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jueves, 5 de marzo de 2015

EL PANTEÓN ROMANO

CURIOSIDADES:




Recordáis aquella visita a Roma y visteis aquel monumento de aparente sencilla estructura; una cúpula esférica con una fachada monumental. Pudisteis contemplar la luz de la cúpula que ha inspirado a numerosos arquitectos de prestigio, como puede ser Christopher Wren, cuya cúpula en la catedral de Londres de San Pablo, de unos 35 m de diámetro está lejos de los 44 metros del monumento romano, el panteón. El monumento más grande jamás edificado por los romanos y la cúpula más grande de los monumentos en la Tierra. 

En la antigüedad no existen muchas referencias al panteón, a pesar que en 1632 el Papa Urbano VIII mandó colocar una placa donde reza: “el más celebrado edificio del mundo entero”, y cuando aparecen estas referencias es de forma ambigua sobre su función y aspecto. El panteón fue erigido en tiempos de Agripa, la mano derecha del emperador Augusto, y la versión que podemos contemplar es la tercera versión del edificio, que data de los tiempos de Adriano (117 – 138 d.c.). Se desconoce en profundidad el verdadero aspecto de las dos versiones anteriores, si bien lo poco que se sabe por algunos textos, existirían capiteles y cariátides de bronce de Siracusa, inexistentes en la versión de Adriano.


EL PANTEÓN ROMANO VISTO DESDE ARRIBA SE VA APLANADO DIFERENTE DE LA FORMA SEMCIRCULAR DEL INTERIOR.


La función del panteón es según la que ofrece el cónsul romano Casio Dio en el 229; nos dice que el nombre de panteón se justifica a partir de la existencia en su interior de estatuas de todos los dioses y que su cúpula se parece a la bóveda celeste. También nos relata como el emperador Adriano llevó en su interior diversos actos públicos y que el panteón original conservaba en su interior estatuas de julio César y Augusto. Existe cierta controversia entre los historiadores que no se ponen de acuerdo para decir si el templo fue para los dioses, o si fue un monumento para exaltar la gloria de Augusto, o recinto de audiencias del emperador o como un lugar de culto y simbolismo al cosmos. Es común que los templos hagan alusiones a los símbolos celestes y que la estatua del emperador sea contenida en ellos.

La estructura del Panteón planteaba ciertos interrogantes tanto de función y de cómo se construyó, o porqué se mantiene en pié. La cúpula y la rotonda, son de 6 metros de grosor, y se fabricaron de cemento no armado romano de gran calidad descansando sobre un anillo de cemento compacto de piedra travertina de 4,5 metros de profundidad, que se asienta a su vez en una gruesa base de arcilla. La cúpula es de 44 metros de diámetro, es semicircular por su cara interior y se eleva a una distancia de 22 metros sobre el nivel del suelo, de los que dos terceras partes están recubiertos con cinco filas concéntricas de 28 cuadrados. Si se observa desde el exterior presenta una aspecto más aplanado, el tambor de la rotonda prosigue hasta alcanzar los 30 metros de altura a la vez que va aumentando el grosor de la parte inferior de la cúpula con la inclusión de siete anillos escalonados. De esta forma el grosor de la cúpula pasa de 6 metros en la parte inferior a 1,5 metros en la zona del ojo central en la parte más elevada. La totalidad del monumento va bajando de peso conforme gana altura debido a la gradación del material empleado, desde la piedra travertina y toba, con un peso de 1750 kilos por metro cuadrado, al ladrillo en la parte más alta de la cúpula, la piedra pómez y una variedad de tova más ligera, con unos 1350 kilos por metro cuadrado.

En un primer momento se pensó que la cúpula era en realidad un monolito artificial, como si fuera una tapa de una cacerola, y que no ejercía ningún tipo de fuerza sobre la rotonda, por lo que los cambios en la estructura que se realizaron en forma de refuerzos exteriores y el artesonado servían para reducir la presión que ejercía el tambor sobre su parte baja. Sin embargo, en los años 30 se descubrió una serie de grietas antiguas en la sección baja de la cúpula con lo que se pensó que esta última tendía a abrirse hacia fuera como resultado de las presiones ejercidas, y que los refuerzos en la parte exterior de la rotonda y los anillos escalonados de la cúpula fuesen en realidad enormes aros de refuerzos para preservar que la base de la cúpula no se abriera hacia fuera por el propio peso. Actualmente, se cree que los diferentes intentos llevados a cabo para aligerar la parte superior eran una forma de disminuir la tendencia a abrirse hacia los lados, y no tanto la presión vertical. Se han hechos simulaciones informáticas para ver cómo pudieron construir los romanos el monumento y se ha llegado a la conclusión de que ante el temor que la cúpula se agrietara, se concibió a la cúpula como un conjunto de arcos sucesivos. Los anillos escalonados se convertían en unos elementos para garantizar la estabilidad del conjunto al añadir presión vertical, como los pináculos o los arbotantes góticos, y el aligeramiento de la cúpula reducía la presión hacia los lados. El artesonado solo sería de decoración.


EL CIRCULO DE LUZ PROCEDENTE DEL OJO CENTRAL ILUMINA EL INTERIOR ARTESONADO DE LA CÚPULA


No obstante, sería probable que las grietas de la cúpula y otras de la sección inferior se formaran en el proceso de construcción.  Hay un problema con la naturaleza pozzolánica del cemento romano que repele el calor durante la fase de endurecimiento, lo que genera tensiones térmicas en la estructura. Las numerosas cavidades existentes en la rotonda nos da idea que los romanos conocían parte de este problema. Lo que puede explicar la función de los 7 nichos y la puerta que divide el nivel inferior de la rotonda en ocho pilares, cada uno con una cámara semicircular labrada en su interior. Esto se va repitiendo tanto en la sección central como en la superior, donde nace la cúpula. Con lo que la función de estas cavidades sería endurecer el tambor de forma rápida y uniforme reduciendo muy poco la capacidad de la estructura para soportar el peso de la cúpula.

Se habla de otra problemática; en la construcción de la cúpula se uso armazón de madera que debió soportar el peso del cemento de aquella mientras no fuera resistente para sostenerse por sí misma. Se ha pensado en una enorme estructura de andamios de madera dispuestos en el mismo suelo del edificio o un complejo sistema de vigas voladizas que surgiera de la cornisa de la sección superior. Tanto uno como otro suponen un proceso de construcción en anillos sucesivos horizontales, lo que exige que todo el armazón fuera colocado a la vez. Si bien, otros piensan que debido a las grietas presentes, este armazón se habría construido en secciones verticales, con lo que parte del armazón se habría ido desplazando de forma horizontal a medida que cada una de las secciones se fuera manteniendo por si solas.

Por otra parte, ciertos estudios recientes han puesto al descubierto ciertos problemas de provisión de materiales que pueden explicar que ya desde el renacimiento se cuestionase de la torpe yuxtaposición de pórtico, bastante bajo, con el frontón muy alto, el bloque intermedio de forma rectangular, y la rotonda. Las columnas en granito del pórtico, con sus fustes de 11,8 metros de altura, presenten un aspecto descomunal, pero con dos metros más adicionales se habría resultado la desproporción existente de la fachada que no le da un aspecto armónico. Las columnas procedían de las canteras del Mons Claudianus y Asuán, en Egipto, con lo que es muy probable que hubiera ruptura del flujo de material al lugar debido a cualquier imprevisto.

