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miércoles, 7 de octubre de 2015

RAMON MUNTANER NIÑERO DE UN PEQUEÑO INFANTE

CURIOSIDADES:


Ramon Muntaner escribió una gran crónica donde recogió multitud de episodios de los que fue testigo. De esas se recoge abajo parte del capítulo 269 de la crónica donde se describe el viaje desde Sicilia a Rosellón entre agosto y octubre de 1315. Se sabe que el día 5 de abril del mismo a-ño nació en Catania el fínate don Jaime, hijo del infante Fernando de Mallorca y de Isabel de Sabrán. Su padre el infante don Fernando, que tuvo que volver hacía Grecia pero estimó oportuno llevar al pequeño infante a Perpiñán, donde residían sus abuelos, Jaime II de Mallorca y Esclarmorda de Foix. El traslado se encomendó a Ramón Muntaner. Un hecho importante, tanto en la salida como en la llegada del viaje, se iba a levantar acta notarial que diera fe que el pequeño infante de cuatro meses era en realidad él. Al ser tan pequeño hubiera sido muy fácil una suplantación. Este infante sería Jaime III, el último rey de Mallorca, que morirá defendiendo sus derechos en la batalla de Lluchmajor. 


RAMON MUNTANER ESCRIBIENDO SU CRÓNICA MINIATURA DEL CÓDICE CONSERVADO EN EL ESCORIAL


Verdad es que así que el infante don Fernando de Mallorca hubo partido de Messina, yo fleté una nave de Barcelona que estaba en el puerto de Palermo, que era de Pere Desmont, y la hice ir a Mesina y de aquí a Catania. Y también envié una dama noble, muy buena mujer, natural del Ampurdán, que se llamaba doña Agnés de Adri, que era viuda y había venido a Sicilia en la compañía de doña Isabel de Cabrera, esposa del noble don Bernat de Sarriá; y aquella había tenido 22 hijos, y era muy piadosa y muy buena. Convencí a doña Isabel y a su noble esposo que me la dejaran para que yo le recomendara al señor infante don Jaime, hijo del señor infante don Fernando. Cortésmente me la dejaron; y yo le encargué el cuidado del señor infante, ya que había tenido tantos hijos y era buena y buen y honrado linaje. También disponía yo de una buena mujer que había pertenecido a la casa del señor infante Don Fernando, que había sido enviada por la reina de Mallorca en cuanto supo que aquél se había casado. Luego conseguí dos mujeres más,. Y el infante tenía nodriza buena y de excelente complexión, que era de Catania, la cual lo criaba con mucho afecto. Y además de esta me procuré dos nodrizas más, que metí con sus hijos en la nave, para que, si una se quedaba sin leche, las otras estuvieran prestas, y por esta razón las metí con sus hijos, por si las necesitábamos.

Y así dispuse mi travesía, y armé muy bien la nave; puse en ella ciento veinte hombre de armas, nobles y villanos, y todo cuanto era preciso para alimentarnos y para defendernos. En cuanto tuve la nave preparada en Mesina, llegó de Clarenza de Grecia una barca armada que el señor infante enviaba al señor rey Federico, haciéndole saber, entre otras cosas, que yo debía salir pronto de Sicilia, lo que yo hice de buen grado. Por tierra me fui a Catania, adonde hice que arribara la nave, desde Mesina, y así, a los pocos días de llegar a Catania se encontró allí la nave, e hice que todos embarcaran.

Y cuando llegó el momento de embarcar al señor infante, Ot de Novelles reunió a todos los caballeros catalanes, aragoneses y latinos que había en Catania, y a todos los honrados ciudadanos, y dijo en presencia de todos ellos:

“Señores, ¿reconocéis en este al infante don Jaime, hijo del infante don Fernando y de doña Isabel, su esposa?”.

Y todos respondieron que sí, que habían estado presentes en su bautizo y después lo había visto y reconocido constantemente: “Estamos seguros que es él”.

