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jueves, 18 de septiembre de 2014

NAVAS DE TOLOSA

CURIOSIDADES:




En la famosa batalla de übeda o de las Navas de Tolosa, los ejércitos cristianos derrotan a los sarracenos. A continuación se va exponer un par de relatos de un par de arzobispos que estuvieron presentes. El primero es del arzobispo de Toledo Don Rodrigo Ximénez de Rada y el segundo es del arzobispo de Narbona, Arnau Aymerich.


LLEGAN LOS REYES A LA CIUDAD DE LOS REYES


Al tránsito del año, en aquella época en que los reyes suelen proceder a guerrear, citadas las gentes por Alfonso el noble, congregados los hombres armados, aprontadas las vituallas, y todos los corazones dispuestos para la guerra, corrieron todos hacía Toledo, la única que por su opulencia no les abandonaría en sus necesidades. Mientras tanto acudieron de diversas partes, con Rodrigo, obispo de aquella ciudad, los demás prelados. Y comenzó la urbe regia a llenarse de gente, a abundar en pertrechos, en armas, en oírse lenguas diversas y verse en ella diversos cultos, pues concurría en ella el celo de las naciones de diversas partes de Europa. Nadie había que encontrase nada que faltase, tal era la abundancia, y la mano pródiga del noble príncipe suministraba todo lo necesario. La afluencia de gentes aumentó sobre todo en febrero, y fue creciendo todo aquel invierno con la copiosa multitud de diversas turbas. Y como eran diversas las naciones, lenguas y cultos, por voluntad del rey, cada prelado estaba entre los de su nación, para que aquella variedad de disidencias, por esta industria, se atenuase. Y así se hizo, por la omnipotente gracia de Dios, que no hubo ninguna sedición ni perturbación que pudiese impedir las tareas de la guerra, ni pudiese ir contra ello la maligna intención del enemigo del género humano. Y como iban creciendo de día en día los cruzados, para que no padeciese aquella multitud dentro de las estrecheces de la ciudad, queriendo el rey proporcionarles  comodidades, los aposentó fuera de las murallas, en las deliciosas vegas del Tajo, dispuestas para recreo de Su Majestad, bajo la sombra de los árboles que les resguardaban del calor, y allí permanecieron hasta el día de la partida, en tiendas cubiertas con ramajes de árboles frutales, a expensas del rey. En el día octavo después de Pentecostés, en la fecha fijada de antemano, llegó según el pacto que había hecho, Pedro, el rey de Aragón, fiel amigo de Alfonso, a Toledo. Fue recibido por el obispo y todo el clero en procesión, y se festejó en las tiendas del rey, después de poner colgaduras, su advenimiento.



REY SANCHO VII DE NAVARRA



LLEGAN LOS CABALLEROS ULTRAMONTANOS


Comenzaron a llegar también magnates de las diversas partes de las Galias, los obispos de Burdeos y de Nantes, y muchos barones de aquellas comarcas y de Italia. Llegaron también simples soldados, y también muchos hombres a pie. Llegó también el venerable Arnaldo, de la orden del Císter, que entonces regia a la iglesia narbonense. Este, poco tiempo atrás, había excitado los corazones de los fieles a ir contra los herejes de la Narbonense y contra aquellos que blasfemaban el nombre de Dios y prevenían la autoridad de la Iglesia con palabras nefandas. Este prelado fue recibido también en Toledo, debida y noblemente, con sus estandartes y armas de toda la Galia Citerior, por el monarca. Llegaron también a la misma ciudad muchos caballeros de las partes de Portugal, con muy copiosa multitud de infantes, que soportaban con gran agilidad las cargas de la expedición, y avanzaban con audaz ímpeto.


LA MULTITUD DE PRELADOS Y MAGNATES DE HISPANIA QUE SE REUNIRON


Estos fueron los magnates del rey de Aragón, insignes por su acompañamiento, ínclitos por su valor, magníficos por sus armas y caballos; entre los cuales estaban García de Romeo, Jiménez Coronel, Miguel de Luesia, Arnar Pardo, Guillén de Cervera conde de Ampurias, Ramón Folch, Guillén de Cardona, y muchos otros príncipes, barones y simples soldados, y abundancia de ballesteros e infantes. Estaba reunida en la urbe regía una sociedad generosa de magnates, notable por su estirpe, valor y número, con tal elegancia de modales, como de prerrogativas y sobresaliendo en emulación de marcialidad, de tal modo que se haría no sólo terrible a los enemigos, sino también digna de honores. Acudieron también copiosas falanges de las ciudades y villas, tan abundantes en caballos, armas, vehículos y vituallas, que tenían todo lo necesario para la guerra y no sólo les faltaba nada sino que cuando a otros les faltaba algo, ellos se lo compartían generosamente. Muchas veces habían peleado, ellos y sus padres, contra los sarracenos. Hubo también prelados, entre estos, que se comportaron devota y fielmente por la causa de la fe, vigilante de la solicitud, devotos en su deber, próvidos en el consejo, generosos en las necesidades, celosos en las exhortaciones, valiente en los peligros, paciente en los trabajos. Del reino de Castilla vinieron Rodrigo, arzobispo de Toledo, Tello, obispo de Palencia, Rodrigo de Segovia y Pedro de Avila. Del reino de Aragón, García de Tarazona y Berenguer, electo obispo de Barcelona. Del brazo secular acudieron de Castilla, Diego López de Haro, el conde Fernando de Lara, el conde Alvaro y su hermano el conde Gonzalo, Lupo Diéguez de Haro, Rodrigo Díaz de Cameros, Gonzalo Rodríguez, y su hermano y otros muchos nobles, grandes, valerosos, cuyos nombres sería largo enumerar.




