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miércoles, 30 de septiembre de 2015

LA BATALLA DE EYLAU

CURIOSIDADES:


Este es el testimonio de un participante de esta batalla acontecida en el 8 de febrero de 1807 en la actual Ilawka, anteriormente Eylau, entre las fuerzas rusas y las fuerzas de Napoleón. Su protagonista, el general francés barón de Marbot.


NAPOLEON EN EL CAMPO DE BATALLA DE EYLAU POR ANTOINE JEAN GROS
 

El 8 de febrero por la mañana, la posición de los dos ejércitos era la siguiente: los rusos tenían Serpallen a su izquierda; su centro ante Auklapen, su derecha en Schmoditten, y aguardaban ocho mil prusianos que debían presentarse en Althoff y formar su extrema derecha. El frente de la línea enemiga estaba cubierto por quinientas piezas de artillería de la que la menos había un tercio de gran calibre. La situación de los franceses era mucho menos favorable pues no habiendo llegado todavía sus dos alas, el Emperaodr sólo tenía, al comenzar la acción, una parte de las tropas con las qué había contado para dar la batalla. El cuerpo del mariscal Soult fue colocado a la derecha, que era la izquierda de Eylau; la guardia en esta ciudad; el cuerpo de Augereau estaba entre Rotchenen y Eylau, frente a Serpallen.

El enemigo formaba, como se ve, un semicírculo alrededor de nosotros, y los dos ejércitos ocupaban un terreno en el que hay numerosos pantanos, pero la nieve los cubría.

Ninguno de los dos bandos se dio cuenta de ello ni disparó proyectiles a rebote para romper el hielo, lo que habría llevado a una catástrofe semejante a la que tuvo lugar en el lago Satschan, al final de la batalla de Austerlitz.

El mariscal Davout, que esperábamos a nuestra derecha, hacia Molwitten, y Ney, que había de formar nuestra izquierda por la parte de Alhoff no había parecido aún cuando, al apuntar el día, hacia las ocho aproximadamente, los rusos comenzaron el ataque con una preparación artillera de las más violentas, a la que nuestra artillería, aunque menos numerosa, respondió con tanta mayor ventaja cuando nuestros artilleros, mucho más informados que los del enemigo, apuntaban a masas humanas sin parapetar, mientras la mayoría de los proyectiles rusos se estrellaban contra las paredes de Rothenen y Eylau. Una fuerte columna enemiga avanzó pronto para tomar esta última población; fue vivamente rechazada por la guarida y por las tropas del mariscal Soult.

El emperador supo entonces, con alegría, que desde el campanario se veía acercarse el cuerpo de ejército de Davout, llegando por Molwitten y marchando sobre Serpallen, de donde expulsó a la izquierda de los rusos, que rechazó hasta kalein – Sausgarten.

El mariscal ruso Benningsen viendo su izquierda derrotada y su retaguardia amenazada por el audaz Davout, decidió aplastarle llevando contra él una gran parte de sus tropas. Entonces, Napoleón quiso impedir este movimiento haciendo una diversión sobre el centro enemigo y mandó a Augereau ir a atacarlo, aunque preveía la dificultad de esta operación.

Pero hay en los campos de batalla circunstancias en que es preciso saber sacrificar algunas tropas para salvar le mayor número y asegurar la victoria. El general Corbineau, ayudante de campo del Emperador, fue muerto junto a nosotros de un cañonazo en el momento en que llevaba a Augereau la orden de marchar. Este mariscal, pasando con sus dos divisiones entre Eylau y Rothenen, avanzó fieramente, contra el centro de sus enemigos, y ya la catorceava línea de nuestra vanguardia se había apoderado de la posición que el Emperador había ordenado tomar y conservar a toda costa, cuando las numerosas piezas de grueso calibre que formaban semicírculo en derredor de Augereau lanzaron una lluvia de obuses y metralla tal, que no la hay semejante en memoria humana.
En un instante nuestras dos divisiones fueron machacadas bajo esa lluvia de hierro. El general Desjardins murió, el general heudelet fue gravemente herido. No obstante, se resistió firmemente hasta que, habiendo quedado casi enteramente destruido el cuerpo de ejército, fue forzoso transportar lo que quedaba cerca del cementerio de Eylau, excepto la línea 14 que, totalmente rodeada de enemigos, permaneció sobre el montículo que ocupaba. Nuestra situación era tanto más enfadosa por cuanto un viento muy violento nos lanzaba al rostro una nieve muy espesa que impedía ver más de quince pasos de distancia, de manera que varias baterías francesas dispararon sobre nosotros junto con las enemigas. El mariscal Augereau fue herido por un vizcaíno. 


