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jueves, 13 de noviembre de 2014

LA MUERTE DEL REY DE FRANCIA ENRIQUE II

CURIOSIDADES:





Este suceso ocurrió en el 30 de junio de 1559 en unas justas celebradas en esa fecha. El rey de Francia, Enrique II, fue herido gravemente con una lanza. Y debido a esta, fue muerto diez días más tarde. El relato que abajo se relata es obra del mariscal de Vieilleville, FranÇois de Scépaux, que presenció el torneo y no se apartó ya del rey herido. En el relato, el mariscal demuestra que tuvo un mal presentimiento, y en tercera persona, afirmó que intentó disuadir al monarca, empecinado en tornear.



ENRIQUE II DE FRANCIA


En fin, estando bien resueltas todas las cosas concernientes al matrimonio de la señora Margarita de Francia con el duque de Saboya, que seguía intitulándose tal aunque no tenía en aquel país una sola pulgada de tierra, quiso el rey reemprender los torneos. Y después de comer el último día de junio de 1559, pidió sus armas, habiendo hecho ya por la mañana publicar abiertamente el torneo; traídas las cuales, mandó al señor de Vieilleville que le armase, aunque estaba presente el señor de Boisy, gran escudero de Francia, a quién pertenecía por su rango este honor. Pero obediente el de Vieilleville a este mandato, no pudo menos de decir a Su Majestad, con un gran suspiro que no hacía cosa alguna más a desgana que aquella.

Su Majestad no tuvo tiempo para preguntarle el porqué, pues el señor de Saboya se presentó al instante, armado de punta en blanco. El rey le dijo, riendo, que ciñese bien las piernas al caballo, que se proponía derribarlo bien derribado, sin respetos a la alianza ni fraternidad. Con esto salen de la sala para ver de montar a caballo y entran en liza, donde el rey dio una hermosa carrera y rompió muy bravamente su lanza; igual hizo con la suya el señor de Saboya, pero agarró el arzón después de tirar el astil roto, y se tambaleó un poco, lo que disminuyó la elegancia de su carrera. Muchos atribuyeron no obstante este defecto a su cabalgadura. 

El señor de Guisa vino después, y se portó muy bien. Pero el conde de Montgomery, joven alto y robusto, lugarteniente del señor de Lorges, su padre, uno de los capitanes de la guardia, tomó el rango de la tercera carrera, que era la última que el rey debía correr; pues los defensores corren tres y los asaltantes una. Los dos se acometen a ultranza y rompen muy diestramente sus palos. El señor de Vieilleville, a quién tocaba correr, como tenante, después del rey, para hacer así sus tres carreras, se presenta  y quiere entrar en liza, pero el rey le rogó le dejase hacer otra carrera contra el joven Lorges pues quería tener su desquite, diciendo que le había hecho tambalearse y casi perder estribo. Vieilleville le responde que había hecho bastante y con muy gran honor; que aquel joven caballero quería triunfar a toda costa, y que si el rey no se tenía bien en el estribo, no le trataría con más dulzura que había hecho con el sobrino de Dom Rigome.



CONDE DE MONTGOMERY EL REGICIDA


Su majestad, no obstante, quiso probar la carrera una vez más contra aquel tal Lorges, y le mandó llamar. Viendo lo cual, Vieilleville le dijo:

-“Juro por Dios vivo, señor, que ha más de tres noches no hago sino soñar que os ha de alcanzar una desventura en el día de hoy, y que este último día de junio os será fatal: haréis de ello lo que os plazca.”.

Lorges quiso excusarse también, diciendo que había hecho ya su carrera, y que los otros asaltantes no permitían que les hiciese otra de ventaja. Pero Su Majestad le dispensó del reglamento, y le mandó entrar en liza. A lo cual, por muy gran desdicha, obedeció y tomó una lanza.

Es preciso notar, antes de entrar en este mortal discurso, que en todas las acometidas, y mientras duran estas, suenan y fanfarrean sin cesar todas las trompetas y clarines, ensordeciendo los oídos de los presentes hasta aturdir. Pero en seguida que los dos entraron en esta liza y comenzando a correr, todas las músicas se callaron sin que ninguna sonase, cosa que nos hizo presagiar con horror el desdichado desastre que aconteció; pues habiendo ambos corrido y roto muy valerosamente, con gran destreza sus lanzas, el torpe Lorges no tiró su astil roto, según se acostumbra, y siguió apuntando con la lanza rota y siempre en ristre; y corriendo, halló con ella la cabeza del rey, hiriéndole derechamente en la visera, que alzó con el golpe y le saltó un ojo; lo cual obligó a Su Majestad a abrazarse al cuello de su caballo, el cual, sintiendo suelta la brida, acabó su carrera, al fin de la cual estaba para pararle el primer escudero y el gran escudero, según la costumbre. Pues en todas las carreras que hacía el rey, estos dos oficiales hacían otro tanto fuera de liza; y le quitaron el casco de la cabeza después de bajarle del caballo para llevarlo a su cámara. El rey les decía con voz débil que era hombre muerto, y que el señor de Vieileville había previsto bien esta desgracia cuando le armaba; y que antes había intentado con insistencia distraerle de la idea de reemprender el torneo, “y que incluso en el mismo instante ha hecho cuanto ha podido para impedirme hacer esta maldita carrera”, pero que nadie puede escapar a su destino.