ALFONSO VIII DE CASTILLA


Hubo también hermanos de la orden de Calatrava mandados por un gran maestro de su milicia, Rodrigo Díaz; sociedad grata a Dios y a los hombres, y los hermanos del Temple bajo el maestro Gómez Ramirez, tomado el signo de cruzados, en medio del soberbio fasto de su milicia y de su valor, se comportaron con la caridad del santo vínculo de su religión. Vinieron también hermanos de la Orden de los Hospitalarios, que, persistiendo devotamente en la fraternidad caritativa, asumieron el fiel celo de la Tierra Santa con la espada defensora. Estos iban mandados por el prior Gutiérrez Ermegildo. También acudieron los hermanos de la milicia de Santiago, mandados por el mestre Pedro de Ava. Estos llevaron a cabo muchos decorosas gestas en las partes de España. En fin, allí afluyeron otras muchos órdenes religiosas, diversas por su celo y por sus votos, participando de un sentimiento común, bajo el estandarte de la santa cruz.


LA GENEROSIDAD Y VIRTUD DEL NOBLE REY ALFONSO


Debe saberse que una multitud tan diversa y variada formada de extraños, no era fácil de regir, incluso para un hombre paciente, y no obstante, el noble rey, con su magnanimidad, lo regía todo de modo pacífico, todo lo toleraba con ecuanimidad y tranquilidad, para que, trocando el tedio en virtud, con alegre rostro se superase el tedio  mismo. Convertía las faltas de respeto en reverencia, dándoles una reverente respuesta; transformaba los tristes discursos de los ambiciosos, con su generosidad, en alegre charla; con aplauso señorial, estaba presente en todos los fastos militares, conservando siempre la gravedad de las regias costumbres. De tal manera se juntaban en él la sabiduría, la gravedad, la equidad y el valor y la distinción, que podrían decir de él: “este tiene más virtud que todos nosotros juntos”. Como fuesen los ultramontanos más de diez mil jinetes y cien mil infantes, se les daban veinte sueldos todos los días; a los de a pie, cinco sueldos; las mujeres, pequeños, débiles y otros elementos ineptos para la guerra no estaban faltos también de esta generosidad. Esto era lo que se daba en público y en común, aparte de los donativos privados, que en cantidad excedían este número, y eran  enviados no por reparto diurno efectuado por los magnates, sino que dimanaban de la suprema autoridad, por conducto de los nobles emisarios regios.



PEDRO O PERE  II DE ARAGON



COMIENZA LA GUERRA Y LA TOMA DE MALAGÓN


Y así, cumplido todo por todos, el día doceavo de las Calendas de Julio, el ejército del Señor salió de la urbe regia: los ultramontanos, por sí mismos, al mando del general Diego López de Haro; el valeroso rey de Aragón, con los suyos, y el noble Alfonso también con su gente. Avanzaban separados, pero cada ejército iba distanciado por un pequeño espacio. El primer día pusieron su campamento junto al lecho del Guadajaraz. El segundo día junto al Guadalece. El tercero junto a Algodor. Los ultramontanos fijaron el suyo junto a Guadalferza. Y siguiendo adelante, atacaron la fortaleza de Malagón como buena señal de que nos ayudaba la Divina Gracia, aunque los que estaban en la ciudadela se defendieron muy virilmente, por el tesón de los ultramontanos, a los que animaba un gran deseo de morir por el nombre de Cristo, disminuyó la fuerza y resistencia de la fortaleza. Y tomaron a Malagón habiendo muerto todos los que estaban dentro.

Al día siguiente llegó el ejército de los reyes y permaneció allí un día entero, y como faltasen un poco los víveres, remedió a ello la industria del noble rey, que logró proporcionar comida abundante.


TOMA DE CALATRAVA Y RETIRADA DE LOS ULTRAMONTANOS


De allí nos dirigimos todos y llegamos a la vez, a Calatrava. Pero los agarenos que en ella resistían, discurrieron fabricar triganchos de hierro, y los colocaron en todos los vados del Guadiana. Estaban armados con cuatro puntas, una de las cuales se clavaba, erecta, en los pies de los hombres y pezuñas de los caballos. Pero como los artificios humanos no valen nada contra la providencia de Dios, este quiso que solo poquísimos, casi ninguno, resultasen heridos por los ganchos, y por la gracia de Dios, echando a pie a tierra, atravesamos el río Guadiana y levantamos nosotros los campamentos en derredor de Calatrava. Los agarenos habían colocado en lo alto de las torres armas, estandartes, máquinas, para que la conquista se nos antojase difícil. Además, cuando aquella plaza en una llanura, por una parte muralla era inaccesible por dar inmediatamente al río; por otras, estaba guarnecida de muralla, contrafuertes, fosos, torres y trincheras, y parecía imposible expugnarla sin larga preparación de máquinas.

Estaba además allí un moro llamado Avencaliz, astuto por tener una larga experiencia en armas y de ejercicios bélicos frecuentes. Y confiaban largamente en la industria de este, porque contaban además con la de otro moro llamado Almohat, jefe de la guardia de la plaza. Como nos demoramos allí, en el asedio, algunos días, y los reyes estuvieron dudando si sería posible tomar la ciudad, después de largas deliberaciones convinieron todos en no dejar de intentarlo, aunque la toma les pareciese difícil. Muchos juzgaban mejor ponerse otra vez en camino, llevar la guerra adelante en vez de insistir en tomar fortalezas, sobre todo por en tales trabajos, los valientes declinan su esfuerzo, y los ejércitos se fatigan, y además, el dominio y conservación de las fortalezas depende del fin de la guerra.

