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miércoles, 30 de septiembre de 2015

LA BATALLA DE EYLAU

CURIOSIDADES:


Este es el testimonio de un participante de esta batalla acontecida en el 8 de febrero de 1807 en la actual Ilawka, anteriormente Eylau, entre las fuerzas rusas y las fuerzas de Napoleón. Su protagonista, el general francés barón de Marbot.


NAPOLEON EN EL CAMPO DE BATALLA DE EYLAU POR ANTOINE JEAN GROS
 

El 8 de febrero por la mañana, la posición de los dos ejércitos era la siguiente: los rusos tenían Serpallen a su izquierda; su centro ante Auklapen, su derecha en Schmoditten, y aguardaban ocho mil prusianos que debían presentarse en Althoff y formar su extrema derecha. El frente de la línea enemiga estaba cubierto por quinientas piezas de artillería de la que la menos había un tercio de gran calibre. La situación de los franceses era mucho menos favorable pues no habiendo llegado todavía sus dos alas, el Emperaodr sólo tenía, al comenzar la acción, una parte de las tropas con las qué había contado para dar la batalla. El cuerpo del mariscal Soult fue colocado a la derecha, que era la izquierda de Eylau; la guardia en esta ciudad; el cuerpo de Augereau estaba entre Rotchenen y Eylau, frente a Serpallen.

El enemigo formaba, como se ve, un semicírculo alrededor de nosotros, y los dos ejércitos ocupaban un terreno en el que hay numerosos pantanos, pero la nieve los cubría.

Ninguno de los dos bandos se dio cuenta de ello ni disparó proyectiles a rebote para romper el hielo, lo que habría llevado a una catástrofe semejante a la que tuvo lugar en el lago Satschan, al final de la batalla de Austerlitz.

El mariscal Davout, que esperábamos a nuestra derecha, hacia Molwitten, y Ney, que había de formar nuestra izquierda por la parte de Alhoff no había parecido aún cuando, al apuntar el día, hacia las ocho aproximadamente, los rusos comenzaron el ataque con una preparación artillera de las más violentas, a la que nuestra artillería, aunque menos numerosa, respondió con tanta mayor ventaja cuando nuestros artilleros, mucho más informados que los del enemigo, apuntaban a masas humanas sin parapetar, mientras la mayoría de los proyectiles rusos se estrellaban contra las paredes de Rothenen y Eylau. Una fuerte columna enemiga avanzó pronto para tomar esta última población; fue vivamente rechazada por la guarida y por las tropas del mariscal Soult.

El emperador supo entonces, con alegría, que desde el campanario se veía acercarse el cuerpo de ejército de Davout, llegando por Molwitten y marchando sobre Serpallen, de donde expulsó a la izquierda de los rusos, que rechazó hasta kalein – Sausgarten.

El mariscal ruso Benningsen viendo su izquierda derrotada y su retaguardia amenazada por el audaz Davout, decidió aplastarle llevando contra él una gran parte de sus tropas. Entonces, Napoleón quiso impedir este movimiento haciendo una diversión sobre el centro enemigo y mandó a Augereau ir a atacarlo, aunque preveía la dificultad de esta operación.

Pero hay en los campos de batalla circunstancias en que es preciso saber sacrificar algunas tropas para salvar le mayor número y asegurar la victoria. El general Corbineau, ayudante de campo del Emperador, fue muerto junto a nosotros de un cañonazo en el momento en que llevaba a Augereau la orden de marchar. Este mariscal, pasando con sus dos divisiones entre Eylau y Rothenen, avanzó fieramente, contra el centro de sus enemigos, y ya la catorceava línea de nuestra vanguardia se había apoderado de la posición que el Emperador había ordenado tomar y conservar a toda costa, cuando las numerosas piezas de grueso calibre que formaban semicírculo en derredor de Augereau lanzaron una lluvia de obuses y metralla tal, que no la hay semejante en memoria humana.
En un instante nuestras dos divisiones fueron machacadas bajo esa lluvia de hierro. El general Desjardins murió, el general heudelet fue gravemente herido. No obstante, se resistió firmemente hasta que, habiendo quedado casi enteramente destruido el cuerpo de ejército, fue forzoso transportar lo que quedaba cerca del cementerio de Eylau, excepto la línea 14 que, totalmente rodeada de enemigos, permaneció sobre el montículo que ocupaba. Nuestra situación era tanto más enfadosa por cuanto un viento muy violento nos lanzaba al rostro una nieve muy espesa que impedía ver más de quince pasos de distancia, de manera que varias baterías francesas dispararon sobre nosotros junto con las enemigas. El mariscal Augereau fue herido por un vizcaíno. 


SIMON FORT PINTÓ UNA DE LAS CARGAS DE CABALLERIA MÁS GRANDE DE LA HISTORIA EN EYLAU


No obstante, el sacrificio del 7º cuerpo había producido un buen resultado, pues no sólo el mariscal Davout, desembarazado por nuestro ataque, había podido mantener sus posiciones sino que se había apoderado de Klein – Sausgarten y había llevado su vanguardia hasta Kuschitten, sobre la retaguardia enemiga. Fue entonces cuando el Emperador, queriendo dar el gran golpe, hizo pasar entre Eylau y Rothenen noventa escuadrones mandados por Murat.

