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miércoles, 7 de octubre de 2015

RAMON MUNTANER NIÑERO DE UN PEQUEÑO INFANTE

CURIOSIDADES:


Ramon Muntaner escribió una gran crónica donde recogió multitud de episodios de los que fue testigo. De esas se recoge abajo parte del capítulo 269 de la crónica donde se describe el viaje desde Sicilia a Rosellón entre agosto y octubre de 1315. Se sabe que el día 5 de abril del mismo a-ño nació en Catania el fínate don Jaime, hijo del infante Fernando de Mallorca y de Isabel de Sabrán. Su padre el infante don Fernando, que tuvo que volver hacía Grecia pero estimó oportuno llevar al pequeño infante a Perpiñán, donde residían sus abuelos, Jaime II de Mallorca y Esclarmorda de Foix. El traslado se encomendó a Ramón Muntaner. Un hecho importante, tanto en la salida como en la llegada del viaje, se iba a levantar acta notarial que diera fe que el pequeño infante de cuatro meses era en realidad él. Al ser tan pequeño hubiera sido muy fácil una suplantación. Este infante sería Jaime III, el último rey de Mallorca, que morirá defendiendo sus derechos en la batalla de Lluchmajor. 


RAMON MUNTANER ESCRIBIENDO SU CRÓNICA MINIATURA DEL CÓDICE CONSERVADO EN EL ESCORIAL


Verdad es que así que el infante don Fernando de Mallorca hubo partido de Messina, yo fleté una nave de Barcelona que estaba en el puerto de Palermo, que era de Pere Desmont, y la hice ir a Mesina y de aquí a Catania. Y también envié una dama noble, muy buena mujer, natural del Ampurdán, que se llamaba doña Agnés de Adri, que era viuda y había venido a Sicilia en la compañía de doña Isabel de Cabrera, esposa del noble don Bernat de Sarriá; y aquella había tenido 22 hijos, y era muy piadosa y muy buena. Convencí a doña Isabel y a su noble esposo que me la dejaran para que yo le recomendara al señor infante don Jaime, hijo del señor infante don Fernando. Cortésmente me la dejaron; y yo le encargué el cuidado del señor infante, ya que había tenido tantos hijos y era buena y buen y honrado linaje. También disponía yo de una buena mujer que había pertenecido a la casa del señor infante Don Fernando, que había sido enviada por la reina de Mallorca en cuanto supo que aquél se había casado. Luego conseguí dos mujeres más,. Y el infante tenía nodriza buena y de excelente complexión, que era de Catania, la cual lo criaba con mucho afecto. Y además de esta me procuré dos nodrizas más, que metí con sus hijos en la nave, para que, si una se quedaba sin leche, las otras estuvieran prestas, y por esta razón las metí con sus hijos, por si las necesitábamos.

Y así dispuse mi travesía, y armé muy bien la nave; puse en ella ciento veinte hombre de armas, nobles y villanos, y todo cuanto era preciso para alimentarnos y para defendernos. En cuanto tuve la nave preparada en Mesina, llegó de Clarenza de Grecia una barca armada que el señor infante enviaba al señor rey Federico, haciéndole saber, entre otras cosas, que yo debía salir pronto de Sicilia, lo que yo hice de buen grado. Por tierra me fui a Catania, adonde hice que arribara la nave, desde Mesina, y así, a los pocos días de llegar a Catania se encontró allí la nave, e hice que todos embarcaran.

Y cuando llegó el momento de embarcar al señor infante, Ot de Novelles reunió a todos los caballeros catalanes, aragoneses y latinos que había en Catania, y a todos los honrados ciudadanos, y dijo en presencia de todos ellos:

“Señores, ¿reconocéis en este al infante don Jaime, hijo del infante don Fernando y de doña Isabel, su esposa?”.

Y todos respondieron que sí, que habían estado presentes en su bautizo y después lo había visto y reconocido constantemente: “Estamos seguros que es él”.

Y sobre esto Ot levantó escritura pública; y después repitió aquellas mismas palabras, le respondieron igualmente, e hizo hacer otra escritura. Luego lo puso en mis brazos y en mis manos; y quiso tener de mí otra escritura en la que yo lo declaraba libre del juramento y del homenaje que me había hecho y en la que se reconocía haber recibido al infante.

Esto acabado, llevándolo en brazos lo saqué de la ciudad, con más de dos mil personas que me seguían, y lo entré en la nave. Todos le hicieron la señal de la Cruz y lo bendijeron. Aquel día llegó a Catania un portero del señor rey que, de su parte, trajo al señor infante dos pares de vestidos de ropa de oro con pieles.

Y así zarpamos de Catania el primero de agosto del año mil trescientos quince. Así que llegué a Trápani recibí una carta en la que se me decía que me guardara de cuatro galeras que el rey Roberto de Nápoles había armado contra mí, con intención de apoderarse del infante, pues suponía que si se hacía con él recuperaría la ciudad de Clarenza. En cuánto lo supe reforcé más la nave poniendo en ella más armas, más gente y otras muchas cosas.