SIMON FORT PINTÓ UNA DE LAS CARGAS DE CABALLERIA MÁS GRANDE DE LA HISTORIA EN EYLAU


No obstante, el sacrificio del 7º cuerpo había producido un buen resultado, pues no sólo el mariscal Davout, desembarazado por nuestro ataque, había podido mantener sus posiciones sino que se había apoderado de Klein – Sausgarten y había llevado su vanguardia hasta Kuschitten, sobre la retaguardia enemiga. Fue entonces cuando el Emperador, queriendo dar el gran golpe, hizo pasar entre Eylau y Rothenen noventa escuadrones mandados por Murat.

Estas terribles masas, cargando sobre el centro de los rusos, lo hunden, lo sablean y lo ponen en el mayor desorden. El valiente general D’Hautpoul murió en el choque al frente de sus coraceros, como el general Dahlmann, que había sucedido a Morland en el mundo de los cazadores de la Guardia. El éxito de nuestra caballería aseguraba la victoria en la batalla.

En vano ocho mil prusianos que habían escapado a la persecución del mariscal Ney, entrando por Althoff, intentaron un nuevo ataque dirigiéndose, no se sabe por qué, a Kuschitten, en vez de marchar sobre Eylau; el mariscal Davout los rechazó, y al llegar el cuerpo de Ney que apareció al caer el día en Schmoditten, haciendo temer a Benningsen quedarse con las comunicaciones cortadas, ordenó este últimoi la retirada hacia Koeningberg dejando a los franceses dueños de aquel horrible campo de batalla, cubierto de cadáveres y de moribundos. Desde la invención de la pólvora no se habían visto tan horribles efectos, pues, considerando los efectivos que combatieron en Eylau, es de todas las batallas antiguas y modernas aquella cuyas pérdidas fueron mayores relativamente.
Los rusos tuvieron veinticinco mil hombres fuera de combate, y aunque se haya rebajado a diez mil el número de franceses heridos por el hierro o el fuego, lo evalúo al menos en veinte mil hombres. ¡El total para los dos ejércitos fue, pues, de cuarenta y cinco mil hombres, de los que murieron más de la mitad!

El cuerpo de ejército de Augereau estaba casi enteramente destruido. De quince mil hombres al principio de la acción sólo le quedaban tres mil, mandados por el teniente coronel Massy: el mariscal, todos los generales y todos los coroneles habían sido heridos o muertos.

Cuesta trabajo comprender por qué Benningsen, sabiendo que Davout y Ney estaban aún en retaguardia, no aprovechó su ausencia para atacar la población de Eylau al apuntar el día, con las numerosísimas tropas del centro de su ejército, en vez de perder un tiempo precioso cañoneándonos pues la superioridad de sus fuerzas le había convertido, ciertamente, en dueño de la ciudad antes de llegar Davout, y el Emperador hubiese sentido entonces haber avanzado tanto en vez de fortificarse en la meseta de Ziegelhof para esperar la llegada de sus alas, tal como lo había proyectado la víspera.


SITUACIÓN DEL CAMPO DE BATALLA LA MAÑANA DE 8 DE FEBRERO


Al día siguiente de la batalla, el Emperador mandó perseguir a los rusos hasta las puertas de koeningsberg, pero habiendo algunas fortificaciones en esta ciudad, no juzgó prudente atacarla con tropas debilitadas por sangrientos combates, estando además casi todo el Ejército ruso en Koeningsberg y alrededores.

Napoleón pasó varios días en Eylau, para recoger a los heridos y reorganizar sus ejércitos. El cuerpo del mariscal Augereau estaba casi destruido y sus restos fueron repartidos en otros tres cuerpos. El mariscal obtuvo un permiso para regresar a Francia a curar su herida. El emperador, viendo lejos ya el grueso del Ejército ruso, estableció sus tropas en guarnición en ciudades, burgos y pueblos, por el Bajo Vistula. Durante fines de invierno no hubo hechos notables más que la toma de la plaza fuerte de Dantzig por los franceses. Las hostilidades en campo abierto no se reemprendieron hasta el mes de junio, como veremos después.

No he querido interrumpir aquí la narración de la batalla de Eylau para contaros lo que me sucedió en este terrible conflicto; pero para que podáis comprender este triste relato precisa remontarme al otoño de 1805, en que los oficiales del Gran Ejército hacían los preparativos para la batalla de Austerlitz completando sus equipos.

Yo tenía dos caballos buenos, y buscaba otro mejor, un caballo de batalla. La cosa era difícil, pues aunque entonces los caballos fueron infinitamente menos caros que hoy, su precio era aún bastante alto y yo tenía poco dinero. Encontré por fin una mula, llamada Lissetta, que tenía un defecto terrible y felizmente poco frecuente; mordía como un bulldog y se arrojaba con furia sobre las personas que le desagradaban, cosa que obligó a M. Finguerlin a venderla.

