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miércoles, 30 de septiembre de 2015

LA BATALLA DE EYLAU

CURIOSIDADES:


Este es el testimonio de un participante de esta batalla acontecida en el 8 de febrero de 1807 en la actual Ilawka, anteriormente Eylau, entre las fuerzas rusas y las fuerzas de Napoleón. Su protagonista, el general francés barón de Marbot.


NAPOLEON EN EL CAMPO DE BATALLA DE EYLAU POR ANTOINE JEAN GROS
 

El 8 de febrero por la mañana, la posición de los dos ejércitos era la siguiente: los rusos tenían Serpallen a su izquierda; su centro ante Auklapen, su derecha en Schmoditten, y aguardaban ocho mil prusianos que debían presentarse en Althoff y formar su extrema derecha. El frente de la línea enemiga estaba cubierto por quinientas piezas de artillería de la que la menos había un tercio de gran calibre. La situación de los franceses era mucho menos favorable pues no habiendo llegado todavía sus dos alas, el Emperaodr sólo tenía, al comenzar la acción, una parte de las tropas con las qué había contado para dar la batalla. El cuerpo del mariscal Soult fue colocado a la derecha, que era la izquierda de Eylau; la guardia en esta ciudad; el cuerpo de Augereau estaba entre Rotchenen y Eylau, frente a Serpallen.

El enemigo formaba, como se ve, un semicírculo alrededor de nosotros, y los dos ejércitos ocupaban un terreno en el que hay numerosos pantanos, pero la nieve los cubría.

Ninguno de los dos bandos se dio cuenta de ello ni disparó proyectiles a rebote para romper el hielo, lo que habría llevado a una catástrofe semejante a la que tuvo lugar en el lago Satschan, al final de la batalla de Austerlitz.

El mariscal Davout, que esperábamos a nuestra derecha, hacia Molwitten, y Ney, que había de formar nuestra izquierda por la parte de Alhoff no había parecido aún cuando, al apuntar el día, hacia las ocho aproximadamente, los rusos comenzaron el ataque con una preparación artillera de las más violentas, a la que nuestra artillería, aunque menos numerosa, respondió con tanta mayor ventaja cuando nuestros artilleros, mucho más informados que los del enemigo, apuntaban a masas humanas sin parapetar, mientras la mayoría de los proyectiles rusos se estrellaban contra las paredes de Rothenen y Eylau. Una fuerte columna enemiga avanzó pronto para tomar esta última población; fue vivamente rechazada por la guarida y por las tropas del mariscal Soult.

El emperador supo entonces, con alegría, que desde el campanario se veía acercarse el cuerpo de ejército de Davout, llegando por Molwitten y marchando sobre Serpallen, de donde expulsó a la izquierda de los rusos, que rechazó hasta kalein – Sausgarten.

El mariscal ruso Benningsen viendo su izquierda derrotada y su retaguardia amenazada por el audaz Davout, decidió aplastarle llevando contra él una gran parte de sus tropas. Entonces, Napoleón quiso impedir este movimiento haciendo una diversión sobre el centro enemigo y mandó a Augereau ir a atacarlo, aunque preveía la dificultad de esta operación.

Pero hay en los campos de batalla circunstancias en que es preciso saber sacrificar algunas tropas para salvar le mayor número y asegurar la victoria. El general Corbineau, ayudante de campo del Emperador, fue muerto junto a nosotros de un cañonazo en el momento en que llevaba a Augereau la orden de marchar. Este mariscal, pasando con sus dos divisiones entre Eylau y Rothenen, avanzó fieramente, contra el centro de sus enemigos, y ya la catorceava línea de nuestra vanguardia se había apoderado de la posición que el Emperador había ordenado tomar y conservar a toda costa, cuando las numerosas piezas de grueso calibre que formaban semicírculo en derredor de Augereau lanzaron una lluvia de obuses y metralla tal, que no la hay semejante en memoria humana.
En un instante nuestras dos divisiones fueron machacadas bajo esa lluvia de hierro. El general Desjardins murió, el general heudelet fue gravemente herido. No obstante, se resistió firmemente hasta que, habiendo quedado casi enteramente destruido el cuerpo de ejército, fue forzoso transportar lo que quedaba cerca del cementerio de Eylau, excepto la línea 14 que, totalmente rodeada de enemigos, permaneció sobre el montículo que ocupaba. Nuestra situación era tanto más enfadosa por cuanto un viento muy violento nos lanzaba al rostro una nieve muy espesa que impedía ver más de quince pasos de distancia, de manera que varias baterías francesas dispararon sobre nosotros junto con las enemigas. El mariscal Augereau fue herido por un vizcaíno. 


SIMON FORT PINTÓ UNA DE LAS CARGAS DE CABALLERIA MÁS GRANDE DE LA HISTORIA EN EYLAU


No obstante, el sacrificio del 7º cuerpo había producido un buen resultado, pues no sólo el mariscal Davout, desembarazado por nuestro ataque, había podido mantener sus posiciones sino que se había apoderado de Klein – Sausgarten y había llevado su vanguardia hasta Kuschitten, sobre la retaguardia enemiga. Fue entonces cuando el Emperador, queriendo dar el gran golpe, hizo pasar entre Eylau y Rothenen noventa escuadrones mandados por Murat.

Estas terribles masas, cargando sobre el centro de los rusos, lo hunden, lo sablean y lo ponen en el mayor desorden. El valiente general D’Hautpoul murió en el choque al frente de sus coraceros, como el general Dahlmann, que había sucedido a Morland en el mundo de los cazadores de la Guardia. El éxito de nuestra caballería aseguraba la victoria en la batalla.

En vano ocho mil prusianos que habían escapado a la persecución del mariscal Ney, entrando por Althoff, intentaron un nuevo ataque dirigiéndose, no se sabe por qué, a Kuschitten, en vez de marchar sobre Eylau; el mariscal Davout los rechazó, y al llegar el cuerpo de Ney que apareció al caer el día en Schmoditten, haciendo temer a Benningsen quedarse con las comunicaciones cortadas, ordenó este últimoi la retirada hacia Koeningberg dejando a los franceses dueños de aquel horrible campo de batalla, cubierto de cadáveres y de moribundos. Desde la invención de la pólvora no se habían visto tan horribles efectos, pues, considerando los efectivos que combatieron en Eylau, es de todas las batallas antiguas y modernas aquella cuyas pérdidas fueron mayores relativamente.
Los rusos tuvieron veinticinco mil hombres fuera de combate, y aunque se haya rebajado a diez mil el número de franceses heridos por el hierro o el fuego, lo evalúo al menos en veinte mil hombres. ¡El total para los dos ejércitos fue, pues, de cuarenta y cinco mil hombres, de los que murieron más de la mitad!

El cuerpo de ejército de Augereau estaba casi enteramente destruido. De quince mil hombres al principio de la acción sólo le quedaban tres mil, mandados por el teniente coronel Massy: el mariscal, todos los generales y todos los coroneles habían sido heridos o muertos.

Cuesta trabajo comprender por qué Benningsen, sabiendo que Davout y Ney estaban aún en retaguardia, no aprovechó su ausencia para atacar la población de Eylau al apuntar el día, con las numerosísimas tropas del centro de su ejército, en vez de perder un tiempo precioso cañoneándonos pues la superioridad de sus fuerzas le había convertido, ciertamente, en dueño de la ciudad antes de llegar Davout, y el Emperador hubiese sentido entonces haber avanzado tanto en vez de fortificarse en la meseta de Ziegelhof para esperar la llegada de sus alas, tal como lo había proyectado la víspera.


SITUACIÓN DEL CAMPO DE BATALLA LA MAÑANA DE 8 DE FEBRERO


Al día siguiente de la batalla, el Emperador mandó perseguir a los rusos hasta las puertas de koeningsberg, pero habiendo algunas fortificaciones en esta ciudad, no juzgó prudente atacarla con tropas debilitadas por sangrientos combates, estando además casi todo el Ejército ruso en Koeningsberg y alrededores.

Napoleón pasó varios días en Eylau, para recoger a los heridos y reorganizar sus ejércitos. El cuerpo del mariscal Augereau estaba casi destruido y sus restos fueron repartidos en otros tres cuerpos. El mariscal obtuvo un permiso para regresar a Francia a curar su herida. El emperador, viendo lejos ya el grueso del Ejército ruso, estableció sus tropas en guarnición en ciudades, burgos y pueblos, por el Bajo Vistula. Durante fines de invierno no hubo hechos notables más que la toma de la plaza fuerte de Dantzig por los franceses. Las hostilidades en campo abierto no se reemprendieron hasta el mes de junio, como veremos después.

No he querido interrumpir aquí la narración de la batalla de Eylau para contaros lo que me sucedió en este terrible conflicto; pero para que podáis comprender este triste relato precisa remontarme al otoño de 1805, en que los oficiales del Gran Ejército hacían los preparativos para la batalla de Austerlitz completando sus equipos.