Pero, tomando las armas y designados por los reyes y príncipes los puestos que cada cual había de ocupar, se dio la consigna y atacaron la plaza. Por la Gracia de Dios, en un día de domingo, después de la festividad de San Pablo fueron expulsados los árabes y restituida Calatrava a nuestro noble rey; la plaza fue devuelta a los frailes que desde largo tiempo habían residido en ella, y dada de nuevo a poder del nombre cristiano. Nuestro noble rey no guardó nada para sí de todo el botín que en ella se encontró y lo cedió todo a los caballeros ultramontanos y al rey de Aragón. Pero como el enemigo del género humano no cesa de envidiar las acciones de los cristianos, se introdujo también en aquel ejército de la Caridad y turbó los corazones de los envidiosos que antes habían acudido a la guerra de la Fe, y acabaron por retroceder y abandonar su buen propósito. Casi todos los ultramontanos, abandonando las insignias de la cruz, y renunciando a las tareas de la guerra, volverían a sus hogares. El rey hizo participes a todos sus hombres de lo necesario para vivir, y a todos sin distinción, pero no pudo hacerles revocar aquella obstinación una vez iniciada. Antes al contrario, todos los ultramontanos renunciaron a la gloria, se fueron, excepto el venerable Arnaldo de Narbona, obispo, que con todos los hombres que pudo haber y con muchos nobles de la provincia del Viennois, siempre perseverante en lo bueno, no se apartó del buen propósito primero. Y eran alrededor de ciento treinta soldados, además de los infantes, de los que también permanecieron algunos. Se quedó también, de las partes del Poitou, Teobaldo de Blazon, hombre noble y valiente hispano de nación, y del pueblo de Castilla. El rey de Aragón se quedó hasta el fin de la lucha, ligado por indisoluble lazo de alianza y de afecto a nuestro noble monarca, pues como dice Salomón, “sin tienes un amigo, en el día de prueba lo tendrás”. Cosa que aquí pudo probarse; quién era amigo de quién. Pues como “los que aman a Dios cooperan en todo lo bueno”, y el ejército temiese las consecuencias que pudiese traer aquella peligrosa separación, todo comenzó a prosperar de día en día. Habían huido hasta los que llevaban la cruz del Señor, en las andas, y solo quedaron los españoles con unos pocos de los ultramontanos arriba nombrados; y empezaron a avanzar, confiando en aquella guerra de Dios. Vinieron primero a Alarcos, ocuparon su población haciéndose fortificado, así como también los demás castillos de las inmediaciones.




OLEO DE H.P. VAN HALEN SOBRE LA BATALLA DE NAVAS DE TOLOSA


Estando allí, acudió el rey Sancho de Navarra, que al principio había parecido no querer acudir, y como lo reflexionase mejor, no quiso sustraerse, en su valor, al servicio de Dios. Así, los tres cuerpos de ejército de los reyes, prosiguieron adelante en nombre de la Santísima Trinidad, y el primer día pusieron sus reales en las inmediaciones de Salvatierra. Después del domingo pareció a los reyes y príncipes que todo el ejército debía prepararse y disponerlo todo para la guerra. Y por la gracia de Dios, apareció tal la multitud de armas, estandartes, caballería que resultó terrible a los enemigos que la veían, y para nosotros nos resultaba amable consuelo de la retirada de los ausentes, pues aumentó el valor en el corazón de los magnánimos, los pusilánimes se sintieron reconfortados, los dudosos, confirmados, y la separación de los fugitivos, que aterraba a muchos, perdió importancia en el mismo corazón de los tímidos. 

Descansando allí al día siguiente, llegamos a otro lugar llamado Fraxileda  y otro de este nombre. Al tercer día habíamos llegado a otro punto al pie del monte Muradal, llamado Guadalfajar.


LA OCUPACIÓN DEL MONTE


Mientras sucedían estas cosas, Mahomet rey de los agarenos, en las montañas de Jaén había congregado sus gentes, y allí esperaba al ejército de los cristianos. No se proponía luchar, porque temía a los auxiliares extranjeros, sino que pensaba lanzarse a la persecución cuando estuviésemos fatigados, en retirada, y menguados por las bajas. Por esto creo que tal vez fue cosa del Altísimo, el que se retirasen los que habían venido con nosotros; pues que tras la retirada de ellos, algunos de los nuestros, movidos por el diablo, se pasaron a los árabes, a causa de la falta de víveres que había empezado entre nosotros al partir de Calatrava. Y así, procurando la providencia, que no falla en sus disposiciones, se hizo que cambiando el parecer de los Agarenos, recobraron audacia esperando obtener gloria y avanzaron desde las partes de Jaén. Moviendo contra nosotros llegó hasta Baeza y de allí envió a algunos a las Navas de Tolosa para que impidieran el paso de los cristianos, en un paso angosto cerca de un acantilado que está casi en medio del camino y el lecho de un torrente. Y si los cristianos no ocupasen la ascensión de los montes, se hubiesen apoderado de ella para impedir la ascensión del ejército del Señor, como nos dijeron después los prisioneros de guerra.

