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martes, 30 de septiembre de 2014

UN PERFIL DE CARLOMAGNO


 CURIOSIDADES:


De ancha y robusta complexión, era de estatura elevada, sin nada que fuese, por otra parte, excesivo, pues medía siete pies de alto. La cabeza, redondeada por su parte superior, grandes ojos vivos, la nariz más larga que el término medio de los demás, hermosos cabellos blancos, fisonomía alegre y abierta. Daba también, exteriormente, sentado o de pie, una fuerte impresión de autoridad y dignidad, con lo que apenas se notaba que su cuello era grueso y su vientre un poco demasiado abultado, tan armoniosas era las proporciones de su cuerpo. Sus gustos eran seguros y en su conjunto, viriles. La voz era clara, sin concordar, no obstante, enteramente, con su aspecto físico. Dotado de una buena salud, solo estuvo enfermo los últimos cuatro años de su vida, en la que fue sorprendido de frecuentes accesos de fiebre y acabó incluso por cojear. Pero seguía todavía en sus trece, en vez de escuchar el consejo de su médicos, a los que había aborrecido porque le aconsejaban renunciase a las carnes asadas, que le gustaban, sustituyéndolas por carnes hervidas.
Practicaba asiduamente la equitación y la caza. Era un gusto que conservaba de nacimiento, pues no hay quizá pueblo alguno en el mundo que, en estos deportes, pueda igualar a los francos. Le gustaban también las aguas termales y se entregaba a menudo al placer de la natación, en que sobresalía hasta el punto de no ser aventajado por nadie. Esto fue lo que le llevó a construir el palacio de Aquisgrán y residir allí constantemente en los últimos años de su vida. Cuando se bañaba le rodeaba numerosa corte; además de sus hijos, sus grandes, sus amigos e incluso de vez en cuando una multitud de guardias de corps eran invitados a participar en su recreo y a veces había en el agua con él hasta cien personas e incluso más.



CARLOMAGNO RECIBE EL ESTANDARTE DE MANOS DE SAN PEDRO, QUE TAMBIÉN ENTREGA EL PALIO AL PAPA LEÓN III


Llevaba el traje nacional de los francos; sobre el cuerpo una camisa y un calzón de tela de lino, por encima una túnica orlada de seda y otro calzón, bandeletas envolviéndole las piernas y los pies; un chaleco de piel de nutria yo de rata protegía, en invierno, sus hombros y pecho; por encima, un sayo azul, y llevaba siempre al costado una espada cuyo puño y tahalí eran de oro o plata. A veces se ceñía una espada adornada de pedrería, pero solo los días de las grandes fiestas o cuando había de recibir a los embajadores extranjeros. Pero desdeñaba las costumbres de otras naciones, incluso las más bellas, y cualesquiera que fuesen las circunstancias, rehusaba adoptarlas. Solo hizo excepción en Roma donde, una primera vez por demanda del Papa Adriano y una segunda a instancias de su sucesor León, revistió la larga túnica y la clámide y calzó zapatos a la moda romana. Los días de fiesta llevaba un vestido tejido de oro, calzados decorados de pedrería, una fíbula de oro para abrochar su sayo, una diadema del mismo metal y adornada también de pedrería; pero los demás días, su traje se diferenciaba bien poco del de los hombres del pueblo y gente común.




DALMATICA DE CARLOMAGNO


Se mostraba sobrio de alimento y bebida, sobre todo de bebida; pues la embriaguez, que desterró tanto de sí como de los suyos, le daba horror en cualquier persona. En cuanto la comida, le era difícil moderarse, y se quejaba incluso, a menudo, de los ayunos.

Banqueteaba muy rara vez y solo en las grandes fiestas, pero entonces en numerosa compañía. Normalmente la comida solo se componía de cuatro platos, aparte del asado, que los cazadores solían condimentar en sus asadores y que era su plato predilecto.

Durante la comida escuchaba un poco de música o alguna lectura. Le leían la historia y los relatos de la antigüedad y le gustaba también hacerse leer las obras de San Agustín y en particular aquella que se titula La ciudad de Dios.

En verano, después de la comida del mediodía, tomaba algunas frutas, se servia de beber una vez y después, desvistiéndose y descalzándose como lo hacía por la noche, reposaba dos o tres horas. Por la noche su sueño era interrumpido cuatro o cinco veces y no solo se despertaba sino que se levantaba cada vez.

Mientras se calzaba o se vestía recibía a diversas personas aparte de sus amigos. Si el conde del palacio le señalaba un proceso que él hubiese de decidir, hacia pasar inmediatamente a las partes, y como si hubiese estado en el tribunal, escuchaba exponer el negocio y pronunciaba sentencia. Era también este el momento en que regulaba el trabajo de cada servicio y daba sus órdenes.

Hablaba con abundancia y facilidad, y sabía expresar todo lo que quería con gran claridad. Su lengua nacional no le bastó; se aplicó al estudio de las lenguas extranjeras y aprendió tan bien el latín que se expresaba indistintamente en esta lengua o en su lengua materna. No sucedía lo mismo con el griego, que entendía mejor que hablaba. En todo caso, tenía una facilidad de palabra que confinaba casi con la prolijidad. 

Cautivó apasionadamente las artes liberales, y lleno de veneración para con todos los que enseñaban, los colmó de honores. Para el estudio de la gramática, siguió las lecciones del diácono Pedro de Pisa, anciano entonces; y para las demás disciplinas su maestro fue Alcuino, llamado Albino, diácono también, un sajón oriundo de Inglaterra, el hombre más sabio que hubo entonces. Dedicó mucho tiempo al trabajo de aprender con él la retórica, la dialéctica y sobre todo la astronomía. Aprendió también el cálculo y se aplicó con atención y sagacidad a estudiar el curso de los astros. Se entrenó también en escribir y tenía por costumbre colocar bajo las almohadas de su cama tabletas y hojas de pergamino para aprovechar los ratos de ocio ejercitándose en trazar letras; pero comenzó demasiado tarde y el resultado fue mediocre.

Practicó escrupulosamente y con el mayor fervor la religión cristiana, en la que había sido formado desde la más tierna infancia. Construyó en Aquisgrán una basílica de extrema belleza… y como no podía procurarse en otra parte columnas y mármoles necesarios a la construcción, los envió a buscar de Roma y de Ravenna.




INTERIOR DE LA CAPILLA PALATINA, LEVANTADA POR CARLOMAGNO


No dejaba nunca, cuando se encontraba bien, de visitar esta iglesia mañana y noche; allí volvía para el oficio nocturno y la misa. 



fuente _ EGINHARDO, ESCRITOR CAROLINGIO