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miércoles, 19 de noviembre de 2014

LA NOCHE TRISTE DE HERNAN CORTÉS EN MÉXICO


CURIOSIDADES:




Estando en Cempoal, como dicho tengo, platicando con Cortés en las cosas de la guerra y camino que teníamos por delante, de plática en plática los que éramos sus amigos, y otros hobo contrarios, que no dejase navío ninguno en el puerto, sino que luego diese al través con todos y no quedasen embarazos, porque entretanto questábamos en la tierra adentro no se alcancen otras personas, como los pasados, y demás desto, que terníamos mucha ayuda de los maestres y pilotos marineros, que serían al pie de cien personas, y que mejor nos ayudarían a velar y a guerrear que no estar en el puerto. Y según entendí, esta plática de dar con los navíos al través, que allí le propusimos, el mismo Cortés lo tenía ya concertado, sino quiso que saliese de nosotros, porque si algo le demandasen que pagasen los navíos, que era por nuestro consejo y todos fusemos en los pagar. Y luego mandó a un Juan de Escalante, que era alguacil mayor y persona de mucho valor e gran amigo de Cortés y enemigo de Diego Velázquez, porque en la isla de Cuba no le dio buenos indios, que luego fuese a la villa y que de todos los navíos se sacasen todas las anclas y cables y veloas y lo que dentro tenían de que se pudiesen aprovechar, y que diese con todos ellos al través, que no quedasen más de los bateles, e que los pilotos y maestres viejos y marineros que no eran para ir a la guerra que se quedasen en la villa, y con dos chinchorros que tuviesen cargo de pescar, que en aquel puerto siempre había pescado, y aunque no mucho. Y el Juan de Escalante lo hizo según y de la manera que le fue mandado, y luego se vino a Cempoal con una capitanía de hombres de la mar, que fueron de los que sacó de los navíos, y salieron algunos de ellos muy buenos soldados.


LA EXPEDICIÓN PARTIÓ DE CUBA


Pues hecho esto, mandó cortés llamar a todos los caciques de la serranía de los pueblos, nuestros confederados y rebelados al gran Montezuma, y les dijo como habían de servir a los que quedaran en la Villa Rica e acabar de hacer la iglesia y fortaleza y casas, y allí delante dellos tomó Cortés por la mano al Juan de Escalante, y les dijo: “este es mi hermano”. E lo que mandase; que lo hiciesen, e que si hobieren menester favor y ayuda contra algunos indios mejicanos, que a él ocurriesen, qué liria en persona a les ayudar. Y todos los caciques se ofrecieron de buena voluntad a hacer lo que les mandase. Acuérdome que luego le sahumaron al Juan de Escalante con sus inciensos, y aunque no quiso.

Ya he dicho era persona muy bastante para cualquier cargo, e amigo de Cortés, y con aquella confianza le puso en aquella villa y puerto por capitán para si algo enviase Diego Velázquez que hobiere resistencia. Y déjalo he aquí, y diré lo que pasó.

Aquí es donde dice el coronista Gomara que cuando Cortés mandó barrenar los navíos, que no lo osaba publicar a los soldados que quería ir a Méjico en busca del gran Montezuma. No pasó como dice, pues ¿de qué condición somos los españoles para no ir adelante y estarnos en partes que no tengamos provecho e guerras? También dice el mismo Gomara que Pedro de Ircio quedó por capitán en la Vela Cruz; no le informaron bien; Juan de Escalante fue el que quedó por capitán e alguacil mayor de la Nueva España, que aun al Pedro de Ircio no le habían dado cargo ninguno, ni aun de cuadrillero.