Era costumbre, en el Ejército imperial, que los ayudantes de campo se colocasen en fila, a algunos pasos de su general, y el que estaba en cabeza, marchase el primero, y volviese a colocarse el último después de cumplir la misión que el general le ordenaba, a fin de que, partiendo cada cual a su turno correspondiente, los peligros quedasen equitativamente repartidos.

Un bravo capitán de ingenieros llamado Froissard, que aunque no era ayudante de campo servía al mariscal Augereau, hallándose el primero de la fila, fue encargado de la misión de llevar la orden de ataque al 14º de línea. Froissard partió al galope y le perdimos de vista entre los cosacos, y le vimos más ni supimos qué había sido de él.

El mariscal, viendo que el 14º de línea no se movía, envió a otro oficial llamado David: tuvo la misma suerte que Froissard; no oímos hablar más de él. Es probable que los dos quedasen muertos y despojados, y no se los pudo reconocer entre los numerosos cadáveres de que había quedado cubierto el suelo.

Por tercera vez, el mariscal llama: “¡El oficial de turno para un mensaje!”¡Me tocaba a mí, ahora!

Al verme, presintiendo tal vez la muerte de su antiguo camarada, su ayudante predilecto, los ojos del buen mariscal se llenaron de lágrimas, pues no podía disimularse que me enviaba casi a una muerte cierta; pero era preciso obedecer al Emperador; yo era un soldado; no se podía enviar a uno de mis compañeros en mi lugar, no yo lo hubiese consentido. Hubiera sido deshonrarme. Y me lancé.

Pero aunque iba a sacrificar mi vida, creí un deber tomar las precauciones necesarias para salvarla. Yo había notado que los dos oficiales que partieron antes que yo llevaban sable en mano, lo que me llevaba a creer que tenían intención de defenderse contra los cosacos que los atacaban durante el trayecto; defensa irreflexiva, según mi parecer, pues les había obligado a detenerse para combatir una multitud de enemigos que habían terminado por aplastarlos. Me puse, pues, a la tarea con otro plan; dejé mi sable envainado y me consideré un jinete que quiere ganar un premio de carrera y se dirige lo más de prisa posible, y por la línea más corta hacia el objetivo indicado, sin preocuparse de lo que tenga a la derecha o a la izquierda o ante sí. Mi meta era el 14º de línea y decidí alcanzarlo sin fijarme en los cosacos, que anulé en mi mente.

Este plan me salió a pedir de boca. Lissetta, más ligera que un golondrina, volando más que no corriendo, devoraba el espacio, franqueaba montones de cadáveres de hombres y caballos, los fosos, los fustes de trincheras rotos, las llamas mal apagadas de los vivaques. Miles de cosacos dispersos cubrían la llanura. Los primeros en verme hicieron como cazadores que han visto la liebre; me señalaron unos a otros con gritos  “¡Tuya, tuya!” Pero ninguno de ellos intentó detenerme, primero por la extrema velocidad de mi carrera, y también porque, siendo tan numerosos, cada cual creía que no podría escapar a sus caradas que encontraría luego. De este modo pasé entre todos y llegué al 14º de línea sin que no ni yo ni mi magnifica mula hubiésemos recibido el menor arañazo.


CARGA DE CORACEROS EN EYLAU POR CHARPENTIER


Encontré el 14º formado en cuadro en lo alto de la loma; pero como las pendientes del terreno eran muy suaves, la caballería enemiga había podido dar varias cargas contra el regimiento francés, el cual, rechazándolas con vigor, estaba rodeado ahora de un círculo de caballos y dragones rusos muertos que formaban una especie de parapeto, dejando aquella posición casi inaccesible a la caballería, pues a pesar de la ayuda de nuestros infantes, tuvo mucho trabajo en pasar por encima de aquel sangriento y horrible atrincheramiento.

Por fin estaba dentro del cuadro. Desde la muerte del coronel Savary, muerto en el paso del Ukra, el 14º estaba mandado por un jefe de batallón. Cuando, entre una granizada de obuses, transmití a este militar la orden de abandonar la posición para intentar unirse al cuerpo del ejército, el me hizo observar que la artillería enemiga, disparando desde hacia una hora sobre el 14º le había infligido tales bajas, que el puñado de soldados que le quedaba serían infaliblemente exterminados si bajaban al llano; que tampoco tendría tiempo de preparar la ejecución de este movimiento puesto que una columna de infantería rusa se acercaba; estaba ta a cien pasos de nosotros.

