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jueves, 11 de diciembre de 2014

NAPOLEÓN III DERROTADO EN SEDÁN

 CURIOSIDADES:





Las armas alemanas se han visto coronadas hoy con un maravilloso éxito. El mayor triunfo de la guerra se ha logrado en esta batalla de Sedán, y el mismo emperador de los franceses está entre los prisioneros. No tengo tiempo de describir el clamor y regocijo de la soldadesca en mi derredor. Antes de que salga el correo no habrá bastante tiempo de describir la batalla en sus escuetos detalles. ¡Un ejército copado y rodeado, un emperador prisionero! Esto no son resultados vulgares. Es un catástrofe tan aplastante para Francia que se pueden excusar las lágrimas en los ojos de los veteranos, que tiran su muleta al suelo y no quieren ni fumar su pipa. Tan aplastante catástrofe, repito, que no cabe hacer sino suspirar ante la evidente satisfacción de los vulgares pueblerinos ante una esperanza de paz.

Los franceses se han acercado tanto a Bélgica que, como podría decirse de un buque, un soplo de viento más, y estaban en tierra. Tuvieron una ocasión para escapar en la mañana del 31 de agosto dejando su bagaje y la mayor parte de su artillería en Sedán y emprendiendo una lucha en forma de retirada con todo el efectivo en dirección a Mezières y Laón. Pero eran demasiados orgullosos para escapar, demasiado lentos de movimientos para retirarse con dignidad, y fueron cogidos en una desventaja sin esperanza.


NAPOLEON III


La batalla de Sedán fue comenzada por los bávaros. El general Von der Tau, jefe del primer cuerpo bávaro, estaba listo al alba para abrir fuego y sólo le impidió lanzar el ataque la espesa niebla del valle del Mosa. Cuando llegamos a la loma que domina Donchery, a eso de las seis, había aún niebla en el valle, pero se había levantado un poco y el trueno del cañón dijo que los bávaros entraban en acción.

Como un barco bregando con las olas, el asendereado ejército de Francia etá lastimosamente desamparado. Hubo un cierto tiempo en que un escuadrón de caballería ligera o incluso un carruaje de viaje, a buen trote, pudo abrirse camino hacia Bélgica. El camino del Norte estaba abierto cuando comenzó la batalla, pero los franceses parecían no tener la menor idea de huir. Deshechos y cansados como estaban, lucharon como valientes. La batalla es una simple battue a la una, y el círculo de humo blanco de los disparos casi penetra en la posición francesa. Es esencialmente una cuestión de artillería, y los cañones alemanes parecen estar bien servidos, además de ser potentes. Pero hay un constante tiroteo de pequeñas armas en dirección a Bezailles, donde se ven llamas y humo negro que hablan de conflagración. Si aquella falda queda limpia de franceses, lo único que estos podrán hacer será abrirse paso a través del ejército del príncipe de Sajonia, o retirarse hasta casi dentro de las murallas de la ciudad. No pueden luchar en su posición actual, con los prusianos en retaguardia.

Hay otros puntos desbordados por los alemanes, y se va estrechando el circulo de humo blanco alrededor de Sedán. Después, un nuevo intento de romper por en medio, como si alguien de importancia tuviese que salir, a toda costa. Vemos algunos franceses dirigiéndose a las puertas de la ciudad, otros vagando por ahí como quien no sabe qué partido tomar. Hay una mengua gradual de los cañonazos, y a eso de las cinco, todo está en calma, excepto en lo tocante a las baterías cerca de la posición del rey. Hay un gran estallido de llamas y humo en la ciudad, como si ardiesen algunos depósitos de combustible, y se rumorea que los franceses han alzado bandera blanca. Después se murmura que todas esas tropas amontonadas, sesenta o setenta, quizás ochenta mil hombres, deben rendirse porque no tienen alimentos. ¿Rendirse ellos? No solo ellos, los soldados imperiales, sino el emperador también. Se sabe que el general Reille, ayudante de campo de Napoleón, ha ido a ver al rey Guillermo con una carta del emperador para Su Majestad prusiana. Las tropas están locas de alegría; le han cogido allí, y entonces será el fin de la guerra.