Con esta intención observaban nuestro paso para ver si nos rendíamos, cediendo a la fatiga de víveres y al cansancio. Pero como Dios había dispuesto otra cosa, Diego López de Haro, a quién estaba confiado el mando del ejército, destacó a su hijo Lope Díaz, y a dos sobrinos suyos, Sandro Fernández y Martín Muñoz, para que se adelantasen a ocupar las alturas de los montes. Como estos, confiando en su propio valor obrasen algo improvisadamente, en la altura del monte que está junto al castillo llamado Ferral encontraron a algunos árabes, que les acometieron y estuvieron a punto de herirles; pero la dívina gracia hizo que, tomando ellos las armas, les rechazaron virilmente y por la misma gracia de Dios, exploraron la altura y se establecieron allí, fijando sus tiendas.

En el día de la quinta fiesta, cerca de la hora de nona, llegamos al pie del monte, y en la misma jornada, varios de los nuestros subieron a lo más escarpado. Pero la mayor parte permaneció cerca del lecho del Guadalfajar. A la feria sexta, por la mañana, los tres reyes Alfonso de Castillo, Pedro de Aragón y Sancho de Navarra, después de invocar el nombre del Señor, ascendieron y se instalaron, fijadas las tiendas, en cierto declive del monte;  y en aquel día fue ocupado por nosotros Castro Ferral bajo el cual hay algunos barrancos, lugar quebrado, con rocas y precipicios cerca de Losa; y tal es la estrechez de aquel lugar, que incluso es de difícil acceso para los ágiles.

Allí, algunas falanges de los agarenos, durante todo aquel día y parte del siguiente, observaban el paso de los cristianos, y hubo entre nosotros y ellos algunas escaramuzas preliminares, muriendo algunos. Mientras esto sucedía, los reyes y príncipes deliberaban lo que debía hacerse para evitar peligro. El paso de Losa no era posible sin recibir daño. Y como el ejército de los agarenos estuviese más cerca de nosotros, y estaba ya fijada en el suelo su tienda roja, había diversas opiniones acerca de cómo hacer avanzar el ejército. Algunos, atendieron a la imposibilidad del paso, aconsejaban retroceder, y alcanzar el campamento de los agarenos por un lugar más fácil. A esto dijo el noble Alfonso rey de Castilla:

“Aunque este consejo resplandece de discreción, lleva consigo un peligro. El pueblo, y otros inexpertos, al ver que retrocedemos, juzgarán que no buscamos guerra sino que huimos de ella, y se hará una deserción inevitable en el ejército. Ya que tenemos a los enemigos a la vista, es necesario que vayamos hacia ellos. Así se haga, tal como designe la voluntad del cielo”.

Como prevaleciese este consejo del rey, Dios omnipotente dirigió aquel negocio mediante una gracia especial. Nos envió a un hombre plebeyo, bastante despreciable en vestido y en persona, que había apacentado ganado en las montañas, y se dedicaba ahora a cazar conejos y liebres.

Este nos mostró un camino fácil, practicable por un declive que en el lado del mismo monte había. No fue necesario ocultarse a la mirada de los enemigos, y estos nos veían y nada podían hacer para estorbarlo, de modo que pudimos llegar al punto adecuado para presentar batalla.


AVANCE AL LUGAR DE BATALLA Y LLEGADA DE LOS AGARENOS


Como en sus altas deliberaciones no parecían poder creer que fuese verdad lo que les decía aquella persona, marcharon delante los dos jefes, Diego López de haro y García Romeo, para comprobar si realmente desde allí se podía legar a ocupar la llanura. Y por el Don de Dios, así fue, que Dios escoge a veces por heraldos a gentes ínfimas, y los antedichos príncipes ocuparon la planicie; y los tres reyes, el sábado, al mediodía, recibida la bendición pontifical y la gracia del Sacramento, llegaron al monte con sus hombres. Entonces abandonamos, por inútil, el Castro Ferral, y como no guardábamos ya el paso de la Losa, creyendo los moros que nos apartábamos del combate, se apoderaron de aquella fortaleza con gran alegría. Y los reyes, observando lo que sucedía al fin, con todo su acompañamiento y con los príncipes que precedían, llegaron también.



DISPOSICIÓN DE LOS EJÉRCITOS EN NAVAS DE TOLOSA


Los agarenos se dolieron al ver que aquello no era subterfugio sino un avance, y viendo nuestras tiendas colocados en lo alto del monte, destacaron una tropa de soldados para que nos impidiese mediar tranquilamente el emplazamiento de nuestras bases. Nosotros nos dirigimos por el estrecho paso. El enemigo fue rechazado por los nuestros después de larga pugna, virilmente, y conseguimos colocar felizmente, por gracia de Dios, el campamento en la planicie que habíamos ocupado.

Viendo colocadas nuestras tiendas, viendo el rey de los Agarenos que nada le habían servido para cerrarnos el paso ni las insidias ni las argucias, ordenadas sus filas, en el mismo día se puso en campaña y colocó sobre un promontorio de difícil acceso; el resto de su tropas fueron colocadas muy sabiamente a derecha e izquierda, y allí estuvieron esperando desde la hora sexta hasta el anochecer, creyendo que nosotros en aquel día atacaríamos. Pero se acordó en consejo que se difiriese el combate hasta el día segundo, pues los caballos estaban impedidos de la dificultad del camino de las montañas, y el ejército, fatigado; además, en este intervalo podríamos observar mejor la situación y movimiento del enemigo.

Cuando el agareno comprendió que no atacábamos se entregó a la jactancia, creyendo que no procedíamos así por cautela sino por temor. Por lo cual envió cartas a Baeza y Jaén, diciendo haber atemorizado tres reyes en un espacio de tres días. No obstante, se dice que dijo a los suyos, que estaban mejor informados: “los vemos acampados cuidadosamente, y más parecen prepararse para luchar que esperar el momento de la fuga”.