Yo tenía dos caballos buenos, y buscaba otro mejor, un caballo de batalla. La cosa era difícil, pues aunque entonces los caballos fueron infinitamente menos caros que hoy, su precio era aún bastante alto y yo tenía poco dinero. Encontré por fin una mula, llamada Lissetta, que tenía un defecto terrible y felizmente poco frecuente; mordía como un bulldog y se arrojaba con furia sobre las personas que le desagradaban, cosa que obligó a M. Finguerlin a venderla.

Era costumbre, en el Ejército imperial, que los ayudantes de campo se colocasen en fila, a algunos pasos de su general, y el que estaba en cabeza, marchase el primero, y volviese a colocarse el último después de cumplir la misión que el general le ordenaba, a fin de que, partiendo cada cual a su turno correspondiente, los peligros quedasen equitativamente repartidos.

Un bravo capitán de ingenieros llamado Froissard, que aunque no era ayudante de campo servía al mariscal Augereau, hallándose el primero de la fila, fue encargado de la misión de llevar la orden de ataque al 14º de línea. Froissard partió al galope y le perdimos de vista entre los cosacos, y le vimos más ni supimos qué había sido de él.

El mariscal, viendo que el 14º de línea no se movía, envió a otro oficial llamado David: tuvo la misma suerte que Froissard; no oímos hablar más de él. Es probable que los dos quedasen muertos y despojados, y no se los pudo reconocer entre los numerosos cadáveres de que había quedado cubierto el suelo.

Por tercera vez, el mariscal llama: “¡El oficial de turno para un mensaje!”¡Me tocaba a mí, ahora!

Al verme, presintiendo tal vez la muerte de su antiguo camarada, su ayudante predilecto, los ojos del buen mariscal se llenaron de lágrimas, pues no podía disimularse que me enviaba casi a una muerte cierta; pero era preciso obedecer al Emperador; yo era un soldado; no se podía enviar a uno de mis compañeros en mi lugar, no yo lo hubiese consentido. Hubiera sido deshonrarme. Y me lancé.

Pero aunque iba a sacrificar mi vida, creí un deber tomar las precauciones necesarias para salvarla. Yo había notado que los dos oficiales que partieron antes que yo llevaban sable en mano, lo que me llevaba a creer que tenían intención de defenderse contra los cosacos que los atacaban durante el trayecto; defensa irreflexiva, según mi parecer, pues les había obligado a detenerse para combatir una multitud de enemigos que habían terminado por aplastarlos. Me puse, pues, a la tarea con otro plan; dejé mi sable envainado y me consideré un jinete que quiere ganar un premio de carrera y se dirige lo más de prisa posible, y por la línea más corta hacia el objetivo indicado, sin preocuparse de lo que tenga a la derecha o a la izquierda o ante sí. Mi meta era el 14º de línea y decidí alcanzarlo sin fijarme en los cosacos, que anulé en mi mente.

Este plan me salió a pedir de boca. Lissetta, más ligera que un golondrina, volando más que no corriendo, devoraba el espacio, franqueaba montones de cadáveres de hombres y caballos, los fosos, los fustes de trincheras rotos, las llamas mal apagadas de los vivaques. Miles de cosacos dispersos cubrían la llanura. Los primeros en verme hicieron como cazadores que han visto la liebre; me señalaron unos a otros con gritos  “¡Tuya, tuya!” Pero ninguno de ellos intentó detenerme, primero por la extrema velocidad de mi carrera, y también porque, siendo tan numerosos, cada cual creía que no podría escapar a sus caradas que encontraría luego. De este modo pasé entre todos y llegué al 14º de línea sin que no ni yo ni mi magnifica mula hubiésemos recibido el menor arañazo.


CARGA DE CORACEROS EN EYLAU POR CHARPENTIER


Encontré el 14º formado en cuadro en lo alto de la loma; pero como las pendientes del terreno eran muy suaves, la caballería enemiga había podido dar varias cargas contra el regimiento francés, el cual, rechazándolas con vigor, estaba rodeado ahora de un círculo de caballos y dragones rusos muertos que formaban una especie de parapeto, dejando aquella posición casi inaccesible a la caballería, pues a pesar de la ayuda de nuestros infantes, tuvo mucho trabajo en pasar por encima de aquel sangriento y horrible atrincheramiento.

Por fin estaba dentro del cuadro. Desde la muerte del coronel Savary, muerto en el paso del Ukra, el 14º estaba mandado por un jefe de batallón. Cuando, entre una granizada de obuses, transmití a este militar la orden de abandonar la posición para intentar unirse al cuerpo del ejército, el me hizo observar que la artillería enemiga, disparando desde hacia una hora sobre el 14º le había infligido tales bajas, que el puñado de soldados que le quedaba serían infaliblemente exterminados si bajaban al llano; que tampoco tendría tiempo de preparar la ejecución de este movimiento puesto que una columna de infantería rusa se acercaba; estaba ta a cien pasos de nosotros.

“- No veo medio de salvar el regimiento”, dijo el jefe del batallón, “volved al lado del Emperador y decidle adiós de parte del 14º de línea que ha ejecutado fielmente sus órdenes, y llevadle esta águila que nos había dado y que no podemos defender. ¡Sería demasiado triste morir viéndola caer en manos del enemigo!”

Y el comandante me entregó su águila, que los soldados, gloriosos restos de aquel regimiento intrépido, saludaron por última vez con gritos de “¡Viva el Emperador!” ¡Ellos que por él iban a morir! Era el Cesar, morituri te salutant de Tácito, pero pronunciado por héroes.

Las águilas de infantería eran muy pesadas, y su peso estaba aumentado por una grande, y fuerte asta de madera de encina en la cual se fijaba esa insignia. La longitud del palo me estorbaba mucho, y como ello, sin su águila, no era ningún trofeo, decidí con consentimiento del comandante, romperla para llevarme el águila solo. Pero en el instante en que, desde mi silla de montar, me inclinaba hacia delante para tener más fuerza en mi operación, una bala de cañón de los rusos atravesó el pico posterior de mi sombrero, a pocos centímetros de mi cabeza. Como llevaba un barbiquejo de cuero que me lo ataba fuertemente a la barbilla, aquello me produjo una sacudida en la cabeza que me atontó, aunque no caí del caballo. Me salía sangre por la nariz, orejas y ojos; no obstante, aún oía, observaba, comprendía, aunque mis miembros estuvieron paralizados y me fuese imposible mover un solo dedo.

Mientras la columna de infantería rusa que habíamos visto llegaba al montículo. Eran granaderos, con cascos de metal en forma de mitra. Saturados de aguardiente, en número infinitamente superior, se arrojaron con furia sobre los débiles restos del infortunado 14º, cuyos soldados, desde hacía unos días, solo comían patatas y bebían nieve fundida; y aquel día no habían tenido tiempo de preparar ese miserable ágape. No obstante, nuestros bravos franceses se defendieron valientemente a la bayoneta, y cuando el cuadro estuvo hundido, se agruparon en varios pelotones y sostuvieron largo tiempo aquel desigual combate.

En este espantoso choque, muchos de los nuestros, a fin de no verse heridos por detrás, se adosaron a los flancos de mi mula mordedora, que contrariamente a su costumbre, esta impasible. Si yo me hubiese podido mover, la había llevado adelante para alejarla de aquel campo de carnicería, pero me era absolutamente imposible apretar las piernas para transmitir a mi montura mi voluntad. Mi posición era tanto más espantosa cuanto que, como he dicho, había conservado yo la facultad de ver y de pensar… No solo se estaban batiendo en derredor mío, lo que me exponía a recibir un bayonetazo, sino que un oficial ruso que tenía una cara atroz, hacia constantes esfuerzos para traspasarme con su espada, y como la multitud de combatientes le impedía llegar hasta mí, me señalaba a sus soldados, que tomándome por jefe de los franceses, porque era el único a caballo, disparaban sobre mi por encima de la cabeza de sus camaradas. Numerosas balas me silbaban en los oídos. Una de ellas me hubiese quitado la poca vida que me quedaba, cuando un incidente inesperado vino a alejarme de esta espantosa brega.