Estas terribles masas, cargando sobre el centro de los rusos, lo hunden, lo sablean y lo ponen en el mayor desorden. El valiente general D’Hautpoul murió en el choque al frente de sus coraceros, como el general Dahlmann, que había sucedido a Morland en el mundo de los cazadores de la Guardia. El éxito de nuestra caballería aseguraba la victoria en la batalla.

En vano ocho mil prusianos que habían escapado a la persecución del mariscal Ney, entrando por Althoff, intentaron un nuevo ataque dirigiéndose, no se sabe por qué, a Kuschitten, en vez de marchar sobre Eylau; el mariscal Davout los rechazó, y al llegar el cuerpo de Ney que apareció al caer el día en Schmoditten, haciendo temer a Benningsen quedarse con las comunicaciones cortadas, ordenó este últimoi la retirada hacia Koeningberg dejando a los franceses dueños de aquel horrible campo de batalla, cubierto de cadáveres y de moribundos. Desde la invención de la pólvora no se habían visto tan horribles efectos, pues, considerando los efectivos que combatieron en Eylau, es de todas las batallas antiguas y modernas aquella cuyas pérdidas fueron mayores relativamente.
Los rusos tuvieron veinticinco mil hombres fuera de combate, y aunque se haya rebajado a diez mil el número de franceses heridos por el hierro o el fuego, lo evalúo al menos en veinte mil hombres. ¡El total para los dos ejércitos fue, pues, de cuarenta y cinco mil hombres, de los que murieron más de la mitad!

El cuerpo de ejército de Augereau estaba casi enteramente destruido. De quince mil hombres al principio de la acción sólo le quedaban tres mil, mandados por el teniente coronel Massy: el mariscal, todos los generales y todos los coroneles habían sido heridos o muertos.

Cuesta trabajo comprender por qué Benningsen, sabiendo que Davout y Ney estaban aún en retaguardia, no aprovechó su ausencia para atacar la población de Eylau al apuntar el día, con las numerosísimas tropas del centro de su ejército, en vez de perder un tiempo precioso cañoneándonos pues la superioridad de sus fuerzas le había convertido, ciertamente, en dueño de la ciudad antes de llegar Davout, y el Emperador hubiese sentido entonces haber avanzado tanto en vez de fortificarse en la meseta de Ziegelhof para esperar la llegada de sus alas, tal como lo había proyectado la víspera.


SITUACIÓN DEL CAMPO DE BATALLA LA MAÑANA DE 8 DE FEBRERO


Al día siguiente de la batalla, el Emperador mandó perseguir a los rusos hasta las puertas de koeningsberg, pero habiendo algunas fortificaciones en esta ciudad, no juzgó prudente atacarla con tropas debilitadas por sangrientos combates, estando además casi todo el Ejército ruso en Koeningsberg y alrededores.

Napoleón pasó varios días en Eylau, para recoger a los heridos y reorganizar sus ejércitos. El cuerpo del mariscal Augereau estaba casi destruido y sus restos fueron repartidos en otros tres cuerpos. El mariscal obtuvo un permiso para regresar a Francia a curar su herida. El emperador, viendo lejos ya el grueso del Ejército ruso, estableció sus tropas en guarnición en ciudades, burgos y pueblos, por el Bajo Vistula. Durante fines de invierno no hubo hechos notables más que la toma de la plaza fuerte de Dantzig por los franceses. Las hostilidades en campo abierto no se reemprendieron hasta el mes de junio, como veremos después.

No he querido interrumpir aquí la narración de la batalla de Eylau para contaros lo que me sucedió en este terrible conflicto; pero para que podáis comprender este triste relato precisa remontarme al otoño de 1805, en que los oficiales del Gran Ejército hacían los preparativos para la batalla de Austerlitz completando sus equipos.

Yo tenía dos caballos buenos, y buscaba otro mejor, un caballo de batalla. La cosa era difícil, pues aunque entonces los caballos fueron infinitamente menos caros que hoy, su precio era aún bastante alto y yo tenía poco dinero. Encontré por fin una mula, llamada Lissetta, que tenía un defecto terrible y felizmente poco frecuente; mordía como un bulldog y se arrojaba con furia sobre las personas que le desagradaban, cosa que obligó a M. Finguerlin a venderla.

Era costumbre, en el Ejército imperial, que los ayudantes de campo se colocasen en fila, a algunos pasos de su general, y el que estaba en cabeza, marchase el primero, y volviese a colocarse el último después de cumplir la misión que el general le ordenaba, a fin de que, partiendo cada cual a su turno correspondiente, los peligros quedasen equitativamente repartidos.

Un bravo capitán de ingenieros llamado Froissard, que aunque no era ayudante de campo servía al mariscal Augereau, hallándose el primero de la fila, fue encargado de la misión de llevar la orden de ataque al 14º de línea. Froissard partió al galope y le perdimos de vista entre los cosacos, y le vimos más ni supimos qué había sido de él.

El mariscal, viendo que el 14º de línea no se movía, envió a otro oficial llamado David: tuvo la misma suerte que Froissard; no oímos hablar más de él. Es probable que los dos quedasen muertos y despojados, y no se los pudo reconocer entre los numerosos cadáveres de que había quedado cubierto el suelo.