Al día siguiente, domingo, por la mañana, salió otra vez el agareno al campo, como antes, y permaneció allí hasta mediodía con las tropas dispuestas, y a causa del insoportable calor fue guarnecida su tienda con diversos artificios que le diesen sombra, bajo la cual nos esperaba, exhibiendo todo su aparato regio. Nosotros, como antes hicimos, esperando al enemigo después de observar su campamento, deliberamos de qué modo debíamos proceder el día siguiente. El prelado toledano y los demás, por ciudades y en los diversos lugares donde estaban los príncipes, iban predicando palabras de exhortación y de devotísima indulgencia. Aquel día el ilustre rey de Aragón otorgó el cíngulo militar a su consobrino Nuño Sanchez. Los agarenos, a modo de quién justa en un torneo, escaramuzaban un poco por las partes extremas del campo preludiando la guerra. No obstante, entre la hora sexta y la nona, los infieles regresaron, tras larga espera, a sus bases.


DISPOSICIÓN DE LAS TROPAS


Al día siguiente, cerca de media noche resonó la voz de exultación y de la confesión en las tiendas cristianas, y por voz de heraldo se hizo anunciar que todo se armase para la guerra del Señor. Celebrados los misterios del Domingo de Pasión; hecha la confesión, y tomados los sacramentos, se tomaron las armas y los hombres acampados comenzaron a avanzar. Dispuestas las falanges, Diego López con los suyos tuvo el primer choque. Ocupaba el centro el conde Gonzalo Núñez con los hermanos del temple y del Hospital, de Uclés y de Calatrava. El flanco lo tenía Rodrigo Díaz de Cameros y Álvaro Díaz, su hermano, y Juan Gonzalez, y otros nobles con estos. En la última columna marchaban el noble rey Alfonso y Rodrigo, arzobispo de Toledo con él, y los demás obispos susodichos. Entre los barones estaban Gonzalo Rodríguez y su hermano, Rodrigo Perez de Villalobos, Suero Téllez, Fernando Galcés y otros. En cada una de estas tropas figuraban también hombres de las comunidades ciudadanas, tal como se había ordenado. También el valeroso Pedro Rey de Aragón dispuso su ejército en las siguientes columnas: la delantera tocó a García de Romero, la segunda a Jiménez Coronel y a Aznar Pardo. En la última marchó él con otros magnates de su reino; y así por el estilo colocó a otros nobles en la columna lateral. Tuvo también consigo tropas de las comunidades de Castilla. El rey de Navarra Sancho, por especial prorrogativa de su valentía, caminaba con los suyos a la derecha de nuestro noble rey y llevaba en su tropa hombres de las comunidades de Segovia, Avila y Medina. Dispuestas así las filas, elevadas las manos al cielo, dirigidos los ojos a Dios, incitados los corazones al martirio, enhiestos los estandartes de la Fe, y habiendo invocado el nombre del Señor, todos se aprestaron a la decisión de la lucha. Los primeros que figuraban en la delantera de Diego López de Haro, su hijo y sobrinos más arriba nombrados, valientes y audaces. Los agarenos formaron, en la altura, una a modo de fortificación al pie de la cual estaban colocados infantes escogidos. Allí se sentó su rey teniendo junto a sí su espada, llevando una capa negra que había sido de Abdelmum, uno de los príncipes de los Almohades. Tenía junto a sí también el libro de la nefanda secta de Mahoma que se llama Alcorán. Fuera de la casa estaban las demás filas de infantes, trabados unos con otros para que no esperasen encontrar salvación a la fuga, y constantemente estaban dispuestos a guerrear. Estaban también frente a una tienda el ejército de los Almohades, con armaduras y caballos, y una infinita multitud de terrible aspecto. En las alas diestra e izquierda estaban los árabes, expertos en alancear y correr velozmente, tropa que daña huyendo, y cuando huye es más temible. En la llanura, donde no había estrecheces, estaban los más peligrosos. Estos, como los Partos, luchan con saetas, gentes capaces de llevar vasos cabalgando vertiginosamente, en el extremo de sus cimitarras. Acostumbrados a merodear, no observan el orden de la batalla, para que puedan turbar al adversario con sus incursiones y romper sus filas ordenadas atacándoles de modo inesperado. NO coreo que pudiera apreciarse el número de estos y de los demás guerreros, excepto por lo que oímos constar después a los mismos agarenos; que eran ochenta mil soldados, sin contar la turba de los de a pie, que eran innumerable. Decían que estaban presentes allí ciertos infieles de la parte de Azdor, cerca de Marruecos, muy gratos a los ojos de su rey. Estos echando pie a tierra, se mantuvieron junto a su rey, formando una multitud estupenda, admirablemente adornada con insignias militares.


VICTORIA DE LOS CRISTIANOS


Los agarenos, casi inmóviles en su puesto, comenzaron a rechazar a los primeros de los nuestros que subían por lugares bastante difíciles a hacerlo en multitud. Algunos de los nuestros acudieron a sustituir a los que se habían fatgado. Entonces avanzaron hasta primera línea algunos del centro de los castellanos y aragoneses, y hubo un gran choque, con alguna vacilación peligrosa, pues algunos, no de los principales, pensaban en la fuga, pero los delanteros y los medios de Aragón y Castilla insistían conjuntamente, y las filas laterales luchaban duramente con los agarenos, viéndose ya lagunos de estos que volvían la espalda. Viendo lo cual el noble rey Alfonso, por no cuidar de la cobardía plebeya, dijo, oyéndolo todos, al prelado de Toledo: “Arzobispo, yo y vos aquí muremos!” A lo que respondió él: “¡De ningún modo!! Antes prevaleceréis sobre los enemigos”. El rey dijo entonces, con ánimo invencible: “Apresurémonos a socorrer primero a los que están en peligro”.