A continuación hablaremos del hormigón. Hoy en día, nuestro hormigón puede durar unos cincuenta años cerca del mar. Los romanos usaron uno, que funciona después de 2.000 años, aún estando sumergido por el agua del mar. El secreto a esto es el que ha descubierto un equipo internacional dirigido por la Universidad de Berkeley, que analizaron muestras del hormigón romano extraídas de ruinas romanas sumergidas en el mediterráneo. Está compuesto de ceniza volcánica. Los romanos usaron un limo a partir de zonas de altas actividad volcánica con grandes concentraciones de aluminio en la mezcla de silicatos y calcio de un cemento normal. El aluminio junto con el agua del mar generaba una reacción química que originaba un cristal en el cemento. De esta forma, tenemos un cemento más duro y que no se ve afectado por la humedad. La mezcla la horneaban a unos 900 grados de temperatura para construir los bloques para la construcción, mientras que el hormigón actual precisa de una cocción a 1400 grados que genera más contaminación.



fuente_CHRIS SCARRE


jueves, 19 de febrero de 2015

LA CONJURACIÓN DE CATILINA

CURIOSIDADES:





Fue una de las más famosas conjuraciones tramadas de la historia que aconteció en el año 63 antes de Cristo. Fue dirigida por Catilina, con el refuerzo de algunos de los jóvenes de la nobleza para hacerse con el poder en Roma. Pero aquí os mostramos más abajo la descripción que realiza un protagonista de la época que conocía tanto a Catilina como a su mayor enemigo Cicerón. La redactó unos 20 años después de los hechos descritos y el nombre de este es Cayo Salustio Crispo.

En ciudad tan populosa y pervertida le fue bien fácil a Catilina agrupar a su alrededor, a manera de escolta, catervas de hombres infames y facinerosos de toda especie. En efecto, el desvergonzado, el lascivo, el tahúr que habían deshecho su patrimonio en el juego, la crápula o la fornicación y se habían cargado de deudas para redimir su deshonor o su crimen; los asesinos, los sacrílegos de toda procedencia convictos en juicio o temerosos de él por sus hechos; los que Vivian a costa de su lengua con el perjurio o de sus manos con la sangre de sus compatriotas, en fin, todos aquellos a quienes desazonaba la infamia, la necesidad o su propia consciencia, todos estos eran los íntimos y confidentes de Catilina. Y si alguno entraba inocente en su amistad, con el trato diario y los halagos fácilmente se hacían uno de tantos, semejante a los demás. Procuraba él, sobre todo, intimar con los jóvenes, cuyos ánimos blandos y resbaladizos prendían sin dificultad en sus engaños. Pues, según las aficiones que en ellos suscitaba el ardor de los pocos años, a los unos les procuraba mancebas, compraba a los otros caballos y perros, y no perdonaba gusto ni rebajamiento alguno con tal de tenerlos sujetos y fieles. Sé que hubo quien creyó que la juventud reunida de ordinario en casa de Catilina no respetaba ni su propia honestidad; pero este rumor tomaba fuerza no en noticia cierta de nadie, sino en lo demás de su vida.


REPRESENTACIÓN DE CATILINA


Ya de mozo había cometido Catilina muchas deshonestidades infames con una doncella noble y con una sacerdotisa de Vesta, y otras cosas de este jaez contra toda religión y derecho. Finalmente se enamoró de Aurelia Orestila, en quine ninguna persona honrada tuvo nunca que alabar más que la hermosura; y vacilando ella en casarse por miedo a un hijo ya mayor, que él tenía de otra mujer. Catilina, según se asegura, dejó libre su casa para aquellas nupcias criminales con el asesinato de este su hijo. Tal fue, mi parecer, la causa principal de que acelerase su crimen; porque aquel ánimo impuro, enconado contra los dioses y los hombres, no hallaba calma ni en la vigilia ni en sueño; de tal manera entregaban los remordimientos su alma exasperada. Su color era lívido, su mirada hosca, su andar, ya impetuoso, ya aletargado; finalmente, en su rostro y catadura estaba impreso el extravío.

A los jóvenes a quienes se había ganado, según queda dicho, los adiestraba de mil maneras en los delitos. Alquilaba de entre ellos signatarios y testigos falsos; hacia vilipendiar su propio crédito, su posición social y las contingencias judiciales; después, cuando ya había aniquilado su honor y su dignidad, les ordenaba otras cosas de más monta. Si no había por el momento ocasión de delito, no por esto dejaba de acechar y asesinar con motivo o sin él, pues con tal que las manos y el ánimo no se enervasen en la ociosidad, se hacía malvado y cruel sin especial provecho.

Catilina, confiando en semejantes amigos y aliados, viendo asimismo que todo el mundo estaba cargado de deudas y que muchos soldados de Sila, que habían dilapidado lo suyo, añoraban la victoria y los saqueos pasados y ansiaban la guerra civil, tomó la determinación de subyugar a la república. Ningún ejército había en Italia; Cneo Pompeyo guerreaba en los últimos confines de la tierra; tenía él gran esperanza en su petición del consulado; el senado estaba completamente desapercibido y la seguridad y la tranquilidad eran universales; todas estas circunstancias eran precisamente las que más favorecían a Catilina.

Así pues, hacia las calendas de junio del año en que fueron cónsules L. César y C. Figulo, comenzó a tantear por separado a cada uno de los suyos, a incitar a los unos y experimentar a los otros, mostrándoles sus recursos, el desapercibimiento de la república y los grandes resultados que traería la conjuración. Seguro ya de cuanto quería, reúne a todos aquellos que se hallaban en mayor apuro o mostraban mayor audacia…

Había asimismo varios nobles complicados un tanto secretamente en la trama, a quienes acuciaba, más que la indigencia y otra necesidad, la esperanza de poder. Por lo demás, la mayor parte de la juventud, sobre todo de la nobleza, favorecía los intentos de Catilina; gente  que, pudiendo vivir tranquila, ostentosa y regaladamente, prefería lo incierto a lo seguro y la guerra a la paz. Hubo por aquel tiempo quien creyó que  M. Luciano Craso estaba también al tanto del proyecto y que, como Pompeyo, a quien detestaba, tenía bajo su mando un gran ejército, procuraba el medro de quienquiera se opusiese a su influjo, confiando al mismo tiempo en que, de prevalecer la conjuración, no le costaría gran cosa hacerse jefe de los conjurados.

Al ver reunidos a aquellos de quienes hice mención, Catilina, aunque ya había tenido frecuentes y largas conferencias con cada uno, creyó conveniente dirigirse a la reunión y exhortarlos a todos juntos; retirase, pues, a los más escondido de su casa, y allí, alejado de todo castigo, les habló de este modo:

“Si vuestro valor y fidelidad no me constasen lo bastante, en vano nos favorecía la suerte e inútil sería tener un gran esperanza y aun el mismo poder en nuestras manos. Tampoco yo, si solo contase con hombres cobardes e inconstantes, dejaría lo seguro por lo que no lo es. Pero, como en muchas y grandes ocasiones os he visto valerosos y leales para mí, me siento animado a acometer la más grande y honrosa de las empresas; entiendo, además que son comunes nuestros intereses y desgracias, y esto, en sustancia, constituye la firme amistad; tener los mismos deseos y las mismas aversiones”.