Por tercera vez, el mariscal llama: “¡El oficial de turno para un mensaje!”¡Me tocaba a mí, ahora!

Al verme, presintiendo tal vez la muerte de su antiguo camarada, su ayudante predilecto, los ojos del buen mariscal se llenaron de lágrimas, pues no podía disimularse que me enviaba casi a una muerte cierta; pero era preciso obedecer al Emperador; yo era un soldado; no se podía enviar a uno de mis compañeros en mi lugar, no yo lo hubiese consentido. Hubiera sido deshonrarme. Y me lancé.

Pero aunque iba a sacrificar mi vida, creí un deber tomar las precauciones necesarias para salvarla. Yo había notado que los dos oficiales que partieron antes que yo llevaban sable en mano, lo que me llevaba a creer que tenían intención de defenderse contra los cosacos que los atacaban durante el trayecto; defensa irreflexiva, según mi parecer, pues les había obligado a detenerse para combatir una multitud de enemigos que habían terminado por aplastarlos. Me puse, pues, a la tarea con otro plan; dejé mi sable envainado y me consideré un jinete que quiere ganar un premio de carrera y se dirige lo más de prisa posible, y por la línea más corta hacia el objetivo indicado, sin preocuparse de lo que tenga a la derecha o a la izquierda o ante sí. Mi meta era el 14º de línea y decidí alcanzarlo sin fijarme en los cosacos, que anulé en mi mente.

Este plan me salió a pedir de boca. Lissetta, más ligera que un golondrina, volando más que no corriendo, devoraba el espacio, franqueaba montones de cadáveres de hombres y caballos, los fosos, los fustes de trincheras rotos, las llamas mal apagadas de los vivaques. Miles de cosacos dispersos cubrían la llanura. Los primeros en verme hicieron como cazadores que han visto la liebre; me señalaron unos a otros con gritos  “¡Tuya, tuya!” Pero ninguno de ellos intentó detenerme, primero por la extrema velocidad de mi carrera, y también porque, siendo tan numerosos, cada cual creía que no podría escapar a sus caradas que encontraría luego. De este modo pasé entre todos y llegué al 14º de línea sin que no ni yo ni mi magnifica mula hubiésemos recibido el menor arañazo.


CARGA DE CORACEROS EN EYLAU POR CHARPENTIER


Encontré el 14º formado en cuadro en lo alto de la loma; pero como las pendientes del terreno eran muy suaves, la caballería enemiga había podido dar varias cargas contra el regimiento francés, el cual, rechazándolas con vigor, estaba rodeado ahora de un círculo de caballos y dragones rusos muertos que formaban una especie de parapeto, dejando aquella posición casi inaccesible a la caballería, pues a pesar de la ayuda de nuestros infantes, tuvo mucho trabajo en pasar por encima de aquel sangriento y horrible atrincheramiento.

Por fin estaba dentro del cuadro. Desde la muerte del coronel Savary, muerto en el paso del Ukra, el 14º estaba mandado por un jefe de batallón. Cuando, entre una granizada de obuses, transmití a este militar la orden de abandonar la posición para intentar unirse al cuerpo del ejército, el me hizo observar que la artillería enemiga, disparando desde hacia una hora sobre el 14º le había infligido tales bajas, que el puñado de soldados que le quedaba serían infaliblemente exterminados si bajaban al llano; que tampoco tendría tiempo de preparar la ejecución de este movimiento puesto que una columna de infantería rusa se acercaba; estaba ta a cien pasos de nosotros.

“- No veo medio de salvar el regimiento”, dijo el jefe del batallón, “volved al lado del Emperador y decidle adiós de parte del 14º de línea que ha ejecutado fielmente sus órdenes, y llevadle esta águila que nos había dado y que no podemos defender. ¡Sería demasiado triste morir viéndola caer en manos del enemigo!”

Y el comandante me entregó su águila, que los soldados, gloriosos restos de aquel regimiento intrépido, saludaron por última vez con gritos de “¡Viva el Emperador!” ¡Ellos que por él iban a morir! Era el Cesar, morituri te salutant de Tácito, pero pronunciado por héroes.

Las águilas de infantería eran muy pesadas, y su peso estaba aumentado por una grande, y fuerte asta de madera de encina en la cual se fijaba esa insignia. La longitud del palo me estorbaba mucho, y como ello, sin su águila, no era ningún trofeo, decidí con consentimiento del comandante, romperla para llevarme el águila solo. Pero en el instante en que, desde mi silla de montar, me inclinaba hacia delante para tener más fuerza en mi operación, una bala de cañón de los rusos atravesó el pico posterior de mi sombrero, a pocos centímetros de mi cabeza. Como llevaba un barbiquejo de cuero que me lo ataba fuertemente a la barbilla, aquello me produjo una sacudida en la cabeza que me atontó, aunque no caí del caballo. Me salía sangre por la nariz, orejas y ojos; no obstante, aún oía, observaba, comprendía, aunque mis miembros estuvieron paralizados y me fuese imposible mover un solo dedo.