Entonces Gonzalo Rodríguez y sus hermanos avanzaron a la delantera. Fernando Garcés, valeroso y hábil en la milicia, contenía al rey, aconsejando que se observase moderación y fuesen al socorro. El rey dijo otra vez: “Aquí muramos, arzobispo, que la muerte no es inconveniente en esta ocasión”. Y replicó: “Si place a Dios, tendremos la corona de la victoria, y no la muerte: pero si otra fuese su divina voluntad, estamos todos preparados a morir con vos”.

Entre todos estas cosas el noble rey no cambió de rostro, ni gesto, ni palabra, siempre viril y constantemente, como león impertérrito, firme en morir o en vencer; y no queriendo tolerar más tiempo el peligro que corrían los de adelante, a paso acelerado llegó hasta la tienda del Agareno, donde, por Don de Dios, alegremente llegaron las banderas. Y la cruz del Señor, que solían llevar delante del prelado de Toledo, llevándola Domingo Pascasio, canónigo toledano, atravesó milagrosamente entre las filas de los agarenos y quedando ileso el que la portaba, se mantuvo hasta el fin de la batalla, porque plugo a Dios así.




ARZOBISPO DE TOLEDO RODRIGO XIMENEZ DE RADA


Estaba también entre los estandartes del rey la imagen de Santa Maria Virgen, que fue siempre protectora de la provincia toledana y de toda España. A cuya llegada, aquel admirable ejército de los infieles, con su turba innumerable, que hasta ahora permanecía bastante inmóvil ante los nuestros, herida por las espadas y las lanzas, vencida al fin, nos volvió la espalda. Entonces a instancias de un hermano suyo llamado Zeit Auozecrit, el rey agareno subió a la mula engualdrapada de colores y confió su salvaguarda a la fuga, y con cuatro mílites, asociados a su peligro, llegó hasta Baeza, y a los de esta ciudad, que le preguntaban lo que debían hacer, se dice que les respondió: “NO puedo aconsejaros ni a mi ni a vosotros, el señor os acompañe”. De allí, cambiando de cabalgura, llegó a Jaén por la noche.

Mientras tanto, los aragoneses, castellanos y navarros, cada uno por su parte, mataron a muchos miles de agarenos. Lo cual visto y oído por el prelado toledano dijo al noble rey: “Acordaos de la gracia de Dios, que suplido en vos aquello de que carecíais, y os ha rehabilitado del oprobio por algún tiempo tolerado. Acordaos también de vuestros soldados, con cuyo auxilio llegasteis a tanta gloria”. Dichas estas cosas y otras, el arzobispo toledano y los demás prelados que con él estaban, con lágrimas de devoción y elevando las voces al cielo, prorrumpieron diciendo: “Te alabamos, oh Dios, en Ti confiamos, Señor”. Allí estaban Tello, obispo de Palencia; Rodrigo de Segovia, Domingo Placentino, Pedro de Avila, y otros muchos clérigos cantando los cánticos al señor.

El campo de batalla estaba lleno de sarracenos muertos, de tal modo que podríamos pasar sin peligro sobre los cadáveres, incluso con caballos muy pesados. Allí estaban también los agarenos que se hallaban junto a la tienda del rey, de aventajada estatura, corpulentos, y aunque cortados por todas las partes de su cuerpo, y despojados ya por los soldados pobres, en todo el campo no se halló rastro de sangre.

Hechas estas cosas, los nuestros no querían terminar aquel negocio y los persiguieron infatigablemente por todas las partes hasta la noche, y según dicen nuestros cálculos, hubo cerca de doscientos mil muertos. De los nuestros apenas faltaron veinticinco.


HAZAÑAS DE LOS COMBATIENTES


Lo que particularmente hicieron los nobles en la lucha apenas creo que nadie pueda decir lo bastante; cuánto la audacia de los aragoneses contribuyó al estrago y previno a los fugitivos. Cuán virilmente Jiménez Coronel con la turba de los suyos acudió a los de la delantera. De qué modo magnifico García de Romeo y Aznar Pardo con otros magnates de Aragón y Cataluña, acabaron lo que estaba dudoso. Como la belícosa agilidad de los navarros se lanzó al ataque y persiguió a los fugitivos. Como los ultramontanos que permanecieron con nosotros resistieron las cargas de los más valientes agarenos. De qué modo la magnífica nobleza de los castellanos, con su magnanimidad, lo suplió todo con la gran abundancia, reprimió los peligros con valerosa mano, con vencedora espada previno las tropas veloces, con feliz victoria allanó las asperezas, los improperios de la cruz convirtió en gloria, y dulcificó las blasfemias del enemigo con cánticos de alabanzas. Pues si quisiera declarar las hazañas de los particulares, antes se me cansaría la mano de escribir que no se me acabase la materia. De tal modo la gracia preventiva había fortalecido a todos, que ninguno de los que eran algo, en aquel ejército, apetecían otra cosa que sufrir el martirio.