Entre los franceses adosados a mi mula había un furriel, al que yo conocía. Este hombre, atacado por varios granaderos enemigos, cayó bajo las patas de lissetta, y se agarró a mi pierna, para intentar levantarse, cuando un granadero ebrio e inseguro en sus golpes, habiéndole querido rematar, erró el golpe, perdió el equilibrio, se erguió, y al ver que yo no caía, me atravesó el brazo izquierdo con la bayoneta. Sentí un placer monstruoso al sentir correr mi sangre caliente por mi cuerpo helado. El granadero ruso, redoblando su furor, me daba golpe tras golpe, hasta que a consecuencia de los esfuerzos perdió pie y cayó. Su bayoneta se hundió en el muslo de mi mula, que devuelta por el dolor a sus instintos feroces, se precipitó sobre el ruso, y de un bocado le arrancó la nariz, labios y párpados, toda la piel de la cara, que parecía un cadáver viviente y enrojecido. ¡Era espantoso verlo¡ después, lanzándose con furia entre los combatientes, coceando y mordiendo, derribó todo lo que hallaba a su paso. El oficial enemigo que tan a menudo había tratado de herirme quiso sujetarla por la brida, pero ella le agarró por el vientre, alzándolo, le llevó debajo de la loma fuera de la lucha y después de hacerlo trizas a mordiscos y coces, le dejó moribundo sobre la nieve. Tomando después el camino por donde había venido, me llevó a galope tendido hacia el cementerio de Eylau. Gracias a la silla de húsar que yo llevaba, pude mantenerme a caballo, pero me esperaba un nuevo peligro.

La nieve caía de nuevo y reinaba gran oscuridad cuando, llegando a Eylau, me encontré frente a un batallón de la vieja guardia, que desde lejos me tomó por un oficial enemigo que mandaba una carga de caballería. El batallón entero hizo fuego sobre mí. Mi capa y mi silla quedaron acribilladas, pero no fui herido, ni tampoco mi mula, que atravesaba las tres filas del batallón con tanta facilidad como una culebra atraviesa un seto… Pero este último impulso había agotado las fuerzas de lissetta, que perdía mucha sangre pues tenía una de las gruesas venas del muslo cortada. La pobre bestia cayó al fin y yo rodé por el suelo.

Tendido sobre la nieve entre los montones de muertos y agonizantes, no pudiendo moverme de ninguna manera, perdí insensiblemente la consciencia de mi mismo. Me parecía que me columpiaban dulcemente. En fin, me desmayé, y no bastó a despertarme el gran estruendo que en aquel instante debieron producir los noventa escuadrones de Murat, a la carga decisiva, pasando junto a mí o tal vez por encima de mí.

Estimo que mi desmayo duró cuatro horas, y al reanimarme, he aquí la horrible situación en que me encontraba; estaba completamente desnudo9, con solo mi sombrero y mi bota derecha. Un soldado, creyéndome muerto, e había despojado según costumbre y queriendo quitarme la única bota que me quedaba, me tiraba de una pierna apoyando su pie sobre mi vientre. Las fuertes sacudidas que me daba me habían reanimando, logré incorporarme, y escupí unos cuajones de sangre que me tapaban la garganta. La sacudida producida por el viento del obús me había producido una equimosis considerable; tenía la cara, los hombros y el pecho ennegrecidos, mientras la sangre que salió de mi herida en el brazo teñía el resto de mi cuerpo. Mi sombrero y cabellos estaban llenos de nieve ensangrentada; mis ojos extraviados sumaban horror a mi aspecto. El soldado se alejó con mis ropas sin que me fuese posible dirigirle una sola palabra, tan grande era mi postración. Pero había recobrado mis facultades mentales y mi pensamiento se dirigía a Dios y a mi madre.

El sol poniente lanzó algunos débiles rayos entre las nubes; me despedí de él creyendo verlo por última vez. Si al menos no me hubiesen desnudado, alguno de los numerosos individuos que pasaban junto a mi hubieran reconocido un oficial en mi uniforme, y me haría transportar en una ambulancia; pero al verme desnudo, me confundían con los muchos cadáveres de que estaba rodeado. Y pronto no habría ninguna diferencia entre éstos y yo. No podía pedir socorro y la noche se echaba encima, aumentaba el frío….¿Podría soportarlo hasta el amanecer cuando ya sentía aterirse mis miembros uno a uno?


EL PROTAGONISTA DE LA HISTORIA EL BARÓN DE MARBOT


Ya esperaba morir, pues si un milagro me había salvado entre el espantoso choque de los rusos del 14º, ¿podría esperar un segundo milagro para salir de la horrible situación en que me encontraba? Pues el segundo milagro tuvo lugar, y he aquí cómo. Un ayuda de cámara del mariscal Augereau, a favor del cual yo había intercedido, para que no fuese castigado por haber dado una mala respuesta a su amo, y que me estaba agradecido me reconoció… La alegría de aquel valiente, al que debo la vida, fue extremada. Llamó a mi criado, a algunos ordenanzas, y me hizo llevar a una granja, donde me frotó el cuerpo con ron mientras iban a buscar al doctor Raymond. Este llegó, vendó mi herida del brazo, y declaró que la expansión de la sangre me había salvado.

No tardé en verme rodeado de mi hermano y de mis camaradas. Dieron algún dinero al soldado que se había llevado a mis ropas, para que devolviera los despojos; pero como estaban impregnados de agua y de sangre, el mariscal Augereau me hizo envolver en ropas de su propiedad. El Emperador había autorizado al mariscal a ir a Landsberg, pero su herida le impedía montar a caballo; sus ayudantes se procuraron un trineo en el que habían colocado una carrocería de cabriolé. El mariscal, que no se decidía a abandonarme, em hizo agregar a su persona, pues yo estaba demasiado débil para mantenerme sentado.

Antes de que me relavasen del campo de batalla vi de nuevo a mi pobre lissetta. El frio, coagulando la sangre de su herida, le había taponado; el animal volvió a ponerse en pie y comía paja de los vivaques que los soldados habían usado la noche antes.


viernes, 27 de febrero de 2015

LA BATALLA DE PAVÍA

CURIOSIDADES:




Corría el 24 de febrero de 1525 donde se iba a desarrollar la conocida como la batalla de Pavía donde las tropas francesas fueron derrotadas por las tropas del Emperador Carlos V. Abajo se reproduce los testimonios de dos franceses que presenciaron y batallaron ese día.

Mientras se hacían estas cosas, el condestable de Borbón hizo celebrar otro gran consejo para resolver y tener opinión de todos los capitanes de todo lo narrado y contenido en el último consejo  por él tenido, el cual no fue dada ninguna conclusión, como arriba se ha dicho. Este señor Borbón y sus susodichos capitanes, estando encerrados en una sala para celebrar este consejo, comenzaron a deliberar ampliamente sobre la proposición de Borbón, y habiendo debatido bien todo, se concluyó que deberían librar batalla al rey, lo cual hicieron, como se dirá a continuación.


INSTANTE DE LA BATALLA DE PAVIA TAPIZ DE VAN ORLEY SIGLO XVI


El rey advertido pronto de dicha conclusión, avisó a todas las gentes de armas alojadas lejos de él e hizo saber a todos los capitanes que él y sus gentes se tendrían dispuestos para cuando las trompetas y a tambores sonasen, se dirigiesen en el acto a sus banderas. Habiendo advertido todo, el rey dio orden de los lugares en que debían colocarse los hombres de a pie, según todas las naciones: suizos, lansquenetes, napolitanos, italianos, franceses, que estaban ordenados en las avenidas por donde podía psar dicho Borbón, y no en otra parte. Dispuso las gentes de armas, donde se debían colocar, tropa por tropa; las emboscadas ordenadas para los hombres de choque que constituirían la primera punta; estableció en varios lugares el emplazamiento de la artillería haciendo venir al gran maestre que estaba al otro lado del rio en el burgo de San Antonio, con cierto número de gentes de a pie y a caballo, retirarse dichas gentes de a pie y a caballo al campamento del rye, y después romper el puente de madera, cosa que él hizo.

Las dos partes, advertidas una de otra, a saber, el dicho Borbón, dispuesto a dar la batalla, y el rey, como se ha dicho, se había dispuesto y preparado para la misma, a defenderse, como magnánimo y poderosísimo rey cristiano. Borbón, un viernes, 24 de febrero de 1525, fiesta de San Matías, día en que el sol se levantó de buena mañana, hermoso a maravilla iluminando al celebrante de la misa matinal, las gentes del dicho Borbón comenzaron a dar alarma al campamento del rey; comenzaron a sonar trompetas, clarines y a tambores y cada uno se dirigió su enseña. Los capitanes de gastadores o pioneros condujeron cierto número de dichos hombres cerca de la muralla de Pavía, para excavarla con sus picos, palas y otros instrumentos apropiados; e hicieron tan bien su deber, que al poco tiempo hicieron derrumbarse un gran paño, por donde pasó una parte del ejército de Borbón para chocar y combatirla del rey. Así lo cuenta Sébastian Moreau, presente en la famosa batalla.

