta el atentado..


Se ha sabido además que en todo tiempo ha estado loco y ha hecho y perpetrado muchos casos y desastres de hombre endiablado, loco e insensato. Y dicho señor Rey sabiendo esto, dijo por amor de Nuestro Señor Dios y de su Gloriosa Madre Santa María, abogado de los pecadores, le perdonaba, y mandó que lo sacasen de la prisión y lo vistiesen.

Pero en dicho Consejo Real se ha acordado, sin que el señor Rey sepa nada, que este hombre, aunque fuese endiablado, loco, orate e insensato, debía morir de cruelísima muerte para servir de ejemplo y castigo a los demás y constituyese memoria eterna. Y por esto dio la sentencia, en nombre del Rey; el señor Alonso de la Caballería. Vicecanciller de dicho señor Rey; y ha sido tan cruel, que lo llevaron desnudo sobre un castillo de madera que habían construido, del cual tiraba un carro, estando el loco atado a un árbol o palo como si lo debiesen crucificar.  E hicieron pasar el carro y el castillo, con el loco atado, por los lugares y calles siguientes: primeramente por la Plaza del Rey, donde se cometió el atentado, y allí, de vivo en vivo para que bien sufriese le fue cortado un puño y medio brazo. Después lo llevaron por otras calles, por donde va la procesión del Corpus, y en una calle, haciendo parar el carro, le sacaron un ojo, y en otra calle el otro ojo y otro puño, y de una calle en otra le quitaron el otro brazo;: y después, en otras calles, así caminando, lo desmembraron quitándole ora un miembro ora otro, hasta sacarle el cerebro, y así le hicieron morir sufriendo, que era cosa de piedad. Y nunca se movió ni habó ni decía nada ni se lamentaba, como si diesen sobre una piedra; y con gran barullo de muchachos y gente joven que le caminaban en derredor, delante y detrás.

Después lo sacaron de la ciudad, apedrearon el cadáver y prendieron fuego al castillo que quedó reducido a cenizas con los trozos del hombre sentenciado que en él estaba. Y puede decirse que en estos días habían ocurrido tres milagros seguidos: el uno que no se nos muriese el Rey; el otro, que el loco no hubiese sido muerto también en el acto, pues de morir ambos en seguida, la gran desventura nuestra hubiese sido no saber nunca la verdad de este caso; y el otro milagro, cómo la ciudad estaba toda conmovida y en armas a punto de alborotarse. Gracias sean dadas a Dios y a su Madre que nos han ayudado, que de nada tenemos culpa; Dios nos ha restaurado a nuestro Rey, cuya bondad y santidad no crea tenga par en este mundo, y plazca a la Santa Trinidad que le quiera perdonar, amén. 

De Barcelona, a 8 de diciembre de 1492.”