Después de haber dado con los navíos al través a ojos vistas, y no como lo dice el coronista Gomara, una mañana, después de haber oído misa, cuando questábamos todos los capitanes y soldados juntos hablando con Cortés en cosas de lo militar, dijo que nos pedía por merced que le oyésemos, y propuso un razonamiento desta manera. Que ya habíamos entendido la jornada que íbamos y que, mediante Nuestro Señor Jesucristo, habíamos de vencer todas las batallas y reencuentros; y que habíamos destar prestos para ello como convenía, porque en cualquier parte donde fuésemos desbaratados, lo cual Dios no permitiese, no podríamos alzar cabeza, por ser muy pocos, y que no teníamos navíos para ir a Cuba, salvo nuestro buen pelear y corazones fuertes; y sobre ello dijo otras muchas comparaciones y hechos heroicos de los romanos. Y todos a una le respondimos que haríamos lo que ordenase, que echada estaba la suerte de la buena ventura, como dijo Julio Cesar sobre el Rubicón, pues todos nuestros servicios para servir a Dios y a su Majestad. Y después deste razonamiento, que fue muy bueno, luego mandó llamar al cacique gordo y le tornó a traer a la memoria que tuviesen muy reverenciada y limpia la iglesia e cruz, y demás desto le dijo que se quería partir luego para Méjico a mandar a Montezuma que no robe ni sacrifique; e que ha menester doscientos indios tamemes para llevar la artillería, que ya he dio otra vez que llevan dos arrobas a cuestas e andan con ellas cinco leguas, y también le demandó cincuenta principales hombres de guerra que fuesen con nosotros.


LA LLEGADA DE CORTÉS A COZUMEL


Como víamos que cada día menguaban nuestras fuerzas y las de los mejicanos crescian, e víamos muchos de los nuestros muertos y todos los más heridos, e que aunque peleábamos muy como varones no podíamos hacer retirar ni que se partasen los muchos escuadrones que de día y de noche no s daban guerra, y la pólvora apocada, y la comida e agua por el consiguiente, y el gran Montezuma muerto, las paces y treguas que les envíanos a demandar no las querían acatar; y en fin, víamos nuestras muertos a los ojos, y las puentes questaban alzadas, fue acordado Por Cortes y por todos los nuestros capitanes y soldados que de noche nos fuésemos, cuando viésemos que los escuadrones guerreros estaban más descuidados, y para más les descuidar, aquella tarde les envíamos a decir con un papa de los questaban presso, que era muy principal entre ellos, y con otros prisioneros, que nos dejen ir en paz de ahí a ocho días, y que les daríamos todo el oro, y por esto por descuidarlos y salirnos aquella noche.

Y además desto estaban con nosotros un soldado que se decía Botello al parecer muy hombre de bien y latino, y había estado en Roma, y decían que era nigromántico, otros decían que tenia familiar un demonio en el cuerpo, algunos le llaman astrólogo; y este Botello había dicho cuatro días había, que hallaba, por sus suertes o astrologías, que si aquella noche que venía no salíamos de Méjico, que si más aguardásemos, que ninguno saldría con vida, y aún había dicho otras veces que Cortés había de tener muchos trabajos y había de ser desposeído de su ser y honra, y que después había de volver a ser gran señor e ilustre, de muchas rentas, y decía otras muchas cosas.

Dejemos al Botello, que después tornaré a hablar en él y diré como se dio luego orden que se hiciese de maderos y tablas muy recias una puente, que llevásemos para poner en las puentes que tenían quebradas, y para ponellas y llevallas y guardar el paso hasta que pasase todo el fardaje y el ejército, señalaron cuatrocientos indios tascaltecas y ciento e  cincuenta soldados; para llevar el artillería señalaron doscientos indios de Tascala e cincuentas soldados, y para que fuesen en la delantera peleando señalaron a Gonzalo de Sandoval y Diego de Ordaz; e a Francisco de Saucedo y a Francisco de Lugo e una capitanía de cien soldados mancebos sueltos para que fuesen entre medias y acudiesen a la parte que más conviene pelear; señalaron a el mismo Cortés e Alonso de Ávila a Cristóbal de Oli y otros capitanes que fuesen en medio; en la retaguardia a Pedro de Alvarado y a Joan Velázquez de León, y entremetidos en medio de dos capitanes y soldados de Narváez, y para que llevasen a cargo los prisioneros y a doña Marina y doña Luisa, señalaron trescientas tascaltecas y treinta soldados.


