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lunes, 15 de junio de 2015

CARLOS IV Y LA INVASIÓN DE AUSTRALIA

 CURIOSIDADES:



El descubrimiento de las cartas de un oficial de la armada española del siglo XVIII prueban que España planeaba invadir Australia y otras colonias británicas en el sureste asiático para reinar en los Mares del Sur.

En 1793, el rey Carlos IV envió a José de Bustamante a Montevideo para que reuniera una flota de barcos de guerra. Acababa de estallar la guerra entre España e Inglaterra y el mundo era un inmenso tablero de ajedrez. Si el Imperio español, ya afincado en Filipinas, conseguía conquistar Australia, podría interrumpir el intenso tráfico marítimo entre las colonias británicas y la metrópolis.

Sin embargo, mientras Bustamante se afanaba en reunir su flotilla en Montevideo, las fuerzas españolas sufrieron una terrible derrota en la batalla del cabo de San Vicente en junio de 1797. “España perdió muchos barcos y el foco de la guerra se fue moviendo a Europa”, cuenta a El Confidencial el historiador y vicepresidente de la Asociación Australiana de la Historia Marítima, Chris Maxworthy.

El académico, antiguo oficial de la marina australiana en reserva, descubrió los planes secretos de Bustamante durante una visita reciente al Archivo General de la Marina Álvaro de Bazán, en Viso del Marqués, cerca de Ciudad Real.


FLOTA ESPAÑOLA DE 1790


Leyendo las cartas de Bustamante, Maxworthy se dio cuenta de la expedición científica que emprendió junto con Alessandro Malaspina tenía fines mucho menos nobles. En realidad, los exploradores tenían una misión secreta: estudiar la invasión de Australia y de otros puertos británicos en la región.

Malaspina y Bustamante atracaron en la bahía Sídney en 1793 a bordo de las corbetas Descubierta y Atrevida. Bajo el pretexto de una expedición para recabar datos sobre la geografía, la flora y la fauna del Pacífico, Malaspina y Bustamante sopesaron un posible ataque a la joven colonia al tiempo que distraían a sus anfitriones con vino español, buñuelos y chocolate de las Indias.

“Este descubrimiento reescribirá la historia del Pacífico”, asegura Maxworthy. Los papeles descansaban olvidados en el archivo, que contiene fondos con un volumen aproximado de 12 kilómetros de largo sobre la armada y las actividades marítimas desde finales del siglo XVIII hasta principios del XX.

"Al principio no llamaron mucho mi atención, pero luego volví a Australia y no podía dejar de pensar en ellos, así que pedí copias para examinarlos con más detalle", explica este estudioso especializado en las incursiones de piratas y corsarios británicos en el Pacífico entre los siglos XVIII y XIX.

Hasta el descubrimiento de Maxworthy los estudiosos creían que la primera amenaza para la joven colonia australiana habían sido los franceses. Pero los documentos manuscritos de Bustamante prueban que España ya había contemplado conquistar Australia dos años antes.

En las cartas, Bustamante detalla un plan para forzar la estrecha bocana de la bahía de Sídney y llegar hasta las puertas de la floreciente colonia. El oficial propuso al rey Carlos IV asaltar el puerto con una flota de cien fragatas de tamaño medio, armadas con cañones preparados para disparar balas de cañón al rojo vivo.

Bustamante y Malaspina calcularon que era posible destruir buena parte de la colonia con este método si el ataque se llevaba a cabo en verano: la mayor parte de las casas eran todavía de madera y arderían como la yesca, azuzadas por el calor tórrido del estío austral.

Los exploradores argumentaban que "la colonia australiana era peligrosa para España porque los ingleses ya estaban en ubicaciones estratégicas como las Malvinas, Hawai, la India y China", explica Maxworthy.

Malaspina y Bustamante se dieron cuenta del peligro que representaba el imperio británico durante su expedición, entre 1789 y 1794. Sin embargo, sus advertencias cayeron en oídos sordos en una Corte enzarzada en luchas cainitas por el poder.