Y sobre esto Ot levantó escritura pública; y después repitió aquellas mismas palabras, le respondieron igualmente, e hizo hacer otra escritura. Luego lo puso en mis brazos y en mis manos; y quiso tener de mí otra escritura en la que yo lo declaraba libre del juramento y del homenaje que me había hecho y en la que se reconocía haber recibido al infante.

Esto acabado, llevándolo en brazos lo saqué de la ciudad, con más de dos mil personas que me seguían, y lo entré en la nave. Todos le hicieron la señal de la Cruz y lo bendijeron. Aquel día llegó a Catania un portero del señor rey que, de su parte, trajo al señor infante dos pares de vestidos de ropa de oro con pieles.

Y así zarpamos de Catania el primero de agosto del año mil trescientos quince. Así que llegué a Trápani recibí una carta en la que se me decía que me guardara de cuatro galeras que el rey Roberto de Nápoles había armado contra mí, con intención de apoderarse del infante, pues suponía que si se hacía con él recuperaría la ciudad de Clarenza. En cuánto lo supe reforcé más la nave poniendo en ella más armas, más gente y otras muchas cosas.

Zarpamos de Trápani y el tiempo fue tal que hasta el día de Todos los Santos no tocamos tierra de Cataluña. Os aseguro que durante aquellos noventa y un día ni el infante, ni yo ni ninguna de las mujeres salimos a tierra. En la isla de San Pedro se nos unieron 24 naves de catalanes y genoveses, y navegamos juntos porque todos íbamos hacia poniente. Y tuvimos tal temporal que siete de ellas se perdieron, y nosotros y las demás estuvimos a punto de perecer. Pero quiso Dios que el día de Todos los Santos llegáramos al puerto de Salou. El mar nunca causó ningún trastorno ni al infante ni a mí, y no dejé de mis brazos mientras duró el temporal, ni de día ni de noche, y yo lo tenía que sostener cuando mamaba, porque la nodriza no podía sentarse de tan mareada como estaba, y lo mismo les ocurría a las otras mujeres.

En cuanto llegamos a Salou el arzobispo de Tarragona, por medio de Don Pere de Rocabertí, nos envió las acémilas que necesitábamos y nos hizo albergar en casa de Guanenchs. Luego, en cortas jornadas, legamos a Barcelona, donde encontramos al señor rey de Aragón, que acogió muy bien al señor infante, lo quiso ver, lo acarició y lo bendijo. Luego seguimos nuestro camino con lluvias y mal tiempo; pero yo había hecho hacer unas andas en las que cómodamente iban el infante y la nodriza; llevaba una cubierta de lienzo encerado y encima una tela bermeja; y había veinte hombres que se turnaban en llevar las andas en las espaldas.

En ir de Tarragona a Perpiñán invertimos 23 días. En Báscara encontramos a fray Ramón Saguardia con diez jinetes que la reina de Mallorca había enviado para que acompasen al señor infante; no se separaron de nosotros, junto con cuatro porteros del señor rey, hasta que estuvimos en Perpiñán.
Cuando llegamos al Voló, al atravesar el rio Tech, todos los hombres de la villa salieron, se cargaron las andas en las espaldas y llevaron al señor infante a la otra orilla.

Aquella noche los cónsules y gran número de prohombres de Perpiñán, y todos los caballeros que había en la ciudad, estuvieron con  nosotros; y hubiera habido muchos más, pero el señor rey de Mallorca estaba en Francia. Y así entramos en Perpiñán con gran honor, y nos dirigimos al castillo, donde estaba la reina, madre del señor rey de Mallorca, y del señor infante don Fernando, y la reina esposa del señor rey de Mallorca; y ambas, al vernos subir al castillo, bajaron hasta la capilla.


FACHADA NORTE DEL PALACIO DE LOS REYES DE MALLORCA EN PERPIÑÁN CAPITAL DEL REINO DE MALLORCA


Cuando estuvimos en la puerta del castillo, yo tomé en brazos al señor infante, y con gran alegría lo llevé hasta las reinas, que estaban sentadas juntas. Y Dios nos conceda a todos el mismo gozo que tuvo mi señora la reina su abuela cuando lo vio tan gracioso y bueno, con la cara sonriente y bella, y vestido de ropa de oro, con capa catalana y pellote y con una capucha del mismo paño en la cabeza. Me acerqué a las reinas, me arrodillé y les besé a las dos las manos, e hice que el señor infante besara la de la reina su abuela. Y en cuanto se las hubo besado, ella quiso cogerlo con las manos, pero yo le dije:

“Señora, vuestra gracia y meced no se incomode, porque hasta que me haya aligerado de la carga que tengo no lo tomaréis.”