Zarpamos de Trápani y el tiempo fue tal que hasta el día de Todos los Santos no tocamos tierra de Cataluña. Os aseguro que durante aquellos noventa y un día ni el infante, ni yo ni ninguna de las mujeres salimos a tierra. En la isla de San Pedro se nos unieron 24 naves de catalanes y genoveses, y navegamos juntos porque todos íbamos hacia poniente. Y tuvimos tal temporal que siete de ellas se perdieron, y nosotros y las demás estuvimos a punto de perecer. Pero quiso Dios que el día de Todos los Santos llegáramos al puerto de Salou. El mar nunca causó ningún trastorno ni al infante ni a mí, y no dejé de mis brazos mientras duró el temporal, ni de día ni de noche, y yo lo tenía que sostener cuando mamaba, porque la nodriza no podía sentarse de tan mareada como estaba, y lo mismo les ocurría a las otras mujeres.

En cuanto llegamos a Salou el arzobispo de Tarragona, por medio de Don Pere de Rocabertí, nos envió las acémilas que necesitábamos y nos hizo albergar en casa de Guanenchs. Luego, en cortas jornadas, legamos a Barcelona, donde encontramos al señor rey de Aragón, que acogió muy bien al señor infante, lo quiso ver, lo acarició y lo bendijo. Luego seguimos nuestro camino con lluvias y mal tiempo; pero yo había hecho hacer unas andas en las que cómodamente iban el infante y la nodriza; llevaba una cubierta de lienzo encerado y encima una tela bermeja; y había veinte hombres que se turnaban en llevar las andas en las espaldas.

En ir de Tarragona a Perpiñán invertimos 23 días. En Báscara encontramos a fray Ramón Saguardia con diez jinetes que la reina de Mallorca había enviado para que acompasen al señor infante; no se separaron de nosotros, junto con cuatro porteros del señor rey, hasta que estuvimos en Perpiñán.
Cuando llegamos al Voló, al atravesar el rio Tech, todos los hombres de la villa salieron, se cargaron las andas en las espaldas y llevaron al señor infante a la otra orilla.

Aquella noche los cónsules y gran número de prohombres de Perpiñán, y todos los caballeros que había en la ciudad, estuvieron con  nosotros; y hubiera habido muchos más, pero el señor rey de Mallorca estaba en Francia. Y así entramos en Perpiñán con gran honor, y nos dirigimos al castillo, donde estaba la reina, madre del señor rey de Mallorca, y del señor infante don Fernando, y la reina esposa del señor rey de Mallorca; y ambas, al vernos subir al castillo, bajaron hasta la capilla.


FACHADA NORTE DEL PALACIO DE LOS REYES DE MALLORCA EN PERPIÑÁN CAPITAL DEL REINO DE MALLORCA


Cuando estuvimos en la puerta del castillo, yo tomé en brazos al señor infante, y con gran alegría lo llevé hasta las reinas, que estaban sentadas juntas. Y Dios nos conceda a todos el mismo gozo que tuvo mi señora la reina su abuela cuando lo vio tan gracioso y bueno, con la cara sonriente y bella, y vestido de ropa de oro, con capa catalana y pellote y con una capucha del mismo paño en la cabeza. Me acerqué a las reinas, me arrodillé y les besé a las dos las manos, e hice que el señor infante besara la de la reina su abuela. Y en cuanto se las hubo besado, ella quiso cogerlo con las manos, pero yo le dije:

“Señora, vuestra gracia y meced no se incomode, porque hasta que me haya aligerado de la carga que tengo no lo tomaréis.”

Y mi señora la reina, sonriendo, dijo que le placia. Y yo seguí: “Señora, ¿Está aquí el lugarteniente del señor rey?”.

“Señor”, dijo ella, “Vedlo aquí”.

Y él se adelantó; y en aquella ocasión era lugarteniente Huguet de Totzó. Pregunté si estaban el baile, el veguer y los cónsules de la villa de Perpiñán; y estaban también los caballeros y todos los hombres honrados que se encontraban en Perpiñán., Y cuando todos estuvieron presentes, hice venir a las damas, nodrizas y caballeros, ya la nodriza de don Fernando. Y ante las damas, las reinas y los demás, les pregunté tres veces.

“¿Este niño que te3ngo en brazos, conocéis que sea el infante don Jaime, primogénito del señor infante don Fernando de Mallorca y de doña Isabel, su esposa?”.

Y todos contestaron que sí. Lo dije tres veces, y  las tres contestaron que sí, y que era cierto lo que yo decía. Cuando hubieron hablado así, dije al escribano que me levantase acta. Y después dije a la reina, madre del señor infante don Fernando:

“Señora, ¿Creéis que este sea el infante don Jaime, hijo del infante don Fernando, hijo vuestro, que engendró en doña Isabel, su esposa?” Y ella respondió: “Sí”.