“- No veo medio de salvar el regimiento”, dijo el jefe del batallón, “volved al lado del Emperador y decidle adiós de parte del 14º de línea que ha ejecutado fielmente sus órdenes, y llevadle esta águila que nos había dado y que no podemos defender. ¡Sería demasiado triste morir viéndola caer en manos del enemigo!”

Y el comandante me entregó su águila, que los soldados, gloriosos restos de aquel regimiento intrépido, saludaron por última vez con gritos de “¡Viva el Emperador!” ¡Ellos que por él iban a morir! Era el Cesar, morituri te salutant de Tácito, pero pronunciado por héroes.

Las águilas de infantería eran muy pesadas, y su peso estaba aumentado por una grande, y fuerte asta de madera de encina en la cual se fijaba esa insignia. La longitud del palo me estorbaba mucho, y como ello, sin su águila, no era ningún trofeo, decidí con consentimiento del comandante, romperla para llevarme el águila solo. Pero en el instante en que, desde mi silla de montar, me inclinaba hacia delante para tener más fuerza en mi operación, una bala de cañón de los rusos atravesó el pico posterior de mi sombrero, a pocos centímetros de mi cabeza. Como llevaba un barbiquejo de cuero que me lo ataba fuertemente a la barbilla, aquello me produjo una sacudida en la cabeza que me atontó, aunque no caí del caballo. Me salía sangre por la nariz, orejas y ojos; no obstante, aún oía, observaba, comprendía, aunque mis miembros estuvieron paralizados y me fuese imposible mover un solo dedo.

Mientras la columna de infantería rusa que habíamos visto llegaba al montículo. Eran granaderos, con cascos de metal en forma de mitra. Saturados de aguardiente, en número infinitamente superior, se arrojaron con furia sobre los débiles restos del infortunado 14º, cuyos soldados, desde hacía unos días, solo comían patatas y bebían nieve fundida; y aquel día no habían tenido tiempo de preparar ese miserable ágape. No obstante, nuestros bravos franceses se defendieron valientemente a la bayoneta, y cuando el cuadro estuvo hundido, se agruparon en varios pelotones y sostuvieron largo tiempo aquel desigual combate.

En este espantoso choque, muchos de los nuestros, a fin de no verse heridos por detrás, se adosaron a los flancos de mi mula mordedora, que contrariamente a su costumbre, esta impasible. Si yo me hubiese podido mover, la había llevado adelante para alejarla de aquel campo de carnicería, pero me era absolutamente imposible apretar las piernas para transmitir a mi montura mi voluntad. Mi posición era tanto más espantosa cuanto que, como he dicho, había conservado yo la facultad de ver y de pensar… No solo se estaban batiendo en derredor mío, lo que me exponía a recibir un bayonetazo, sino que un oficial ruso que tenía una cara atroz, hacia constantes esfuerzos para traspasarme con su espada, y como la multitud de combatientes le impedía llegar hasta mí, me señalaba a sus soldados, que tomándome por jefe de los franceses, porque era el único a caballo, disparaban sobre mi por encima de la cabeza de sus camaradas. Numerosas balas me silbaban en los oídos. Una de ellas me hubiese quitado la poca vida que me quedaba, cuando un incidente inesperado vino a alejarme de esta espantosa brega.

Entre los franceses adosados a mi mula había un furriel, al que yo conocía. Este hombre, atacado por varios granaderos enemigos, cayó bajo las patas de lissetta, y se agarró a mi pierna, para intentar levantarse, cuando un granadero ebrio e inseguro en sus golpes, habiéndole querido rematar, erró el golpe, perdió el equilibrio, se erguió, y al ver que yo no caía, me atravesó el brazo izquierdo con la bayoneta. Sentí un placer monstruoso al sentir correr mi sangre caliente por mi cuerpo helado. El granadero ruso, redoblando su furor, me daba golpe tras golpe, hasta que a consecuencia de los esfuerzos perdió pie y cayó. Su bayoneta se hundió en el muslo de mi mula, que devuelta por el dolor a sus instintos feroces, se precipitó sobre el ruso, y de un bocado le arrancó la nariz, labios y párpados, toda la piel de la cara, que parecía un cadáver viviente y enrojecido. ¡Era espantoso verlo¡ después, lanzándose con furia entre los combatientes, coceando y mordiendo, derribó todo lo que hallaba a su paso. El oficial enemigo que tan a menudo había tratado de herirme quiso sujetarla por la brida, pero ella le agarró por el vientre, alzándolo, le llevó debajo de la loma fuera de la lucha y después de hacerlo trizas a mordiscos y coces, le dejó moribundo sobre la nieve. Tomando después el camino por donde había venido, me llevó a galope tendido hacia el cementerio de Eylau. Gracias a la silla de húsar que yo llevaba, pude mantenerme a caballo, pero me esperaba un nuevo peligro.