Y mi señora la reina, sonriendo, dijo que le placia. Y yo seguí: “Señora, ¿Está aquí el lugarteniente del señor rey?”.

“Señor”, dijo ella, “Vedlo aquí”.

Y él se adelantó; y en aquella ocasión era lugarteniente Huguet de Totzó. Pregunté si estaban el baile, el veguer y los cónsules de la villa de Perpiñán; y estaban también los caballeros y todos los hombres honrados que se encontraban en Perpiñán., Y cuando todos estuvieron presentes, hice venir a las damas, nodrizas y caballeros, ya la nodriza de don Fernando. Y ante las damas, las reinas y los demás, les pregunté tres veces.

“¿Este niño que te3ngo en brazos, conocéis que sea el infante don Jaime, primogénito del señor infante don Fernando de Mallorca y de doña Isabel, su esposa?”.

Y todos contestaron que sí. Lo dije tres veces, y  las tres contestaron que sí, y que era cierto lo que yo decía. Cuando hubieron hablado así, dije al escribano que me levantase acta. Y después dije a la reina, madre del señor infante don Fernando:

“Señora, ¿Creéis que este sea el infante don Jaime, hijo del infante don Fernando, hijo vuestro, que engendró en doña Isabel, su esposa?” Y ella respondió: “Sí”.


JAIME III EL PEQUEÑO INFANTE


Y también lo dije tres veces, y a cada una me respondió que me daba por bueno, por leal y por libre, y que me exoneraba de cuanto debía a él y a su hijo. Y de esto también se levantó acta.

Y cuando todo esto se hubo acabado, entregué en buena hora al dicho señor infante don Jaime. Y ella lo tomó y lo besó más de diez veces; y luego lo cogió la reina joven y también lo besó muchas veces; y finalmente lo volvió a coger la reina su abuela y lo entregó a su dama doña Perellona, que estaba cerca.

Y así salimos del castillo y fuimos al albergue donde yo debía residir, o sea a casa de Pere Batlle, y esto pasaba por la mañana. Después de comer volví al castillo y di las cartas que llevaba del señor infante don Fernando a la reina su madre, y las que llevaba para el rey de Mallorca, y les comuniqué los mensajes que se me habían encomendado.

¿Qué os diré? 15 días estuve en Perpiñán,,y todos los días iba dos veces a ver al señor infante, tal era la añoranza que sentí en cuanto me separé de él, que no sabía que me pasaba. Y me hubiera quedado más tiempo, a no ser que Navidad se nos echaba encima; y me despedí de las dos reinas y de todos los de la corte, pagué a los que me habían acompañado, y devolví a doña Agnés de Adri a su casa, cerca de Bañolas. Y la reina se portó muy bien conmigo y con todos los demás.


lunes, 15 de junio de 2015

CARLOS IV Y LA INVASIÓN DE AUSTRALIA

 CURIOSIDADES:



El descubrimiento de las cartas de un oficial de la armada española del siglo XVIII prueban que España planeaba invadir Australia y otras colonias británicas en el sureste asiático para reinar en los Mares del Sur.

En 1793, el rey Carlos IV envió a José de Bustamante a Montevideo para que reuniera una flota de barcos de guerra. Acababa de estallar la guerra entre España e Inglaterra y el mundo era un inmenso tablero de ajedrez. Si el Imperio español, ya afincado en Filipinas, conseguía conquistar Australia, podría interrumpir el intenso tráfico marítimo entre las colonias británicas y la metrópolis.