Mientras la columna de infantería rusa que habíamos visto llegaba al montículo. Eran granaderos, con cascos de metal en forma de mitra. Saturados de aguardiente, en número infinitamente superior, se arrojaron con furia sobre los débiles restos del infortunado 14º, cuyos soldados, desde hacía unos días, solo comían patatas y bebían nieve fundida; y aquel día no habían tenido tiempo de preparar ese miserable ágape. No obstante, nuestros bravos franceses se defendieron valientemente a la bayoneta, y cuando el cuadro estuvo hundido, se agruparon en varios pelotones y sostuvieron largo tiempo aquel desigual combate.

En este espantoso choque, muchos de los nuestros, a fin de no verse heridos por detrás, se adosaron a los flancos de mi mula mordedora, que contrariamente a su costumbre, esta impasible. Si yo me hubiese podido mover, la había llevado adelante para alejarla de aquel campo de carnicería, pero me era absolutamente imposible apretar las piernas para transmitir a mi montura mi voluntad. Mi posición era tanto más espantosa cuanto que, como he dicho, había conservado yo la facultad de ver y de pensar… No solo se estaban batiendo en derredor mío, lo que me exponía a recibir un bayonetazo, sino que un oficial ruso que tenía una cara atroz, hacia constantes esfuerzos para traspasarme con su espada, y como la multitud de combatientes le impedía llegar hasta mí, me señalaba a sus soldados, que tomándome por jefe de los franceses, porque era el único a caballo, disparaban sobre mi por encima de la cabeza de sus camaradas. Numerosas balas me silbaban en los oídos. Una de ellas me hubiese quitado la poca vida que me quedaba, cuando un incidente inesperado vino a alejarme de esta espantosa brega.

Entre los franceses adosados a mi mula había un furriel, al que yo conocía. Este hombre, atacado por varios granaderos enemigos, cayó bajo las patas de lissetta, y se agarró a mi pierna, para intentar levantarse, cuando un granadero ebrio e inseguro en sus golpes, habiéndole querido rematar, erró el golpe, perdió el equilibrio, se erguió, y al ver que yo no caía, me atravesó el brazo izquierdo con la bayoneta. Sentí un placer monstruoso al sentir correr mi sangre caliente por mi cuerpo helado. El granadero ruso, redoblando su furor, me daba golpe tras golpe, hasta que a consecuencia de los esfuerzos perdió pie y cayó. Su bayoneta se hundió en el muslo de mi mula, que devuelta por el dolor a sus instintos feroces, se precipitó sobre el ruso, y de un bocado le arrancó la nariz, labios y párpados, toda la piel de la cara, que parecía un cadáver viviente y enrojecido. ¡Era espantoso verlo¡ después, lanzándose con furia entre los combatientes, coceando y mordiendo, derribó todo lo que hallaba a su paso. El oficial enemigo que tan a menudo había tratado de herirme quiso sujetarla por la brida, pero ella le agarró por el vientre, alzándolo, le llevó debajo de la loma fuera de la lucha y después de hacerlo trizas a mordiscos y coces, le dejó moribundo sobre la nieve. Tomando después el camino por donde había venido, me llevó a galope tendido hacia el cementerio de Eylau. Gracias a la silla de húsar que yo llevaba, pude mantenerme a caballo, pero me esperaba un nuevo peligro.

La nieve caía de nuevo y reinaba gran oscuridad cuando, llegando a Eylau, me encontré frente a un batallón de la vieja guardia, que desde lejos me tomó por un oficial enemigo que mandaba una carga de caballería. El batallón entero hizo fuego sobre mí. Mi capa y mi silla quedaron acribilladas, pero no fui herido, ni tampoco mi mula, que atravesaba las tres filas del batallón con tanta facilidad como una culebra atraviesa un seto… Pero este último impulso había agotado las fuerzas de lissetta, que perdía mucha sangre pues tenía una de las gruesas venas del muslo cortada. La pobre bestia cayó al fin y yo rodé por el suelo.

Tendido sobre la nieve entre los montones de muertos y agonizantes, no pudiendo moverme de ninguna manera, perdí insensiblemente la consciencia de mi mismo. Me parecía que me columpiaban dulcemente. En fin, me desmayé, y no bastó a despertarme el gran estruendo que en aquel instante debieron producir los noventa escuadrones de Murat, a la carga decisiva, pasando junto a mí o tal vez por encima de mí.

Estimo que mi desmayo duró cuatro horas, y al reanimarme, he aquí la horrible situación en que me encontraba; estaba completamente desnudo9, con solo mi sombrero y mi bota derecha. Un soldado, creyéndome muerto, e había despojado según costumbre y queriendo quitarme la única bota que me quedaba, me tiraba de una pierna apoyando su pie sobre mi vientre. Las fuertes sacudidas que me daba me habían reanimando, logré incorporarme, y escupí unos cuajones de sangre que me tapaban la garganta. La sacudida producida por el viento del obús me había producido una equimosis considerable; tenía la cara, los hombros y el pecho ennegrecidos, mientras la sangre que salió de mi herida en el brazo teñía el resto de mi cuerpo. Mi sombrero y cabellos estaban llenos de nieve ensangrentada; mis ojos extraviados sumaban horror a mi aspecto. El soldado se alejó con mis ropas sin que me fuese posible dirigirle una sola palabra, tan grande era mi postración. Pero había recobrado mis facultades mentales y mi pensamiento se dirigía a Dios y a mi madre.