“Ya antes habéis odio cada uno por separado cuanto yo he agitado dentro de mí. El ánimo se me enciende más cada día, considerando cuál va  a ser la condición de nuestra vida, si por nosotros mismos no reconquistamos nuestra libertad. Porque desde que la república cayó bajo la autoridad y el poder de unos cuántos privilegiados, los reyes y tetrarcas no son tributarios sino de ellos, y a ellos solos pagan sus impuestos los estados y pueblos; todos los demás, hombres animosos, capaces, de noble o plebeya condición, no hemos sido sino una grey sin favor ni influencia, esclavos de aquellos mismos a quienes tendríamos atemorizados, si la república estuviese en su ser. Solo ellos, o quienes ellos quieren, tienen valimiento, poder, cargos, riquezas: a nosotros nos han dejado las persecuciones y los fracasos, los procesos, las miserias. ¿Hasta cuándo, varones esforzados, habréis de soportar todo esto?¿No vale más morir con valor, por qué  perder indecorosamente una vida miserable y deshonrada, hecha ludibrio de la arrogancia ajena? Mas, por los dioses y los hombres, la victoria está en nuestras manos; fuertes son nuestra juventud y nuestros ánimos, en tanto que en ellos todo ha envejecido, no solo por los años, sino por la misma opulencia. No hay nada más que empezar: lo demás vendrá por sí mismo. ¿Quién si es verdaderamente hombre, puede sufrir que a ellos les sobren las riquezas hasta dilapidarlas en edificar sobre el mar y allanar los montes y a nosotros nos falte hacienda aun para lo necesario? ¿Qué ellos construyen dos o más casas, unas junto a otras, y nosotros no tengamos hogar en parte alguna? Comprando cuadros, estatuas y objetos cincelados; derribando lo que acaban de edificar y emprendiendo nuevas construcciones; arrastrando y maltratando, en fin, de mil maneras sus caudales, no consiguen que sus caprichos sin medida acaben con su fortuna. Y en tanto, nosotros no tenemos sino miseria en casa, deudas fuera, malo el presente, y mucho peor el porvenir. ¿Qué nos queda ya más que este alentar miserable? Despertad pues; he aquí aquella, aquella misma libertad que tantas veces habéis deseado, y con ella al alcance de nuestros ojos las riquezas, dignidad, la gloria. Todo esto os presenta la fortuna como premio de la victoria. La índole misma de la empresa, la ocasión, los peligros, la penuria, el magnífico botín de guerra os están exhortando más aún que mis palabras. Disponed de mi, como general o como soldado; en cuerpo y alma estaré con vosotros estáis mejor dispuestos para la servidumbre que para el mando”.

Al oír esto aquellos hombres, que en el colmo de todos los males nada bueno poseían ni esperaban, aunque ya el perturbar la tranquilidad le parecía ganancia grande, pidieron la mayor parte de ellos a Catílina que les expusiese las condiciones de la guerra, los resultados a que podían aspirar con las armas, y los recursos y probabilidades con que contaban en cada sitio. El, entonces, les prometió a anulación de los registros de créditos, la proscripción de los grandes terratenientes; magistraturas, sacerdocios, saqueos y todas aquellas cosas que trae consigo la guerra y el desenfreno de los vencedores. Añadió que tenía en la Hispania Citerior a Pisón y en la Mauritania, al frente de un ejército, a P. Sitio Nucerino, interesados ambos en sus proyectos; que su amigo C. Antonio, hombre estrechado por toda clase de apuros, solicitaría el consulado y sería probablemente su colega; juntamente con él había de inicar la empresa, una vez hecho cónsul. Después de esto, rompía en invectivas contra todos los buenos y alababa a cada uno de los suyos, apostrofándoles con su propio nombre; representable a este su indigencia; al otro su codicia; a no pocos, los peligros y la ignominia de su situación; a muchos la victoria de Sila, de la que habían sacado botín. Viéndolos ya entusiasmados a todos, disolvió la reunión, después de recomendar que trabajasen por su candidatura.

Hubo por aquel tiempo quien dijo que Catilina, al exigir el juramento de sus cómplices una vez terminado su discurso, hizo pasar en derredor unas copas en que había sangre humana mezclada con vino; y que habiéndola todos probado después de la imprecación, como es costumbre en los sacrificios solemnes, les descubrió su proyecto, y que solía decir había hecho esto para obligarlos más entre sí, con la mutua consciencia de tan gran culpa. En opinión del algunos, estas y otras muchas cosas no eran sino invenciones de los que pensaban aplicar el odio suscitado más tarde contra Cicerón., ensombreciendo más y más el crimen de los castigados por este. Para nosotros no está el particular tan averiguado como su gravedad lo exigiría.


CICERON


Figuraba asimismo en la conjuración un tal Quinto Curio, sujeto de noble origen pero lleno de vergüenzas y crímenes, a quien, por su infamia habían expulsado los censores del senado. La vanidad de este hombre era tan grande como su osadía; no llevaba cuenta alguna en callar lo que había oído, ni en ocultar sus propias maldades, ni finalmente en nada de cuanto hacía o hablaba. Tenía de antiguo trato deshonesto con una mujer noble de nombre Fulvia, y viéndose menos favorecida de ella, porque la penuria le forzaba a ser parco con sus dones, empezó de pronto a ufanarse y a ofrecer montes y maravillas, amenazando de vez en cuando con apuñalarla si no se rendía a su voluntad; mostrábase, en fin, más arrogante que de costumbre. Fulvia, a su vez, al conocer el motivo del cambio notado en Curio, no silenció tamaño peligro a la república, antes bien, sin descubrir el nombre de su informador, refirió a muchos, punto por punto, lo que sabía de la conjuración de Catilina. Esto fue lo que movió principalmente los ánimos a otorgar el consulado a Marco Tulio Cicerón; porque antes la mayor parte de la nobleza le profesaba encendida antipatía y daba como por mancillada la dignidad consular si llegaba a obtenerla un advenedizo, por egregio que fuese. Pero en presencia del peligro cedieron el orgullo y la aversión.

Reunidos los comicios, fueron declarados cónsules M. Tulio y C. Antonio, hecho que había sido en el primero momento un rudo golpe para los conjurados. No disminuyó, sin embargo, la furia de Catilina, sino que cada vez tramaba cosas nuevas, disponía armamentos por toda Italia en lugares propicios, y hacia llevar a Fésulas a poder de un tal Manlio, iniciador más tarde de la guerra, los dineros tomados a préstamo con su propia garantía o la de sus amigos. Dícese que por aquel tiempo se atrajo a muchos hombres de toda condición y alagunas mujeres, que al principio habían subvenido a sus grandes gastos con el comercio de su cuerpo, y que más tarde, cuando la edad, sin poner límites a sus dispendios, los puso a sus ganancias, habían contraído un cúmulo de deudas. Catilina esperaba ganarse por medio de ellas a los esclavos de la ciudad, incendiar Roma y atraerse a sus esposos o darles muerte.

Una de ellas era Sempronia, mujer que muchas veces había realizado hechos de una audacia verdaderamente varonil. Le favorecía su linaje y su hermosura, así como la calidad de su marido e hijos; era entendida en letras griegas y latinas, en cantar y en bailar con más garbo del que conviene a la mujer honrada, y en otras muchas artes de disipación. DE cualquier cosa hacía más aprecio que de su decoro y honestidad; no podías saberse que le importaba menos, si su caudal o su honra, y su lujuria era tan encendida, que más veces solicitaba ella a los hombres que los hombres a ella. Ya antes había faltado muchas veces a su palabra y negado con perjurio los préstamos recibidos. Se había complicado en asesinatos, y entre el lujo y la penuria se había degradado totalmente. Tenía, sin embargo, un natural agradable; sabía hacer versos, promover chanzas y dar variedad al tono de su conversación, haciéndola ya molesta, ya insinuante, ya provocativa; era, en fin, en sumo grado ocurrente y graciosa.

No por tener preparado todo lo dicho dejaba Catilina de solicitar el consulado para el año siguiente, esperando que una vez designado podría disponer a su arbitrio de Antonio. Ni estaba ocioso entretanto; antes bien, tramaba toda clase de asechanzas contra Cicerón. A este, sin embargo, no le faltaban añas ni trazas para guardarse; ya desde el principio de su consulado había conseguido, prometiendo en grande y valiéndose de Fulvia, que Curio, a quien he citado poco antes, le descubriese los proyectos de Catilina. Mediante un arreglo en el gobierno de las provincias, había movido también a su colega Antonio a deponer todo pensamiento contrario a la república; en derredor de sí tenía siempre guardias secretas de amigos y clientes. Cuando llegó el día de los comicios y a Catilina no le salieron bien ni su candidatura ni las asechanzas preparadas contra los cónsules en el campo de Marte, se resolvió a hacer la guerra y a probar los más desesperados extremos, ya que sus manejos ocultos habían tenido éxito tan desagradable y vergonzoso.