Sin embargo, mientras Bustamante se afanaba en reunir su flotilla en Montevideo, las fuerzas españolas sufrieron una terrible derrota en la batalla del cabo de San Vicente en junio de 1797. “España perdió muchos barcos y el foco de la guerra se fue moviendo a Europa”, cuenta a El Confidencial el historiador y vicepresidente de la Asociación Australiana de la Historia Marítima, Chris Maxworthy.

El académico, antiguo oficial de la marina australiana en reserva, descubrió los planes secretos de Bustamante durante una visita reciente al Archivo General de la Marina Álvaro de Bazán, en Viso del Marqués, cerca de Ciudad Real.


FLOTA ESPAÑOLA DE 1790


Leyendo las cartas de Bustamante, Maxworthy se dio cuenta de la expedición científica que emprendió junto con Alessandro Malaspina tenía fines mucho menos nobles. En realidad, los exploradores tenían una misión secreta: estudiar la invasión de Australia y de otros puertos británicos en la región.

Malaspina y Bustamante atracaron en la bahía Sídney en 1793 a bordo de las corbetas Descubierta y Atrevida. Bajo el pretexto de una expedición para recabar datos sobre la geografía, la flora y la fauna del Pacífico, Malaspina y Bustamante sopesaron un posible ataque a la joven colonia al tiempo que distraían a sus anfitriones con vino español, buñuelos y chocolate de las Indias.

“Este descubrimiento reescribirá la historia del Pacífico”, asegura Maxworthy. Los papeles descansaban olvidados en el archivo, que contiene fondos con un volumen aproximado de 12 kilómetros de largo sobre la armada y las actividades marítimas desde finales del siglo XVIII hasta principios del XX.

"Al principio no llamaron mucho mi atención, pero luego volví a Australia y no podía dejar de pensar en ellos, así que pedí copias para examinarlos con más detalle", explica este estudioso especializado en las incursiones de piratas y corsarios británicos en el Pacífico entre los siglos XVIII y XIX.

Hasta el descubrimiento de Maxworthy los estudiosos creían que la primera amenaza para la joven colonia australiana habían sido los franceses. Pero los documentos manuscritos de Bustamante prueban que España ya había contemplado conquistar Australia dos años antes.

En las cartas, Bustamante detalla un plan para forzar la estrecha bocana de la bahía de Sídney y llegar hasta las puertas de la floreciente colonia. El oficial propuso al rey Carlos IV asaltar el puerto con una flota de cien fragatas de tamaño medio, armadas con cañones preparados para disparar balas de cañón al rojo vivo.

Bustamante y Malaspina calcularon que era posible destruir buena parte de la colonia con este método si el ataque se llevaba a cabo en verano: la mayor parte de las casas eran todavía de madera y arderían como la yesca, azuzadas por el calor tórrido del estío austral.

Los exploradores argumentaban que "la colonia australiana era peligrosa para España porque los ingleses ya estaban en ubicaciones estratégicas como las Malvinas, Hawai, la India y China", explica Maxworthy.

Malaspina y Bustamante se dieron cuenta del peligro que representaba el imperio británico durante su expedición, entre 1789 y 1794. Sin embargo, sus advertencias cayeron en oídos sordos en una Corte enzarzada en luchas cainitas por el poder.


CARLOS IV DIO SU APROBACIÓN EN 1793 SOBRE EL PLAN DE INVADIR AUSTRALIA CINCO AÑOS DESPUÉS QUE LOS BRITÁNICOS SE INSTALARÁN EN LA ISLA


Poco después de regresar del viaje, Malaspina se vio envuelto en una conspiración para derrocar al todopoderoso ministro Manuel Godoy y terminó encarcelado en la fortaleza de San Antón, en La Coruña. Bustamante “fue más astuto, tenía más habilidad política”, explica Maxworthy.

El historiador confiesa sentir simpatía por este personaje que creía con firmeza que la clave para conservar las colonias en América del Sur pasaba por la defensa de un océano Pacífico, que poco a poco caía en manos británicas.

Curiosamente, los últimos capítulos de la vida de Bustamante también han generado polémica en los últimos años: "Bustamante era el comandante de la flotilla que en 1804 viajaba entre Montevideo y Cádiz con diez millones de pesos en oro y plata", explica el historiador.