JAIME III EL PEQUEÑO INFANTE


Y también lo dije tres veces, y a cada una me respondió que me daba por bueno, por leal y por libre, y que me exoneraba de cuanto debía a él y a su hijo. Y de esto también se levantó acta.

Y cuando todo esto se hubo acabado, entregué en buena hora al dicho señor infante don Jaime. Y ella lo tomó y lo besó más de diez veces; y luego lo cogió la reina joven y también lo besó muchas veces; y finalmente lo volvió a coger la reina su abuela y lo entregó a su dama doña Perellona, que estaba cerca.

Y así salimos del castillo y fuimos al albergue donde yo debía residir, o sea a casa de Pere Batlle, y esto pasaba por la mañana. Después de comer volví al castillo y di las cartas que llevaba del señor infante don Fernando a la reina su madre, y las que llevaba para el rey de Mallorca, y les comuniqué los mensajes que se me habían encomendado.

¿Qué os diré? 15 días estuve en Perpiñán,,y todos los días iba dos veces a ver al señor infante, tal era la añoranza que sentí en cuanto me separé de él, que no sabía que me pasaba. Y me hubiera quedado más tiempo, a no ser que Navidad se nos echaba encima; y me despedí de las dos reinas y de todos los de la corte, pagué a los que me habían acompañado, y devolví a doña Agnés de Adri a su casa, cerca de Bañolas. Y la reina se portó muy bien conmigo y con todos los demás.


miércoles, 8 de abril de 2015

EL NACIMIENTO DE LOS ESTADOS PONTIFICIOS

 CURIOSIDADES EXPRESS:



Pipino II, el gran líder del pueblo de los Francos reconoce en el tratado de Querzy, al papa Esteban II como el administrador y regente de una serie de territorios en el correr del año 754. Estos lugares están formados por el exarcado de Ravena, La Pentápolis y el ducado de Roma, fundamentándolo con el título de Patrimonio de San Pedro. En ese tratado se van a falsificar unas actas por las cuáles se reconoce que el emperador Constantino había donado esos territorios al obispo de Roma al cambiar la capital del imperio a Bizancio. Este acuerdo representa el nacimiento de los Estados Pontificios, que durará hasta el año 1870, en el que el territorio realmente dominado por el Papa se verá empequeñecido hasta un minúscula ciudad dentro de Roma; el Vaticano.


PIPINO EL BREVE DONA A ESTEBAN II LOS ESTADOS PONTIFICIOS


Pero como se llegó a esto: el papado necesitaba de un dominio independiente donde ejercer con tranquilidad y sin injerencias externas con el cuál articular a favor del pontificado una libertad de acción y de palabra. Para el papado era de extrema importancia que el núcleo de esa extensión territorial fuera Roma; había sido la capital del Imperio y daba un enorme prestigio y poder simbólico sobre todos los reyes de Europa, herederos todos ellos de los antiguos líderes germánicos que conquistaron y mantuvieron lo que quedó del Imperio Romano de occidente. La idea era mantener una línea de acción como hemos comentado que impidiera que el papado se viera envuelto en luchas políticas partidarias o subyugado dentro de un poder o estado demasiado cercano del cuál dependiera viendo disminuir su esfera de dominio a este. Algo así sucedió en los tiempos del papa de Aviñón cuando por una debilidad manifiesta del papado se vio obligado a abandonar Roma.

Ciertamente, se puede decir que el papa Esteban II aprovechó que Pipino II, un rey no legitimismo por herencia en aquellos tiempos de los reyes merovingios, consiguiera buenas prebendas para sí mismo, acabando con el último rey merovingio en un convento y un usurpador en el trono, el papado se va a apoderar de un territorio mediante una mentira atribuida  a Constantino por una ambición personal de un Papa que quería dominar o influir en gran medida en las casas reales europeas. El papado se rodeó de inciensos, sillas gestatorios y palios, copió la liturgia papal con la tiara de la imperial Roma y a partir de entonces y durante numerosos siglos, el papado trabajó para acabar con el poder los príncipes y del emperador, y hubo instantes en que rozó el poder absoluto en Europa y el Papado fue la causa de algunas guerras como la de las investiduras, donde el Papa y el Emperador lucharon por el poder de nombrar a obispos y abades de los monasterios.