La nieve caía de nuevo y reinaba gran oscuridad cuando, llegando a Eylau, me encontré frente a un batallón de la vieja guardia, que desde lejos me tomó por un oficial enemigo que mandaba una carga de caballería. El batallón entero hizo fuego sobre mí. Mi capa y mi silla quedaron acribilladas, pero no fui herido, ni tampoco mi mula, que atravesaba las tres filas del batallón con tanta facilidad como una culebra atraviesa un seto… Pero este último impulso había agotado las fuerzas de lissetta, que perdía mucha sangre pues tenía una de las gruesas venas del muslo cortada. La pobre bestia cayó al fin y yo rodé por el suelo.

Tendido sobre la nieve entre los montones de muertos y agonizantes, no pudiendo moverme de ninguna manera, perdí insensiblemente la consciencia de mi mismo. Me parecía que me columpiaban dulcemente. En fin, me desmayé, y no bastó a despertarme el gran estruendo que en aquel instante debieron producir los noventa escuadrones de Murat, a la carga decisiva, pasando junto a mí o tal vez por encima de mí.

Estimo que mi desmayo duró cuatro horas, y al reanimarme, he aquí la horrible situación en que me encontraba; estaba completamente desnudo9, con solo mi sombrero y mi bota derecha. Un soldado, creyéndome muerto, e había despojado según costumbre y queriendo quitarme la única bota que me quedaba, me tiraba de una pierna apoyando su pie sobre mi vientre. Las fuertes sacudidas que me daba me habían reanimando, logré incorporarme, y escupí unos cuajones de sangre que me tapaban la garganta. La sacudida producida por el viento del obús me había producido una equimosis considerable; tenía la cara, los hombros y el pecho ennegrecidos, mientras la sangre que salió de mi herida en el brazo teñía el resto de mi cuerpo. Mi sombrero y cabellos estaban llenos de nieve ensangrentada; mis ojos extraviados sumaban horror a mi aspecto. El soldado se alejó con mis ropas sin que me fuese posible dirigirle una sola palabra, tan grande era mi postración. Pero había recobrado mis facultades mentales y mi pensamiento se dirigía a Dios y a mi madre.

El sol poniente lanzó algunos débiles rayos entre las nubes; me despedí de él creyendo verlo por última vez. Si al menos no me hubiesen desnudado, alguno de los numerosos individuos que pasaban junto a mi hubieran reconocido un oficial en mi uniforme, y me haría transportar en una ambulancia; pero al verme desnudo, me confundían con los muchos cadáveres de que estaba rodeado. Y pronto no habría ninguna diferencia entre éstos y yo. No podía pedir socorro y la noche se echaba encima, aumentaba el frío….¿Podría soportarlo hasta el amanecer cuando ya sentía aterirse mis miembros uno a uno?


EL PROTAGONISTA DE LA HISTORIA EL BARÓN DE MARBOT


Ya esperaba morir, pues si un milagro me había salvado entre el espantoso choque de los rusos del 14º, ¿podría esperar un segundo milagro para salir de la horrible situación en que me encontraba? Pues el segundo milagro tuvo lugar, y he aquí cómo. Un ayuda de cámara del mariscal Augereau, a favor del cual yo había intercedido, para que no fuese castigado por haber dado una mala respuesta a su amo, y que me estaba agradecido me reconoció… La alegría de aquel valiente, al que debo la vida, fue extremada. Llamó a mi criado, a algunos ordenanzas, y me hizo llevar a una granja, donde me frotó el cuerpo con ron mientras iban a buscar al doctor Raymond. Este llegó, vendó mi herida del brazo, y declaró que la expansión de la sangre me había salvado.

No tardé en verme rodeado de mi hermano y de mis camaradas. Dieron algún dinero al soldado que se había llevado a mis ropas, para que devolviera los despojos; pero como estaban impregnados de agua y de sangre, el mariscal Augereau me hizo envolver en ropas de su propiedad. El Emperador había autorizado al mariscal a ir a Landsberg, pero su herida le impedía montar a caballo; sus ayudantes se procuraron un trineo en el que habían colocado una carrocería de cabriolé. El mariscal, que no se decidía a abandonarme, em hizo agregar a su persona, pues yo estaba demasiado débil para mantenerme sentado.