Cuando hubo cesado el fuego en aquel terrible día de anteayer, y cuando la gran nube de humo de la explosión en la ciudad se hubo disipado poco a poco, había una extraña escena de desastre militar, tal como era fácil imaginar. Un gran ejército se hallaba encerrado en un espacio que apenas hubiese debido ocupar una sola división. La fortaleza de Sedán tenía tantos defensores que la hacían indefendible. He dicho en una carta anterior, como el general ayudante de campo del emperador llegó con una bandera de tregua y fue llevado a presencia del rey Guillermo a la loma que domina el Mosa. Napoleón había escirto simplemente, como un soldado escribe a otro, proponiendo un armisticio en el que se trataría de la rendición. Haber insistido en luchar hubiera sido una locura, pues las tropas alemanas dominaban todas las comunicaciones de la ciudad, y las tropas francesas, desaminadas y quebrantadas, no hubiesen podido abrirse paso. Estaban reducidas a tan pequeño círculo que, mientras atacasen a las tropas alemanas de un cuerpo, hubieran sido cañoneadas por retaguardia por la mayoría de los cuerpos restantes. En una palabra: su situación era desesperada.

El Kronprinz fue locamente ovacionado cuando volvió a sus cuarteles en Chenery. Todo el mundo recibió orden de iluminar sus ventanas, y los soldados armaron tal griterío que hubo un pánico entre los habitantes franceses. Las mujeres chillaban, los hombres se retiraban a sus casas sin saber a qué se debía el alboroto. Mi pobre hostelera corrió hacía en mí en busca de protección y me asió del brazo diciendo: “¡Ah! ¡Monsieur, tenéis que salvarme! Podéis hablarles. Decidles que les he dado todo el pan que tenía. ¡No me quedé nada, ni siquiera un bocado para cenar yo!”.

Y temblaba de terror a medida que los gritos crecían. Solo se tranquilizó cuando le dijeron que aquellos hurras significaban “Vive le Prince” ¡El emperador prisionero, el ejército rendido!¡Qué sabían las gentes del pueblo de tan grandes cosas! Ella esperaba que hubiese paz, lo sabía, y lo mismo sabía todos. Se alegró de que hubiesen ordenado iluminar los balcones, pues de otra manera, alguien hubiese podido ser atropellado en la calle abarrotada de gente.


ESCENA CERCA DEL SEDÁN EL 1 DE SEPTIEMBRE DE 1870


Ayer por la mañana temprano salió de Sedán un carruaje con cuatro oficiales francés y se dirigió a las líneas alemanas. Iba acompañado de tres oficiales a caballo, pero sin otra escolta, y cuando estuvo entre los alemanes uno de los oficiales se asomó y preguntó, en alemán, donde estaba el conde de Bismark. “Debemos verle inmediatamente”. Los alemanes contestaron que Doncery era el lugar más probable para hallarle, aunque nadie sabía exactamente donde. Prosiguieron, pues, hasta Donchery. Muchas miradas curiosas le seguían. Se conocía que aquella breve escolta era un gran acontecimiento histórico. Por muchos años que viviese el conde de Bismark, no volvería a tener otra visita semejante tan de mañana. Se encontraron en una casita en las afueras de la ciudad, en la orilla izquierda del Mosa, una casa cuyos habitantes, siendo luxemburgueses, hablaban indistintamente alemán y francés. Apenas llegar, el emperador entró. Pero se pensó que se sentarían con más comodidad al aire libre, era una mañana fresca y deliciosa, y se sacaron sillas, donde estuvieron sentados dialogando un par de horas. El emperador vestía uniforme de general, sin más que una condecoración en el pecho, y con el habitual Kepi del ejército francés. El conde de Bismark llevaba su uniforme blanco de coracero, con una gorra de plato y altas botas. Se los puede representar sentados a la puerta de la casita, con la plana mayor de oficiales reclinados en la hierba, no lejos de ellos. El camino está flanqueado de álamos hasta donde alcanza la vista. Este aspecto tiene tan impresionante momento. Napoleón tenía mejor aspecto de salud que el año anterior, pero aparecía inquieto y cariacontecido. Pidió ver al rey Guillermo y dijo que se ponía a disposición de Su Majestad. Sobre materias políticas, evitó tratar de nada mientras estuviese prisionero y representase los destinos de Francia. Se había rendido con su ejército, pero no podía ceder un punto, políticamente, en nada que afectase al pueblo francés o al Gobierno de la emperatriz regente. El conde de Bismarck, a su vez, sentó ante Napoleón el principio de que la rendición de Sedán debía ser completa, mejor dicho, “incondicional”, pero esto hubiese sido ir demasiado lejos. Debía ser una rendición completa porque los franceses no estaban en posición de pedir mejores condiciones. El emperador deseaba mucho ver al rey Guillermo antes de que ser firmasen los ar´ticulos de la capitulación. Pero el rey pensó que era mejor, tanto para él como para su ilustre prisionero, el rehusarlo. Ellos no podrían arreglar un trato escueto tal como podrían hacerlo sus ministros y generales. En todo lo que fuese personal, el rey estaba resuelto a tratar al emperador con cosideración, pero sobre las cláusulas a tratar, era ya otro asunto.