Despachó pues a C. Manlio a la ciudad y comarca de Fésulas, en Etruria; a un cierto Septimio de Camerino, al campo Piceno; a C. julio, a la Apulia, y asimismo a otros a otras partes, según donde le parecía que había de serle cada cual de más provecho. Seguía él entretanto en Roma, maquinando mil cosas; disponía celadas contra los cónsules; preparaba incendios; ocupaba con hombres armados determinados lugares; llevaba siempre armas y mandaba a las gentes que hiciesen otro tanto; exhortábalos a estar de continuo vigilantes y dispuestos; se afanaba velando día y noche, sin dejarse vencer por el trabajo ni el insomnio. Finalmente, no saliéndose adelante ninguna de tantas cosas como removía, convoca segunda vez a medianoche a los principales conjurados en casa de M. Porcio Leca; y después de dolerse largamente de su inacción, les anuncia que ha enviado por delante a Manlio a que se reúna con la muchedumbre que tenía apercibida para tomar las armas; que asimismo ha mandado a otros a varios lugares escogidos, para que emprendan la guerra, y que él, por su parte, deseaba vivamente marchar al ejército, pero acabando antes con Cicerón, estorbo principal de sus proyectos.

Mientras los demás vacilaban atemorizados, se ofreció a la empresa C. Cornelio, caballero romano, y entre él y el senador L. Vargunteyo, determinaron introducirse aquella misma madrugada con hombres armados en casa de Cicerón, con pretexto del saludo de la mañana, y asesinarle por sorpresa, allí, en su propia morada. Al entender Curio el grave peligro que amenazaba al cónsul, se apresuró a advertirle por medio de Fulvia de la traición que se urdía. Así fue que, habiéndose impedido a ellos la entrada, de nada les sirvió haber cargado con semejante delito.


MONUMENTO DEL SIGLO I A.C. EL TEMPLO DE LA FORTUNA VIRIL DE ROMA


Manlio, entretanto, procuraba soliviantar en Etruria al pueblo, a quien la miseria y el dolor de los agravios padecidos tenían ya ansioso de revolución, pues bajo el despotismo de Sila había perdido sus campos y bienes todos. Se atrae además a los forajidos de toda especie de que había gran abundancia en la comarca, algunos de ellos antiguos colonos de Sila que habían consumido totalmente en vicios y despilfarros el producto de sus grandes rapiñas.

Al enterarse Cicerón de todo esto, impresionado por la doble amenaza, porque ni podía por si solo seguir protegiendo a la ciudad contra aquellas tramas, ni tenía bastante averiguadas las fuerzas y determinación del ejército de Manlio, dio cuenta la senado del asunto, traído y llevado ya en las hablillas del pueblo. Conforme suela hacerse en situaciones de apuro, el senado dispuso que velasen los cónsules para que no sufriese la república ningún quebranto. La potestad que por este decreto senatorio se confiere a un magistrado, es la mayor de las estatuidas en Roma; comprende la leva de ejércitos, las decisiones de guerra, la represión omnímoda de aliados y ciudadanos y el poder y la jurisdicción supremos en lo civil y en lo militar. No siendo de este modo, ninguna de estas facultades tiene el cónsul, sin mandato del pueblo.

Pocos días después, el senador L. Senio leyó en el senado una carta que decía haber recibido de Fésulas, en la que se consignaba que C. Manlio había tomado armas con una gran multitud el día sexto antes de las calendas de noviembre. Al mismo tiempo, como suele suceder en tales casos, los unos noticiaban maravillas y agüeros, los otros hablaban de conventículos, de transportes de armamentos, de rebeliones de esclavos en Capua y en Apulia. Por un decreto del senado, fueron mandados Q. Marcio Rex a Fésulas y Q. Metelo Crético a la Apulia y lugares vecinos. Ambos se hallaban a las puertas de la ciudad, investidos del generalato y sin poder conseguir los honores del triunfo. Lo estorbaban las intrigas de unos cuantos ciudadanos que tenían por costumbre hacer mercado de todo, lo mismo de los honores que de la ignominia. También los pretores Q. Pompeyo Rufo y Q. Metelo Celer fueron enviados el uno a Capua y el otro al campo Piceno, con encargo de levantar tropas, según la ocasión y el peligro lo requiriesen. Se decretó, además, recompensas para los que hiciesen revelaciones sobre la conjuración tramada contra la república; si eran esclavos, la libertad y cien sestercios; si personas libres, la amnistía y doscientos sestercios. Se ordenó asimismo que las servidumbres de gladiadores fuesen distribuidos por Capua y demás municipios, según los recursos de cada uno, y que en todos los lugares de Roma se mantuviesen guardias nocturnas, bajo las ordenes de los magistrados inferiores.

Con estas cosas estaba la ciudad conmovida y se había demudado su aspecto; tras el regocijo y despreocupación que había traído consigo la larga paz, invadió a todos repentina tristeza; se afanaban, se turbaban, no se fiaban de persona ni de lugar alguno, perdían la paz sin hacer la guerra, y cada cual media el peligro por sus propios temores. Las mujeres, en quienes el gran poder de la república había suprimido ya de largo tiempo el miedo a la guerra, se afligían y se daban de golpes, levantaban sus manos suplicantes al cielo, lamentaban la suerte de sus hijitos, hacían una pregunta tras otra, se sobresaltaban al menor rumor, se arrancaban sus adornos y dejaban el Fausto y los placeres, se juzgaban perdidas, juntamente con la patria. Entretanto, Catilina continuaba con toda la crueldad de su ánimo sus anteriores maquinaciones, aunque ya se habían tomado medidas de defensa y el mismo había sometido por L. Paulo a un interrogatorio sobre la violación de la ley Plaucia. Finalmente, ya fuese por disimulo, ya con propósito de exculparse, si se le provocaba, se presentó en el senado. Entonces M. Tulio, asustado de verle allí o arrebatado por la ira, pronunció para bien de la república un brillante discurso, que después escribió y publicó. Terminada la oración, Catilina, dispuesto a levar al extremo su fingimiento, comenzó a rogar a los senadores, con humilde además y voz suplicante, que no pensasen mal de él sin motivo, pues la familia de que procedía y su propia conducta desde la mocedad bastaban a darle las mayores esperanzas; que no fuesen a creer que él, persona patricia, a cuyos mayores como él mismo tantos beneficios debía el pueblo romano, necesitaba para nada de la ruina de la república mientras se daba por salvador de esta a un forastero avecindado en Roma, como era M. Tulio. Habiendo añadido a esta otra injuria, le interrumpieron todos, llamándole a voces enemigo y parricida. Entonces él exclamó fuera de sí: “Puesto que mis adversarios me cercan para perderme, apagaré bajo ruinas el incendio que en mí se prende”.


DISCURSO DE CICERÓN CONTRA CATILINA EN EL SENADO


Dicho esto se retiró precipitadamente del senado a su casa. Allí, después de muchas vueltas al asunto, viendo el fracaso de sus celadas contra el cónsul y comprendiendo que la ciudad estaba bien protegida contra el incendio por las guardias nocturnas, creyó que lo mejor sería reforzar el ejército y tomar las múltiples medidas que la guerra imponía, antes que se alistasen las legiones.
Así pues, a medianoche y con escasa compañía salía hacia el campamento de Manlio. Antes había encargado a Cetego, a Léntulo y a los demás cuya decisión y audacia bien conocía, que corroborasen por todos los medios las fuerzas del partido, acelerasen las tramas contra el cónsul y preparasen las matanzas, incendios y demás actos de guerra, pues él vendría en breve a la ciudad con un gran ejército…

Después de detenerse algunos días en tierras de Arezzo, encasa de C. Flaminio, para armar la población, ya de antemano sublevada, se encaminó al campamento de Manlio, llevando los haces y demás insignias de la autoridad consular.