Acabadas todas estas cosas felizmente, nos sentamos, fatigados, al ponerse el sol, en las tiendas de los agarenos, aunque recreándonos en la alegría de la victoria. No volvió entonces al campamento nuestro ninguno de nosotros, como no fuesen los criados que llevaban el botín. Había tanta gente en el campo de los árabes, que nosotros ocupábamos apenas la mitad. Se encontraron en aquel campamento muchas cosas para los que querían saquear, por ejemplo, plata, vestidos preciosos, túnicas de seda y otros muchos preciosísimos adornos, además de mucho dinero y vasos preciosos, que tomaron en su mayor parte los infantes y algunos soldados de Aragón. Pues los hombres más importantes, movidos por el celo de la fe, la reverencia al rey y el valor, prefirieron continuar la persecución del enemigo, virilmente, hasta la noche, despreciando todos aquellas riquezas, sobre todo cuando el día anterior, el arzobispo de Toledo había prohíbido bajo pena de anatema que nadie se entretuviese en saquear el campo, si la divina providencia nos concedía la victoria.





Apenas se puede calcular la multitud de caballos y de otros animales, y vituallas que en el campo se hallaron; recuento difícil incluso para un sutil ingenio. Así, en aquel mismo lugar permanecimos, aquel día y el siguiente, tan fatigados estábamos. Hombres, vehículos, cosas diversas y fardos, que habían sido olvidados por el combate, o bandonados, fueron recuperados por la diligencia de los criados. Y , aunque parezca increíble, en aquellos dos días no necesitamos otro combustible para encender fuego que las lanzas y saetas los agarenos. Y fueron tantas que en aquellos mismos días no logramos consumir la mitad de todo el material que los moros habían preparado para ser empleado por su multitud.

Así escribió Rodrigo Ximénez de Rada.










A los venerables y muy amados en Cristo, Arnaldo, Abad del Cister, y los demás abades congregados en el Capítulo General, desea salud y perfecta caridad en el señor, Fray Arnaldo, por la Gracia de Dios arzobispo de Narbona.

“Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”; porque en nuestras días ha engrandecido Dios sus obras con su pueblo cristiano, dándole la victoria de sus enemigos, por lo cual tanto más se le ha de alabar, cuanto se reconoce haber triunfado de enemigos más poderosos. Os hacemos saber, pues, nuevas de sumo alborozo, porque el Miramamolín rey de Marruecos, que, según hemos sabido de muchos, había declarado la guerra a todos los que adoran a la cruz, ha sido vencido en batalla campal y puesto en fuga por los mismos que le vereran. Porque como hubiesen venido de varias partes del orbe muchos fieles de Cristo para ganar el perdón que como Vicario de Nuestro Señor Jesucristo concedió el pontícife a los que pasasen a la guerra en socorro de la Cristiandad de España a la ciudad de Toledo, en donde por edicto de los reyes de Castilla y Aragón debían juntarse en la octava de Pentecostés, se halló entre los que vinieron a ella el venerable P. Guillermo, arzobispo de Burdeos, con otros prelados, y muchos barones y caballeros de las provincias del Poitú, Anjou, Bretaña, Limoges, Perigord, Santonges y Burdeos, y algunos ultramontanos.

Llegamos también nosotros a Toledo a 20 de mayo, ocho días después de Pentescostés, con bastante séquito de caballeros e infantes bien armados de las provincias de Léon, Viena y Valentinois, y tratamos con los reyes sobre los intereses de la República Cristiana, y sobre la venida del rey de Navarra, que entonces estaba enemistado con el rey de Castilla; porque habíamos pasado de camino a vernos con él, para persuadirle que viniese en socorro del pueblo cristiano.




ARZOBISPO DE NARBONA, ARNAU AYMERICH


Después de haber estado el ejército cuatro semanas en Toledo, cansado de de tanta detención, y deseosos de luchar contra los moros todos los ultramontanos el martes, a los quince días después de haber llegado nosotros a aquella ciudad con el noble varón don Diego López de Haro, que el señor de  Castilla nos dio por cabo y compañero de viaje, levantamos nuestros reales: y el domingo siguiente, día de San Juan, llegamos a cierto castillo de los moros, que se llama Malagón, y acometiéndole antes de armar las tiendas, los ultramontanos, en menos de una hora se apoderaron de todas las fortificaciones que estaban alrededor de la cabeza del castillo; y combatiendo después todo aquel día y la noche siguiente con saetas y piedras a la cabeza del castillo, minando con picos las murallas, porque era una torre cuadrada de cal y canto que tenía en cada esquina otra torre pegada a ella con sus parapetos muy fuertes, se apoderaron por fuerza de las cuatro torres, y llegaron por ellas minando hasta los cimientos de la torre principal, sin que por esto dejasen de defenderse con el mayor esfuerzo posible los moros desde lo alto de la torre, a donde no podían subir todavía libremente los nuestros por las bóvedas que en medio había muy fuertes de ladrillo y cal o yeso; y así se trató de concierto.

Pretendían los moros que se les reservase la vida, aunque con pérdida de la libertad, pero no quisieron los nuestros concedérselo, y se entregó el castillo con calidad que, reservando la vida al alcalde y a dos hijos suyos, quedasen los demás al arbitrio de los peregrinos, con que fueron pasados a cuchillo casi todos.

Al día siguiente, lunes, llegaron los reyes de Castilla y Aragón, y descansando todos el martes junto a aquel castillo, anduvimos el miércoles dos leguas, y llegamos a Calatrava, que era un castillo muy fortificado con torres fuertes y gruesas, y muchos manganelos y máquinas de arrojar piedras. El sábado pues, día de la conmemoración de San Pablo, combatió todo el ejército cristiano al castillo, y con la ayuda de Dios se ganó aquel día en muy poco tiempo todo aquel lado que estaba más afuera, hacía el agua, y más débil; que es por donde acometieron el rey de Aragón y nuestra gente de Viena con los caballeros de Calatrava, y se pusieron en dos torres las banderas de los nuestros….