Ahora bien: no entraba en los planes del virrey de Nápoles ni del duque de Borbón el dar la batalla al rey, si no se presentaba la ocasión en su ventaja; sino solamente tratar de ganar la casa de Mirabel para retirar los hombres que allí dentro tenían en la ciudad y refrescarlos con nueva gente; de todos modos esto no podía hacerse sin pasar frente a nuestro campamento; y como el rey estaba acampado en lugar fuerte, se prepararon a dos efectos, a saber: si se les quería impedir el paso , y el rey salía de su fuerte con este fin, combatirle; de lo contrario, pasar, simplemente. Habiendo venido los imperiales a instalarse fuera del parque, del lado de la Cartuja, al alcance del cañón de nuestro campo, en cuyo lugar, pocos días después, comenzaron de noche a socavar la muralla del parque, de modo que dos días antes de la fecha, fiesta de San Matías, 1525, derribaron cuarenta o cincuenta toesas de dicha muralla; y habiendo caído esta, hicieron pasar por nuestro campo, por esta brecha, dos o tres mil arcabuceros españoles acompañados de algunos caballos ligeros, llevando cada uno una camisa blanca sobre su armadura para reconocerse, pues el día no clareaba aún; y después siguió a dichos arcabuceros un batallón de cuatro  mil, entre lansquenetes y españoles de las viejas bandas, mezclados, tras el cual marchaban tres batallones, uno de españoles y dos de lansquenetes, con dos grandes tropas de armados en las alas. Todos estos tomaron el camino de Mirabel dejando el ejército del rey a su izquierda, no queriendo, como ya he dicho, atacarlo, porque estaba situado en lugar demasiado ventajoso. Así lo vio otro presente, un tal Du Bellay.

Ahora se relata el inicio de la acción:

Llegando así la alarma al campamento del rey y viendo que eera preciso combatir, en el acto hizo sonar las trompetas y a tambores para que se fuese cada cual a su insignia y a los limites prescritos, sobre las avenidas de dicho Borbón, tal como se ha dicho más arriba. Cuando cada uno estuvo en su lugar y emplazamiento apropiado, las trompetas comenzaron a sonar de un lado y otro, dentro. ¡Oh, si los hubieseis visto hacer, mano a mano! Pero antes de chocar, la artillería del rey lanzó tan gran abundancia de tiros, que se veían volar por los aires los arnés de los enemigos, cabezas y brazos de gentes de a caballo y a pie, que se hubiese dicho el rayo mismo. Había también una batería de otro lado, que apuntaba a la avenida de los de a pie, que explotó igualmente, de modo que causaba estragos entre las gentes de a pie y lanzaba al aire cabezas, brazos, piernas y cuerpos, que era bien maravillosa y lastimera cosa de verse.

Precisa no olvidar el decir que la artillería de dicho Borbón no hizo su deber, de tirar contra el ejército del rey; hizo así por la gracia divina, porque estaba asentada en un lugar más alto que el campamento del rey. Por esta cusa, pasaron los proyectiles por encima de dicho campo sin hacer daño, sino bien poco. Así lo cuenta Sébastian Moreau.

Os he dicho más arriba que nuestros enemigos debían pasar frente a la cabeza de nuestro ejército, por lo cual el señor Jacques Galliot señor de Acié, senescal de Armignac, gran maestre de la artillería de Francia, había situado sus piezas en un lugar tan ventajoso para nosotros, que al paso de su ejército se veían forzados a correr en fila para ganar un valle en que ponerse a cubierto de dicha artillería; pues golpe tras golpe, hacían brechas en sus batallones, de modo que allí solo hubieseis visto brazos y cabezas volar. Lo cual motivó que el rey, viéndolos en hilera, creyó que el enemigo estaba en desbandada, con un informe que le fue dado de que la compañía del duque de Alençon y del señor de Brion habían derrotado algunos españoles que querían pasar a nuestra derecha, y habían ganado cuatro o cinco piezas de artillería ligera. Estas cosas, en conjunto, motivaron que el rey abandonase la posición ventajosa que tenía para salir en busca de los enemigos, de manera que cubrió su propia artillería y le quitó el medio de jugar su papel. Nos cuenta Du Bellay.


DISPOSICIÓN DE LAS TROPAS EN LA BATALLA DE PAVIA


Los imperiales, viéndose fuera del peligro de nuestra artillería, y al rey saliéndoles al paso, volvieron hacia él la cabeza de ataque que habían dirigido hacia Mirabel desbandado dos o tres mil arcabuceros entre su gente de armas. El rey, teniendo a mano derecha el batallón de sus suizos, que era su principal fuerza, marchó en derechura al marqués de Santangel que llevaba la primera tropa de los suyos, rompiéndola, y murió dicho marqués de Santangel. Pero los suizos, que de cuando en cuando debían atacar a un batallón de lansquenetes imperiales que respaldaban a dicha gente, en vez de venir a combate, se retiraron camino de Milán para ponerse a salvo. Nuestros lansquenetes, que no podían ser más de cuatro o cinco mil, de los que se encargaba, Francisco, señor de Lorena, hermano del duque de Lorena, y el duque de Suffolk Rosa Blanca, marcharon, la cabeza baja, derechos hacia el grueso del batallón imperial que iba en busca del rey. Pero siendo pocos en número, como he dicho, fueron envueltos por dos grandes batallones de alemanes, y combatiendo valientemente fueron deshechos; si los suizos hubiesen hecho otro tanto, la victoria estaba dudosa. Y murieron en dicho combate dicho Francisco señor de Lorena y el duque de Suffolk, y no menos mal lo pasaron sus soldados. Nos relata Du Bellay.

Cesando dicha artillería de uno y otro lado, comenzaron a llegar los españoles de a pie, que formaban la primera punta del campo de Borbón contra aquellos franceses, ya cansados y trabajados del combate, con los que tuvieron mucho que hacer. No obstante, en su socorro vino el duque de Suffolk y sus seis mil lansquenetes, que combatieron uno contra el otro muy valientemente que de uno y otro lado quedaron casi todos o muertos o heridos; en la cual batalla quedó muerto en el sitio el duque de Suffolk, casi todos sus capitanes y varios gentilhombres franceses, que habían avanzado con él a pie.

Mientras este combate se hacía, el rey, estando a caballo, armado, en triunfante orden y con la insignia de los gentilhombres de su casa cerca de sí, armados y pertrechados que nada les faltaba, tenía gran alegría de ver así combatir a los lansquenetes sin tomar aliento. En este instante vinieron los de a caballo de dicho Borbón, de otro lado, para atacar ciertos escuadrones de gentes de a pie, cosa que les hizo gran mal, y pasaron adelante, encontrando después una buena banda de gentes de armas que chocaron y hubo bastantes muertos y heridos.

Del otro lado estaba el dicho Borbón, bien acompañado de gentes de armas que fueron a chocar con la compañía del rey y lo hizo tan ásperamente que se dieron muchos mandobles. El rey, desde que vio venir al primero que quería chocar con él, que era el marqués de Civita Sancto Angelo, puso su lanza en ristre y chocó tan bien a dicho marqués que le traspasó completamente y cayó muerto. Después de este hecho, tomó su espada de armas y combatió mano a mano, no contra uno solamente  sino contra tres o cuatro que le acometieron a buenos golpes de maza, sin tener más que poco auxilio. Estando en esto, se gritó al señor de Alençon que era jefe o teniente general de un centenar de hombres armados situados en vanguardia, que viniesen en auxilio del rey, los cuales en el acto y a galope tendido acudieron. Pero la impedimenta que hallaron en el camino estorbó a muchos aunque de todos modos, muchos hubo que hicieron su deber. Así lo contempló Sébastian Moreau.

El rey, tal como he predicho, habiendo derrotado la primera tropa que halló, deshecho sus lansquenetes y retirados sus suizos, vio caer sobre si todo el peso de la batalla, de manera que al fin su caballo murió entre sus piernas, y él quedó herido en una. Y de los que estaban junto a él fueron muertos el almirante Bonnivet, el señor Luis de la Trimouille, de edad de setenta y cinco años; el señor Galeazo de Saint Severin, gran escudero de Francia, el señor Saint Severin, primer maestre de la casa real; el señor de Marafin, que era también  su primer escudero de escudería. Y fueron apresados el mariscal de Foix y el bastado de Saboya, gran maestre de Francia, los cuales murieron después, de las heridas recibidas. El conde de Saint Pol fue apresado junto al rey, herido en la cara y en otras partes, de manera que se le tuvo por muerto más que por vivo; de todos modos fue curado en Pavía a donde le condujeron. El mariscal de Chabannes con la vanguardia, combatía de la otra parte; y no tuvo mejor fortuna que los otros, pues estando nuestro ejército arruinado a más no poder, no hubo modo de que sostuviese el combate por su parte, por lo que sucumbió en el sitio, y la mayor parte de los que con él estaban tuvieron semejante fin.