RECREACIÓN DEL INSTANTE DE LA JUSTA DE ENRIQUE II


Con esto, fue conducido y llevado a su cámara por el señor de Vieilleville, cámara que quedó cerrada y prohibida a todo el mundo, habiendo ordenado el rey a Vieileville que, como superintendente general, nadie entrase en ella salvo los que harían servicio, como médicos, cirujanos, boticarios, ayudas de cámara y del guardarropa que estuviesen en funciones; y ni siquiera uno solo de los príncipes se presentó.

Cinco o seis cirujanos de los más expertos de Francia hicieron toda clase de diligencias necesarias para ahondar la herida y sondear el lugar próximo al cerebro donde pudiese haber astillas del muñón de la lanza; pero no les fue posible, aunque durante cuatro días hubiesen anatomizado cuatro cabezas de condenados a muerte, decapitados en la Conserjería del Palacio y en las prisiones del Grand Châtelet; contra cuyas cabezas se hundía la lanza rota, con semejante fuerza en el lado correspondiente para experimentar, pero era en vano.

Al día cuarto, el rey recuperó ánimos, pues había cesado la fiebre continua, que padecía desde el momento de ser herido. Hizo llamar a la reina, que se presentó toda en llanto, y le ordenó hiciera seguir adelante las bodas de su hermana tan pronto como le fuese posible. Después pidió al señor de Vieileville, que no se había movido del lado de su cama, sin despojarse de ropa, y estuvo siempre presente cuando le curaban, dónde estaba el breve de rango de mariscal de Francia, que le fue presentado inmediatamente; y teniéndolo, Su Majestad lo entregó a dicho señora, rogándole lo firmase en el acto en su presencia, lo que ella hizo, y le ordenó como por testamento y última voluntad, ejecutase el tenor de dicho documento, sin fraude ni connivencia inmediatamente que se presentase ocasión; cosa que ella prometió por su honor y alma.

Después le encomendó la administración del reino con su hijo mayor, que era todavía muy joven para que le sucediese; y que tuviese cuidado de sus demás hijos, y ella y ellos rogasen e hiciesen rogar a Dios por su alma, pues en lo referente a su cuerpo, se daba cuenta por el horrible mal que sufría de que su vida tocaba a su fin; y dicho esto le rogó que se retirase. Terminadas estas palabras ella le dejó, pero si Vieilleville no la hubiese sostenido, caía al suelo desmayada;:  y fue preciso llevarla a su cámara donde, vuelta en sí, comenzó con toda diligencia a ordenar las susodichas bodas, que se hicieron cinco días después de tales ordenes, y tenían semejanza más de comitiva fúnebre y funerales que de otra cosa, pues en vez de oboes, violines y otros regocijos, no se oía sino llanto, sollozos, tristezas y lamentos; y para que más se pareciese a un entierro, se casaron poco después de medianoche, en la iglesia de San Pablo, con antorchas, cirios y toda clase de luminarias para el cortejo; pues el rey había perdido ya la palabra, juicio y todo uso de razón, no conociendo ya a nadie, de tal manera que al día siguiente de las bodas, que era el 10 de junio de 1559, Dios dispuso de él a voluntad y él entregó el espíritu.



FRANÇOIS DE SCÉPEAUX, MARISCAL DE VIEILLEVILLE


Dejaba, por su muerte, a París sumido en inmensa turbación y el reino lleno casi de tristezas, de enojo y enfados extremos. Los grandes prelados, señores y principal nobleza de Francia habían acudido a dicha ciudad por ardiente deseo que todas las personas de medios y de rango tenían de participar en los solemnes actos de las bodas reales, y del bien de la paz, tan deseada y necesaria.
Paso en silencio el duelo desesperado de la reina, de la reina de España, Isabel, su hija, dama Margarita, la nueva duquesa de Saboya y, en general, de todas las princesas y damas de la corte; pues no se puede ignorar ni dudar de que la desolación fuese excesiva y casi mortal.

Tampoco hablo de la aflicción que se había apoderado de los corazones del duque de Alba, y de todos los señores de España, pues su duelo no podría expresarse, tanto a causa de la increíble desolación en que estaba su nueva reina como por el hecho de verse frustrar los honores y provechos que las atenciones y favores ordinarios del difunto rey podían hacer esperar; pues los sabía nombrar a todos por sus nombres y apellidos, lo que les aseguraba de que Su Majestad no los olvidaría nunca, y a la larga podría serles útil. Y había ya cuatro de ellos que tenían reservadas las vacantes de gentilhombres de cámara del rey y tenían los nombramientos firmados de su mano, que mostraban a todo el mundo por gran favor y honor.

Y acaso podemos añadir que hubo una profecía de Nostradamus que reza:

“El joven león vencerá al viejo
En un campo bélico por un solo duelo
Le pinchará los ojos en la jaula de oro
Dos heridas una, morirá de muerte cruel”

Este y otros profetas de la época visualizaron su muerte en singular torneo.



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