CARLOS IV DIO SU APROBACIÓN EN 1793 SOBRE EL PLAN DE INVADIR AUSTRALIA CINCO AÑOS DESPUÉS QUE LOS BRITÁNICOS SE INSTALARÁN EN LA ISLA


Poco después de regresar del viaje, Malaspina se vio envuelto en una conspiración para derrocar al todopoderoso ministro Manuel Godoy y terminó encarcelado en la fortaleza de San Antón, en La Coruña. Bustamante “fue más astuto, tenía más habilidad política”, explica Maxworthy.

El historiador confiesa sentir simpatía por este personaje que creía con firmeza que la clave para conservar las colonias en América del Sur pasaba por la defensa de un océano Pacífico, que poco a poco caía en manos británicas.

Curiosamente, los últimos capítulos de la vida de Bustamante también han generado polémica en los últimos años: "Bustamante era el comandante de la flotilla que en 1804 viajaba entre Montevideo y Cádiz con diez millones de pesos en oro y plata", explica el historiador.

Durante el trayecto, fragatas británicas apresaron tres buques españoles y hundieron uno de ellos, el Nuestra Señora de las Mercedes. Bustamante fue apresado por los británicos y más tarde liberado y juzgado por un tribunal militar español. Si bien el oficial fue absuelto de toda culpa, jamás volvió a recuperar el favor de la corona.

Las monedas, sin embargo, dieron mucho más que hablar. En mayo de 2007 la compañía americana Odyssey Marine Exploration recuperó 17 toneladas en monedas de oro y plata del fondo del mar, supuestamente el tesoro olvidado del Nuestra Señora de las Mercedes.

El hallazgo provocó una encarnizada batalla judicial entre el Gobierno español, que alegaba que los restos se encontraban en aguas españolas, y el británico, que defendía que el tesoro estaba en aguas de Gibraltar. El pleito se zanjó a favor de España en 2012 y las monedas terminaron el viaje que habían emprendido más de doscientos años atrás entre gran alboroto mediático e institucional.
Maxworthy no prevé provocar el mismo revuelo con su descubrimiento, pero sí espera que el suceso arroje algo de luz sobre las relaciones entre España, Inglaterra y sus colonias… y sobre las aventuras y desventuras de un par de marinos espías a los que la fortuna nunca sonrió. 


fuente_EL CONFIDENCIAL


jueves, 12 de marzo de 2015

LOS PALACIOS DE MOCTEZUMA

 CURIOSIDADES:




En lo del servicio de Moctezuma y de las cosas de admiración que tenía por grandeza y estado, hay tanto que escribir, que certifico a V. A. que yo no sé por dó comenzar, que pueda acabar de decir alguna parte de ellas; porque, como ya he dicho, que más grandeza puede ser, que un señor bárbaro como éste tuviese contrahechas de oro y plata y piedras y plumas todas las cosas que debajo del cielo hay en su señorío, tan al natural lo de oro y plata, que no hay platero en el mundo que mejor lo hiciese; y lo de las piedras, que no basta juicio a comprender con qué instrumentos se hiciese tan perfecto; y lo de pluma, que ni de cera ni en ningún broslado se podía hacer tan maravillosamente.


REPRESENTACIÓN DE MOCTEZUMA EN UN BIOMBO COLONIAL


El señorío de tierras de este Moctezuma tenía, no se ha podiod alcanzar cuánto era, porque a ninguna parte, doscientas leguas de un cabo y de otro de aquella su gran ciudad, enviaba sus mensajeros, que no fuese cumplido su mandado, aunque había algunas provincias en medio destas tierras con quien él tenía guerra. Pero por lo que se alcanzó, y yo dél pude comprehender, era su señorío tanto casi como España, porque hasta sesenta leguas desta parte del Putunchan, que es el río de Grijalba, una ciudad que se dice Cutamán, que había desde la gran ciudad a ella doscientas y treinta leguas; porque las ciento y cincuenta yo he fecho andar a los españoles. Todos los más de los señores destas tierras y provincias, en especial los comarcanos, residían, como ya he dicho, mucho tiempo del año en aquella gran ciudad, e todos o los más tenían sus hijos primogénitos en el servicio del dicho Muteczuma.