Antes de que me relavasen del campo de batalla vi de nuevo a mi pobre lissetta. El frio, coagulando la sangre de su herida, le había taponado; el animal volvió a ponerse en pie y comía paja de los vivaques que los soldados habían usado la noche antes.


lunes, 13 de julio de 2015

REGRESO DE NAPOLEON DE LA ISLA DE ELBA

 CURIOSIDADES EXPRESS:





Cuando ocurrió la fuga de Napoleón de la isla de Elba va a abrir lo que se conoce como la última fase de su imperio, lo que se conoce como “los cien días” que acaba en la derrota de Waterloo. A continuación exponemos las reseñas del periódico Journal des Débats, llamado Journal de l’empire durante el mandato de Napoleon y que en la primera caída de este recuperó su antiguo nombre y un marcado acento pro monarquía de Luis XVIII,  que nos hablan en una primera instancia de forma contraria a la figura del fugado Napoleon para luego tras la entrada triunfal de este a Paris mostrar un marcado acento entusiasta hacia el Emperador.


ENTRADA DE NAPOLEON EN LAS TULLERIAS A SU REGRESO A PARIS EL 20 MARZO DE 1815


El 6 de marzo se publica: Bonaparte se ha evadido de la isla de Elba donde la imprudente magnanimidad de los soberanos aliados le había otorgado una soberanía como premio de la desolación que había llevado a sus Estados. Este hombre que, al abdicar el poder, no ha abdicado jamás su ambición y sus furores, este hombre cubierto de sangre de las generaciones, viene, al cabo de un año, a tratar  de disputar, en nombre de la usurpación, la legítima autoridad de Francia.
A la cabeza de algunos centenares de italianos y de polacos, osa poner el pie en una tierra que le rechazó para siempre. Algunas prácticas tenebrosas, algunas maniobras en Italia, ejecutadas por su ciego cuñado, han hinchado el orgullo del cobarde guerrero de Fontaineblau. Se expone a la muerte de los héroes: Dios permitirá que muera de la de los traidores. La tierra de Francia le ha rechazado. ¡Ahora vuelve: la tierra de Francia le devorará!

¡Ah! Todas las clases le rechazan, todos los francés le rechazan con horror y se refugian en el seno de un rey que no ha traído la misericordia, el amor y el olvido del pasado. Un solo grito será el de toda Francia: “¡Muerte al tirano, viva el rey!”.

El 20 de marzo de 1815 se publica: Los bulevares están cubiertos de una multitud inmensa impaciente por ver al héroe que les ha sido devuelto. Las pocas tropas que se habían reunido con la insensata esperanza de oponérsele, se han pasado a sus águilas. Su Majestad el Emperador ha atravesado doscientas leguas de territorio con la rapidez del rayo, en medio de una población sobrecogida de admiración y respeto. Aquí, los propietarios se felicitan de la garantía real que les asegura este regreso milagroso, bendiciendo el acontecimiento inesperado que fija irrevocablemente la libertad de cultos; más allá, los bravos militares lloran de alegría al volver a ver a su antiguo general; los plebeyos están convencidos de que el honor y las virtudes serán en adelante el primer título de nobleza, y se adquirirá en todas las carreras el esplendor y la gloria por los servicios rendidos a la patria.

Tal es el cuadro que ofrecía esta marcha, en la cual el Emperador no ha encontrado otro enemigo que los miserables libelos que se han querido, en vano, esparcir a su paso, contraste bien extraño con los sentimientos de entusiasmo que estallaban al aproximarse en persona.

A las ocho de la tarde: El Emperador ha llegado esta noche al palacio de las Tullerias, en medio de las más vivas aclamaciones. En el instante en que escribimos, las calles, las plazas, los bulevares y aceras están cubiertos de una multitud inmensa y gritos de “¡Viva el Emperador!” resuenan por todas partes desde Fontaineblau hasta Paris. Toda la población de los campos, ebria de alegría, sale al camino por la ruta de Su Majestad, a quien esta solicitud obliga a caminar al paso.


viernes, 20 de marzo de 2015

BONAPARTE GOLPE ESTADO 19 DEL BRUMARIO


CURIOSIDADES:





Al día siguiente, temprano, el camino de París a Saint – Cloud quedó cubierto de tropas, de oficiales a caballo, de curiosos, de coches llenos de diputados, funcionarios y periodistas. A toda prisa se habían preparado las salas para ambos Consejos. Pronto nos dimos cuenta de que el partido militar, en ambos Consejos, estaba reducido a un pequeño número de diputados más o menos entusiastas del nuevo orden de cosas… 

La sesión se abrió en los Quinientos que presidia Luciano Bonaparte, por un discurso insidioso de Emile Gaudin que tendía a hacer nombrar una comisión encargada de presentar en el acto una memoria sobre la situación de la República. Emile Gaudin, en su proposición concertada, pedía además que no se tomase una determinación cualquiera antes de haber oído la declaración de la comisión propuesta. Boulay de la Meurthe tenía ya preparado el documento.