LOS ESTADOS PONTIFICIOS TRAS LA DONACIÓN





miércoles, 25 de marzo de 2015

LOS ARAGONESES INTENTAN CONQUISTAR EL REINO DE GRANADA

 CURIOSIDADES EXPRESS:




Durante el reinado de Alí Ibn Yusuf (1106 – 1143) y mediados de su reinado se produce en Granada un singular hecho de armas. Una aventura sorprendente dada la época y las circunstancias. Por aquel entonces, los mozárabes granadinos, que consiguieron conservar, con alternancias, sus ritos cristianos y derechos, están en el 1125 muy oprimidos y deciden rebelarse. Por ello estiman oportunos establecer contactos con fuerzas extranjeras debido a que sus fuerzas eran débiles, por lo que solicitan el apoyo del rey de Aragón, Alfonso, el llamado el batallador y por los árabes Ibn Rademiro o Aben Radmir. Pero el rey aragonés no lo tiene muy claro. Los mozárabes al darse cuenta que pueden perder su ayuda le esgrimen un señuelo de doce guerreros mozárabes en un registro “en el que habían inscrito a ningún viejo ni a ningún adolescente”. Además, suman a lo anterior, excitando su codicia, “describiéndole las cosas excelentes que se encuentran en Granada y que hacen de ella el país más bello del mundo”, tal como relatan las crónicas árabes de la época y que hablan de “de su gran vega, de sus producciones, de su trigo, de su cebada, de su lino, de su abundancia en seda, viñas, olivares y toda clase de frutos, de sus arroyos y de la fuerte posición de su capital, de la dlzura de sus aldeas, de la cortesía de sus ciudadanos y de la belleza de sus praderas y colinas”.


ALFONSO I DE ARAGÓN PINTURA DE FRANCISCO PADILLA 1879


El Batallador, plenamente convencido, reúne a sus mejores tropas y sale de Zaragoza a principios del septiembre de 1125. Pasa cerca de Valencia y del Alcira donde se producen una serie de escaramuzas. Atraviesan Murcia y su comarca y después van a  Vera. Posteriormente viajan a la cuenca del río Almanzora que cruza por Purchena, descansando unos ocho días en Tíjola. Se acerca a Baza, la cual asedia y devasta, pero aunque intentan apoderarse de la ciudad, finalmente no puede hacerse fuerte en ella.

Los aragoneses, tras esto, consiguen reforzarse con nuevos envíos de tropas, pasan por Zújar, Guadix y Graena y establecen un campamento en Diezma, el 7 de enero de 1126. Los granadinos, musulmanes, inician un contraataque armados de pies a cabeza, tras realizar la plegaría del miedo al día siguiente divisan el campamento en Al – nivar, la actual Nívar, al este de la ciudad. Pero el tiempo va a jugar contra el rey aragonés; lluvias y nieve, hacen que mande levantar el campamento porque el rey Alfonso pensaba que su empresa sería imposible y ordena talar y  saquear Qala – Yahsub, hoy en día Alcalá la Real, para proseguir su aventura guerrera por Luque, Cabra, Lucena en Córdoba y regresar a las comarcas granadinas de Antequera y Archidona, hasta llegar hasta la Alpujarra, Lanjarón, Vélez Bernaudalla y Motril. De aquí manda subir otra vez hasta Granada. Ocupando Dílar y Armilla para más tarde alcanzar la fuente de Alfácar. 


LA PARTE SUPERIOR SOMBREADA REPRESENTA NÍVAR DONDE ESTUVO 8 DÍAS ASENTADO EL REY ALFONSO Y SUS TROPAS Y LA ZONA CENTRAL ES LA VEGA DE GRANADA


Alfonso el Batallador, con las fuerzas flaqueando y enfermo, con la moral por los suelos, reconoce que la conquista del Reino de Granada es tarea imposible y decide regresar a sus tierras de Aragón. Esta aventura duró un año y tres meses. Los granadinos como venganza contra los mozárabes granadinos, los persiguen, asesinan y destierran.


FUENTE_RICARDO VILLA REAL

miércoles, 11 de marzo de 2015

EL PASO HONROSO DE SUERO DE QUIÑONES TORNEO MEDIEVAL

CURIOSIDADES:




Diremos que El Paso Honroso fue unos de los torneos de justas más famosos que tuvieron lugar en España. A continuación exponemos como en 1434 un caballero leonés, Suero de Quiñones, con la previa autorización del Rey Juan II, mando publicitar allende Europa en sus cortes cristianas una serie de carteles informando a todos los caballeros que, siendo prisionero de su dama, no podría recuperar la libertad a cambio de romper trescientas lanzas en batallas en torneos de justas e instaba a todo caballero a combates singulares a prestarse ante esa empresa. Se fijó que la duración del torneo sería de un mes; quince días antes y quince días después de la fiesta de Santiago, en las proximidades del puente del río Órbigo, en el camino de Santiago.  A este torneo acudieron sesenta y ocho caballeros; alemanes, bretones, italianos, portugueses, valencianos, catalanes, aragoneses y castellanos; pero únicamente se rompieron ciento sesenta y seis lanzas.