En todos los señoríos destos señores tenía fuerzas hechas, y en ellas gente suya, y sus gobernadores y cogedores del servicio y renta que de cada provincia le daban, y había cuenta y razón de lo que cada uno era obligado a dar, porque tienen caracteres y figuras escritas en el papel que facen, por donde se entienden. Cada una destas provincias servía con su género de servicio, según la calidad de la tierra: por manera que a su poder venía toda suerte de cosas que en dichas provincias había. Era tan temido por todos, así presentes como ausentes, que nunca príncipe del mundo lo fue más. Tenía, así fuera de la ciudad como dentro, muchas casas de placer, y cada una de su manera de pasatiempo, tan bien labradas cuanto se podría decir, y cuales requerían ser para un gran príncipe y señor. Tenía dentro de la ciudad sus casas de aposentamiento, tales y tan maravillosas, que me parecería casi imposible poder decir la bondad y grandeza dellas…

Tenía una casa poco menos buena que ésta, donde tenía un muy hermoso jardín con ciertos miradores que salían sobre él, y los mármoles y losas dellos eran de jaspe, muy bien obradas. Había en esta casa aposentamientos para se aposentar dos muy grandes príncipes con todo su servicio. En esta casa tenía diez estanques de agua, donde tenía todos los linajes de aves de agua que en estas partes se hallan, que son muchos y diversos, todas domésticas; y para las aves que se crían en la mar eran los estanques de agua salada, y para los dios, lagunas de aguas dulce; la cual agua vaciaban de cierto a cierto tiempo por la limpieza, y la tornaban a henchir por sus caños. Y a cada género de aves se daba aquel mantenimiento que era propio a su natural y con que ellas en el campo se mantenían. De forma que a las que comían pescado se lo daban; a las que gusanos, gusanos; a las que maíz, maíz; y  las que otras semillas más menudas, por consiguiente se las daban. E certifico a V.A. que a las aves que solamente comían pescado se les daba cada día diez arrobas dél, que se toma en la laguna salada. Había, para tener cargo destas aves, trescientos hombres, que en ninguna otra cosa entendían. Había otros hombres que solamente entendían en curar las aves que adolecían. Sobre cada alberca y estanque de estas aves había sus corredores y miradores muy gentilmente labrados, donde el dicho Moctezuma se venía a recrear y a las ver. Tenía en esta casa un cuarto en que tenía hombres, mujeres y niños, blancos de su nacimiento en el rostro y cuerpo y cabellos y cejas y pestañas. Tenía otra casa muy hermosa, donde tenía un gran patio losado de muy gentiles losas, todo él hecho a manera de un juego de ajedrez. E las casas eran hondas cuando estado y medio, y tan grandes como seis pasos en cuadra; e la mitad de cada una destas casas era cubierta el soterrado de losas, y la mitad que quedaba por cubrir tenía encima una red de palo muy bien hecha; y en cada una de estas casas había un ave de rapiña; comenzando de cernícalo hasta a águila, todas cuantas se hallan en España, y muchas más raleas que allá no se han visto. E de cada una destas raleas había mucha cantidad, y en lo cubierto de cada una destas casas había un palo, como alcándara, y otro fuera debajo de la red, que en el uno estaban de noche y cuando llovía, y en el otro se podían salir al sol y al aire a curarse. A todas estas aves daban todos los días de comer gallinas, y no otro mantenimiento. Había en esta casa ciertas salas grandes, bajas, todas llenas de jaulas grandes, de muy gruesos maderos, muy bien labrados y encajados, y en todas o en las más había leones, tigres, lobos, zorras y gatos en diversas maneras, y de todos en cantidad; a los cuales daban de comer gallinas cuantas les bastaban.


REPRESENTACIÓN DEL ENCUENTRO DE MOCTEZUMA CON CORTÉS


Y para estos animales y aves había trescientos hombres que tenían cargo dellos. Tenía otra casa donde tenía muchos hombres y mujeres monstruos, en que había enanos, corcovados y contrahechos, y otros con otras deformidades, y cada una manera de monstruos en su cuarto por sí; e también había para éstos personas dedicadas para cargo dellos. E las otras cosas de placer que tenía en su ciudad dejo de decir, por ser muchas y de muchas calidades.


ESQUEMA DE UN PALACIO DE MOCTEZUMA SEGÚN INSTITUTO NACIONAL ARQUEOLÓGICO DE MÉXICO


La manera de su servicio era que todos los días luego en amaneciendo, eran en su casa más de seiscientos señores y personas principales, los cuales se sentaban, y otros andaban por unas salas y corredores que había en dicha casa, y allí estaban hablando y pasando el tiempo, sin entrar donde su persona estaba. Y los servidores destos, y personas de quien se acompañaban, henchían dos o tres grandes patios y la calle, que era muy grande. Y estos estaban sin salir de allí el día hasta la noche.