El mariscal de Montmorency, que el día precedente había sido enviado con cien hombres de armas y mil hombres de a pie, franceses, que estaban, según creo a cargo del señor de Bussy D ´Amboise, y dos mil suizos de Saint Ladre para guardar un paso, llegando a este lugar permaneció en armas hasta apuntar el día y cuando oyó disparar la artillería se retiró para venir a juntarse con el rey, pero fue demasiado tarde. Incluso tuvo impedimento en hacer tal , pues fue envuelto y apresado antes de poder alcanzar el lugar a donde iba. También caía la ruina sobre nosotros.

Volvamos a donde he dejado al rey a pie. Habiendo caído por tierra, fue asaltado de todos lados, y exhortado de muchos a rendirse, cosa que no quería hacer; y siempre, mientras le duró el aliento, se defendió, aunque conocía que no podía resistir la voluntad de Dios; pero temía que, por las querellas que veía ya surgir entre los imperiales por el botín, al verle rendido, por despecho, entre unos y otros le matasen. Al instante, llegó el señor de Pompearant, del que he hablado, que se había ido con el señor de Borbón, por haber matado al señor de Chissé en Amboise; el cual, súbitamente, se puso en pie cerca del rey, espada en mano, e hizo retirar a todos de junto a su persona, hasta que llegase el virrey de Nápoles, a quien el rey se rindió. Tal como lo contempló Du Bellay.

Ya los enemigos se habían apoderado del rey, al menos mientras combatía, e hizo acto de verdadero Roland, a pie y a caballo, que no hay memoria de mayor valentía de príncipe ni mayor resistencia.  Los españoles y todo el campo de Borbón comenzaron a gritar a una: “¡Victoria!¡España!¡España!¡El rey está prisionero!” Y gritaban: “¡Es el rey!”.


DURO ES PARA UN REY RENDIRSE


Y espantándose las gentes del rey volvieron brida los de a caballo y de a pie para escapar; los unos hacia el Tesino para pasarlo vadeando, donde muchos se ahogaron; los otros tomaron el camino de Milán y los otros hacia Galleras, dejando a su valiente príncipe. Pero las gentes de bien que quisieron combatir de verdad y mostrarse tales como eran, hicieron tan grande hazaña que unos fincaron muertos y los otros heridos; por ejemplo, la Guiche, ese gentil y bravo capitán, le iba bien claras las cicatrices de la acción.

Dicho señor mirando tras sí después de haber recibido muchos golpes y defendiéndose hasta el extremo y no viendo junto a sí muchas gentes para socorrerle, no pudo menos que entregarse prisionero, y Dios le hizo tal gracia, considerando los grandes azares que había pasado. Entonces apareció el virrey de Napoles, Minguebal, nativo de Valenciannes, en Hainaut, uno de los más distinguidos del ejército del emperador, y algunos francés que estaban con él, que dijeron al rey sobre esta materia:

“Señor, nosotros os conocemos bien: rendíos, a fin de no haceros matar. Ya veis que no tenéis comitiva, y que vuestras gentes huyen y vuestro ejército está derrotado”.

Entonces el bueno y valiente príncipe, después de haberse defendido y haber guerreado tanto, como arriba se ha dicho, alzó la visera de su  yelmo no teniendo casi aliento ni resuello del esfuerzo con que se había puesto a combatir, se descalzó su guantelete y lo entregó a dicho virrey. Entonces le quitaron su casco y le entregaron un gorro de terciopelo, para  comenzar a tomar aliento. Trompetas, clarines, a tambores y pífanos en el campo de dicho Borbón hicieron pregonar y difundir la nueva de la victoria, y fue llevado a la dicha ciudad de Pavia. Así lo cuenta Sébastian Moreau.

Y como Francisco I envía un escrito a Luisa de Saboya, duquesa de Angulema, su madre y regente de Francia comunicando lo siguiente:

“Señora, para haceros saber cómo marcha el resto de mi infortunio, de todas las cosas solo me queda el honor, y la vida que está a salvo. Y para que, en vuestra adversidad, esta notica os dé un poco de consuelo, he rogado que me dejasen escribiros esta carta, lo que fácilmente me han concedido, suplicándoos no os dejéis arrebatar a ningún extremo, usando de vuestra acostumbrada prudencia, pues espero al fin que Dios no me abandonará, recomendándoos vuestros hijos pequeños y los míos y suplicándoos deis salvoconducto a este portador para regresar a España, pues se dirige al emperador, para saber cómo querrá que me traten. 

Y con esto, se recomienda muy humildemente a vuestra gracia vuestro muy humilde y obediente hijo. Francisco.

miércoles, 11 de febrero de 2015

JULIO CÉSAR VENCE A PETREYO Y AFRANIO EN ILERDA

CURIOSIDADES:




Los marselleses, siguiendo el consejo de Lucio Domicio, preparan naves de líneas por un total de diecisiete, once de las cuales eran cubiertas. A este grupo agregan muchos navíos menores con la intención de alarmar a nuestra flota con sólo los efectos de la suya… Domicio hace que se le reserven a él algunas naves, y las llena de los colonos y pastores que había traído consigo. Aparejada así con toda clase de pertrechos la escuadra, avanzan con grandes esperanzas contra nuestras naves, que estaban al mando de Décimo Bruto. Hallábase estas ancladas en la isla situada frente a Marsella.



SOLDADOS ROMANOS A BORDO DE UN BIRREME


Bruto era inferior, con mucho, en número de naves, pero César había asignado a aquella escuadra hombres escogidos, los más esforzados entre todas las legiones, soldados de choque y centuriones: todos salieron voluntarios para aquel cometido. Habían estos preparados garfios de hierro y garrochas, y se habían pertrechado con gran cantidad de dardos, jabalinas y demás proyectiles. En estas condiciones, advertida la proximidad del enemigo, sacan las naves del puerto y empeñan combate con los marselleses. Por ambos lados se luchó con gran denuedo y encarnizadamente; los albicos, gente brutal, montaraz y ducha en armas, no se dejaban aventajar mucho en arrojo por los nuestros… en tanto que los pastores de Domicio, incitados por la esperanza de su manumisión, se afanaban por acreditar su valentía a los ojos de su señor.

Los de Marsella, por su parte, gracias a la ligereza de sus naves y a la pericia de sus timoneles, esquivaban a los nuestros y encajaban sus golpes, y mientras podían disponer de más ancho espacio procuraban, desplegando sus filas a mayor distancia, rodear a los nuestros o embestir con varias naves a una sola, o cruzando a toda velocidad, barrerles los remos si podían. Cuando era inevitable el abordaje, recurrían, en sustitución de la habilidad de los timoneles, a la bravura de los montañeses. Los nuestros, aparte de que sus remeros eran menos ejercitados y timoneles menos diestros, los habían improvisado tomándonos de la marina mercante sin conocer ni siquiera el nombre de los pertrechos de guerra, se veían entorpecidos, además, por la lentitud y pesadez de la naves. Estaban construidas estas, a toda prisa, de madera aún verde. Así, cuando se les ofrecía ocasión de abordaje, se enfrentaban a dos naves con una sola, arrojándoles garfios de hierro, y sujetándolas ambas, luchaban por los dos lados saltando a bordo de las naves enemigas. Después de matar a gran cantidad de albicos y de pastores, echan a pique parte de las naves, capturan algunas con sus tripulantes y obligan a las demás a retirarse al puerto. La flota marsellesa perdió en aquella jornada, incluyendo las apresadas, nueve naves.

César, ante Ilerda, recibe esta noticia; a su vez, terminado el puente, su fortuna se va trocando rápidamente. El enemigo, aterrorizado ante el arrojo de los jinetes, circula ya con menos audacia; unas veces, sin apartarse mucho del campamento para tener pronta la retirada, forrajeaban en reducido espacio; otras, dando un largo rodeo, evitaban las guardias y retenes de a caballo… o escapaban al divisar la caballería a lo lejos arrojando la carga en medio del camino. Al fin decidieron interrumpir el forrajeo por bastantes días, o hacerlo de noche, contra la general costumbre.

Entretanto, los oscenses y calagurritanos… envíanle emisarios prometiendo ponerse a sus órdenes. Se le suman los tarraconenses, jacetanos y ausetanos, y pocos días después, los ilurgavonenses, ribereños del Ebro. A todos les pide ayuda de trigo. Se la prometen, y requisando todas las acémilas a su alcance, lo transportan al campamento. Incluso al conocer el acuerdo de su ciudad se pasa a él una cohorte de ilurgavonenses, desertando de sus puestos. Rápidamente cambió de modo radical la situación: terminado el puente, ganadas a su alianza cinco importantes ciudades, resuelta la cuestión del trigo, desvanecidos los rumores sobre unas legiones de refuerzo que, decíase, se aproximaban con Pompeyo a través de la Mauretania, otras muchas ciudades lejanas se desentienden de Afranio y entran en alianza con César.