PUENTE DEL PASO HONROSO


Estando,  pues, el nuestro muy alto y muy poderoso rey de Castilla, don Juan el segundo, con la muy ilustre y muy esclarecida, virtuosa y discreta señora doña Maria, su mujer, y con el excelente príncipe su hijo y heredero don Enrique, y con el magnífico señor don Álvaro de Luna, su criado, maestre de Santiago y condestable de Castilla, y con asaz de muchos otros hombres ilustres, prelados y caballeros de su magnífica corte, en la noble villa de Medina del Campo, viernes primero día de enero del año mil cuatrocientos y treinta y cuatro del nacimiento de nuestro Redentor, a la primera hora de lanoche, poco más o menos, estando en su sala con grandes fiestas y gasajado, el honorable caballero Suero de Quiñones con los otros nueve caballeros e gentiles homes desuso nombrados, armados todos en blanco, muy discretamente y con muy humilde reverencia llegó adonde el señor rey sentado estaba y besándole pies y manos, con un faraute que decían Avanguarda, le presentó una perición fecha en la siguiente guisa:

“Deseo justo y razonable es los que en prisiones o fuera de su libre poder son, desear libertad; y como yo, vasallo y natural vuestro, sea en prisión de una señora de gran tiempo acá, en señal de la cual todos los jueves traigo a mi cuello este fierro, según notorio sea en vuestra magnifica corte y reinos, y fuera de ellos, por los farautes que la semejante prisión con mis armas han llevado, agora pues, poderoso señor, en nombre del apóstol Santiago yo he concertado mi rescate, el cuál es trescientas lanzas rompidas por el asta con fierros de Milán, de mí y de estos caballeros que aquí son en estos arneses, según más cumplidamente en estos capítulos se contiene, rompiendo con cada caballero o gentil home que allí verná tres, contando la que ficiere sangre por rompida, en este añoi, del cual hoy es el primero día, conviene saber quince días antes del día del apóstol Santiago, abogado e guiador de vuestros súbditos, y quince días después, salvo si antes de este plazo mi rescate fuere cumplido. Esto será en el derecho camino por donde las más gentes suelen pasar para la ciudad donde su santa sepultura está, certificando a todos los caballeros y gentiles homes extranjeros que allí se fallaren que allí fallarán arneses y caballos y armas y lanzas, tales que cualquier caballero ose dar con ellas sin temor de las quebrar con pequeño golpe. Y notorio sea a todas las señoras de honor que cualquiera que fuere por aquel lugar do yo seré, que si no llevare caballero o gentil home que faga armas por ella, que perderá el guante de la mano derecha. Mas lo dicho se entienda salvando dos cosas, que vuestra  majestad real no ha de entrar en estas pruebas ni el muy magnifico señor condestable don Álvaro de Luna”.

La cual perición ansí leída por el nombrado Avanguarda, el rey entró en consejo con sus altos hombres, y fallando que la debía conceder y otorgar, la concedió y otorgó, como en ella se contiene, para que ansí el virtuoso Suero de Quiñones se pudiese delibrar de su prisión.

Suero de Quiñones envió a cortar mucha madera para hacer cadahalsos, liza y sala, y los maestros fueron a la cortar a los montes de los concejos de Luna y de Ordás y de Valdellamas, lugares del señorío del famoso y generoso caballero Diego Fernández de Quiñones, padre del dicho Suero de Quiñones, que son a cinco leguas lo más cercano de la puente de Órbigo y andivieron muchos maestros y trabajadores en la dicha labor, con trescientos carros de bueyes. Junto al camino francés estaba una graciosa floresta, por medio de la cual armaron los maestros una gran liza de madera, que tenía ciento y cuarenta y seis pasos en largo, y en altura hasta una lanza de armas y por medio de la liza estaba hecho un rincle de maderos fincados en tierra, de un estado de alto y por encima de ellos otro rincle de maderos a manera de verjas, como se hacen los corredores, y estaba a lo luengo de la tela por donde iban los caballos. En rededor de la liza ficieron siete cadahalsos y el uno estaba en él un cabo, cerca de la puerta de la liza por dónde entraba Suero de Quiñones y sus compañeros, para que desde él mirasen las justas cuando ellos no justaban. Adelante estaban otros dos cadahalsos, uno en frente de otro, y la liza en medio, desde los cuales miraban los caballeros extranjeros que viniesen a hacer armas, ansí antes de las hacer como después de hechas. Otros dos cadahalsos estaban en medio de la liza, uno frente del otro, y el uno para los jueces y para el rey de armas y farautes y trompetas y escribanos, y el otro para los generosos, famosos, honrados caballeros que viniesen a honrar el Honrado Paso. Loso tros dos cadahalsos estaban más adelante para otras gentes, y para los trompetas y oficiales de los caballeros y gentiles homes que al paso viniesen. A cada punta de la liza había una puerta, y por la una entraban los defensores del Paso, y allí estaban las armas  o escudo de los Quiñones puesto en su bandera levantada en alto, y por la otra entraban los aventureros que venían a se probar de armas, y también allí estaba enarbolada otra bandera con las armas de Suero de Quiñones.