EN 1520 FUE LA VENGANZA DE LOS AZTECAS LA LLAMADA BATALLA DE OTUMBA


Pues hecho este concierto, ya era de noche para sacar el oro y llevarlo y repartirlo; mandó Cortés a su camarero, que se decía Cristóbal de Guzmán, y otros soldados sus criados, que todo el oro y joyas y plata lo sacasen con muchos indios de Tascala que para ello le dio, y lo pusieron en la sala, y dijo a los oficiales del rey que se decían Alonso de Ávila y Gonzalo Mexía, que pusiesen cobro en el oro de Su Majestad, y les dio siete caballos heridos y cojos y una yegua y muchos amigos tastaltecas, que fueron más de ochenta, y cargaron dello a bulto lo que más pudieron llevar, que estaban hechas barras muy anchas, como otras veces he dicho, y quedaba mucho oro en la sala y hecho montones. Entonces Cortés llamó a su secretario y a otros escribanos del rey dijo:

-“Dame por testimonio que no puedo hacer más sobre esto oro; aquí teníamos en este aposento y sala sobre setecientos mil pesos en oro, y como habéis visto que no se puede pesar ni poner más en cobro, los soldados que quisieren sacar dello, desde aquí se lo doy, como ha de quedar perdido entre estos perros.”.

Y desque aquello oyeron muchos soldados de los de Narváez y algunos de los nuestros, cargaron dello. Yo digo que no tuve codicia sino procurar de salvar la vida, mas no dejé de apañar de unas cazuelas que allí estaban unos cuatro chalchuis, que son piedras entre los indios muy presciadas, que de presto me eché en los pechos entre las armas, que me fueron después buenas para curar mis heridas y comer el valor dellas. Pues de que supimos el concierto que Cortés había hecho de la manera que habíamos de salir e ir aquella noche a los puentes, y como hacia algo obscuro y había niebla y lloviznaba, antes de medianoche se comenzó a traer al puente y caminar el fardaje y los caballos y la yegua y los tascaltecas cargados con el oro; y de presto se puso la puente y pasó Cortés y los demás que consigo traía primero, y muchos de caballo. Y estando en esto suenan las voces y cornetas y gritas y silbos de los mejicanos, y decían en su lengua a los  del Tastelulco:

-“Salí presto con vuestras canoas, que se van los teules, y atajallos que no quede ninguno con vida”.

Y cuando no me cato vimos tantos escuadrones de guerreros sobre nosotros, y toda la laguna cuajada de canoas que no nos podíamos valer, y muchos de nuestros soldados ya habían pasado. Y estando desta manera cargan tanta multitud de mejicanos a quitar la puente y a herir y matar en los nuestros, que no se daban a manos; y como la desdicha es mala en tales tiempos, ocurre un mal sobre otro; como llovía resbalaron dos caballos y caen en la laguna, y como aquello vimos yo y otros de los de Cortés, nos pusimos en salvo de esa parte de la puente, y cargaron tanto guerrero, que por bien que peleábamos no se pudo más aprovechar de la puente. De manera que en aquel paso y abertura de agua de presto se hinchó de caballos muertos y de indios y de indias y naborías, y fardaje y petacas; y temiendo no nos acabasen de matar, tiramos por nuestra calzada adelante y hallamos muchos escuadrones que estaban aguardándonos con lanzas grandes, y que nos decían palabras vituperiosas y entre ellas decían: “¡oh, cuilones, y aún vivos quedáis!”.