Durante el trayecto, fragatas británicas apresaron tres buques españoles y hundieron uno de ellos, el Nuestra Señora de las Mercedes. Bustamante fue apresado por los británicos y más tarde liberado y juzgado por un tribunal militar español. Si bien el oficial fue absuelto de toda culpa, jamás volvió a recuperar el favor de la corona.

Las monedas, sin embargo, dieron mucho más que hablar. En mayo de 2007 la compañía americana Odyssey Marine Exploration recuperó 17 toneladas en monedas de oro y plata del fondo del mar, supuestamente el tesoro olvidado del Nuestra Señora de las Mercedes.

El hallazgo provocó una encarnizada batalla judicial entre el Gobierno español, que alegaba que los restos se encontraban en aguas españolas, y el británico, que defendía que el tesoro estaba en aguas de Gibraltar. El pleito se zanjó a favor de España en 2012 y las monedas terminaron el viaje que habían emprendido más de doscientos años atrás entre gran alboroto mediático e institucional.
Maxworthy no prevé provocar el mismo revuelo con su descubrimiento, pero sí espera que el suceso arroje algo de luz sobre las relaciones entre España, Inglaterra y sus colonias… y sobre las aventuras y desventuras de un par de marinos espías a los que la fortuna nunca sonrió. 


fuente_EL CONFIDENCIAL


sábado, 2 de mayo de 2015

LA CONSTRUCCIÓN DEL ESCORIAL

 CURIOSIDADES:



 
El Monasterio del Escorial se construyó en homenaje de la victoria de los españoles sobre los franceses en San Quintín en el 10 de agosto de 1557. Fue obra de los arquitectos Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera. La construcción se inició en 1562 y finalizó en septiembre de 1584.


VISTA DEL ESCORIAL


No se se era más admirable y de más nueva y alegre vista la de esta casa, cuando se iba edificando, que ahora cual la vemos perfecta y acabada. Aquel bullicio y aquel ruido, aquella variedad de gentes y voces tan varias, la deferencia de artes, oficios y ejercicios envueltos todos en una priesa y diligencia extraña y en aquella al parecer confusa muchedumbre, aunque en la verdad admirablemente avenida y concertada, causaba un como pasmo y admiración a cuantos de nuevo la veían y aun a los que despacio la estaban considerando. Había en sola la iglesia veinte grúas de dos ruedas, unas altas, otras bajas y otras sobre estas más altas, y sobre estas tablados y andamios que subían al cielo; estos daban voces a aquellos, los de abajo llamaban a los altos, los de en medio a los unos y a los otros; de día, de noche a la tarde, a la mañana, no se oía sino guinda, amaina, vuelve, revuelve, torna, estira, para, tente, menea; bullía todo y crecía con aumento espantoso; parecía trabajaban no solo para ganar de comer como en otras obras, sino para dar remate y perfección a los que tenían entre manos en una amigable contención y porfía, pretendiendo cada uno ir el primero, y junto con esto ayudar al otro.

Fuera de este número de grúas que andaban en la iglesia y torres de ella, había otras ne diversas partidas; en el aposento de palacio, casa real y de las damas y caballeros, otras dos; en el pórtico principal cuatro y aun seis; en el corredor de la enfermería otra; en el colegio otras, no sé cuántas, a todas se proveía con abundancia y con puntualidad los materiales necesarios; peonaje, carretería, piedra, cal , agua, madera. Quien viera la multitud de aserradores y carpinteros de tantas suertes y diferencias de otras, unas gruesas como andamios, grúas, cabrillas, agujas y otros ingenios y vasos, tijeras y maderamientos de tejados, otros de puertas y ventanas, y otros más primos, y delgadas manos para cajones, y sillas y estantes, y todo cuanto toca a ensamblaje, jurara que se hacían una ciudad de sola madera. Quien considerara las fraguas y el hierro que se gastaba y labraba, pensara que era para algún castillo o alcázar de puro hierro, y lo mismo afirmara los que pesaran el plomo y otros metales, como bronce, estaño y cobre.

