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viernes, 21 de noviembre de 2014

GARIBALDI ENTRA EN PALERMO

CURIOSIDADES:





Mis últimos apuntes fueron despachados  tan aprisa que no tuve tiempo de enviar detalles relacionados con ellos. El hecho es que toda comunicación directa con Inglaterra está detenida, y todos los que han de enviar cartas dependen enteramente de la irregular partida de busques de Malta o Nápoles; y para mejorar las cosas, no se avisan de antemano estas partidas antes de que el humo de la chimenea del vapor advierta que la caldera está encendida para zarpar.

En mi carta desde Messina dije que estaba a punto de embarcarme como tripulante de un buque destinado a Palermo, pues este era el único modo posible de alcanzar a Garibaldi. Primero pensé intentar juntarme a los revolucionarios por tierra, pero la plaza estaba tan estrechamente cerca que el hacerlo así me hubiese llevado a un calabozo de la ciudadela, a dos o tres pies bajo el nivel de la marea. Recibí la noticia de presentarme en mi barco a las siete de la tarde, y mientras levaban anclas hice un croquis de la Fortaleza que domina la bahía, la torre y el estrecho de Messina, aquí de apenas tres millas de anchura.


GARIBALDI ES EL SÍMBOLO DEL RESURGIMIENTO ITALIANO


Por la mañana del 24 último, cuando nuestro barco doblaba el cabo Bongerbino pude percibir distintamente un fuego por la cumbre de los montes que dominan Palermo. Desde luego, todo el mundo a bordo del Vulture se puso sobre el quien vive al instante, y un grupo interesado, del que vuestro humilde servidor formaba parte, se reunió con telescopios y gemelos, a observar, mientras la tripulación, dejando su trabajo, se disputaba los sitios buenos para mirar también. Inmediatamente dejamos caer el ancla en la bahía. Muchísima gente vino a decirnos que había tenido lugar un encuentro entre Garibaldi y las tropas reales cerca de Monreale, y que deseaban comprarnos cualquiera armas que tuviéramos para vender. También nos dijeron que a pesar de las precauciones tomadas por las autoridades, que condenaban a muerte a cualquiera que fuese hallado con una espada o un mosquete, algunos miles de jóvenes se preparaban a caer sobre los soldados y a despedazarlos, tan pronto como Garibaldi se lo ordenase. Sin embargo, la lucha se transformó en un fiasco por parte de los liberales, pues las humaredas de los fogonazos se retiraban más y más hacía los montes hasta perderse de vista, y nada decisivo se ganó por ambos lados, excepto que los napolitanos se irrogaron a sí mismos la victoria, suponiendo que la columna que se retiraba era el total de ejército patriota. Esta fue una de las famosas maniobras de Garibaldi, porqué él, entretanto, con el grueso de sus fuerzas, hizo una marcha de flanco desde Pareo a Misilmeri, dejando al general napolitano bajo la impresión de que había huido en dirección opuesta. Desde luego, aquel supuesto triunfo consiguió mucho para la causa del Gobierno; y me siento inclinado a creer, según lo que ví al desembarcar, que el pueblo comenzaba a sentirme desaminado ante el relato de la derrota de su héroe. Este sentimiento, sin embargo, fue pronto disipado por el comité, un consejo revolucionario secreto con sede en el corazón de Palermo, que tomó activas medidas para reanimar los ánimos que decaían. A propósito de este comité, presencié un incidente relacionado con él en mi primera visita a tierra, que me dio material para escribir.

Podéis fácilmente, imaginar que los sbirri tenían muchas ganas de descubrir a las personas que componían este consejo de conspiradores, y que no perdieron oportunidad de obtener información acerca de sus posibles moradas, nombres y número. Acababa de pasar por la Porta Felice cuando vi a un inmenso gentío que venía hacia mí desde el lugar de la Reale Finanze. A su cabeza iba un hombre corriendo a toda marcha, con numerosas heridas en la cabeza que manaban sangre. Una de ellas era particularmente horrible, y se extendía desde la sien a la barbilla, dándole un desagradable aspecto. Iba gritando socorro mientras corría. El más veloz de sus perseguidores le alcanzó y tuvo tiempo de darle una serie de cuchilladas, antes de que cayera ante el umbral mismo del consulado americano, donde unos soldados que pasaban le recogieron y le metieron dentro.

El sábado, 26 último, hubo una gran movimiento entre los vapores napolitanos surtos en la bahía. Salieron y permanecieron en el mar, en varias direcciones, como si tuviesen la misión de interceptar un segundo desembarco en la costa. NO era este el caso, como después supe. Era que el general Letizia, jefe de la tropas reales, había sido tan engañado por la fingida retirada de Garibaldi a las montañas que envió los vapores a perseguirle para que no lograse embarcar en algún punto de la costa, y también envió un barco a Nápoles con la noticia de que todo había terminado, y que esperaba enviar pronto al patriota en persona apara ser torturado en algún oscuro calabozo, como premio de Su Majestad. Mientras esto sucedía, yo recibí, a cosa de una hora de la partida de los vapores, a unos ocho millas de distancia, y prometiendo, si me decidía a esperar un día o dos, hallar algunos medios de que me reuniera con ellos; pero también se insinuaba en la carta que serían ellos quienes vendrían donde estaba yo.


