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martes, 4 de noviembre de 2014

LAS SENTENCIAS DE NUREMBERG



CURIOSIDADES:



Un tribunal militar internacional el 1 de octubre de 1946, formado por los representantes de Rusia, Inglaterra, USA y Francia dieron en publicidad la sentencia del proceso incoado contra los dirigentes nazis acusados de crímenes de guerra. El 16 de octubre se ejecutaron las doce penas de muerte, pero no la de Goering, el cual se puso fin a su vida por sus propios medios.
Cuando Goering entró en la sala para oír la sentencia, era el primero, hizo teatro en los más terribles minutos de su vida. 



SALA DE AUDIENCIAS DEL TRIBUNAL DE NUREMBERG


Tal vez quería demostrar a los jueces cuán superhumanamente desinteresado estaba respecto a cualquier cosa que hicieran con él.

Cualquiera que fuese el motivo, esta es la escena tal como yo la vi. Los jueces habían sido los últimos en tomar asiento en la repleta sala. Ante la puerta de entrada al estrado había una especie de mesa de té sobre la que habían sido colocados un par de auriculares, que estaban enchufados en la pared cerca del nivel del suelo.

Todos los guardias de la sala del tribunal, incluyendo los dos del estrado, aparecían por primera vez sin revólver.

Incluso el coronel Andrus, presidente, había dejado fuera el suyo. Las asombrosas medidas de seguridad habían llegado al extremo de evitar la probabilidad de que uno de los sentenciados arrebatase una arma de manos del soldado.

Creía que no había ningún revolver en toda la sala hasta que vi a un joven oficial con su mano firmemente apoyada en un Colt que llevaba al cinto.

Sin ruido, la puerta corrió al ser oprimido en el exterior el botón eléctrico. Entraron dos soldados desarmados también y otro hombre después, que se puso entre ellos, ante la mesa: era Goering.
Se había puesto su uniforme de mariscal del Aire, al que renunció hacia tres meses, para esta ocasión. No llevaba ninguna insignia. No había ya espacio en el pecho de este Goering de ahora, más delgado, para lucir todas las medallas que acostumbraba llevar.

Su rostro mostraba una rara tranquilidad; sus mejillas abultaban menos. Se puso los auriculares con además de alguien que siente curiosidad por algo que le llama la atención. Cuando el Lord Justicia, Lawrence, pronunció las palabras, “el tribunal sentencia a usted a…”, Goering hizo un gesto con la mano como si impusiera silencio al juez. Por señas indicó a los jueces que el auricular no funcionaba.

Lo que siguió a esto fue inolvidable. El mariscal Goering se inclinó con los demás, varias veces, hacia el enchufe a nivel del suelo para vez si tenía contacto, y siempre estaba señalando que los auriculares no funcionaban.

Los guardianes, que probaron también los auriculares, sostenían que funcionaban perfectamente. Uno saltó, incluso, para ir más deprisa, por encima del asiento del prisionero, y Goering les tendía los auriculares, por turno, y aunque todos le sostenían que funcionaban después de haberlos probado, él seguía negando, con una sonrisa.

Decidieron probar entonces otro par de auriculares, y Goering probó el enchufe del suelo otra vez. Al cabo de dos minutos dijo que ya funcionaba.


 
LOS QUE VAN A SER SENTENCIADOS




El Lord Justicia Lawrence leyó otra vez la sentencia, que era, “condenado a muerte en la horca”. Goering, el hombre que ordenó los bombardeos de Londres, y que ahora había de morir, lanzó una mirada de desprecio al tribunal, se volvió mesuradamente sobre sus talones y salió por la puerta.
Los guardianes sostienen que nunca, mientras ellos escucharon, los auriculares dejaron de funcionar.

Ya sabíamos que Goering oiría con valor su sentencia. ¿Prefería añadir, al valor, la bravata?

Hubo dos minutos de intervalo, pues cada prisionero tenía que ser traído por separado en el ascensor desde el subterráneo de la prisión. Y apareció Hess.

Con su feroz manotazo rechazó los auriculares que se le tendían, y se enfrentó al estrado, con las piernas rígidas, separadas, y las manos cruzadas.

“Encarcelamiento de por vida”. Se lamió los labios, y salió casi marcando el paso, ruidosamente con las botas que llevaba cuando bajó en paracaídas en Escocia.