Y al tiempo que traían de comer al dicho Moctezuma, asimismo lo traían a todos aquellos señores, tan cumplidamente cuanto a su persona, y también a los servidores y gentes destos les daban sus raciones.

Había cotidianamente la dispensa y botillería abierta para todos aquellos que quisiesen comer y beber. La manera de cómo les daban de comer, es que venían trescientos o cuatrocientos mancebos con el manjar, que era sin cuento, porque todas las veces que comía y cenaba le traían de todas las maneras de manjares, así de carnes como de pescados, y frutas y yerbas que en o toda la tierra se podía haber. Y porque la tierra es fría, traían debajo de cada plato y escudilla de manjar un braserico con brasa, porque no se enfriase. Poniánle todos los manjares juntos en una gran sala en que él comía, que casi toda se henchía, la cual estaba toda muy bien estarada y muy limpia, y él estaba sentado en una almohada de cuero pequeña muy bien hecha.

Al tiempo que comían estaban allí desviados dél cinco o seis señores ancianos, a los cuales él daba de lo que comía. Y estaba en pie uno de aquellos servidores, que le ponía y alzaba los manjares, y pedía a los otros, que estaban más afuera lo que era necesario para el servicio. Y al principio y fin de la comida y cena siempre le daban agua a manos, y con la toalla que una vez se limpiaba nunca se limpiaba más, ni tampoco los platos y escudillas en que le traían una vez el manjar se los tornaban a traer, sino siempre nuevos, y así hacían de los brasericos.

Vestíase todos los días cuatro maneras de vestiduras, todas nuevas, yu nunca más se las vestía otra vez. Todos los señores que entraban en su casa no entraban calzados, y cuando iban delante dél algunos que él enviaba a llamar, llevaban la cabeza y ojos inclinados, y el cuerpo muy humillado, y hablando con él no le miraban a la cara; lo cual hacían por mucho acatamiento y reverencia. Y sé que lo hacían por este respeto porque ciertos señores reprehendían a los españoles, diciendo que cuando hablaban conmigo estaban exentos, mirándome a la cara, que parecía desacatamiento y poca vergüenza. Cuando salía fuera el dicho Moctezuma, que era pocas veces, todos los que iban con él y los que topaba por las calles le volvían el rostro, y en ninguna manera le miraban, y todos los demás se postraban hasta que él pasaba. Llevaba siempre delante sí un señor de aquellos con tres varas delgadas altas, que creo se hacía porque se supuese que iba allí su persona. Y cuando lo descendían de las andas, tomaba la una en la mano y llevábala hasta donde iba. Eran tantas y tan diversas las maneras y ceremonias que este señor tenía en su servicio, que sería necesario más espacio del que yo al presente tengo para las relatar, y aun mejor memoria para las retener, porque ninguno de los soldanes ni otro ningún señor infiel de los que hasta agora se tiene noticia, no creo que tantas ni tales ceremonias en su servicio tengan…


FUENTE_HERNÁN CORTÉS


domingo, 4 de enero de 2015

UN TÍPICO DÍA DE EXPLORACIÓN POR AFRICA DE HENRY M. STANLEY


 CURIOSIDADES:




En el corriente mes de septiembre se cumplen quince años que contemplé por ver primera las aguas de la mar victoriana y lanzando a ellas mi bote navegué a lo largo de sus orillas, inspeccioné sus bahías y sus desembarcaderos y tracé un diseño de sus contornos. Seis meses más tarde dos periódicos, el Daily Telegraph y el New York Herad noticiaban a sus lectores, por la insignificante suma de un penique, que acababa de explorarse en Africa el mayor de los Nyanzas y que al norte de este lago había un monarca que reinaba sobre tres millones de negros cansados de vivr en las tinieblas y pidiendo la luz a voz en cuello. Algunos hombres de bien oyeron la súplica y enviaron al rey unos misioneros, que con ímproba labor instruyeron a él y a su pueblo. Al principio, la predicación dio escaso resultado, pero como la semilla había caído en terreno fértil, echó raíces y flores, y a pesar de la cizaña, los cardos y las malas hierbas que crecen el el suelo virgen, produjo abundante cosecha.