MURAL DE LA HISTORIA DE SUERO DE QUIÑONES SITUADO EN EL HOTEL CONDE LUNA DE LEÓN


Allende lo dicho se hizo un faraute de mármol, obra de Nicolao Francés, maestre de las obras de Santa María de Regla de León, y le asentaron sobre un mármol, bien aderezado de vestidos y de sombrero, puesta la mano siniestra en el costado y tendida la mano derecha hacia do iba el camino francés, en la cual estaban unas letras que decían: “Por ahí van al Paso”. Fue puesto este faraute de piedra allende la puente que dicen de San Marcos de la ciudad de León, en el camino francés, arredrado cuanto sesenta pasos de la puente, y fue acabado de poner allí con asaz de costa sábado a diez de julio, que fue el primero día de las justas.

En el camino sábado sobredicho, quince días antes de Santiago, notificaron el rey de armas Portugal y el faraute Monreal al virtuoso Suero de Quiñones, a la puerta de la liza, estando presentes Pero Barba y Gómez Arias de Quiñones, jueces diputados, como en lugar de la puente de Órbigo estaban tres caballeros que venían a las pruebas del Paso Honroso el uno alemán, llamado Micer Arnaldo de la Floresta Bermeja, del marquesado de Brandemburg, en la alta Alemaña, hombre de hasta veinte y siete años, blanco y bien sacado. Los otros dos eran valencianos y hermanos, de otra tanta edad, cuyos nombres eran Mosén Juan Fabra y Mosén Per Fabra, hijos de Mosén Juan Fabra, señor de Chella.

Suero de Quiñones holgó mucho con la venida de aquellos caballeros, y más oyendo que parecían de gran hecho de armas, y les envió sus ruegos con el faraute y el rey de armas se viniesen a posar a sus tiendas, y ellos lo hicieron, a los cuales él recibió muy de respeto a la puerta de la liza, delante de los dos jueces sobredichos. Ellos le notificaron como, en virtud de sus carteles enviados por toda la cristiandad, se venían a probar con él; y que pues aquel era el primero día de los señalados para las justas, que comenzasen luego antes que otros viniesen.

Suero de Quiñones rogó a los dos hermanos que no le forzasen a pelear en domingo, y que porque el caballero alemán había quince día que tenía la vez esperando aquel día, los rogaba le diesen el primero lugar de justar. Los dos hermanos se lo concedieron todo, aunque  por haber ellos entrado primero en la liza que el alemán, se les debía el primero lugar, mas que por su ruego le cedían su derecho y esperarían al lunes siguiente para probar con él.

Luego los jueces, Pero Barba y Gómez Arias, requirieron al faraute y al rey de armas que, conforme a las condiciones publicadas acerca de la guarda del Paso Honroso, quitasen las espuelas derechas a los tres caballeros, porque habían pasado cincuenta pasos dentro de la liza, hasta que hobiesen de comenzar las justas, cuando se les habían de restituir a todos.

Las espuelas les fueron quitadas y colgadas con acto solemne sobre un paño francés que estaba en el cadahalso de los jueces; y los tres caballeros hicieron homenaje a los jueces de estar allí hasta probar el aventura, si les guardasen las condiciones de los carteles.


LA ORGANIZACIÓN DE UN TORNEO EN EL SIGLO XV CON LA LIZA Y LOS CADAHALSOS QUE SE ARMABAN PARA SU CELEBRACIÓN


Otro día, domingo a once de julio, al amanecer, comenzaron a renosar las trompetas y otros ministriles altos y a mover y azorar los corazones de los guerreros para las armas jugar. Y Suero Quiñones y sus nueves compañeros se levantaron, y juntos oyeron la misa en la iglesia de San Juan, en el hospital que allí está de la orden de San Juan; y tornados a su albergue salieron poco después para recibir su campo y liza en la manera siguiente. Suero de Quiñones salió en un caballo fuerte con paramentos azules, bordados de la devisa y fierro de su famosa empresa, y encima de cada devisa estaban bordadas unas letras que decían: “Il faut deliberer”. Y él llevaba vestido un falsopeto de aceituní, vellud vellutado, verde brocado; sus calzas eran de grana, italianas, y una caperuza alta de grana, con espuelas de rodete, italianas, ricas y doradas, en la una mano una espada de armas, desnuda dorada. Llevaba en el brazo derecho, cerca de los morcillos, su empresa de oro, ricamente obrada, tan ancha como dos dedos, con letras azules alrededor, que decían: “Si vous noe plaist de ouyr mesure, certes, je di que je sui sans venture”.

Y tenía también de oro unos bolloncillos redondos alrededor de la mesma empresa. Llevaba su arnés de piernas y brazales con muy fermosa continencia. En pos del cual iban tres pajes en muy fermosos caballos. Delante de Sueros de Quiñones iban sus nueve compañeros de su empresa, uno en pos de otro a caballo.