El sol poniente lanzó algunos débiles rayos entre las nubes; me despedí de él creyendo verlo por última vez. Si al menos no me hubiesen desnudado, alguno de los numerosos individuos que pasaban junto a mi hubieran reconocido un oficial en mi uniforme, y me haría transportar en una ambulancia; pero al verme desnudo, me confundían con los muchos cadáveres de que estaba rodeado. Y pronto no habría ninguna diferencia entre éstos y yo. No podía pedir socorro y la noche se echaba encima, aumentaba el frío….¿Podría soportarlo hasta el amanecer cuando ya sentía aterirse mis miembros uno a uno?


EL PROTAGONISTA DE LA HISTORIA EL BARÓN DE MARBOT


Ya esperaba morir, pues si un milagro me había salvado entre el espantoso choque de los rusos del 14º, ¿podría esperar un segundo milagro para salir de la horrible situación en que me encontraba? Pues el segundo milagro tuvo lugar, y he aquí cómo. Un ayuda de cámara del mariscal Augereau, a favor del cual yo había intercedido, para que no fuese castigado por haber dado una mala respuesta a su amo, y que me estaba agradecido me reconoció… La alegría de aquel valiente, al que debo la vida, fue extremada. Llamó a mi criado, a algunos ordenanzas, y me hizo llevar a una granja, donde me frotó el cuerpo con ron mientras iban a buscar al doctor Raymond. Este llegó, vendó mi herida del brazo, y declaró que la expansión de la sangre me había salvado.

No tardé en verme rodeado de mi hermano y de mis camaradas. Dieron algún dinero al soldado que se había llevado a mis ropas, para que devolviera los despojos; pero como estaban impregnados de agua y de sangre, el mariscal Augereau me hizo envolver en ropas de su propiedad. El Emperador había autorizado al mariscal a ir a Landsberg, pero su herida le impedía montar a caballo; sus ayudantes se procuraron un trineo en el que habían colocado una carrocería de cabriolé. El mariscal, que no se decidía a abandonarme, em hizo agregar a su persona, pues yo estaba demasiado débil para mantenerme sentado.

Antes de que me relavasen del campo de batalla vi de nuevo a mi pobre lissetta. El frio, coagulando la sangre de su herida, le había taponado; el animal volvió a ponerse en pie y comía paja de los vivaques que los soldados habían usado la noche antes.


sábado, 27 de junio de 2015

LOS VIKINGOS Y LA FUNDACIÓN DE RUSIA

 CURIOSIDADES:




En el año 862 la flota de Rurik entró en la boca del rio Volkhov desde el lago Ladoga. Por aquel entonces diversas tribus de origen finés estaban en disputa; Chud, Merya y Ves. Pero entre el siglo VII y VIII pueblos eslavos comenzaron a presionarlos y a través de incursiones por los bosques densos comenzaron a explorar las costas del rio Volkhov. En esos lejanos tiempos los ríos jugaron un importante rol de rutas de intercambio comercial. Los ríos y sus corrientes eran venerados por la tribu Ves, principalmente ligados a la pesca, el culto al agua era mantenido por las mujeres y los más importantes asuntos eran tratados por el consejo de las madres que como principal figura de autoridad designaba la mujer más sabia. Y durante cientos de años la tribu Ves había mantenido su estilo de vida basado en la tradición matriarcal y por esta razón la tribu de los Ves jamás levantó un estado.

Sin embargo, ese instinto social no fue desarrollado entre la tribu Chud y el poder pertenecía a los hombres. Estos vivían en los bosques y eran considerados los mejores cazadores de esas tierras. La memoria de esto fue recogida por los proverbios: “Chud en el bosque junto a su casa en los árboles, desde donde arriba dispara. Esta tribu intercambiaba pieles, cuero, miel…. Asuntos arreglados entre bloques de madera robusta de roble, en el centro del bosque que era un rincón sagrado para ellos. Estas gentes adoraban los árboles. Ellos no cultivan la tierra sino que importaban grano de los eslavos. El grano era molido con ralladores de mano entonces era amasado con trazas de miel silvestre, se le añadía hierba aromática y como resultado se cocía el llamado “kindas”. Estos eran unos bollos rituales de forma redondeada introduciendo en su interior una especie de salvado con mermelada con bayas que se introducía en boles durante la noche se dejaba en los tejados de las casas. Y esto era a causa lo que se consideraba más seguro contra  los “navyas”; enemigos muertos no enterrados que se convertían en vampiros.


LAS PRINCIPALES TRIBUS DEL SIGLO IX


Por otro lado, la tribu Merya usaba amuletos de protección con diferentes tipos de decoración de piedra como simbolismo ritual que garantizaban la salvación contra fantasmas, hombres lobo, malvados espíritus y otras criaturas malignas que producían pavor en los lugares como lagos, bosques y pantanos. Estos amuletos estaban dotados de hechizos arcanos que daban fuerza sobrenatural a los adornos que eran conocidos solo por las mujeres de la tribu. Estas mujeres tenían un cara con la tez blanca como la luna, sonriente y un brillo especial en sus ojos y por eso eran, a menudo, objetivo de caza de las tribus vecinas.