Al día siguiente, que fue sábado, viendo que no podíamos pasar por el camino que llevábamos, así por el montuoso y áspero del terreno, como por los moros, que estando en frente nos embarazaban el paso, rodeamos por otra parte, pasando por lugares ásperos y quebrados, y llegando donde se habían de fijar nuestras tiendas, hallamos a los moroso escuadronados al otro lado, y antes de una hora saliendo a la frente de sus escuadrones los árabes y flecheros, provocaban en los nuestros con sus lanzas y saetas, pero sólo atendieron los nuestros a fijar sus tiendas, sin querer admitir la batalla en todo aquel día. El siguiente al amanecer vinieron también los moros con sus escuadrones formados como el día anterior, pero sobreseyeron también los nuestros del combate todo aquel día, excepto los flecheros y otros pocos que daban algunas arremetidas, torneando también los árabes con lanzas y cañas. Y aquel día manifestó su poder mayor el Miramamolín que el que había manifestado el sábado.


LA BATALLA


Llegó el tercer día de alegría, día que hizo el señor, y finalmente día memorable por muchos siglos, cuando al amanecer se apareció en un cerro enfrente el primer escuadrón de los moroso con los árabes que tienen por costumbre pelar corriendo, como quien huye, sin hacer nunca rostro al enemigo, lo cual se comprobó de no haberse hallado muerto en aquel paraje a ningún moro. Fueron pues los nuestros siguiendo el alcance de los moros que huían, y habiendo bajado al valle que está de la otra parte de aquel cerro, se detuvieron allí porque estaba cerca un escuadrón muy fuerte de moros con el Miramamolín, según se decía, y tocando con grande estruendo los moros los instrumentos que los españoles llaman tambores, no sólo se detuvieron resistiendo a los nuestros, sino que también los acometieron con tal valor, que hicieron huir a los serranos, que es cierta nación del reino de Castilla, así a los de a caballo como a los de a pie; y excepto algunos nobles españoles y ultramontanos, parecía casi desbaratado todo el ejército que precedía a la retaguardia; y tuvieron grande miedo en sus corazones muchos de los nuestros, no nos hubiese faltado Dios en aquel día, pero se debe creer fue disposición suya para reprimir la soberbia de los nuestros, para que viendo delante a los nuestros armados, no atribuyésemos la victoria que habíamos de conseguir después, a nosotros o a las armas de nuestra gente y caballos, que eran muchos en nuestros ejércitos, y muy pocas o ningunas en el de los moros, sino a Nuestro Señor Jesucristo y a su cruz, a quien habían ellos hecho ultraje, y que llevaban los nuestros sobre el pecho, para que fuesen, como dice el Apóstol, llevando su deshonor fuera del campo, con el cual vencieron después, sin duda alguna, los nuestros.

Viendo nosotros huir a los cristianos, empezamos a discutir por el ejército exhortando a los que huian a que se detuvieran; y aunque los serranos huían con otros muchos, permaneciendo firme la retaguardia, y acometiendo con grandísimo esfuerzo los reyes a los moros, cada uno con su trozo, se detuvieron algunos a nuestra exhortación, y volvieron otros a la pelea, de manera que no solo fueron rechazados los moros que venían siguiendo a los nuestros, sino también desbaratados y muertos por los del escuadrón fuerte. Y desde entonces juyó irremediablemente todo el ejército con el Miramamolín su rey que se había retirado antes; y aun se asegura que, previniendo podría ser vencido, había la noche antecedente enviado delante de si en acémilas y camellos las riquezas inestimables que tenía.

Los nuestros fueron siguiendo a los moros que huían por en medio de sus tiendas, de que, si no es allí, no habían visto nunca tantas juntas, aunque derribadas todas por el suelo; y los fueron siguiendo cuatro leguas largas, matando tantos, que pasaban de sesenta mil los que fueron muertos en la batalla o en el alcance; y lo que es más de admirar, juzgamos no murieron cincuenta de los nuestros.

Halláronse en tres o cuatro diferentes lugares tantas lanzas, aunque quebradas todas, que causó grande admiración a cuantos las vieron; y también se hallaron algunas arquillas llenas de saetas y cuadrillos en tanta cantidad, que aseguran muchos no pudieran podido llevarlas todas dos mil acémilas.




 

Bendito sea por todo nuestro Señor Jesucristo, que por su misericordia ha dado en nuestros días, durante el poticificado del señor Papa Inocencio, victoria a los cristianos católicos de tres géneros de hombres desenfrenados y enemigos de su santa Iglesia, es a saber, de los cismáticos orientales, de los herejes occidentales, y de los sarracenos meridionales. Por tantos bienes, pues, y por tantas mercedes como nos ha dicho aquel, que sin arrepentirse después, da a todos en abundancia, démosle las gracias que pudiéramos, ya que no todas las que merece. Sucedió esta batalla el año del señor 1212, a 16 de julio, el lunes antes de la fiesta de la Magdalena en las Navas de Tolosa, porque había allí cerca un castillo de moros llamado Tolosa, el cual, gracias a Dios, está reducido ahora debajo del Poder de los cristianos, para que lo sepan, y teman lo propio los herejes tolosanos, si no se arrepienten.

Escribió así, Arnau Aymerich.