Con tal orden entró Suero de Quiñones en la liza, y dio las dos vueltas, y a la segunda hizo su parada con sus nueve compañeros delante del cadahalso de los dos jueces y allí los requirió que sin respeto a amistanza o a enemistanza juzgasen de lo que allí pasase, igualando las armas entre todos y dando a cada uno la honra  y prez que mereciese por su valentía y destreza.

Como el lunes siguiente quiso amanecer, las músicas comenzaron su alborada, moviendo los humores de los peleadores para les poner mayor brío y esfuerzo en sus corazones, y los dos jueces subieron a su cadahalso, y con ellos el rey de armas y el faraute y Banda y Cintra, porsevantes, y también las trompetas y los escribanos para dar testimonio de lo que los justadores ficiesen.

Antes que otra cosa saliese al campo, salieron los nueves compañeros de Suero de Quiñones en la defensa del Honroso Paso, reclamando de que su capitán Suero hubiese subsistido a los tres caballeros susodichos en su lugar, si él faltase. Luego fueron a la gran tienda donde Suero de Quiñones tenía su capilla y altar con preciosas reliquias y ricos ornamentos, el cual, con ellos y con el almirante don Fadrique y otros principales caballeros,  oyeron misa de algunos religiosos de la orden de los Predicadores que allí tenía Suero de Quiñones, y le decían cada día tres misas, una al amanecer, tora a la hora de prima y la tercera a hora de tercia. Salidos de esta tienda se fueron a otra, donde sus armas tenían para ser armar, y Suero mandó venir los jueces allí para que viesen de qué armas se vestía, y vistas estas los envió a la tienda en que se armaba el caballero alemán, al cual ya llamamos Micer Arnaldo de la Floresta Bermeja; y llegados allá les fue dicho que se sentía mal de una mano, mas el teniendo en poco aquel inconveniente, dijo que antes querría a la muerte que dejar de hacer aquellas armas; y mostró sus armas y caballo, que se aprobaron por los jueces, sin embargo que el caballo era mejor que el de Suero.

Los jueces proveyeron de gente de armas que asegurase el campo igualmente a todos, y fueron treinta buenos escuderos con asaz de ballesteros y de piqueros, cuyos capitanes fueron Diego Gónzalez de Aller y Pero Sánchez de la Carrera. Los jueces fueron a su cadahalso, mandaron poner a par de sí pieza de lanzas mayores, medianas y menores con fuertes fierros, de que cada uno pudiese escoger la que más le atalantase. Los dichos jueces mandaron, y mucho contra voluntad de Suero de Quiñones, que las lanzas se corriesen arrancando los caballeros con ellas puestas en ristre y no sobre el muslo, en lo cual consintió fácilmente Micer Arnaldo alemán.

Suero de Quiñones vino a la liza muy acompañado y con mucha música, y poco después entró el alemán acompañado de los dos hermanos Fabra, valencianos, y de otros caballeros que le quisieron honrar y con buena música. Y al punto los dos jueces mandaron al rey de arma sy al faraute dar una grida o pregón que ninguno fuese osado, por cosa que sucediese a ningún caballero, dar voces o aviso o menear mano ni facer seña, so pena de que por hablar le cortarían la lengua y por hacer seña le contarían la mano.

 Al caballero alemán tornaron la espuela que le habían quitado el sábado antes. Aquí mandaron los jueces sonar toda la música con grandes estruendos y en tono rasgado de romper en batalla, y mandaron luego al rey de armas y al faraute dar otra grida, en esta manera: “¡Lexe les aler, lexe les aler, e fer son dever!”.
 
Los caballeros arrancaron al punto, sus lanzas con los ristres, y Suero encontró al alemán en el arandela y salió de ella y tocóle en el guardabrazo derecho y desguarnecióselo y rompió su lanza en él por medio. El alemán le encontró a él en el guardabrazo izquierdo y desguarnecióselo y levóle un pedazo del borde, sin romper la lanza. Y tomó el alemán un común revés ansí por el encuentro que dio como por el que recibió, según vista de los jueces y del rey de armas y el faraute. Tenía Suero de Quiñones entonces veinte y cinco años de edad, como el alemán veinte y siete.

En la segunda carrera encontró Suero al alemán en el cabo del plastrón, y no le falsó, y salióle la lanza por so el sobaco, con que todos pensaron quedar ferido, por cuanto el alemán dijo en recibiendo el encuentro: “¡O las!”, e desguarneció el guardabrazo derecho sin romper lanza. El alemán la encontró en la babera del almete, rompiendo allí su lanza dos palmos del fierro, e ambos dos pasaron con muy buen continente, sin muestra de revés.

A la carrera tercera encontró Suero de Quiñones al alemán en la guarda de la manopla izquierda y falsósela y apuntóle el fierro con la punta de ella y desguarneciósela, sin romper lanza e sin revés en alguno de ellos; y el alemán faltó del encuentro.