Pero apenas Emile Gaudin hubo hecho su proposición, una espantosa tempestad agitó toda la sala. Los gritos de “¡Viva la constitución!¡Nada de Dictadura!¡Abajo el dictador!” se hicieron oír en todos lados. A proposición de Deibrel, apoyada por Grandmaison, la asamblea, levantándose por entero a los gritos de “¡Viva la República!” decidió renovar individualmente el juramento de fidelidad a la Constitución. Juraron todos, incluso aquellos que habían venido con el propósito de destruirla.

La sala de los Ancianos estaba casi tan agitada como la otra; pero el partido de Sieyés y Bonaparte, que quería apresurarse a erigir un gobierno provisional, estableció de hecho por una falsa declaración de Lagarde, secretario general del Directorio, que todos los directores habían dimitido. En el acto, los oponentes piden que se trabaje para substituir a los dimisionarios en las formas prescritas.


NAPOLEON IRRUMPE EN LA ASAMBLEA Y ES ABORDADO POR ARENA DE REFFET

Bonaparte, advertido de esta doble tempestad, juzga que ya es tiempo d entrar en escena. Atraviesa el salón de Marte y entra en el Consejo de los Ancianos. Allí, en un discurso verboso y entrecortado, declara que ya no hay gobierno y la Constitución no puede ya salvar a la República. Exhortando al Consejo que se apresure a adoptar un nuevo orden de cosas, protesta que no quiere ser sino el brazo encargado de sostener y hacer cumplir las órdenes del Consejo.

Esta arenga, de la que solo doy la substancia, fue pronunciada sin orden ni concierto; revelaba la agitación de que era presa el general, que tan pronto se dirigía en sus palabras a los diputados, tan pronto a los militares que se habían quedado en la puerta de la sala. Tranquilizado por algunos gritos de “¡Viva Bonaparte!” y por el asentimiento de la mayoría de los Ancianos, salió de la sala esperando causar la misma impresión en el otro Consejo.

No las tenía todas consigo sabiendo lo que había pasado, y con qué entusiasmo se había jurado fidelidad a la Constitución Republicana. Acababa de decretarse allí un mensaje dirigido al Directorio. Se proponía pedir a los Ancianos la comunicación de los motivos de la translación a Saint – Cloud, cuando se recibió la comisión del director Barrás, transmitida por el otro Consejo. Esta dimisión, ignorada hasta entonces, causó un gran asombro en la Asamblea. Se la consideró como resultado de una profunda intriga. En el mismo instante en que se debatía la cuestión de si la dimisión era legal y formal, llega Bonaparte seguido de un pelotón de granaderos. Con cuatro de ellos, avanza y deja el resto a la entrada de la sala. Envalentonado por la recepción de los Ancianos, presumía adormecer la fiebre republicana que agitaba a los Quinientos. Pero apenas penetra en la sala cuando la mayor agitación se apodera de la Asamblea. Todos los miembros, en pie, destacan con gritos la profunda impresión que les causa la aparición de las bayonetas y del general que viene, con aparato militar, al templo de la legislatura:


NAPOLEON ABUCHEADO EN EL CONSEJO DE LOS QUINIENTOS

“¡Estáis violando el santuario de las leyes!¡Retiraos!” le dicen varios diputados.

“¿Qué hacéis temerario? Le grita Bigonnet.

“¿Para esto has venido?” Le dice Destrem.

En vano Bonaparte llega a la tribuna y quiere balbucear algunas frases. De todas partes oye repetir gritos de “¡Viva la Constitución!¡Viva la República!” De todos lados le apostrofan “¡Abajo Cromwell!¡Abajo el Dictador!¡Abajo el tirano!¡Fuera de la ley el dictador!” Gritan los diputados furiosos. Algunos se lanzan sobre él y le empujan diciendo: “Harías la guerra a tu patria”. Uno de estos, Arena, hasta le enseña un puñal.

Los granaderos, viendo palidecer y vacilar a su general, atraviesan la sala para protegerle. Bonaparte se echa en sus brazos y se lo llevan. Ya desembarazado, pero perdiendo la cabeza, sube a caballo, toma el galope y dirigiéndose hasta el puente de Saint – Cloud grita a sus soldados:
“¡Han querido matarme!¡Han querido ponerme fuera de la ley!¡No saben que soy invulnerable!¡Qué soy el dios del rayo!”

Murat se junta a él en el puente y le dice:

“No es razonable que quien ha triunfado de tantos enemigos tenga miedo de unos charlatanes. ¡Ea, general! ¡Valor, y la victoria es nuestra!”.

Bonaparte entonces vuelve bridas y se presenta de nuevo alos soldados tratando de excitar a los generales a acabar con ello, con un golpe de mano. Pero Lannes, Serrurier, el mismo Murat, están pocos dispuestos a dirigir las bayonetas contra la legislatura.