Al saberse todo esto en Roma, son declarados enemigos públicos por el senado Catilina y Manlio, y a los demás se les señala un plazo para que puedan deponer las armas sin sufrir castigo, con excepción de los reos de pena capital. Se decretó además que los cónsules hagan levas, que Antonio, al frente del ejército, se apresure a perseguir a Catilina, mientras Cicerón toma a su cargo la guarda de la ciudad.

En aquella ocasión me pareció más miserable que en ninguna otra el poder de la nación romana, pues teniendo sujeto por las armas al mundo todo, de Oriente a Occidente, y abundando en el interior de riquezas y de paz, las dos cosas más estimadas por los hombres, hubo, no obstante, ciudadanos que se lanzaron obstinadamente a su propia perdición y a la de su patria. En efecto, a pesar de los dos decretos del senado, no hubo en tan gran muchedumbre un solo hombre que a estímulos de la recompensa diese noticias de la conjuración; ni uno solo tampoco que desertara del campo de Catilina; tanta era la fuerza de aquel mal que a modo de pestilencia había atacado a la mayoría de los ciudadanos.

Tras esto, Cicerón pudo reunir diversos tipos de pruebas de todos los cómplices de Catilina logrando que el Senado diese el visto bueno a una condena a muerte sin un juicio legal, como estaba así dispuesto en la ley romana. Llegaron las ejecuciones de los cómplices y de esta forma acabaría el apoyo popular a la conjura. Tras fracasar esta, muchos de los fieles decidieron abandonar la causa y de unos 20.000 hombres que disponía Catilina, solo le fueron fieles unos 4.000. Esta circunstancia obligó a Catilina huir hasta las Galias. Las tropas romanas se movilizaron y le pusieron cerco en la ciudad de Pistoia, donde le derrotarían, tras cruentos combates entre las partes.  Es allí donde acabaría la aventura de Catilina.





miércoles, 11 de febrero de 2015

JULIO CÉSAR VENCE A PETREYO Y AFRANIO EN ILERDA

CURIOSIDADES:




Los marselleses, siguiendo el consejo de Lucio Domicio, preparan naves de líneas por un total de diecisiete, once de las cuales eran cubiertas. A este grupo agregan muchos navíos menores con la intención de alarmar a nuestra flota con sólo los efectos de la suya… Domicio hace que se le reserven a él algunas naves, y las llena de los colonos y pastores que había traído consigo. Aparejada así con toda clase de pertrechos la escuadra, avanzan con grandes esperanzas contra nuestras naves, que estaban al mando de Décimo Bruto. Hallábase estas ancladas en la isla situada frente a Marsella.



SOLDADOS ROMANOS A BORDO DE UN BIRREME


Bruto era inferior, con mucho, en número de naves, pero César había asignado a aquella escuadra hombres escogidos, los más esforzados entre todas las legiones, soldados de choque y centuriones: todos salieron voluntarios para aquel cometido. Habían estos preparados garfios de hierro y garrochas, y se habían pertrechado con gran cantidad de dardos, jabalinas y demás proyectiles. En estas condiciones, advertida la proximidad del enemigo, sacan las naves del puerto y empeñan combate con los marselleses. Por ambos lados se luchó con gran denuedo y encarnizadamente; los albicos, gente brutal, montaraz y ducha en armas, no se dejaban aventajar mucho en arrojo por los nuestros… en tanto que los pastores de Domicio, incitados por la esperanza de su manumisión, se afanaban por acreditar su valentía a los ojos de su señor.

Los de Marsella, por su parte, gracias a la ligereza de sus naves y a la pericia de sus timoneles, esquivaban a los nuestros y encajaban sus golpes, y mientras podían disponer de más ancho espacio procuraban, desplegando sus filas a mayor distancia, rodear a los nuestros o embestir con varias naves a una sola, o cruzando a toda velocidad, barrerles los remos si podían. Cuando era inevitable el abordaje, recurrían, en sustitución de la habilidad de los timoneles, a la bravura de los montañeses. Los nuestros, aparte de que sus remeros eran menos ejercitados y timoneles menos diestros, los habían improvisado tomándonos de la marina mercante sin conocer ni siquiera el nombre de los pertrechos de guerra, se veían entorpecidos, además, por la lentitud y pesadez de la naves. Estaban construidas estas, a toda prisa, de madera aún verde. Así, cuando se les ofrecía ocasión de abordaje, se enfrentaban a dos naves con una sola, arrojándoles garfios de hierro, y sujetándolas ambas, luchaban por los dos lados saltando a bordo de las naves enemigas. Después de matar a gran cantidad de albicos y de pastores, echan a pique parte de las naves, capturan algunas con sus tripulantes y obligan a las demás a retirarse al puerto. La flota marsellesa perdió en aquella jornada, incluyendo las apresadas, nueve naves.

César, ante Ilerda, recibe esta noticia; a su vez, terminado el puente, su fortuna se va trocando rápidamente. El enemigo, aterrorizado ante el arrojo de los jinetes, circula ya con menos audacia; unas veces, sin apartarse mucho del campamento para tener pronta la retirada, forrajeaban en reducido espacio; otras, dando un largo rodeo, evitaban las guardias y retenes de a caballo… o escapaban al divisar la caballería a lo lejos arrojando la carga en medio del camino. Al fin decidieron interrumpir el forrajeo por bastantes días, o hacerlo de noche, contra la general costumbre.

Entretanto, los oscenses y calagurritanos… envíanle emisarios prometiendo ponerse a sus órdenes. Se le suman los tarraconenses, jacetanos y ausetanos, y pocos días después, los ilurgavonenses, ribereños del Ebro. A todos les pide ayuda de trigo. Se la prometen, y requisando todas las acémilas a su alcance, lo transportan al campamento. Incluso al conocer el acuerdo de su ciudad se pasa a él una cohorte de ilurgavonenses, desertando de sus puestos. Rápidamente cambió de modo radical la situación: terminado el puente, ganadas a su alianza cinco importantes ciudades, resuelta la cuestión del trigo, desvanecidos los rumores sobre unas legiones de refuerzo que, decíase, se aproximaban con Pompeyo a través de la Mauretania, otras muchas ciudades lejanas se desentienden de Afranio y entran en alianza con César.

Ante el temor que en el ánimo de los enemigos produjeron estos hechos, César, a fin de evitarse tener que enviar siempre la caballería a través del puente dando un gran rodeo, determinó, aprovechando un pareje apropiado, abrir varios canales de treinta pies de anchura, con los que sangrar parte del caudal de Segre con vistas a conseguir un vado en el río… Ante ello, Afranio y Petreyo acuerdan retirarse espontáneamente de sus posiciones y trasladar el teatro de la guerra a Celtiberia… porque los dos bandos en que se habían dividido las ciudades de la anterior guerra con Quinto Sertorio las vencidas sentían temor al nombre y autoridad de Pompeyo, aun ausente… en cambio, el nombre4 de César era entre los del país mas bien desconocido. Allí confiaban encontrar grandes efectivos de caballería y tropas auxiliares…

La noticia de que el puente del Ebro estaba casi listo, llegó aproximadamente al mismo tiempo en que se conseguía el vado del Segre. Naturalmente, ellos ya se daban cuenta de que esto era mayor motivo para acelerar su partida… No le quedaba a César más partido que incomodar y hostigar con la caballería la columna enemiga… Envía pues sus jinetes a atravesar el río… y súbitamente se presentan a la vista de la retaguardia de la columna, y desplegando sus crecidos efectivos, empiezan a retardarlos y estorbarles la marcha.