En la cuarta carrera encontró Suero al alemán en el guardabrazo izquierdo, y no prendió ni rompió lanza, y el alemán no encontró.

En la quinta carrera faltaron ambos de se encontrar; mas en la sexta Suero encontró al alemán en mitad de la falda del guardabrazo izquierdo en derecho del corazón, y entró al fierro de la lanza en el guardabrazo y calóse hasta la mitad, mas no le falsó del todo, y rompió su lanza por medio; y el alemán no encontró.

Luego subieron al cadahalso donde los jueces dieron sus justas por cumplidas pues habían rompido tres lanzas entre ambos, y les mandaron salir de la liza. Y Suero convidó a cenar al alemán, y ambos fueron llevados muy acompañados y con mucha música a sus posadas, y Suero se desarmó en público.


Y SUERO DERRIBÓ A SU OPONENTE


Viernes siguiente, a seis de agosto, por la mañana entró en el campo presentándose a los jueces para probar el aventura, Mosén Francés Pedro Baste, aragonés de la casa de mosén Juan de Barbaji, e habiendo fecho las solemnidades acostumbradas, fue admitido para la prueba. Luego entró en la liza Suero, fijo de Álvar Gómez de Quiñones, por defensor, aunque malsano de la ferida que ya escribimos haber recebido; y por conquistador el desdichado Esterbe de Claramonte, aragonés, los cuales corrieron la primera vez sin encontrarse, mas en la segunda el aragonés encontró a Suero en el arandela y de allí surtió al guardabrazo derecho y se le desguarneció, sin romper lanza ni tomar revés alguno de ellos. Tras lo cual corrieron otras cuatro carreras sin encuentros.

El aragonés traía un caballo que al tiempo del encuentro se apartaba, y por eso pidió el caballo en que andaba su contrario Suero, pareciéndole más concertado; y Suero se le dio por gentileza y por ser constitución de la guarda del Paso Honroso. Mas, quien tales mejoras buscaba, fuera estaba de buscar los mayores peligros con igualdad para ganar mayor honra, que era el fin de esta aventura. Hallándose ambos a caballo, corrieron la séptima carrera, y Suero firió al aragonés encima de la vista del almete, y doblóle la lanza sin la romper, y sin ellos recibir revés; y a la carrera octava Suero tornó a encontrar al aragonés en el guardabrazo izquierdo y desguarneciósele, dejando la punta de la lanza en él y el fierro abrió, del gran encuentro, y rompió su lanza en piezas, sin revés en alguno de ellos.

A la novena y triste carrera tornó Suero a encontrar al miserable caballero Claramonte, y diole por la visera del almete, metiéndole todo el fierro de la lanza por el ojo izquierdo hasta los sesos, y rompió allí su lanza un palmo del fierro. Claramonte bajó tanto su lanza que firió en la tierra y metió el fierro por ella y quebróla; y ansí ayudado de ambos encuentros, dado y recebido, fue fuera de la silla recostado en el caballo, hasta el fin de la liza, donde del todo cayó del caballo en tierra, y sin fablar palabra expiró luego.

Como le quitaron el almete falláronle el ojo derecho tan hinchado como un gran puño, y su cara parecía de hombre muerto ya de dos horas. 

Grandes llantos ficieron por el desdichado defuncto todos los aragoneses y catalanes que allí se fallaron, y Suero de Quiñones no menos., empero más agramente Suero el que le mató, doliéndose en el alma de tan gran desventura.

Suero de Quiñones procuró todas las honras que puedo para el cuerpo muerto, y para lo del alma no lo puso en olvido, antes envió por su confesor el maestro fray Antón y por los tros religiosos que allí tenía para administrar los sacramentos, y rogándole que cantasen un responso sobre el cuerpo muerto, según la costumbre de la santa Iglesia, como si él fuera el muerto.

El maestro le dijo que la santa Iglesia no tiene por hijos a los que mueren en tales ejercicios, porque no se pueden facer sin pecado mortal., ni ruega por ellos a Dios, como dejándolos por condenados, de lo cual dispone el Derecho Canónico en el título de los torneos; mas por ruego de Suero fue con su carta al obispo de Astorga a le suplicar diese licencia para le sepultar en sagrado; y prometió Suero, si la licencia se daba, de le llevar a León y enterrarle en la capilla de su linaje de Quiñones, que tenía en San Isidro. Y entre tanto llevaro al cuerpo a una ermita de Santa Catalina que está en la puente de Órbigo, al cabo, como van de Astorga para León. Y allí estuvo hasta la noche, cuando tornó el maestro sin licencia; y ansí le enterraron fuera de sagrado, cerca de la dicha ermita, con la mayor honra que pudieron, y con muchas lágrimas de la caballería que allí se falló.


FUENTE_PEDRO RODRÍGUEZ DE LUNA