HENRY MORTON STANLEY


La mañana de nuestra partida hacia el litoral no pude menos que recordar que allá en el Congo, a mil cuatrocientas millas del Océano Atlántico, había tenido yo la suerte de arrojar los primeros vapores a las olas de aquel río caudaloso y de fundar en sus riberas unas estaciones que en 1887 no habían ayudado muy eficazmente en nuestra expedición y ofrecido fraternal hospitalidad, como lo había hecho dos años más tarde aquella misión de la cual entonces me despedía. Este recuerdo me trajo a la memoria aquella metáfora del Eclesiastés: “arroja tu pan a la superficie de las aguas y andando el tiempo lo volverás a encontrar”.

No pretendo extenderme en la descripción de las comarcas situadas entre el lago Victoria y Bagamoyo. Lo hice ya en otra parte y fuera excusado repetirlo. El aspecto de la región de Guengué, que desde nuestra partida aparecía cada más hermosa, hizo exclamar a la gente de color que los misioneros habían estado muy poco acertados al elegir el Usambiro por residencia. No echaban de ver que cuando más populosos eran los distritos del Usukuma y el Unyamuezi, más inhabitables eran para los pobres misioneros. Los insoportables impuestos y las desmedidas exigencias de los gobernantes, siempre groseros e inexorables, habían acabado por hacer imposible la permanencia de las misiones en el país, como no se conformasen con perecer de hambre.

En prueba de ello basta citar lo que nos pasó cuando llegamos a Ikoma el día 20 del expresado mes de septiembre. En Guengué y en Kungú ya nos habíamos preparado para continuar pacíficamente la jornada. A cada paso encontrábamos provocadoras muchedumbres que nos saludaban danzando y profieriendo gritos de guerra. Esto no nos daba cuidado, pero de pronto un maldito chiquillo empezó un fuego graneado de invectivas que acaloró muy pronto los ánimos. Los insultos de los naturales reducianse en suma a acusarnos de canibalismo, del cual creían ver una prueba en las cicatrices de los sudaneses, y gritaban como unos energúmenos que no querían antropófagos en sus tierra. Apresúreme a mandar que se formase el campamento, aunque la maleza era muy escasa y la hierba más todavía. Mientras estaba dando disposiciones para ello se me presentó un sirviente egipcio hecho una lástima; tenía el brazo atravesado por una flecha  y la cabeza rajada de un hachazo, y habían le arrebatado los vestidos, la carabina y su provisión de ropas. Bastábame abrir la boca para que fuese inmediatamente vengado, pero tuve que devorar esta y otras injusticias porque quería llegar a todo trance al día siguiente a Ikoma, capital del distrito y cuatro veces más populosa todavía.



EN EL CONGO 1890


Nuestra tarea en Ikoma era muy sencilla, Mr., Mackay nos había dicho que en aquella estación encontraríamos a un inglés llamado míster Stokes, tratante en marfil y amigo del jefe Malissa, que había almacenado una gran cantidad de provisiones europeas y deseaba deshacerse de ellas. Las galletas, la manteca, los jamones, el tocino que a él le sobraban nos vendrían de perlas a los diez europeos que íbamos en la caravana con más hambre que piernas. Mr. Mackay nos proporcionó dos guías zanzibaritas, para llegar hasta el posesor de estas provisiones, que deseábamos adquirir a toda costa. Yo alimentaba la esperanza de que siendo Malissa amigo de Stokes nos rogaría que no hiciésemos caso de la algarada atribuyéndola a ligereza de la juventud.

Alzábase ante nosotros, en el centro de una llanura que cubrían ha pocos siglos las aguas del lago Victoria, una colina que tres o cuatro siglos atrás debió de ser una isla montañosa y de la cual ha sido barrida desde hace mucho tiempo el último puñado de tierra. Hoy nos queda de ella sino el esqueleto, consistente en una cordillera de cenicienta ecnesia y en una infinidad de enormes peñascos diseminados en todas direcciones. A la sombra de ellos vive una población de unoas cinco mil almas. A la distancia de un tiro de fusil y a la que alcanza el sonido del cuerno y el de la voz humana, veíanse una infinidad de lugarejos o grupos de chozas rodados de vallas formadas por los euforbios. En la parte occidental de la llanura pacían muchos bueyes, carneros y cabras, legando a contar en aquella parte treinta y tres rebaños, de donde dedujimos que el Ikoma era un distrito próspero y bien defendido por sus muchos habitantes y sus inexpugnables fortalezas naturales.