Por otra parte, la variedad y diferencia de albañiles, para lo que se gastaba de cal, yeso, estuque, azulejos, ladrillos y cosas de este menester era tan grande, que si se derramara, ocupara gran parte de esta campaña, y sin duda que si esto, o cualquiera cosa de las que he dicho la amontonaran por si en el contorno de esta casa, admirara la grandeza de cada una, y se atrevieran a afirmar ser bastante para fundar una ciudad entera. Diremos adelante la razón y la suma de lo que pudiéramos en ello; entre estos maestros públicos que hacían tan acordado bullicio, había otros más secretos y retirados, como eran pintores, muchos y de gran primor en el arte, que llaman ellos valientes;  unos hacían dibujos y cartones y otros ejecutaban; unos labraban al olio tableros y lienzos, otros al fresco las paredes y techos, otros al temple, y otros iluminaban, otros estofaban y doraban, y otros muchos, porque los juntemos con estos, escribían libros de todas suertes, grandes y pequeños, y otros los encuadernaban.

De este género y no de menos primor había gran copia de bordadores, que iban haciendo ornamentos al culto divino para alteres y sacristía, en telas de raso, marañas, terciopelo, brocados; unos matizaban con extraño primor, otros bordaban, otros hacían franjas y cordones. Sin esto otra diferencia de maestros más extraños para los metales, unos hacían órganos y otros campanas, otros vaciaban grandes planchas de plomo y otros mezclaban los unos con los otros para diversos ministerios y instrumentos, garruchas, poleas troclas. El esparto y el cáñamo para sogas, serones, espuertas, guindaletas, cuerdas, maromas, ondas, cables, que casi se labró aquí todo, era otra parte de fábrica grande, que aunque aquí era casa sorda y de poca cuenta, en otra parte hiciera harto ruido.

JUAN DE HERRERA, ARQUITECTO E INVENTOR DE LA FÁBRICA DE SAN LORENZO DE EL ESCORIAL


Esto todo junto y como a la par, pasaba aquí, y se ejecutaba a pie de la fábrica; y sin todo los campos de esta comarca resonaban con los golpes de las almádenas y cuñas, y con la fuerza de los martillos, picos y escodas, partiendo o, digámoslo así, rebanando con tanta maña y artificio, que al rendirse parecían de cera, y en la blancura de dentro, nieve; estaba todo el contorno sembrado de talleres, fraguas, tabernáculos y aun tabernas donde se amparaban de las injurias del tiempo, del agua, del sol y de la nieve, y donde cobraban fuerzas con el vino; por otra parte se veían ingeniosas ruedas traídas del agua, cosa con que se cortaban, aserraban, pulían jaspes y mármoles durísimos, con la fuerza de los esmeriles y sierras artificiosas. 

La multitud de la carretería, carreteros y bueyes, era también de consideración, por la puntualidad con que acudían a sus horas concertadas, proveyendo a las grúas, agujas y cabrillas de piedra, para que ni parasen las ruedas, ni descansasen los pescantes, ni se quejasen los estajeros y asentadores, que no les daban materia. Veíase cada día traer piezas grandes, basas, cornijas, capiteles, pedestales, linteles, jambas y otras piezas de tan descomunal grandeza, que no las meneaban menos que siete o nueve pares de bueyes, y algunas doce, y muchas veinte, y no pocas cuarenta. Aquí era de ver mucho una procesión, o un rosario tan largo de estos bueyes ensartados, tan iguales y tan parejos, tirar todos tan a un punto de aquella pesada carga, que parecía entenderse y adunarse para arrancar con ella, y cuando esto no era muy a una, acontecía arrancar del casco los cuernos de los que quedaban faltos o postreros.