Al amanecer, desde las alturas inmediatas al campamento de César, se divisaba como, con el acoso de nuestra caballería, las últimas formaciones enemigas se veían en grave aprieto… Y en todo el campamento de César la tropa se puso a formar corros y lamentarse de que se estaba dejando escapar al enemigo de las manos prologándose la guerra sin necesidad. Presentábanse a los centuriones y tribunos rogándoles hicieran sabedor a César de que no tenía por qué ahorrarles esfuerzos ni peligro; estaban preparados. Eran capaces y se veian con ánimos de pasar el río por el punto donde lo había atravesado la caballería. César, impresionado por sus entusiastas clamores, aunque recelaba de exponer la tropa a tamaño caudal de río, opina, no obstante, que vale la pena intentarlo y hacer la prueba. En consecuencia, ordena entresacar de todas las centurias a los soldados más débiles, cuyo brío y fuerzas no parecían suficientes para resistirla, y los deja, con una legión, para guarnición del campamento, y a las demás legiones las saca, armadas a la ligera, y apostando un gran número de acémilas en el rio, arriba y abajo del vado, hace atravesarlo a la tropa. A Unos pocos de estos soldados, que perdieron sus armas en el rio, la caballería los recoge y reincorpora. Con todo, no perece ni uno. Pasado así incólume el ejército, César forma la tropa y empieza a hacerla avanzar en triple columna…


TOPOGRAFÍA DE LA CAMPAÑA DE CÉSAR EN ILERDA


Al distinguirlos, Afranio, cuando se vieron a lo lejos, y Petreyo con él, sobresaltado ante lo inesperado del caso, hace alto en unas elevaciones y forma en orden de batalla. César hace descansar la tropa en la llanura, para no exponerla a un combate fatigada. Al intentar ellos avanzar de nuevo, los persigue y retrasa. Se ven forzados a acampar antes de lo que se habían propuesto, en efecto, se acercaban a una zona montañosa, a cinco millas aguardaba un trayecto escarpado y angosto. Por aquellos montes ansiaban ellos penetrar, a fin de evadirse de la caballería de César, y apostando destacamentos en los desfiladeros, cortar la marcha a su infantería mientras ellos, sin riesgo ni sobresalto, pasarían la tropa al otro lado del Ebro. Esto deberían haber procurado ellos, y efectuarlo a todo trance, pero cansado por la lucha de todo el día y la fatiga de la marcha, lo aplazaron para el día siguiente. César acampó también, en una colina inmediata.

Alrededor de medianoche, capturados por la caballería unos que se habían alejado demasiado del campamento enemigo para hacer aguada, se entera César por ellos de que los jefes enemigos estaban evacuando las tropas del campamento sigilosamente. Al saberlo manda dar la señal y voces de ordenanza para recoger los bagajes. Ellos, al oír los gritos, temiendo verse obligados a un encuentro de noche y con el estorbo de los equipajes, o detenidos en los desfiladeros por la caballería de César, suspenden su marcha y retienen  todas las tropas en el campamento. Al día siguiente, Petreyo, con unos pocos de a caballo, sale a escondidas a reconocer el terreno. Idéntica precaución se toma en el campamento de César; se envía a Lucio Decidió Saxa con una patrulla a percatarse de la topografía. Uno y otro vuelven a los suyos con la misma información; quedaban cinco millas de trayecto llano, seguían luego parajes abruptos y montañosos; a quien primero ocupase aquellas gargantas ningún trabajo le costaría cerrar el paso al enemigo…

César, previa una explotación del terreno, al despertar al alba, saca todas sus tropas del campamento, y dando un gran rodeo, conduce el ejército a campo traviesa. Los caminos que llevaban al Ebro y a Otobesa le eran inaccesibles por tener enfrente el campamento enemigo. Tocábale atravesar muy grandes hondonadas, nada practicables; en muchos sitios., abruptos peñascos impedían el paso hasta el punto de que los soldados no tenían más remedio que pasarse las armas de mano en mano y efectuar gran parte de la etapa desarmados y sosteniéndose unos a otros. Pero nadie se hurtada a esta fatiga, porque estaban convencidos de que si lograban cerrar al enemigo el paso hacia el Ebro y cortarle el abastecimiento sería el final de las fatigas todas.

Al principio, los soldados de Afranio salían a contemplarlo corriendo, alborozados, y lanzaban a los nuestros gritos de burla, creyendo que por falta de recursos huían y regresaban a Ilerda, pues el itinerario aparente era distinto del que seguíamos y parecía tomar la dirección contraria. Naturalmente, los jefes enemigos colmaban de elogios su propia decisión de aguardar en el campamento, y se confirmaban en su opinión al ver nuestra marcha, sin acémilas ni impedimenta, creyendo que era debido a que nos faltaban los vivieres. Pero cuando observaron que la columna iba torciendo poco a poco hacia la derecha y advirtieron que la vanguardia rebasaba ya la línea de su campamento, no hubo nadie tan corto ni perezoso que no pensara en salir al instante del campamento y ganarnos la carrera. Dase la voz de coger las armas y todas las fuerzas, dejando unas pocas cohortes de guarnición, salen y emprenden la marcha en línea recta hacia el Ebro.

Toda la contienda era una cuestión de velocidad, quiénes ocuparían primero los desfiladeros y las montañas, pero al ejército de César lo retardaban las dificultades del trayecto, y a las tropas de Afranio habían llegado a verse en tal situación que, suponiendo que llegasen a las montañas, evitarían el propio peligro pero no podrían salvar la impedimenta de todo el ejército si los cohortes dejadas en el campamento, pues una vez copadas por el ejército de César no era posible ya llevarles socorro. Recorrió César la distancia primero, y ocupando una planicie desde unas grandes peñas, formó en lla en orden de batalla frente al enemigo. Afranio, con la retaguardia de su columna acosada por la caballería y viendo enfrente al enemigo, aprovechando una colina, hizo al to en lla. Desde allí envió cuatro chortes de rodeleros hacia un monte que destacaba a la vista de todos por su altura. Les manda ocuparlo a la carrera con intención de dirigirse también allí con todas las tropas, y cambiando de ruta, llegar a Otobesa por las crestas. Mientras marchaban hacia allá desviando su camino anterior, la caballería de César, dándose cuenta, se lanzó al ataque. Ni por un momento fueron los rodeleros capaces de resistir su embestida, y rodeados por lo nuestros, fueron exterminados todos a la vista de uno y otro ejército.

Era una ocasión para librar un combate favorable. No se le ocultaba a César que un ejército atemorizado por el grave quebranto sufrido ante sus propios ojos no era capaz de resisitri, sobre todo al verse rodeado completamente por la caballería en caso de combatirse en terreno llano y abierto. Todos se lo pedían; legados, centuriones, tribunos, acudían a decirle que no dudara en empeñar batalla. Todos los soldados estaban muy bien dispuestos. Los de Afranio, al contrario, habían dado ya señales de temor… no habían acudido en socorro de los suyos, no se apartaban de la colina, apenas resistían a las incursiones de la caballería, y apretujándose con las enseñas en un solo lugar, no aguardaban ni sus unidades ni la formación. Y si César temía lo desfavorable del terreno, ya se ofrecería, a pesar de todo, oportunidad de luchar en algún lugar, pues sin duda Afranio se vería obligado a bajar de aquella posición ya que no podían continuar sin agua.

César había concebido la esperanza de poder terminar la campaña sin lucha y sin sangre para los suyos al haber cortado el aprovisionamiento del enemigo: ¿por qué perder ahora a algunos de sus hombres en un combate, aunque fuese favorable? ¿Por qué permitir que resultasen heridos unos soldados con tan óptimos méritos? ¿Para qué tentar a la fortuna, no siendo menos propio de los generales vencer con la inteligencia que con la espada? Movía le también la compasión por los ciudadanos que preveía  iban a encontrar la muerte mientras él prefería obtener la victoria quedando ellos sanos y salvos. Con este proyecto César, la mayoría no estaba conforme… pero este persevera en su parecer y se parpta un tanto de aquel terreno, a fin de disminuir el miedo al enemigo. Petreyo y Afranio, ante la ocasión que se le ofrece, se repliegan al campamento. César, dejando cerradas todas las rutas hacia el Ebro con destacamentos apostados en las montañas, establece el suyo lo más cerca que puede del campamento enemigo.