HOY EN DÍA TODAVÍA EXISTEN POBLADOS COMO FUERON VISTOS POR STANLEY


A medida que íbamos acercándonos salían a recibirnos unas gozosas bandadas de chiquillos y de muchachas de tez reluciente y vigorosa musculatura, riendo y danzando con todo el abandono y jovialidad de la juventud. Así subimos una suave pendiente entre dos hileras de rocas descomunales que se elevaban a doscientos pies encima de nosotros, estrechándose un pco a la entrada de la aldea principal. De improviso vemos salir de ela una multitud de guerreros de flotantes vestiduras y relucientes lanzas, y cubiertas las cabezas de pintadas plumas, arremetiendo contra nosotros con infernal gritería. Entendimos que nos intimidaban la orden de retroceder. Respondiéndoles nuestros guías que éramos una pacifica caravana de amigos de Stokes y de Malissa, pero no hubo medio de hacerse oir ni de lograr que parasen sus gritos y amenazas. Acérqueme para ver si conseguía dominar el tumulto y veme amenazado en el acto por una multitud de lanzas. Un indígena asió mi carabina, mas dos zanzibaritas acudieron en mi auxilio obligándole a soltarla. Tendíeronse los arcos, enristrándose las lanzas y dos de los nuestros fueron heridos. No tuvimos otro remedio que cargar a aquella desatinada muchedumbre. En esta embestida cayeron diez de los agresores y fue hecho prisionero un monangua. Tras esta refriega no había que pensar en tratos ni negociaciones, y como todas las alturas iban cubriéndose de indígenas armadas de arcos y fusiles, procuramos alejarnos lo más pronto posible de la aldea a fin de preparar nuestro campamento de modo que no pudiese acabar con nosotros aquella multitud desaforada.

A poca distancia de la peñascosa colina sobre cuyos diseminados pedruscos descollaban unos monolitos parecidos a colosales menhires, había un estanque muy bien situado para nuestro propósito. Completamos el recinto amontonado en torno los fardos y las cajas que llevábamos, y nos pusimos a la expectativa.

Desde el campamento veíase el antiguo lecho del lago extendiéndose hasta una distancia de muchas millas y a cada media milla un grupo de chozas rodado de su correspondiente cerca. Cubría el llano una alfombra de hierba menuda como el musgo. La caravana se había apoderado de un rebaño de bueyes que mandé soltar. Entonces pregunté a nuestro prisionero por qué nos habían recibido los suyos tan ferozmente, a lo cual no pudo o no quiso contestarme. Vestile de pies a cabeza y le devolví la libertad encargándole que díjese a Malissa que éramos unos blancos amigos de Stokes, en cuya caravana había muchos portadores uasukumas y que no tenían ninguna intención hostil, sino el firme propósito de hacer lo humanamente posible para llegar cuanto antes a la costa. Escoltáronle hasta un cuarto de milla de la aldea, fuese y no volví a parecer.

En cambio renovarónse varias veces aquel día las tentativas de ataque hasta que a las cuatro de la tarde vimos avanzar por el este, el norte y el sur tres grupos muy numerosos hacía el campamento. En vista de ello mandé preparar la ametralladora.

Los uasukumas iban acercándose con suma precaución y hasta, al parecer, de mala gana. Al frente del grupo procedente del sur iban algunos tiradores que vinieron pavonearse a trescientas yardas del campamento.


MARCHA DE EXPEDICIÓN DEL UNYORO


Ya habíamos muerto a alguno de ellos cuando de pronto les arrojó la ametralladora un chorro de proyectiles que no bajaba de ciento cincuenta cartuchos. No fue herido ninguno de los naturales,; pero el extraordinario alcance del arma y la lluvia de balas que vomitaba, fueron bastantes para que los más atrevidos echasen a correr. Envié una compañía a cerrar el paso a los que venían del este y otra a detener a los que avanzaban por la parte del norte, y los uasukumas volvieron más que de prisa a sus madrigueras. Solo un indígena había muerto en aquella escaramuza, en la cual tomaron parte probablemente dos mil guerreros.