BATALLA DE LA NOCHE TRISTE


Y a estocadas y cuchilladas que les dábamos, pasamos, aunque hirieron allí a seis de los que íbamos; pues quizá había algún concierto como lo habíamos concertado, maldito aquel; porque Cortés y los capitanes y soldados que pasaron primero a caballo por salvarse y llegar a tierra firme y asegurar su vida, aguijaron por la calzada adelante, y no la erraron; también salieron en salvo los caballos con el oro y los tascaltecas, y digo que sí aguardáramos, ansí los de caballo como los soldados, unos a otros en las puentes, todos fenesciéramos, que no quedara ninguna a vida; y la causa es esta; porque yendo por la calzada, ya que arremetíamos a los escuadrones mejicanos, de launa parte es agua y de la otra parte azoteas, y la laguna llena de canoas, no podíamos hacer cosa ninguna, pues escopetas y ballestas todas quedaban en la puente, y siendo de noche, qué podíamos hacer sino lo que hacíamos, que era arremeter y dar algunas cuchilladas a los que nos venían a echar una mano, y andar y pasar adelante hasta salir de las calzadas; y si fuera de día muy peor fuera; y aún los que escapamos fue Nuestra Señor servido de ello. Y para quién no vio aquella noche la multitud de guerreros que sobre nosotros estaban, y las canoas que dellos andaban a rebatar nuestros soldados, es cosas despanto. Ya que íbamos por nuestra calzada adelante, cabe el pueblo de Tacuba, adonde ya estaba Cortés con todos los capitanes Gonzalo de Sandoval y Cristóbal de Oli y otros de caballo de los que pasaron adelante, decían a voces:

-“Señor capitán, aguárdenos, que dicen que vamos huyendo y los dejamos morir en las puentes, tornésmoslos a amparar, si algunos han quedado y no salen ni vienen ninguno”.

Y la respuesta de Cortés fue que los que habíamos salido era milagro. Y luego volvió con los de caballo y soldados que no estaban heridos, y no anduvieron mucho trecho, porque luego vino Pedro de Alvarado bien herido, a pie, con una lanza en la mano, porque la yegua alazana ya se le habían muerto, y traía consigo cuatro soldados tan heridos como él y ocho tascaltecas, todos corriendo sangre de muchas heridas. Y entretanto que fue Cortés por la calzada con los demás capitanes, reparamos en los patios de Tacuba ya habían venido de Méjico muchos escuadrones dando voces a dar mandado a Tacuba y a otro pueblo que se dice Escapulzalco, por manera que encomenzaron a tirar vara  y piedra y flecha, y con sus lanzas grandes; y nosotros hacíamos algunas arremetidas, en que no s defendíamos y ofendíamos..

Volvamos al Pedro de Alvarado; que como Cortés y los demás capitanes le encontraron de aquella manera y vieron que no venían más soldados, se le saltaron las lágrimas de los ojos, y dijo Pedro de Alvarado que Juan Velázquez de Léon quedó muerto con otros muchos caballeros, ansí de los nuestros como de los de Narváez que fueron más de ochenta, en la puente, y que él y los cuatro soldados que consigo traía, que desque les mataron los caballos pasaron la puente con mucho peligro sobre muertos y caballos y petacas, que estaba aquel paso del puente cuajado dellos, y dijo más: el que todas las puentes y calzadas estaban llenas de guerreros, y en la triste puente, que dijeron después que fue el salto de Alvarado, digo que en aquel tiempo ningún soldado se paraba a vello si saltaba poco o mucho, porque harto teníamos que salvar nuestras vidas, porque estábamos en gran peligro de muerte, según la multitud de mejicanos que sobre nosotros cargaban. Y todo lo que en aquel caso dice Gomara es burla, porque ya que quisiera saltar y sustentarse en la lanza, estaba el agua muy honda y no podía llegar al suelo con ella; y demás desto, la puente y abertura muy ancha y alta, que no la podría salvar por muy más suelto que era, ni sobre lanza ni de otra manera; y bien que puede ver agora qué alta iba el agua en aquel tiempo y que tan ancha era el abertura; y nunca oí decir deste salto de Alvarado hasta después de ganado Méjico, que fue en unos libelos que puso un Gonzalo Ocampo, que por ser algo feos aquí no declaro. Y entre ellos dice: “y dacordársete debía del salto que diste en la puente”. Y no declaro más en esta tecla. Pasemos adelante…

 



fuente_ Bernal Díaz del castillo 


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