Cuando Napoleón y Bismarck hubieron charlado algún rato más sobre otras cuestiones, ya indiferentes, esta memorable entrevista junto al Mosa llegó a su término. El conde fue a preparar su propia residencia en Donchery para recibir al emperador, pero después se decidió que sería mejor alojar a Napoleón en un cómodo castillo cerca de Frenois, pues escoltado después por un destacamento de los Primeros coraceros Prusianos, y allí permaneció mientras los generales De Wimpffen y Von Mottke discutían las condiciones de rendición de Sedán.

El rey Guillermo visitó al cautivo emperador en el castillo de Frenois ayer por la tarde. Napoleón permaneció perfectamente tranquilo al comienzo de la visita. Recibió a su huésped de 1867, que era ahora su vencedor, con grave cortesía, habló con él durante unos pocos momentos en una habitación del exterior y después se retiró con el rey a otra pieza adonde nadie los siguió. El Kronprinz cerró la puerta, y los oficiales franceses y alemanes permanecieron esperando algún tiempo antes de que Napoleón y el rey volviesen. Lo que se dijeron uno aotro allí tal vez se refiera a la situación del emperador cautivo. Lo cierto es que Napoleón quedó muy impresionado por la cortesía del rey Guillermo y expresó al Kronprinz en términos calurosos su aprecio de la generosa manera con que había sido tratado.