Después vino Ribbentrop, pálido y vacilante cuando hizo su aparición, pero manteniendo todavía una cierta compostura en el aspecto exterior. “Muerte en la horca”. Pareció hundirse. Estrujó unos papeles que llevaba y que parecían a punto de deslizarse de debajo de su brazo, intentó salir con además resuelto, pero se derrumbó otra vez cuando llegaba a la puerta.

Después Keitel: rígido, erecto, entró con ademán de soldado. Dio después medio vuelta, y salió.
Kaltenbrunner, el jefe de la Gestapo que mató cientos de miles. Alto e implacable en un traje nuevo azul, con elegante camisa y cuello, se inclinó al entrar, se inclinó también al oír las palabras “muerte en la horca” y volvió a inclinarse al salir. Valerosa exhibición: pero los músculos de aquella cara estaban contraídos, y en los ojos se dibujaba el miedo.

De las primeras cinco sentencias, había cuatro a muerte. Unos murmullos interrumpían el silencio del tribunal. El juez Biddle hizo callar a una mujer que se reía, con una mirada. 

El filósofo Rosenberg, el hombre que hubiese querido hacernos creer que no era más que filósofo: “muerte en la horca”. Aquel escolar de baja estatura, regordete, se agita como si no lo esperase, se tambalea ligeramente, y sale con la cabeza baja.

El calvo Frank, que barrió poblados enteros, se había convertido después al catolicismo. Entra diciendo “gracias” a los guardianes que le conducen. Cuando el juez pronuncia “muerte en la horca”, le responde “gracias”. Y por fin da las gracias también a los hombres que le escoltan a través de la puerta.



GOERING Y HESS ESCUCHAN EL VEREDICTO


Frick, de aspecto picante en su traje de sport, abrigado: “muerte en la horca”. Continúa escuchando como si esperase que le digan algo más. Los guardias le hacen dar la vuelta y sale, como si no comprendiera.

El caza judíos Streider, que tenía fama de mujeriego: “muerte en la horca”. Tira sus auriculares sobre la mesa con ruido, y sale, en una especie de arrebato de indignación.

Funk, antiguo periodista financiero convertido en banquero, que se dijo almacenaba los diente de oro de millones de víctimas en sus cajas: “prisión de por vida”. Sus ojos se pasean lentamente por encima de los jueces, y sale, moviendo la cabeza.

Doenitz: “diez años”. Sale, con naturalidad, como si estuviese aún el puente de un buque.

El almirante Raeder: “prisión de por vida”. Traga saliva bruscamente, permanece como clavado al suelo un medio minuto, y sale.

El más guapo de todo, y el más joven, Von Schirach, que como jefe delas Juventudes Hitlerianas enseñó a los jóvenes alemanes el nazismo y el militarismo: “veinte años de cárcel”. Palidece, intenta murmurar una palabra y sale de prisa.

Sauckel, que siempre dio al tribunal la impresión de que no era más que un obrero, pero que envió a cinco millones de hombres a trabajar como esclavos: “muerte en la horca”. Deja oír un sonido como de gemido. Sus mismas palabras en el proceso habían sido algo como un lloriqueo. Sale, desolado.
Jodl, el general que ordenó a los soldados que matasen paisanos: “muerte en la horca”. Frunce el ceño como si un cabo le hubiese faltado al respeto, lanza una mirada altiva y sale.

Scyss-Inquart, el traidor austriaco que contribuyó a poner a Austria bajo la bota alemana y después aplastó a Holanda para sus amos alemanes: “muerte en la horca”. Mira en derredor de la sala ansiosamente como si quisiera ver el efecto producido, se inclina, y sale con rapidez.

Speer, el arquitecto genial que empleó cruelmente el trabajo forzado: “veinte años de cárcel”. Encarna los ojos y murmura algo como si repasase una cuenta. Después se inclina y sale.



HANS FRITSCHE AYUDANTE DE GOEBBELS
 
VON PAPEN MINISTRO Y VICECANCILLER
 
HJALMAR SCHACHT EXPRESIDENTE DEL REICHSBANK ABSUELTOS LOS TRES



El hombre de caballo gris, el aristocrático Von Neurath, uno de los peores opresores de los países ocupados: “quince años”. Se quita suavemente los auriculares, como un mayordomo solícito, y sale andando casi de puntillas.

Y después de la sentencia contra un banco vacio: es el de Martín Bormann, sentencia a muerte en ausencia. Los espectadores comienzan a dirigirse a las puertas.