Ante el temor que en el ánimo de los enemigos produjeron estos hechos, César, a fin de evitarse tener que enviar siempre la caballería a través del puente dando un gran rodeo, determinó, aprovechando un pareje apropiado, abrir varios canales de treinta pies de anchura, con los que sangrar parte del caudal de Segre con vistas a conseguir un vado en el río… Ante ello, Afranio y Petreyo acuerdan retirarse espontáneamente de sus posiciones y trasladar el teatro de la guerra a Celtiberia… porque los dos bandos en que se habían dividido las ciudades de la anterior guerra con Quinto Sertorio las vencidas sentían temor al nombre y autoridad de Pompeyo, aun ausente… en cambio, el nombre4 de César era entre los del país mas bien desconocido. Allí confiaban encontrar grandes efectivos de caballería y tropas auxiliares…

La noticia de que el puente del Ebro estaba casi listo, llegó aproximadamente al mismo tiempo en que se conseguía el vado del Segre. Naturalmente, ellos ya se daban cuenta de que esto era mayor motivo para acelerar su partida… No le quedaba a César más partido que incomodar y hostigar con la caballería la columna enemiga… Envía pues sus jinetes a atravesar el río… y súbitamente se presentan a la vista de la retaguardia de la columna, y desplegando sus crecidos efectivos, empiezan a retardarlos y estorbarles la marcha.

Al amanecer, desde las alturas inmediatas al campamento de César, se divisaba como, con el acoso de nuestra caballería, las últimas formaciones enemigas se veían en grave aprieto… Y en todo el campamento de César la tropa se puso a formar corros y lamentarse de que se estaba dejando escapar al enemigo de las manos prologándose la guerra sin necesidad. Presentábanse a los centuriones y tribunos rogándoles hicieran sabedor a César de que no tenía por qué ahorrarles esfuerzos ni peligro; estaban preparados. Eran capaces y se veian con ánimos de pasar el río por el punto donde lo había atravesado la caballería. César, impresionado por sus entusiastas clamores, aunque recelaba de exponer la tropa a tamaño caudal de río, opina, no obstante, que vale la pena intentarlo y hacer la prueba. En consecuencia, ordena entresacar de todas las centurias a los soldados más débiles, cuyo brío y fuerzas no parecían suficientes para resistirla, y los deja, con una legión, para guarnición del campamento, y a las demás legiones las saca, armadas a la ligera, y apostando un gran número de acémilas en el rio, arriba y abajo del vado, hace atravesarlo a la tropa. A Unos pocos de estos soldados, que perdieron sus armas en el rio, la caballería los recoge y reincorpora. Con todo, no perece ni uno. Pasado así incólume el ejército, César forma la tropa y empieza a hacerla avanzar en triple columna…


TOPOGRAFÍA DE LA CAMPAÑA DE CÉSAR EN ILERDA


Al distinguirlos, Afranio, cuando se vieron a lo lejos, y Petreyo con él, sobresaltado ante lo inesperado del caso, hace alto en unas elevaciones y forma en orden de batalla. César hace descansar la tropa en la llanura, para no exponerla a un combate fatigada. Al intentar ellos avanzar de nuevo, los persigue y retrasa. Se ven forzados a acampar antes de lo que se habían propuesto, en efecto, se acercaban a una zona montañosa, a cinco millas aguardaba un trayecto escarpado y angosto. Por aquellos montes ansiaban ellos penetrar, a fin de evadirse de la caballería de César, y apostando destacamentos en los desfiladeros, cortar la marcha a su infantería mientras ellos, sin riesgo ni sobresalto, pasarían la tropa al otro lado del Ebro. Esto deberían haber procurado ellos, y efectuarlo a todo trance, pero cansado por la lucha de todo el día y la fatiga de la marcha, lo aplazaron para el día siguiente. César acampó también, en una colina inmediata.

Alrededor de medianoche, capturados por la caballería unos que se habían alejado demasiado del campamento enemigo para hacer aguada, se entera César por ellos de que los jefes enemigos estaban evacuando las tropas del campamento sigilosamente. Al saberlo manda dar la señal y voces de ordenanza para recoger los bagajes. Ellos, al oír los gritos, temiendo verse obligados a un encuentro de noche y con el estorbo de los equipajes, o detenidos en los desfiladeros por la caballería de César, suspenden su marcha y retienen  todas las tropas en el campamento. Al día siguiente, Petreyo, con unos pocos de a caballo, sale a escondidas a reconocer el terreno. Idéntica precaución se toma en el campamento de César; se envía a Lucio Decidió Saxa con una patrulla a percatarse de la topografía. Uno y otro vuelven a los suyos con la misma información; quedaban cinco millas de trayecto llano, seguían luego parajes abruptos y montañosos; a quien primero ocupase aquellas gargantas ningún trabajo le costaría cerrar el paso al enemigo…

César, previa una explotación del terreno, al despertar al alba, saca todas sus tropas del campamento, y dando un gran rodeo, conduce el ejército a campo traviesa. Los caminos que llevaban al Ebro y a Otobesa le eran inaccesibles por tener enfrente el campamento enemigo. Tocábale atravesar muy grandes hondonadas, nada practicables; en muchos sitios., abruptos peñascos impedían el paso hasta el punto de que los soldados no tenían más remedio que pasarse las armas de mano en mano y efectuar gran parte de la etapa desarmados y sosteniéndose unos a otros. Pero nadie se hurtada a esta fatiga, porque estaban convencidos de que si lograban cerrar al enemigo el paso hacia el Ebro y cortarle el abastecimiento sería el final de las fatigas todas.

Al principio, los soldados de Afranio salían a contemplarlo corriendo, alborozados, y lanzaban a los nuestros gritos de burla, creyendo que por falta de recursos huían y regresaban a Ilerda, pues el itinerario aparente era distinto del que seguíamos y parecía tomar la dirección contraria. Naturalmente, los jefes enemigos colmaban de elogios su propia decisión de aguardar en el campamento, y se confirmaban en su opinión al ver nuestra marcha, sin acémilas ni impedimenta, creyendo que era debido a que nos faltaban los vivieres. Pero cuando observaron que la columna iba torciendo poco a poco hacia la derecha y advirtieron que la vanguardia rebasaba ya la línea de su campamento, no hubo nadie tan corto ni perezoso que no pensara en salir al instante del campamento y ganarnos la carrera. Dase la voz de coger las armas y todas las fuerzas, dejando unas pocas cohortes de guarnición, salen y emprenden la marcha en línea recta hacia el Ebro.

Toda la contienda era una cuestión de velocidad, quiénes ocuparían primero los desfiladeros y las montañas, pero al ejército de César lo retardaban las dificultades del trayecto, y a las tropas de Afranio habían llegado a verse en tal situación que, suponiendo que llegasen a las montañas, evitarían el propio peligro pero no podrían salvar la impedimenta de todo el ejército si los cohortes dejadas en el campamento, pues una vez copadas por el ejército de César no era posible ya llevarles socorro. Recorrió César la distancia primero, y ocupando una planicie desde unas grandes peñas, formó en lla en orden de batalla frente al enemigo. Afranio, con la retaguardia de su columna acosada por la caballería y viendo enfrente al enemigo, aprovechando una colina, hizo al to en lla. Desde allí envió cuatro chortes de rodeleros hacia un monte que destacaba a la vista de todos por su altura. Les manda ocuparlo a la carrera con intención de dirigirse también allí con todas las tropas, y cambiando de ruta, llegar a Otobesa por las crestas. Mientras marchaban hacia allá desviando su camino anterior, la caballería de César, dándose cuenta, se lanzó al ataque. Ni por un momento fueron los rodeleros capaces de resistir su embestida, y rodeados por lo nuestros, fueron exterminados todos a la vista de uno y otro ejército.

Era una ocasión para librar un combate favorable. No se le ocultaba a César que un ejército atemorizado por el grave quebranto sufrido ante sus propios ojos no era capaz de resisitri, sobre todo al verse rodeado completamente por la caballería en caso de combatirse en terreno llano y abierto. Todos se lo pedían; legados, centuriones, tribunos, acudían a decirle que no dudara en empeñar batalla. Todos los soldados estaban muy bien dispuestos. Los de Afranio, al contrario, habían dado ya señales de temor… no habían acudido en socorro de los suyos, no se apartaban de la colina, apenas resistían a las incursiones de la caballería, y apretujándose con las enseñas en un solo lugar, no aguardaban ni sus unidades ni la formación. Y si César temía lo desfavorable del terreno, ya se ofrecería, a pesar de todo, oportunidad de luchar en algún lugar, pues sin duda Afranio se vería obligado a bajar de aquella posición ya que no podían continuar sin agua.