LA BATALLA DEL SEDÁN 1870


Hoy, 3 de septiembre, el emperador ha salido para Aquisgrán, en camino para su futura residencia en Alemania. Yo me paseé por la mayor parte del campo de batalla ayuer por la mañana, la mañana después de la lucha. Era impresionante ver tantos muertos y heridos, caballos también heridos y muertos, amontonados en ciertos lugares. Era una visión propia a inspirar las mismas reflexiones que fueron inspiradas a a aquel francés avecindado en una comarca donde la lucha había sido más dura: “¡Ah!Mon dieu, Monseieur!¡Cést la guerre!” Y tuvo una sombría visión de la guerra, pues la escena era horrible. Con dos amigos, que deseaban estudiar las posiciones de los ejércitos que combatieron el 1 de septiembre, di la vuelta a Donchery y pasé por la gran curva del Mosa, llegando a las líneas francesas hasta donde llegó el cuerpo del ejército 11, prusiano, y caminando hacía el Sur, entre las avanzadillas de los ejércitos hostiles, atravesé el puente del ferrocarril en Bezeilles para volver después al cuartel general. La primera señal de guerra activa e inmediata era el bloque de prisioneros estacionados en Donchery. Allí los había de todos los aspectos, desde el truco de tez oscura hasta el joven recluta de aspecto de muchacho, reunidos en una masa, preparados para marchar a su destino. La llanura al otro lado de Donchery estaba llena de los heridos leves dirigiéndose a retaguardia. Franceses y alemanes, amigos y enemigos, no importaba; caminaban amigablemente, convertidos en camaradas por el común sufrimiento. Ninguno de ellos parecía pensar ya en más violencias ni en más lucha. La batalla había terminado y estaban alegres de juntarse, en retaguardia, con pequeñas atenciones mutuas en forma de tabaco y aguardiente, sin más hostilidad de la que tienen dos pacientes en el mismo hospital. Pasé junto a centenares de ellos cuando caminaba junto a rio y me acercaba a los lugares donde estaban los primeros síntomas del conflicto de día anterior. Allí había un caballo muerto, una coraza, un montón de armas rotas. En este lugar había varios franceses heridos tomando una opa en compañía de un herido prusiano, que parecía malparado para comer. Detrás de la tapia del jardín había un coracero muerto, con las manos agarradas a la hierba, en su mortal agonía; su rostro era aún severo y expresivo. Nadie se fijaba en él más que lo harían en un caballo muerto. Es curioso pensar que en la tranquila Inglaterra de hoy, barrios enteros se agitarán al tener noticia de una familia asesinada, y que aquí, en el campo de batalla, la misma familia asesinada quedaría enterrada en el lodo sin que nadie lo notase. Esta pradera junto a las lomas está llena de caballos mutilados y coraceros muertos. Fue aquí donde efectuaron un intento desesperado para romper las líneas y fueron derribados por los fusiles prusianos. Es preciso haber visto varios campos de batalla para darse cuenta de lo que ha ocurrido mediante el examen del lugar a la mañana siguiente. Este grupo de caballos muertos, con un yelmo o dos y una docena de corazas, una trompeta rota y tres coraceros muertos, significan que el trance fue serio. Las manchas oscuras en el suelo indican donde yacían los heridos que han sido apartados. El montón de espadas, en el margen, significa el lugar donde algunas tropas desmontadas se vieron obligadas a rendirse. Algunos de los yelmos prusianos aparecen señalados por una abolladura de un obús o un tiro y tienen sangre cuajada. Hablan de la pérdida del regimiento al que pertenecían. Otros no presentan particular traza de violencia, y pueden ser, bien señales de hombres heridos o hombres que simplemente se han quitado sus cascos, en el calor de la acción poniéndose sus gorros de tela para tener más ligereza. Estas manchas más ocuras rodeadas de un saco y un rifle indican el lugar donde yacieron los heridos más graves, incluso los muertos, pero cuyos amigos les prepararon la yacija lo más cómodo posible bajo la premura del tiempo. En uno encontramos un pequeño techo o yacija de ramas. Otro, una manta sostenida con dos rifles para hacer sombra, y un saco de campaña por almohada. Pero el herido ha muerto por la noche y le han dejado con el rostro cubierto con su manta hasta que llegase el pelotón de enterradores. Más allá se ven, esparcidos, tambores y sacos de campaña, manchas de sangre y cadáveres echados boca abajo. Es el lugar donde se ha producido un fuerte encuentro contra algún regimiento de infantería. Los hombes han caído bajo disparos de mosquete y la línea de cadáveres señala el terreno que se defendía. Retrocedamos unos pasos a retaguardia. Vemos algunos murieron dando la espalda al enemigo y otros tiraron sus armas. Podemos recoger lo más minuciosos detallas de las pérdidas de ambos bandos, mientras haya fuerza humana capaz de atravesar todo el campo de batalla en un solo día. En un lugar, había caballos tan espesos como nunca; pero era un poco más allá, loma abajo, hacia al Sur, donde se había dado la valiente carga de caballería, que yo vi. Los chasseurs à Cheval y los Chasseurs d’ Afrique se habían deslizado a lo largo de la falda de la colina, medio ocultos en el polvo que levantaban, y habían sido destruidos por un rápida fusilada. Aquí yacían los famosos jinetes ligeros con sus brillantes uniformes manchados de sangre y sus fieros pequeños corceles despedazados por los obuses prusianos. La mayoría de los hombres y caballos ahora en el suelo estaban muertos, pero aún había algunos heridos que se retorcían en la agonía, con anillas blancas que, plantadas en bastones enhiestos, colocamos junto a ellos para llamar la atención de los cirujanos cuando tuviesen tiempo de volver por ellos. Los caballos mal heridos, más afortunados en el dolor, por ser bestias, habían sido liberados con un tiro en la sien, y solo algún caballo ligeramente herido sobrevivía, aquí y allá, preguntándose quizá que significaba todo aquello.


viernes, 7 de noviembre de 2014

EL INCENDIO DEL REICHSTAG

CURIOSIDADES:





Una vez que en el 30 de enero de 1933, Hinderburg daba la cancillería del Reich a Adolf Hitler, este va a realizar una fuerte campaña contra los comunistas y socialistas. Solo ha pasado un mes desde entonces, hacía el 27 de febrero, cuando el edificio del Reich-stag es aparatosamente incendiado. Sus autores intelectuales fueron Hitler y Goering, con el plan de atribuirlo a los comunistas, con el que hallar un pretexto para proceder contra ellos y de este modo, poder crear un estado de opinión adverso y a la vez, favorable al partido nazi en las elecciones que se iban celebrar una semana más tarde.


EL INCENDIO DEL REICHSTAG


“¡Esta es la señal dada por Dios! Si este fuego resulta ser, como yo creo, una obra de los comunistas, no habrá nada ya que nos detenga en la tarea de aplastar esta peste asesina con un puño de hierro.”

Adolf Hitler, el canciller fascista de Alemania, hizo esta dramática declaración en mi presencia anoche, en el vestíbulo del edificio del Reichstag mientras aún ardía.

El fuego estalló a las 9.45 de esta noche, en la sala de reunión del Reichstag.

Había comenzado por cinco rincones diferentes, y no hay duda de que era obra de incendiarios deliberados.