CESAR LA INTELIGENCIA  Y LA ENERGÍA EN LA BATALLA


Al día siguiente, los jefes adversarios, desazonados con la pérdida de toda esperanza de suministros de trigo, y no creyendo posible llegar al Ebro, Deliberan sobre las alternativas que les quedaban. Tenían un camino para regresar a Ilerda; otro para dirigirse a Tarraco. Estando en estas reflexiones, se enteran de que sus aguadores eran hostigados por nuestra caballería. Ante esta noticia, establecen una tupida red de puestos de guardia, de jinetes y cohortes auxiliares, con otras legionarias intercaladas, y emprenden el trazado de un vallado desde el campamento al agua, para poder, al amparo de tal fortificación, ir a hacer aguada sin inquietud y sin la intervención de los puestos de guardia. De aquella construcción se encargan por partes Petreyo y Afranio, quienes, para llevarla a término, se adelantan a bastante distancia.

Aprovechando los soldados la oportunidad de entablar conversaciones que la ausencia de los generales les ofrecía, sin distinción, avanzan unos y otros y pregunta cada cual por los conocidos y paisanos que tienen en el campamento de César, y los llaman afuera… Comienzan por darles las gracias por la consideración que les habían tenido el día anterior, en medio de su pánico… Después les preguntan sobre la nobleza de ánimo de su general, si harían bien en confiarse a él, y se duelen de no haberlo hecho desde un principio y de haber llevado sus armas contra las personas de sus propios allegados y parientes. Animados con estas conversaciones, piden garantía de su general para las vidas de Petreyo y Afranio, no fuese a sospecharse que habían albergado intenciones criminales o entregadas a los suyos a traición. Obtenida garantía en estos puntos, aseguran ellos que trasladarán inmediatamente las enseñas, yu envían a César, como comisionados para las gestiones de paz, a los centuriones de los primeros rangos. Mientras tanto, unos se llevan invitados a sus amigos al campamento, a otros se los traen los suyos, hasta el punto de que ya parecían reunidos en unos los dos campamentos; numerosos tribunos y centuriones se presentan a César y se confían a él. Eso mismo hacen los próceres hispanos que ellos habían llamado a su lado y tenían consigo en el campamento a modo de rehenes. Buscaban estos a sus conocidos y alegados por hospitalidad, por medio de los cuales pudiese cada uno ser presentado y recomendado a César. Incluso un hijo joven de Afranio negociaba con César, por mediación del lugarteniente Sulpicio, a favor de su vida propia y la de su padre.

Todo era alegría y felicitaciones, unos por haber escapado a tan graves riegos, los otros, por haber terminado incruentamente unas campañas de tal envergadura. César recogía, según la opinión general, el gran fruto de su clemencia de la víspera, y su decisión era elogiada por todos.

Notificado a Afranio lo que acontecía, abandona las obras emprendías y se retira al campamento, dispuesto, al parecer, a llevar con paciencia y ecuamidad cualquier infortunio que pudiese aguardarle. Petreyo, en cambio, no se entrega. Arma a sus esclavos; con ellos y su cohorte pretoria de rodeleros y unos cuantos jinetes del país protegidos suyos, que solía usar como escolta personal, se presenta volando de improviso ante la empalizada, interrumpe las conversaciones de los soldados y expulsa a los nuestros del campamento dando muerte a los que alcanza. Los restantes se agrupan, y espantados ante aquel súbito peligro, cubren su izquierda con el capote, desenvainan la espada y en esta forma se defienden de los rodeleros y jinetes confiando en la proximidad del campamento; se repliegan hacia él, y las cohortes que estaban de guaria a la puerta cubren su retirada.


ESPECIFICACIÓN DE UN CAMPAMENTO ROMANO


Hecho esto, Petreyo, con lágrimas en los ojos, va de manipulo en manipulo, interpela a los soldados y les suplica que no le entreguen a él ni a Pompeyo, su generalísimo ausente, a sus adversarios para el suplicio. Rápidamente se produce una afluencia ante el pretorio. Les requiere a que juren todso que no abandonarán el ejército ni a sus jefes, ni les entregarán a traición, ni tomarán acuerdos a espaldas de los demás. Jura él en este sentido el primero; idéntico juramento le exige a Afranio; siguen los tribunos y centuriones; los soldados, desfilando por centurias, juran lo mismo. Pregonase la orden de que, cuantos tuvieran consigo algún soldado de César, lo entregaran; una vez entregados, les dan muerte en presencia de todos, ante el pretorio. Pero a la mayoría, quienes les habían acogido, los ocultan, y de noche los hacen salir por la empalizada. Así el terror producido por los jefes, su crueldad en el suplicio y el lazo de un nuevo juramento frustró la esperanza de una rendición inmediata, cambiaron las disposiciones de la tropa y devolvieron la situación a su anterior estado de guerra.

César da orden de buscar con la mayor diligencia a los soldados del enemigo que habían venido a su campamento durante el tiempo de la confraternización, y remitirlos. Pero del grupo de tribunos y centuriones, no pocos, por voluntad propia, se quedaron con él. Túvoles en lo sucesivo en gran consideración; a los centuriones los restituyó a sus anteriores rangos y a los caballeros romanos, a su categoría de tribunos.

Los de Afranio se veían apurados en el forrajeo; se proveían de agua con apuros. Los legionarios tenían trigo en cierta cantidad , pues habían recibido orden de sacar de Ilerda provisión para veintidós días. Laos rodeleros y tropas auxiliares, ninguna, pues sus medios de adquirirla era escasos, y no estaban acostumbrados a llevar peso. Así, todos los días se pasaba un número considerable de ellos hacia César. En tales apuros se hallaba la situación. En cuanto a los dos planes que habían considerado, parecía más práctico regresar a Ilerda, porque allí habían dejado un poco de trigo y confiaban que precisarían el resto del plan. Tarraco estaba a mayor distancia y se daban cuenta de que, en aquel trecho, podía su propósito sufrir muchos percances. Aprobado este proyecto, parten del campamento. César, enviando por delante la caballería a hostigar y entorpecer la retaguardia de su columna, los sigue al frente de sus legiones. No pasaba momento sin que se vieran enzarzados en lucha con la caballería.

El tipo de lucha era el siguiente. Cerraban la retaguardia cohortes armadas a la ligera, y en las llanuras hacían frente otras más. Si había que escalar una montaña, la misma configuración del terreno fácilmente alejaba el peligro, pues desde lugares más elevados, los que precedían cubrían a los suyos que iban subiendo; cuando se acercaba un valle o una cuesta bajo, y los de delante no podían prestar ayuda a los de la zaga, mientras la caballería, en cambio, desde arriba les disparaba sus dardos por la espalda, entonces la situación se hacía más crítica. Quedaba el recuerdo de, cuando se había llegado a un lugar así, dar orden a las legiones de hacer frente, y con fuerte acometida, rechazar a la caballería; al apartarse esta, bajar juntos, a la carrera, a los valles, y después de atravesarlos ráp8idamente, detenerse de nuevo en posiciones más elevadas. Pero estaban tan lejos de poder recibir ayuda de sus jinetes, aunque los tenían en efectivos importantes, que los llevaban amedrentados por los anteriores combates en el centro de la columna, más bien defendiéndolos. A ninguno de ellos le era posible apartarse del camino sin verse apresado por la caballería de César…