Los antiguos eslavos eran agricultores, carpinteros y guerreros, paganos y polígamos. Si el marido moría, otro tomaba sus esposas y concubinas. El amor en libertad era combinado con la libertad de matar. La vida humana no era más afortunada que la vida de las bestias. Pero la crueldad de las acciones era dictada por la crueldad en el tiempo de guerra. Lo más valioso era considerado obtener la riqueza por la fuerza. Entonces los conflictos entre los eslavos y los fineses, sus reclamos y escaramuzas eran una cosa común mientras los eslavos más a menudo tenían las manos puestas en batallas porqué actuaban juntos desinteresadamente permaneciendo el uno con el otro.

Las crónicas bizantinas retratan a los eslavos como salvajes; sucios, medio desnudos que usaban dardos envenenados y extremadamente crueles. Al atacar algunas polis griegas ellos masacraron a toda la población, sin excepción. Con el paso del tiempo, en sus gentes pervive la memoria del horror de las invasiones eslavas entre los siglos VI y VII. En el año 626, Constantinopla  reprimió duramente la arremetida de los eslavos y los avaros. Los antiguos eslavos no eran solo grandes guerreros, sino buenos marineros. Sus botes navegaron a lo largo de miles de kilómetros, aún a través de los rápidos de los ríos. Inevitablemente, esto llevó a la colonización a través del norte, al lago Ladoga y el Báltico. Se encontraron con los escandinavos que se iban moviendo hacia el sur explorando las tierras; los varangos. Ellos tomaron sitio en la boca del rio Volkhov, a los pies de la fortaleza del lago ladoga que los vikingos llamaron “Aldeaigjuborg”. 

En el siglo IX, los vikingos eran una fuerza que contribuyó de paso en la historia mundial. Ellos combinaron sus habilidades como mercaderes y guerreros, su talento como valientes exploradores y sus hábitos de saqueo feroz. Los vikingos siempre aparecían fuera de las costas invisibles y silenciosos como entre de una niebla proveniente de la mar y realizaron incursiones en las costas de Inglaterra, Escocia, Francia, España e Italia… Muchos gobernadores europeos pagaron tributo a los vikingos. Por ejemplo, los reyes francos desde el 845 al 926 pagaron a los vikingos alrededor de 17 toneladas de plata y cerca de 300 kilos de oro solo por no molestar los puertos y asentamientos francos en la costa. 

Las escuadras militares de los varangos fue una flota militar bajo la gestión del ( conde) Konung o como se dice “kniaz”, cuyos derechos se habían determinado mediante contrato oral y las costumbres. Los vikingos crearon asentamientos bien organizados que forjaron los cimientos para la fundación de futuros estados. El espíritu luchador de los vikingos provenía de su religión una vida eterna sumergida en fiestas y batallas esperaba al guerrero en el reino del supremo Dios Odin. Ellos creían que los cisnes de las valkirias volaban sobre los campos de batallas recogiendo las almas de los caídos allí y las elevaban hacia el Valhalla donde eran transportados al palacio celestial de lo bélico llamado “Aesir”, que es cómo los hombres de Norse llamaban a sus Dioses. El coraje y la fe condujeron a los vikingos a adentrarse en mundos desconocidos y tierras inexploradas. Sus embarcaciones alcanzaron, incluso, las costas de América.

Por lo que se sabe, los vikingos cimentaron la principal ruta de intercambio de la Rusia medieval, desde los varangos hasta los griegos. Este camino pasaba a través del Mar Báltico a lo largo de la costa atlántica europea hasta los Países Bajos y entonces pasaba las costas de Francia y España hasta el Mar Mediterráneo por Italia, Roma, y el objetivo final; Constantinopla, la capital del rico imperio bizantino. A su vez, había una segunda ruta que encerraba la marcha de los Varangos por el mundo, desde Constantinopla navegando por el Mar Negro desde allí a través de pequeños ríos y al deslizarse por  ellos hacían su ruta más hacia el norte, hacia los lagos Ladoga y Onega para acabar el mar nativo de los Varangos, que es como el Mar Báltico era conocido entonces.


RUTAS DE LOS VARANGOS


Las orillas de los lagos y los ríos estaban llenas de bandidos. Los buenos tenían que defender los puertos comerciales donde se organizaba los intercambios y debido a la  presión continua de los bandidos, el mercado estaba situado bajo la protección de los muros. Una de esas fortalezas erigida por los vikingos fue Aldeigjuborg. Hoy es Staraya Ladoga. Construida en la boca del Volkhov, la fortaleza controlaba una importante porción del camino que iba de los Varangos hasta los griegos. 

Fue posible el comercio bajo la protección de los guerreros escandinavos ya que los mercaderes locales ofrecían a los vikingos para sus propios mercados; pieles, ropas, esclavos, huesos de morsa, miel y cera. A cambio de esto, la gente recibía gemas, especias, armas, vino, seda. La moneda que se usaba era la plata. En Europa la plata no se extraía de las minas, las monedas en ese metal provenían de Bizancio y los países árabes.  La décima parte de los dírhams permanecieron en forma de tributo en Starava Ladoga y la región creció rica. Sin embargo, para mantener seguro el comercio fue necesario pagar tributo a los vikingos. Si no se producía el pago se usaban ciertas medidas de castigo que repercutían en incursiones funestas para el lugar en cuestión en forma de muerte y entonces los líderes locales decidieron que ellos podían proseguir sin los vikingos. De esta forma se unieron las diferentes tribus para formar una escuadra más potente que los escandinavos. Los vikingos fueron derrotados en lucha y fueron forzados a dejar  la tierra. 