ENTRADA DE GARIBALDI EN PALERMO


A eso de las tres y media del domingo por la mañana, me despertó una rápida descarga de mosquetería, toques de campanas de iglesia, y fuertes vítores lanzados por miles de pulmones. Saltar de la cama y vestirme fue cosa de cinco minutos. Garibaldi con sus hombres estaba luchando por abrirse paso por la Porta de Santo Antonino, mientras los oficiales napolitanos, sorprendidos por la súbita aparición del hombre a quien creían lejano y fugitivo, galopaban aquí y allá, dando órdenes confusas a las tropas que habían reunido y dando contraórdenes casi inmediatas. La primera precaución tomada por los militares fue colocar, a intervalos, centinelas a lo largo de ambos lados de las calles y a la entrada de cada encrucijada, con orden de disparar sobre quienquiera que se asomase a las ventanas o a las puertas de las casas. Se habían traído dos cañones. Barren con ellos la Strada Nuova de la Via Toledo a la Porta de Santo Antonino. Cada balcón de esta calle se ha convertido en una fortaleza; los ciudadanos a quienes se suponía desarmados están haciendo un buen servicio contra las aterrorizadas tropas; mientras la pequeña columna de libertadores está adelantando con seguridad, tomando ventaja al avanzar sobre todos los lugares que ofrecen refugio. Los hombres que echaron a los austríacos de cómo y Varese conocen el valor de cada onza de plomo y no hay uno solo de sus proyectiles que no tenga ya su blanco cuando sale del cañón de sus fusiles. “¡hurra!. El Toledo, centro de la ciudad, es conquistado, y se levanta una fuerte barricada entre la Porta Nuova y la Porta Felice. La anterior, con la Piazza Reale y el Palacio, está en poder de las tropas que se están reuniendo allí en fuertes cuerpos y reuniendo armas. El fortín ha comenzado a bombardear aquella parte de la ciudad que está en poder de Garibaldi. Ningún lugar en que uno se refugie es seguro; fuertes explosiones seguidas de nubes de polvo de las casas que se derrumban se suceden una a otra sin intervalo. Mujeres y niños corren gritando por las calles mientras aquí y allá bandas organizadas de labradores se llevan a los muertos y heridos de entre los montones de humeantes ruinas. 

En verdad, Letizia, el general napolitano, debería ser felicitado por su viril y valiente modo de pelear; es una gran hazaña matar inofensivas viejas y niños pequeños. En una casa derribada vi transportar los cuerpos de una familia entera, desde los sesenta años a los seis meses. Pero el fuego va aumentando en Vía Toledo; algunas piezas de campaña han sido puestas en acción en Porta Nuova, que barren la calle de extremo a extremo. Sin embargo, se ha levantado una barricada en la Porta Felice, y en ella uno de los oficiales de Garibaldi planta una bandera italiana entre una lluvia de disparos y metralla que le deja intacto, asombrosamente. Todos los campanarios de la vecindad están tocando como señal de que todos los que tengan armas deben congregarse en el lugar, y pronto la barricada cuenta con una hueste de defensores. Mientras tanto, las propias gentes de Garibaldi y los squadri, montañeses sicilianos, han tomado a las tropas de flanco desde algunas calles estratégicas, y en conjunción con los de la barricada de Porta Felice, les hacen retroceder hasta la Piazza Reale. Ya es de noche, y la escena en la Toledo hace baldío todo intento de descripción. Un buque de guerra napolitano ha tomado posición de combate en un muelle, y está lanzando obuses de trece pulgadas en las aceras. Brotan llamas en todas direcciones y las paredes se derrumban con estrépito por las estrechas encrucijadas, mientras los ayes y gemidos de los heridos, que son transportados a posiciones más abrigadas, combinados con los vitores de los soldados patriotas a medida que hacen retroceder a los otros, paso a paso, hacia el Palacio Real, producen algo así como una docena de pandemónium en uno. Toda la noche continúa la noche interrumpida, y no hay quien duerma, ni mucho ni poco, aunque no sea de los combatientes, pues en cualquier momento le puede despertar un obús en su cama.

El martes, la lucha fue más dura que nunca. Se verificó un ataque sobre el palacio, y una de sus alas fue ocupada por los asaltantes y defendida por un tiempo considerable; esta hazaña fue realizada por el joven Garibaldi a la cabeza de quince hombres, y si no le hubiesen llamado de allí, creo que se hubiese establecido firmemente en su conquista.



MUESTRA DEL ARROJO Y AVANCE DE GARIBALDI CONTRA LOS REALES


Cuando se tiene en cuenta que Garibaldi entró en la ciudad con sólo unos mil hombres de su propia gente, de quienes dependía, el resultado logrado es sorprendente.

Está a punto de salir un vapor para Nápoles y debo enviar esto inmediatamente. Solo añadiré que hemos tenido un armisticio desde el miércoles por la tarde, que expirará mañana domingo, 3 de junio a las doce. Fue el general napolitano quien lo pidió, y ha ido a Nápoles por instrucciones para saber qué hacer.

Esto forma parte de la sorprendente campaña que realizó Garibaldi por Sicilia para incorporar a esta al reino del Piamonte, el unificador de Italia cuando el 2 de junio de 1860, el periodista inglés Frank Vizetelly, fue testigo de la entrada de Garibaldi en Palermo.