Uno de estos, un hombre de treinta años, fue detenido por la policía mientras salía corriendo del edificio, llevando solo zapatos y pantalones, sin camisa ni chaqueta, a pesar del frio glacial que reinaba en Berlín aquella noche.

Cinco minutos después de comenzar el incendio, yo me encontraba a la entrada del Reichstag viendo como las llamas lamian la vía que conduce a la gran bóveda dentro de la torre del edificio.

Un cordón se había tendido alrededor del edificio y a nadie se permitía pasarlo.

Después de unos veinte minutos de curioso fascinado, vi de pronto el famoso coche negro de Adolf Hitler, que pasaba, seguido de otro coche que llevaba su guardia de corps.



VISTO POR LA POBLACIÓN EL INCENDIO DEL REICHSTAG


Corrí tras ellos y tuve tiempo justo de sumarme al grupo que acompañaba a Hitler al entrar en el Reichstag.

Nunca había visto antes a Hitler con parecida mueca de determinada expresión. Sus ojos, siempre un poco saltones, se salían casi de su cabeza.

El capitán Goering, su mano derecha, que es el ministro prusiano del Interior y responsable de los asuntos de la policía, se nos juntó en el vestíbulo. Tenía el rostro muy encendido y excitado.

“-Esto es indudablemente obra de los comunistas, herr canciller”. Dijo.

“-Unos cuantos diputados comunistas estaban presentes aquí, en el Reichstag, veinte minutos antes de que estallase el incendio. Hemos logrado detener a uno de los incendiarios.”

“-¿Quién es él?, preguntó el doctor Goebbels, jefe de propaganda del partido nazi.

“-Aún no lo sabemos”. Respondió el capitán Goering, con una afectada mirada de circunspección. 

“Pero se lo haremos cantar, no lo dude, doctor”.


LAS RUINAS DEL REICHSTAG TRAS EL INCENDIO


Entramos en una sala: 

-“Aquí podrá ver usted mismo, señor canciller, el modo como comenzaron el fuego”. Dijo el capitán Goering señalando los restos quemados de un hermoso papel de ebanistería.
 
-“Pusieron ropas empapadas de petróleo sobre estos muebles, y les pegaron fuego.”.

Penetramos en otro vestíbulo lleno de humo. La policía cerraba el paso.

-“Los cielorrasos pueden derrumbarse en cualquier momento, señor canciller”. Dijo un capitán de policía con el brazo extendido.

Dando una vuelta llegamos a una parte del edificio que ardía aún.

Hitler los contempló por algunos instantes. De sus ojos azul pálido brotaba una expresión de furia salvaje.

Después llegamos junto a herr Von Papen, educado y bonachón como siempre.

Hitler extendió su brazo y pronunció aquella amenaza contra los comunistas que ya he indicado.

 Después se volvió hacia Goering y le preguntó:

-“¿Están a salvo los demás edificios públicos?”.

-“He tomado todas las precauciones”. Respondió el capitán Goering. “La policía se encuentra en la mayor alarma y cada edificio público ha sido especialmente guarnicionado. Estamos preparados a todo evento.”.

Fue entonces cuando Hitler se volvió hacia mí y dijo:

-“Dios sabe que esto es obra de los comunistas. Usted está asistiendo al comienzo de una nueva gran época en la historia de Alemania. Este incendio señala su principio.”.

Después algo pareció conmover el espíritu retórico en su cerebro:

-“Ya ve usted este edificio en llamas.”. Dijo señalando en derredor de él. “Si el espíritu comunista se apodera de Europa, en dos meses quedará todo en llamas, como estas paredes.”.

A las 12.30 el fuego había sido dominado. Dos salas de prensa ardían todavía, pero no había peligro de que el siniestro se extendiese.

Aunque los vidrios de la bóveda habían reventado y caído al suelo, la cúpula aguanta todavía.

Por ahora aún no ha sido posible quitar todos los escombros y descubrir si debajo se encuentran los cuerpos de algunos incendiarios.

En el Ministerio Prusiano del Interior se convocó una reunión especial a última hora de la noche por el Capitán Goering, para discutir las medidas que debían tomarse a consecuencia de aquellos hechos.


UNO DE LOS INCENDIARIOS DURANTE EL PROCESO POR EL ATENTADO


Todo el distrito, desde la Puerta de Brandenburgo, en el oeste, hasta el rio Spree, en el este, se halla aislado esta noche por numerosos cordones de policía.



 fuente: SEFTON DELFER, periodista