César había concebido la esperanza de poder terminar la campaña sin lucha y sin sangre para los suyos al haber cortado el aprovisionamiento del enemigo: ¿por qué perder ahora a algunos de sus hombres en un combate, aunque fuese favorable? ¿Por qué permitir que resultasen heridos unos soldados con tan óptimos méritos? ¿Para qué tentar a la fortuna, no siendo menos propio de los generales vencer con la inteligencia que con la espada? Movía le también la compasión por los ciudadanos que preveía  iban a encontrar la muerte mientras él prefería obtener la victoria quedando ellos sanos y salvos. Con este proyecto César, la mayoría no estaba conforme… pero este persevera en su parecer y se parpta un tanto de aquel terreno, a fin de disminuir el miedo al enemigo. Petreyo y Afranio, ante la ocasión que se le ofrece, se repliegan al campamento. César, dejando cerradas todas las rutas hacia el Ebro con destacamentos apostados en las montañas, establece el suyo lo más cerca que puede del campamento enemigo.


CESAR LA INTELIGENCIA  Y LA ENERGÍA EN LA BATALLA


Al día siguiente, los jefes adversarios, desazonados con la pérdida de toda esperanza de suministros de trigo, y no creyendo posible llegar al Ebro, Deliberan sobre las alternativas que les quedaban. Tenían un camino para regresar a Ilerda; otro para dirigirse a Tarraco. Estando en estas reflexiones, se enteran de que sus aguadores eran hostigados por nuestra caballería. Ante esta noticia, establecen una tupida red de puestos de guardia, de jinetes y cohortes auxiliares, con otras legionarias intercaladas, y emprenden el trazado de un vallado desde el campamento al agua, para poder, al amparo de tal fortificación, ir a hacer aguada sin inquietud y sin la intervención de los puestos de guardia. De aquella construcción se encargan por partes Petreyo y Afranio, quienes, para llevarla a término, se adelantan a bastante distancia.

Aprovechando los soldados la oportunidad de entablar conversaciones que la ausencia de los generales les ofrecía, sin distinción, avanzan unos y otros y pregunta cada cual por los conocidos y paisanos que tienen en el campamento de César, y los llaman afuera… Comienzan por darles las gracias por la consideración que les habían tenido el día anterior, en medio de su pánico… Después les preguntan sobre la nobleza de ánimo de su general, si harían bien en confiarse a él, y se duelen de no haberlo hecho desde un principio y de haber llevado sus armas contra las personas de sus propios allegados y parientes. Animados con estas conversaciones, piden garantía de su general para las vidas de Petreyo y Afranio, no fuese a sospecharse que habían albergado intenciones criminales o entregadas a los suyos a traición. Obtenida garantía en estos puntos, aseguran ellos que trasladarán inmediatamente las enseñas, yu envían a César, como comisionados para las gestiones de paz, a los centuriones de los primeros rangos. Mientras tanto, unos se llevan invitados a sus amigos al campamento, a otros se los traen los suyos, hasta el punto de que ya parecían reunidos en unos los dos campamentos; numerosos tribunos y centuriones se presentan a César y se confían a él. Eso mismo hacen los próceres hispanos que ellos habían llamado a su lado y tenían consigo en el campamento a modo de rehenes. Buscaban estos a sus conocidos y alegados por hospitalidad, por medio de los cuales pudiese cada uno ser presentado y recomendado a César. Incluso un hijo joven de Afranio negociaba con César, por mediación del lugarteniente Sulpicio, a favor de su vida propia y la de su padre.

Todo era alegría y felicitaciones, unos por haber escapado a tan graves riegos, los otros, por haber terminado incruentamente unas campañas de tal envergadura. César recogía, según la opinión general, el gran fruto de su clemencia de la víspera, y su decisión era elogiada por todos.

Notificado a Afranio lo que acontecía, abandona las obras emprendías y se retira al campamento, dispuesto, al parecer, a llevar con paciencia y ecuamidad cualquier infortunio que pudiese aguardarle. Petreyo, en cambio, no se entrega. Arma a sus esclavos; con ellos y su cohorte pretoria de rodeleros y unos cuantos jinetes del país protegidos suyos, que solía usar como escolta personal, se presenta volando de improviso ante la empalizada, interrumpe las conversaciones de los soldados y expulsa a los nuestros del campamento dando muerte a los que alcanza. Los restantes se agrupan, y espantados ante aquel súbito peligro, cubren su izquierda con el capote, desenvainan la espada y en esta forma se defienden de los rodeleros y jinetes confiando en la proximidad del campamento; se repliegan hacia él, y las cohortes que estaban de guaria a la puerta cubren su retirada.


ESPECIFICACIÓN DE UN CAMPAMENTO ROMANO


Hecho esto, Petreyo, con lágrimas en los ojos, va de manipulo en manipulo, interpela a los soldados y les suplica que no le entreguen a él ni a Pompeyo, su generalísimo ausente, a sus adversarios para el suplicio. Rápidamente se produce una afluencia ante el pretorio. Les requiere a que juren todso que no abandonarán el ejército ni a sus jefes, ni les entregarán a traición, ni tomarán acuerdos a espaldas de los demás. Jura él en este sentido el primero; idéntico juramento le exige a Afranio; siguen los tribunos y centuriones; los soldados, desfilando por centurias, juran lo mismo. Pregonase la orden de que, cuantos tuvieran consigo algún soldado de César, lo entregaran; una vez entregados, les dan muerte en presencia de todos, ante el pretorio. Pero a la mayoría, quienes les habían acogido, los ocultan, y de noche los hacen salir por la empalizada. Así el terror producido por los jefes, su crueldad en el suplicio y el lazo de un nuevo juramento frustró la esperanza de una rendición inmediata, cambiaron las disposiciones de la tropa y devolvieron la situación a su anterior estado de guerra.

César da orden de buscar con la mayor diligencia a los soldados del enemigo que habían venido a su campamento durante el tiempo de la confraternización, y remitirlos. Pero del grupo de tribunos y centuriones, no pocos, por voluntad propia, se quedaron con él. Túvoles en lo sucesivo en gran consideración; a los centuriones los restituyó a sus anteriores rangos y a los caballeros romanos, a su categoría de tribunos.

Los de Afranio se veían apurados en el forrajeo; se proveían de agua con apuros. Los legionarios tenían trigo en cierta cantidad , pues habían recibido orden de sacar de Ilerda provisión para veintidós días. Laos rodeleros y tropas auxiliares, ninguna, pues sus medios de adquirirla era escasos, y no estaban acostumbrados a llevar peso. Así, todos los días se pasaba un número considerable de ellos hacia César. En tales apuros se hallaba la situación. En cuanto a los dos planes que habían considerado, parecía más práctico regresar a Ilerda, porque allí habían dejado un poco de trigo y confiaban que precisarían el resto del plan. Tarraco estaba a mayor distancia y se daban cuenta de que, en aquel trecho, podía su propósito sufrir muchos percances. Aprobado este proyecto, parten del campamento. César, enviando por delante la caballería a hostigar y entorpecer la retaguardia de su columna, los sigue al frente de sus legiones. No pasaba momento sin que se vieran enzarzados en lucha con la caballería.

El tipo de lucha era el siguiente. Cerraban la retaguardia cohortes armadas a la ligera, y en las llanuras hacían frente otras más. Si había que escalar una montaña, la misma configuración del terreno fácilmente alejaba el peligro, pues desde lugares más elevados, los que precedían cubrían a los suyos que iban subiendo; cuando se acercaba un valle o una cuesta bajo, y los de delante no podían prestar ayuda a los de la zaga, mientras la caballería, en cambio, desde arriba les disparaba sus dardos por la espalda, entonces la situación se hacía más crítica. Quedaba el recuerdo de, cuando se había llegado a un lugar así, dar orden a las legiones de hacer frente, y con fuerte acometida, rechazar a la caballería; al apartarse esta, bajar juntos, a la carrera, a los valles, y después de atravesarlos ráp8idamente, detenerse de nuevo en posiciones más elevadas. Pero estaban tan lejos de poder recibir ayuda de sus jinetes, aunque los tenían en efectivos importantes, que los llevaban amedrentados por los anteriores combates en el centro de la columna, más bien defendiéndolos. A ninguno de ellos le era posible apartarse del camino sin verse apresado por la caballería de César…


LAS TROPAS DE POMPEYO SERÍAN DERROTADAS EN ILERDA


Entonces, como realmente no se les daba posibilidad de ir en busca de un paraje apropiado para acampar, ni de continuar adelante, se ven forzados a hacer alto y poner el campamento lejos del agua y en sitio desfavorable. Más César, por las mismas razones que hemos indicado antes, no empeñó el combate. Y aquel día no permitió que se montaran las tiendas, a fin de que estuvieran todos más a punto de perseguirles, así salieran de día como de noche. Ellos, dándose cuenta de la inferioridad de su campamento., dedican la noche entera a prolongar sus líneas de fortificación, y van cambiando un campamento por otro. Lo mismo hace al día siguiente desde el amanecer, gastando en ello el día entero. Pero cuanto más allá llevaban el campamento, adelantando la obra, tanto más lejos se hallaban del agua, con lo que remediaban el inconveniente con otro inconveniente. La primera noche nadie salió del campamento por agua; al día siguiente, dejando una guarnición en el campamento, llevan a todas las tropas a la aguada y no mandan a nadie al forrajeo. César prefería que se vieran obligados a una capitulación por aquellas penalidades, que derrotarles en una batalla. NO obstante, intenta rodearles con un vallado y un foso para entorpecer lo más posible sus escapadas repentinas, a las que pensaba se verían obligados a recurrir. Ellos, inducidos por la falta de forraje y con el fin de hallarse, además, expeditos para la marcha, dan orden de sacrificar todas las bestias de transporte de equipajes.