JUAN BAUTISTA DE TOLEDO ARQUITECTO EN EL ESCORIAL


Para todos estos oficios y para tal variedad de menesteres, y para que todo creciese a la iguala, había diferencias de aparejadores y sobrestantes, conviniendo unos con otros en dar recado, prisa, calor y ánimo a los que andaban en sus partidas. En estando hecha la ventana o la puerta o lo que tocaba a la cantería, puestas las jambas y linteles, acudía el carpintero con la madera, marco, ventana o puerta, el herrero con el antepecho o reja de hierro; en cerrando o cubriendo el aposento con la bóveda o con la clave, y levantando las paredes, ya estaba la madera del tejado, y el carpintero le cubría, el pizarrero le empizarraba, acudía el albañil y jaharraba y enlucía las paredes, y si se había de pintar, asentaban el estuque y le pintaba; el otro tenía hecha la cerradura, y tan presto el solador la soleaba de lo que la pieza pedía mármol, jaspe, piedra, azulejo o ladrillo. Así se veía acabar un montón grande de cosas a la par, con tanta presteza que parecía se había nacido así. Bullía sin fin, como dice el poeta, aquí un hormiguero concertadisimo, tan sin encontrarse ni embarazarse, que parecían todos uno, o que uno lo hacía todo. Fuera de aquí, en muchas otras partes había y se hacía gran cantidad de obra, en que se ocupaban no poca diferencia de gentes, todo para la perfección de esta fábrica.

En las canteras del jaspe, no lejos del Burgo de Osma, y junto a nuestra casa de San jerónimo de Espeja, andaban sacando y labrando españoles, italianos, lo que tocaba la jaspe de la fábrica, que como veremos es mucho. En Madrid se hacia la obra de la custodia y relicario con parte del retablo, donde se juntaban muchos maestros y laborantes; allí, y en Guadalajara y Cuenca, y en otras partes que yo no sé, se hacía gran cantidad de rejas de hierro, sin lo que se labraba aquí. En Zaragoza se fundían y obraban las rejas principales de bronce de la iglesia, y los antepechos que corren por lo alto de ella.

En las sierras de Filabres se sacaba el mármol blanco, y en estas de las Navas y en Entremoz y en las riberas del Genial, junto a Granada, y en las sierras de Aracena y otras poartes, mármoles pardos, verdes, colorados negros, sanguíneos y de cien hermosos colores y diferencias. Los pinares de Cuenca, Blasaín de Segovía, Quejigal de Ávila y de las Navas, estaban siempre sonando con los golpes de las hachas y segures con que derribaban y labraban pinos altísimos, y con el ruido de los aserradores derribaban y labraban pinos altísimos, y con el ruido de los aserradores que los hacían trozos, tozas y tablas. En Florencia o en Milán se fundían grandes figuras de bronce, para el retablo y entierros. En Toledo se hacían lámparas, candeleros, ciriales, cruces, incensarios y navetas de plata. En Flandes otros candeleros de bronces grandes, medianos y menores, y de extrañas hechuras, de donde también se trajo grande cantidad de lienzos de pintura al temple para adorna las celdas. De suerte que por toda España, Italia y Flandes, estaba esparcida no pequeña parte de esta fábrica, y aunque se pudo contar la gente que andaba en el Templo de Salomón, la que anduvo en este no se puede averiguar fácilmente, por estar allende, de la mucha que aquí se veía, en infinitos lugares repartida, porque aun los monasterios de monjas estaban ocupados en las cosas de esta fábrica, labrando grande número de preciosos paños, corporales, palias, fruteros, paños de muchas diferencias y hermosuras, sábanas para los altares, sobrepellices, albas, amitos, pañizuelos cornijales y otras cien preciosas menudencias de lino, roanas, calicut y holandas, y otras diferencias de lienzos que no les sé yo los nombres.


LA SILLA DE FELIPE II DESDE DONDE CONTEMPLABA LA CONSTRUCCIÓN


Se obraba al fin y crecían en competencia tantas cosas juntas, que me confieso vencido para hacer memoria de ellas, sin tratar ahora de lo que se hacía en la dehesa del Quejigal, y en la de la Fresneda, de lo que se plantaba, edificaba, componía; estanques, jardines, fuentes, viñas, olivares, bodegas y lagares, todo con el calor y el aliento de este pío rey que con solo su vista parecía lo levantaba, daba vida, ser y aumento.


fuente_PADRE JOSE DE SIGÜENZA