Mientras en la sala reinaba el más espantoso tumulto. Firme en el sillón de la presidencia. Luciano hacia vanos esfuerzos para restablecer la calma pidiendo, instando a sus colegas que su hermano fuera llamado de nuevo y escuchado; no obtuvo otra respuesta que gritos de “¡Fuera de la ley!¡Votemos que el general Bonaparte sea puesta fuera de la ley!”.

Y llegaron a decírselo al mismo Luciano, que propusiera votar la proscripción de su hermano. Entonces Luciano, indignado, abandona el sillón, abdica la presidencia y depone las insignias. Apenas baja de la tribuna cuando llegan unos granaderos y se lo llevan fuera. Luciano, asombrado, se entera de que es por orden de su hermano que le llama a su socorro, decidido a empelar la fuera para disolver la legislatura. Tal era la opinión de Sieyés, que relegado en una silla de postas de seis caballos, esperaba el desenlace de los acontecimientos a la entrada de Saint – Cloud.

No había que vacilar. Pálidos y temblorosos, los más celosos partidarios de Bonaparte estaban petrificados mientras que los más tímidos se declaraban ya contra la empresa. Se notaba que Jourdain y Augereau se mantenían ya apartados, espiando el instante favorable de arrastrar los granaderos hacia el partido popular. Pero Sieyés, Bonaparte y Talleyrand, llegados a Saint – Cloud con Roederer, habían juzgado, como también yo, que tal partido no tendría brazo ni cabeza.

Luciano, inspirando a Bonaparte toda su energía, monta a caballo y en su calidad de presidente, requiere el concurso de la fuerza para disolver la Asamblea. Arrastra a los granaderos, que avanzan en columnas apretadas conducidos por Murat, a la sala de los Quinientos, mientras el coronel Moulins manda el toque de carga. La sala es invadida al son de los tambores y a los gritos de los soldados, y los diputados saltan por las ventanas, arrojan la toga y se dispersan.

Tal fue el desenlace de la jornada de Saint – Cloud, el 19 Brumario, 10 de noviembre. Bonaparte la debió particularmente a la energía de su hermano Luciano, a la decisión de Murat y quizás a la debilidad de los que, no obstante serle adversos, no tuvieron valor para mostrarlo a cara descubierta.

Pero era preciso convertir en nacional aquella jornada antipopular, en que la fuerza había triunfado de una multitud de representantes que carecieron de jefe y de un verdadero orador. Hacía falta sancionar lo que la Historia llamará el triunfo de la usurpación militar.

Sieyés, Talleyrand, Bonaparte, Roederer, Luciano y Boulay de la Meurthe, que eran el alma de la empresa, deciden que es preciso apresurarse a reunir a los diputados de su partido, errantes en las salas y corredores de Saint – Cloud. Boulay y Luciano, se ponen a buscarlos, reúnen veinticinco o treinta y los constituyen en Consejo de los Quinientos. De este concilio sale pronto un decreto de urgencia diciendo que el General Bonaparte, los oficiales generales y tropas que le secundaron, han obrado en bien de la patria. Los dirigentes de la intriga acuerdan en seguida que se dará como hecho, en los periódicos del día siguiente, que varios diputados han querido asesinar a Bonaparte, y que la mayoría del Consejo ha sido dominada por una minoría de asesinos.


DISOLUCIÓN DEL DIRECTORIO POR MONNET

Vino en seguida la promulgación del Acta del 19 Brumario, concertada también entre los agentes del golpe de Estado para servir de base legal a la nueva revolución. Esta acta abolía el Directorio; instituía una comisión consular ejecutiva compuesta de Sieyés, Roger Ducos y Bonaparte; aplazaba ambos Consejos y tachaba de ellos a sesenta y dos miembros del partido popular entre los que figuraba el general Jourdan; establecía una comisión legislativa de cincuenta miembros tomados por igual en uno y otro consejo para preparar un nuevo trabajo sobre la Constitución del Estado. Llevada del concilio de los Quinientos al Consejo de los Ancianos para ser transformada en ley, esta acta fue votada por la minoría, permaneciendo la mayoría sombría y silenciosa.

Así, el establecimiento intermediario del nuevo orden de cosas fue convertido en ley por unos sesenta miembros de la legislatura, que por sí mismos se declararon aptos para ocupar los ministerios, los puestos de agente diplomático o de delegado de la Comisión Consular.

Bonaparte, con sus dos colegas, acudió a prestar juramento al Consejo de los Ancianos, y el 11 de noviembre, a las cinco de la mañana, el nuevo Gobierno abandonando Saint – Cloud fue a instalarse en el Palacio del Luxemburgo.


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FUENTE_ JOSEPH FOUCHE