Dos días se consumen en dichos trabajos y proyectos. Al tercero estaba ya tendida gran parte de la línea de circunvalación emprendida por César. Ellos, para impedir lo que faltaba, alrededor de la hora sexta dan la señal, sacan las legiones y forman en línea de combate al pie del campamento. César llama de la obra a sus legiones, ordena concentrarse toda la caballería y forma en orden de batalla, puesto que dar la impresión de que, contra la opinión que tenían los soldados de su fama, rehuía el combate, le acarreaba grave perjuicio. Pero los mismos motivos que ya se conocen le impulsaban a no querer combatir, y aun más porque el poco espacio de que se disponía, aun en caso de ahuyentar al enemigo, no podía ayudar gran cosa a que la victoria fuese definitiva. En efecto: un campamento no distaba del otro más de dos mil pies. Dos terceras partes de dicho trecho las ocupaban los dos ejércitos alineados; quedaba una tercera para el arranque y carga de los soldados. Si se trataba el combate, la proximidad del campamento ofrecía  a los derrotados un pronto refugio en su huida. Por este motivo había decidido resistir si le acometían, pero no tomar el la incitativa del ataque.

La formación de Afranio era con sus cinco legiones en doble línea; una tercera de refuerzo la cubrían las cohortes alarias; la de César en triple línea; ahora bien, la primera estaba ocupada por cuatro cohortes de cada una de las cinco legiones; detrás de cada grupo de estas seguían tres de refuerzo y luego otras tantas, de su respectiva legión; los arqueros y honderos quedaban encuadrados en la línea central; la caballería ceñía los flancos. Con una formación tal, uno y otro daban a entender que se mantenían en su propósito: César en no trabar combate a menos de ser obligado a ello; al enemigo, en impedir los trabajos de César. Con todo, la situación se prolonga y se conserva la formación hasta la puesta del sol; a continuación regresan unos y otros al campamento. Al día siguiente César se dispone a concluir la circunvalación proyectada; ellos, a tantear el paso del Segre, por si les era posible atravesarlo. César, al darse cuenta, pasó al otro lado del rio tropas germanas armadas a la ligera y parte de la caballería, y apostó en las orillas un denso cordón de puestos de guardia.


FORMACIONES ROMANAS


Al fin, cortados todos los suministros, después de tener tres días a las bestias encerradas sin comida, faltos de agua, leña y trigo, piden parlamentar, y a ser posible, en un lugar alejado de la tropa. César les niega esto último asintiendo en cambio el parlamentar en presencia de todos, y entregan a título de rehén al hijo de Afranio. Se acude al lugar señalado por César. A oídas de uno y otro ejército. Afranio toma la palabra, diciendo que no se les ha de reprochar ni a ellos ni a sus soldados el haber querido guardar fidelidad a su generalísimo Gneo Pompeyo. Pero ya habían cumplido su deber suficientemente y arrostrado bastante penalidades con haber padecido escasez de toda clase de recursos; pero ahora que, acorralados poco menos que como animales salvajes, se les privaba de agua y de la libertad de movimientos, no podían resistir más el dolor físico y la ignominia moral. Por tanto se declaraban vencidos; pedían y suplicaban que, si quedaba algún lugar para la misericordia, no se les llevara irremediablemente al último suplicio. Expuso Afranio estos conceptos lo más humilde y sumisamente de que fue capaz.

A sus palabras contestó César diciendo que a ningún otro le cuadraba menos que a él el papel de lamentación y enternecimiento. En efecto: todos los demás habían cumplido con su deber; él que aun en condiciones propicias, en momento y posición ventajosos no había querido llegar a las armas, a fin de que todo estuviera dispuesto para la paz lo más íntegramente posible. Su ejército, que aun después de ultrajado y de haberse dado muerte a sus camaradas, había salvado y protegido a los del contrario que tenía en su poder; en fin, los soldados de este mismo ejército quienes espontáneamente trataron de concertar la paz, en cuyo intento creyeron que había que procurar por la vida de todos los suyos. Así, la actuación de todos los grados de su ejército se había basado en la misericordia. Ellos, los jefes, habían rehuido la paz; ellos no habían guardado ni las leyes de las negociaciones ni las de la tregua, y a unos hombres inexpertos, atrapados parlamentando les habían dado muerte con toda crueldad. Les sucedía por tanto lo que casi siempre ocurre a los hombres de excesiva contumacia y soberbia, que recurren y piden ansiosamente lo que poco antes habían despreciado. Y ni siquiera ahora, ante su humillación, ni por ninguna otra ventaja momentánea reclama él nada que sirviera para aumentar sus efectivos; exigía, en cambio, que se licenciaran aquellos ejércitos que contra él llevaban sosteniéndose desde tantos años, pues no por otro motivo se habían destinado a Hispania seis legiones y alistado allí la séptima, preparado tantas y tan potentes escuadras y enviado jefes peritos en el arte militar. Ninguna de estas medidas se había planeado para la sumisión de las Hispanias ni para las necesidades de la provincia que, dado el tiempo que llevaban en paz, no requería socorro alguno. Todo aquello se había ya dispuesto de antemano contra él, contra él se habían instituido nuevos mandos, de modo que una misma persona dirigía la política de la Ciudad desde sus puertas, y gobierna a distancia dos provincias belicosísimas durante tantos años. Contra él se alteraban los derechos de los magistrados, en forma que no se envíen a las provincias, como siempre, después de la pretura y el consulado, sino avalados y elegidos por los oligarcas; contra él no había tenido efectividad el alegar motivos de edad para que no se reclamara a ponerse al frente de los ejércitos a hombres acreditados ya en anteriores guerras; solo en su caso no se observaba lo que se había concedido siempre a todos los generales vencedores; que terminadas victoriosamente sus campañas, regresen a Roma o con algunas honras, o de todos modos, sin bochorno, y despidan a sus tropas. Sin embargo el lo había sobrellevado todo y lo sobrellavaría con paciencia; y tampoco ahora intentaba quitarles el ejército para quedárselo a sus órdenes, cosa que a pesar de todo no le sería difícil, sino de que no lo tuvieran ellos para usarlo contra él. Así, que conforme a lo dicho, salgan de las provincias y despidan al ejército; si lo hacían así, él no se vengaría de nadie. Esta era la única y la última condición de paz.
A los soldados les fue sobre todo agradable y satisfactorio, según pudo comprobarse por sus propias demostraciones, que después de esperarse algún equitativo castigo, obtenían en vez de él la recompensa del licenciamiento. En efecto; habiendo surgido una disensión respecto al lugar y tiempo en que se realizaría, empezaron a manifestar con palabras y gestos, desde el vallado donde estaban asomados, que se les licenciara inmediatamente, pues ni con todas las garantías podían tenerlo por firme si se aplazaba para otra ocasión. Después d euna corta discusión a favor de una opinión u otra, se llega al acuerdo de que, quienes tengan domicilio o propiedad en Hispania, sean licenciados inmediatamente; los demás, a orillas del rio Varo. César garantiza que a nadie se le causará daño alguno ni se le obligará contra su voluntad a jurar bandera.

César se compromete a proveerles de trigo desde aquel momento, hasta que lleguen al rio Varo. Añade, incluso, que lo que cada uno de ellos haya perdido en la campaña y se halle en poder de sus soldados se devuelva a quienes lo habían perdido. A sus soldados, una vez valoradas aquellas cosas, se les compensa en dinero. En todas las discusiones que tuvieron luego entre sí los soldados, por propio impulso acudieron a César para que les hiciera justicia. Al exigir las legiones, poco menos que amotinadas, a Petreyo y Afranio sus soldadas, que estos decían no haber vencido todavía, se pidió a César que interviniera, y unos y otros se dieron por satisfechos con lo que él decidió. Licenciada en dos días alrededor de la tercera parte de las tropas, dio orden de que precediesen a los expedicionarios dos de sus legiones, y de que los siguiesen los demás, de modo que no acamparan a mucha distancia una de otras, y puso al frente de aquella misión al lugarteniente Quinto Fufio Caleno. De acuerdo con esta orden suya se hizo la expedición hasta el rio Varo y allí se licenció lo que quedaba del ejército.