Nestor dijo: “Arrojados los vikingos al mar, no tuvieron necesidad de dar tributo y actuaron por sí mismos en todo negocio pero entonces averiguaron que sin una fuerza organizada y restrictiva no había paz y amistad entre ellos y rebelaron un clan contra otro y tuvieron conflicto y comenzaron a luchar los unos con los otros.

En el esfuerzo tribal por el control de las rutas de comercio nadie podría vencer con una victoria decisiva. La próspera región fue devastada y Staraya Ladoga ardió y en ese momento los más viejos del lugar decidieron llamar a una tercera fuerza que no se hubiera visto envuelta en el conflicto local y se reunieron junto y dijeron: “Busquemos un príncipe que nos quiera guiar y juzgar correctamente y ¡Eh aquí! Ha venido Rurik con su clan al completo y todos sus guerreros”. Los ciudadanos se encontraron en el Konung Kniaz e hicieron la inclinación ritual, ya que sin este tipo de inclinación el Kniaz se debía de dejar o soltar la espada. El acuerdo entre el Konnung y los sabios de la tribu tenía un significado sagrado; el tratado había de ser aprobado no solo por el pueblo, sino también por los dioses externos. Se reunían unas chicas en forma de círculo realizando una danza ritual tras la ingesta de ciertas hierbas de acuerdo con la costumbre, la chica que era seleccionada debía ser sacrificada a Veles. Este Veles es uno de los dioses jefes de los antiguos eslavos que guardaba el rebaño en la tierra y las almas de los muertos en el más allá y sobre todo Veles fue considerado como el patrón del comercio y la riqueza. En aquellos tiempos se consideraba una buena apuesta intercambiar la vida de una sacrificada al Dios a cambio de prosperidad. La piscina de Veles esperaba a la chica escogida en la morada del Dios. La muerte había fortalecido el contrato con Rurik y Veles aceptaba el sacrificio. Pero esto no era suficiente, ahora era necesario tener el favor de los espíritus de la tierra, el agua, el cielo y el fuego. Y para ellos era necesario una nueva víctima en sacrificio que fue escogido un alce que fue matado en el día que el príncipe llegó a la ciudad. La carne del sacrificio era usualmente restregada con abundante miel envuelta en una hoja de bardana, rebozada en arcilla y horneada. El Kniaz fue el primero en probar la carne ritual. El también tenía que beber una fuerte hidromiel del horno de sacrificio y solo entonces el príncipe era obligado a glorificar los dioses locales.


RURIK Y LOS SUYOS LLEGAN AL LADOGA


El clamor de los eslavos y el estruendo de espadas en los escudos de los vikingos sonaron en la ciudad. Knyaz hizo una alianza entre los más grandes poderes y con la gente y se reconoció como un compatriota en esta tierra.

En el oeste de Europa, durante toda el siglo IX, los hijos y nietos de Carlomagno continuaron dividieron el imperio fundado por él. Esto hizo levantar naciones y reinos. En algún lugar en esas batallas luchó un noble vikingo llamado Rorik y sobre él no hay menciones en las crónicas históricas del oeste. Rorik y Rurik son variantes de uno de los más viejos nombres escandinavos y parece que detrás de ellos no hay sino una única persona que durante toda su vida aspiró a reinar. De la misma forma, el padre de Roric, el danés Helmelk perdió en una batalla el trono y tres de sus hermanos fueron asesinados y el fue forzado a dejar su tierra. El fue perseguido,  sin poder abandonar las monturas durante tres días, solo un milagro hizo que pudiera salir indemne de la persecución. Konnung Helmelk fue reclutado por Carlomagno y fue recibido en un control fronterizo en los actuales Países Bajos. Estas posesiones heredó Rorik, pero el hijo de Carlomagno se las sustrajo y entonces Rorik se convirtió en la maldición de toda Europa.

En 845, sus tropas fueron a la cabecera del Elba y aplastó y saqueó cualquiera que se cruzara por su camino. Cinco años más tarde Rorik llevó el terror a Inglaterra especialmente realizando campañas de destrucción en los monasterios y el clero. En el oeste europeo las crónicas lo llamaron: “Un úlcera en el cristianismo”. El muchas veces recapturó sus tierras, realizó tratos con el rey y otras se enfrentaba a él, nunca aceptando ser sometido por ninguna autoridad. Tras todo, los leles a los vikingos de Rorik fueron derrotados en una batalla contra la caballería pesada real. Entonces hasta aquí vinieron embajadores del Staraya Ladoga. De acuerdo a los crónicas, ellos dijeron: “Nuestra tierra es grande y rica, pero no hay orden. Ven y reina sobre nosotros”. Rurik aceptó la invitación. El llegó a Staraya Ladoga al comienzo de otoño trayendo con él la totalidad de los Rus, que era su clan al completo.  Tal como escribió Nestor: “El Rus fue conocida una de las tribus de los Varangos como otra es llamada Swedes y otras normans y los anglos y otros los gotlans y de estos varangos proviene el nombre de Rusia”. Pero en las crónicas de Nestor no hay extrañeza en esto; pero como pudieron los líderes de las tribus acordar y dar el poder absoluto a este extranjero? ¿Quizá nadie invitó al extranjero? Quizá el mismo condujo a sus guerreros hacia las tierras del Ladoga donde las tribus se habían debilitado debido a sus guerras.