No teníamos tiempo para entretenernos en pelear con los uasukumas; por consiguiente,. Al otro día, que era el 21, continuamos la marcha hacia la costa, bastante pesarosos, lo confieso, de tener que renunciar al jamón y al tocino que contábamos adquirir en aquella aldea que tan inhospitalaria se nos había mostrado. Malissa había perdido también, por su parte, los presentes que le destinaba.

No bien emprendimos la marcha, toda la población de Urima echó a andar en pos de nosotros. A las ocho de la mañana empezó a atacarnos. Aquel día no tuvimos necesidad de recomendar a los egipcios que no se dispersasen. Marchaban formando un grupo compacto en pos de dos compañías y seguidos de la retaguardia, compuesta de los sudaneses de Bonny y de la compañía de Shukri Agha. Los uasukumas no podía causarnos de esta manera ningún daño, aunque hubiesen sido en número triplicado; sin embargo, no cesaban de perseguirnos, haciendo ademán de atacarnos por el flanco y por la retaguardia. Así llegamos al mediodía a Muanza, al borde de una torrentera que llaman el Nullah del Jordán, ancha de cuarenta yardas, que atraviese el antiguo depósito lacustre, y de la cual sacan agua, abriendo hoyos en su arenosos lecho.

Viendo que los naturales continuaban persiguiendo a la caravana, quise probar un último esfuerzo para apaciguarlos, enviándoles en calidad de parlamentario el jefe de los guías uasukumas, Poli-Poli, apodo que literalmente traducido quiere decir: “¡Calma, calma!”.

A fuerza de gritar y de llamarles, logró que un monagua y cuatro de los suyos entrasen en el campamento, donde fueron muy bien recibidos, porque todos veían en su aparición un presagio de paz. Cambiamos, al vernos, amistosas palabras; regalé a todas hermosas ropas y di permiso a los demás para acercarse. Apenas acababan de salir de mi tienda el monagua y sus cuatro compañeros, muy satisfechos, en apariencia, cuando oí una descarga que me pareció tirada por cincuenta fusiles. Salí corriendo, y vi que el enemigo se nos había echado alevosamente encima, traspasando de una lanzada a uno de los nuestros; las cabras huian en todas direcciones, porque los uasukumas pretendían apoderase de ellas, y el cauce de la Nullah habíase llenado de enemigos que saltaban y corrían como unos poseídos. Siete indígenas fueron muertos dentro de un radio de diez yardas alrededor del campamento, el traidor monagua fue herido de un balazo en la espalda y huyó tirando la tela que le habíamos regalado. También recobramos las cabras que se habían dispersado durante la refriega. Si sen consideran las circunstancias de este episodio, bien puedo decir que de buena escapamos.


EL ENCUENTRO ENTRE STANLEY Y EMIN PASHA EN KAVALLI EN EL LAGO ALBERT, NYASALAND 1888


Al día siguiente, partíamos a la hora acostumbrada, no cesando de encontrar a derecha e izquierda del camino aldeas y más aldeas, cuyos habitantes salían de ellas con los fusiles cargados, formando apretadas columnas que a veces tenían dos millas, y tirando sin tregua contra nosotros. Así fueron acompañándonos por espacio de tres horas, hasta que al entrar en el distrito de Mamara hicieron una tentativa de ataque, profiriendo desaforados gruitos de guerra. Dejamos las cargas en el suelo, arremetimos a ellos y les vimos huir como alma que lleva el diablo, pero en cuanto proseguimos la marcha, volvieron a seguirnos hasta el territorio de Seké, de modo que hicieron inútilmente una fatigosa jornada de seis horas.

El día 23 fuimos del Seké septentrional al Seké Kuikuru o Seké el mayor, siempre seguidos por una hostil muchedumbre. Harto comprendía que una insignificante demostración no podía producir grande efecto en el ánimo de aquellos energúmenos, y por lo tanto, me abstuve de exacerbar su cólera, no deteniendo la caravana sino algunos minutos para rechazar un ataque.


FUENTE_HENRY M. STANLEY "In darknest Africa"