De acuerdo a esa versión, Rurik y sus fuerzas capturaron Staraya Ladoga y estableció su gobierno allí. Sin embargo, ¿Es tan importante el hecho de saber quién hizo que Rurik se hiciera con las riendas de poder, sí el mismo o llamado por sus habitantes? Lo importante aquí es Rurik gestionó un nuevo estado que llevó el nombre de “Rus”. El representó el punto de encuentro en la historia como pueblo de los eslavos y los vikingos forjando la construcción de un nuevo gran estado. Al mismo tiempo, apareció probablemente el primer documento legal; un tratado que definía los derechos y obligaciones del Kniaz. Por ejemplo, la guerra es el negocio de Kniaz, la recepción de embajadores y los juicios también mientras los tipos de tributos no son funciones de kniaz pero la función llamada “posadni”, en otras palabras la cabeza electa del pueblo sí.

Bajo Rurik se establecieron los atributos del poder absoluto; la varilla símbolo de sabiduría, se convertiría en un cetro. El sombrero Kniaz; el símbolo de conexión con los altos poderes se transformaría en una corona. Y la espada.  Rurik estableció su autoridad con fuego y espada subyugando tribus vecinas, fundando nuevos asentamientos y nombrando a sus gobernadores en las ciudades viejas existentes. Sobre el rio Volkhov se erigió la fortaleza de Rurik, la futura Novgorod. Las crónicas informan: “Los Novgorodianos se rebelaron contra Rurik tres veces y su enemigo más peligroso fue Vadim, un eslavo pero el Kniaz mató a Vadim en un duelo personal tras la derrota del líder los insurgentes se postraron ante el Kniaz Rurik”.


MONUMENTO CELEBRACIÓN 1000 AÑOS DE LA LLEGADA DE RURIK A NOVGOROD


El refuerzo principal de tropas provenía de Escandinavia y para ello Rurik se casó con la hija del noruego Konung Efande. Su descendencia daba derecho al príncipe a heredar el poder en un estado fundado por su padre. Una vez implementado en el poder, bajo Rurik se desarrolló el comercio y para reducir las idas y venidas entre puertos se fueron construyendo más que permitió la entrada en el Tesoro real de ríos de plata. En las fronteras del reino se erigieron fortalezas con soldados bien entrenados y en solo 17 años bajo el gobierno de Rurik se formó un territorio comparable en tamaño a la actual Francia y originó la dinastía de Rurik la que condujo durante 700 años a dirigir a un pueblo próspero y poderoso. El reinado de Kniaz Rurik abarca desde 862 hasta 879.


miércoles, 24 de diciembre de 2014

MISTERIOSOS PALACIO EN UN LAGO SIBERIANO

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FOTO AÉREA DEL PALACIO

Los expertos siguen debatiendo el origen de una misteriosa estructura de 1.300 años de antigüedad levantada en una isla en medio de un lago siberiano: ¿fue un palacio de verano, un monasterio o incluso un observatorio astronómico?

Pese a que existen distintas hipótesis sobre esta estructura levantada en la Siberia rural denominada 'Por-Bajin', más de un siglo después de su descubrimiento los científicos aún no han logrado descubrir sus secretos: quién y para qué se construyó. "Por-Bajin está considerado legalmente uno de los monumentos arqueológicos más misteriosos de Rusia", afirma 'The Siberian Times' citando la página oficial del sitio.

El complejo, probablemente erigido en 757 d.C., fue descubierto en el siglo XIX en el centro de Tere-Khol, un lago de gran altitud en Tuvá, en el centro de Eurasia. Dentro de la estructura, explorada varias veces por los científicos, fueron halladas tablillas de arcilla de pies humanos, dibujos antaño de color en las paredes, puertas gigantes y fragmentos de madera quemada. Pero nada ha dado una respuesta definitiva a los interrogantes que existen en torno al origen de Por-Bajin. 

Según los expertos, los materiales de construcción y la forma en que el sitio está diseñado apuntan a que fue construido de acuerdo con una tradición arquitectónica típicamente china de la dinastía Tang (618-907 d.C.). El citado medio asevera que, concretamente, el diseño evidencia que se trataba de un complejo comunitario o palacio construido en torno a un monasterio budista. 

El periódico concluye que, aunque el debate sobre los orígenes de Por-Bajin continuará durante décadas, no hay duda acerca de su belleza. El presidente ruso Vladímir Putin lo resumió perfectamente tras una visita en 2007: "He estado en muchos lugares, he visto muchas cosas, pero nunca he visto nada parecido".


FUENTE- RT Actualidad.