LAS TROPAS DE POMPEYO SERÍAN DERROTADAS EN ILERDA


Entonces, como realmente no se les daba posibilidad de ir en busca de un paraje apropiado para acampar, ni de continuar adelante, se ven forzados a hacer alto y poner el campamento lejos del agua y en sitio desfavorable. Más César, por las mismas razones que hemos indicado antes, no empeñó el combate. Y aquel día no permitió que se montaran las tiendas, a fin de que estuvieran todos más a punto de perseguirles, así salieran de día como de noche. Ellos, dándose cuenta de la inferioridad de su campamento., dedican la noche entera a prolongar sus líneas de fortificación, y van cambiando un campamento por otro. Lo mismo hace al día siguiente desde el amanecer, gastando en ello el día entero. Pero cuanto más allá llevaban el campamento, adelantando la obra, tanto más lejos se hallaban del agua, con lo que remediaban el inconveniente con otro inconveniente. La primera noche nadie salió del campamento por agua; al día siguiente, dejando una guarnición en el campamento, llevan a todas las tropas a la aguada y no mandan a nadie al forrajeo. César prefería que se vieran obligados a una capitulación por aquellas penalidades, que derrotarles en una batalla. NO obstante, intenta rodearles con un vallado y un foso para entorpecer lo más posible sus escapadas repentinas, a las que pensaba se verían obligados a recurrir. Ellos, inducidos por la falta de forraje y con el fin de hallarse, además, expeditos para la marcha, dan orden de sacrificar todas las bestias de transporte de equipajes.

Dos días se consumen en dichos trabajos y proyectos. Al tercero estaba ya tendida gran parte de la línea de circunvalación emprendida por César. Ellos, para impedir lo que faltaba, alrededor de la hora sexta dan la señal, sacan las legiones y forman en línea de combate al pie del campamento. César llama de la obra a sus legiones, ordena concentrarse toda la caballería y forma en orden de batalla, puesto que dar la impresión de que, contra la opinión que tenían los soldados de su fama, rehuía el combate, le acarreaba grave perjuicio. Pero los mismos motivos que ya se conocen le impulsaban a no querer combatir, y aun más porque el poco espacio de que se disponía, aun en caso de ahuyentar al enemigo, no podía ayudar gran cosa a que la victoria fuese definitiva. En efecto: un campamento no distaba del otro más de dos mil pies. Dos terceras partes de dicho trecho las ocupaban los dos ejércitos alineados; quedaba una tercera para el arranque y carga de los soldados. Si se trataba el combate, la proximidad del campamento ofrecía  a los derrotados un pronto refugio en su huida. Por este motivo había decidido resistir si le acometían, pero no tomar el la incitativa del ataque.

La formación de Afranio era con sus cinco legiones en doble línea; una tercera de refuerzo la cubrían las cohortes alarias; la de César en triple línea; ahora bien, la primera estaba ocupada por cuatro cohortes de cada una de las cinco legiones; detrás de cada grupo de estas seguían tres de refuerzo y luego otras tantas, de su respectiva legión; los arqueros y honderos quedaban encuadrados en la línea central; la caballería ceñía los flancos. Con una formación tal, uno y otro daban a entender que se mantenían en su propósito: César en no trabar combate a menos de ser obligado a ello; al enemigo, en impedir los trabajos de César. Con todo, la situación se prolonga y se conserva la formación hasta la puesta del sol; a continuación regresan unos y otros al campamento. Al día siguiente César se dispone a concluir la circunvalación proyectada; ellos, a tantear el paso del Segre, por si les era posible atravesarlo. César, al darse cuenta, pasó al otro lado del rio tropas germanas armadas a la ligera y parte de la caballería, y apostó en las orillas un denso cordón de puestos de guardia.


FORMACIONES ROMANAS


Al fin, cortados todos los suministros, después de tener tres días a las bestias encerradas sin comida, faltos de agua, leña y trigo, piden parlamentar, y a ser posible, en un lugar alejado de la tropa. César les niega esto último asintiendo en cambio el parlamentar en presencia de todos, y entregan a título de rehén al hijo de Afranio. Se acude al lugar señalado por César. A oídas de uno y otro ejército. Afranio toma la palabra, diciendo que no se les ha de reprochar ni a ellos ni a sus soldados el haber querido guardar fidelidad a su generalísimo Gneo Pompeyo. Pero ya habían cumplido su deber suficientemente y arrostrado bastante penalidades con haber padecido escasez de toda clase de recursos; pero ahora que, acorralados poco menos que como animales salvajes, se les privaba de agua y de la libertad de movimientos, no podían resistir más el dolor físico y la ignominia moral. Por tanto se declaraban vencidos; pedían y suplicaban que, si quedaba algún lugar para la misericordia, no se les llevara irremediablemente al último suplicio. Expuso Afranio estos conceptos lo más humilde y sumisamente de que fue capaz.

A sus palabras contestó César diciendo que a ningún otro le cuadraba menos que a él el papel de lamentación y enternecimiento. En efecto: todos los demás habían cumplido con su deber; él que aun en condiciones propicias, en momento y posición ventajosos no había querido llegar a las armas, a fin de que todo estuviera dispuesto para la paz lo más íntegramente posible. Su ejército, que aun después de ultrajado y de haberse dado muerte a sus camaradas, había salvado y protegido a los del contrario que tenía en su poder; en fin, los soldados de este mismo ejército quienes espontáneamente trataron de concertar la paz, en cuyo intento creyeron que había que procurar por la vida de todos los suyos. Así, la actuación de todos los grados de su ejército se había basado en la misericordia. Ellos, los jefes, habían rehuido la paz; ellos no habían guardado ni las leyes de las negociaciones ni las de la tregua, y a unos hombres inexpertos, atrapados parlamentando les habían dado muerte con toda crueldad. Les sucedía por tanto lo que casi siempre ocurre a los hombres de excesiva contumacia y soberbia, que recurren y piden ansiosamente lo que poco antes habían despreciado. Y ni siquiera ahora, ante su humillación, ni por ninguna otra ventaja momentánea reclama él nada que sirviera para aumentar sus efectivos; exigía, en cambio, que se licenciaran aquellos ejércitos que contra él llevaban sosteniéndose desde tantos años, pues no por otro motivo se habían destinado a Hispania seis legiones y alistado allí la séptima, preparado tantas y tan potentes escuadras y enviado jefes peritos en el arte militar. Ninguna de estas medidas se había planeado para la sumisión de las Hispanias ni para las necesidades de la provincia que, dado el tiempo que llevaban en paz, no requería socorro alguno. Todo aquello se había ya dispuesto de antemano contra él, contra él se habían instituido nuevos mandos, de modo que una misma persona dirigía la política de la Ciudad desde sus puertas, y gobierna a distancia dos provincias belicosísimas durante tantos años. Contra él se alteraban los derechos de los magistrados, en forma que no se envíen a las provincias, como siempre, después de la pretura y el consulado, sino avalados y elegidos por los oligarcas; contra él no había tenido efectividad el alegar motivos de edad para que no se reclamara a ponerse al frente de los ejércitos a hombres acreditados ya en anteriores guerras; solo en su caso no se observaba lo que se había concedido siempre a todos los generales vencedores; que terminadas victoriosamente sus campañas, regresen a Roma o con algunas honras, o de todos modos, sin bochorno, y despidan a sus tropas. Sin embargo el lo había sobrellevado todo y lo sobrellavaría con paciencia; y tampoco ahora intentaba quitarles el ejército para quedárselo a sus órdenes, cosa que a pesar de todo no le sería difícil, sino de que no lo tuvieran ellos para usarlo contra él. Así, que conforme a lo dicho, salgan de las provincias y despidan al ejército; si lo hacían así, él no se vengaría de nadie. Esta era la única y la última condición de paz.
A los soldados les fue sobre todo agradable y satisfactorio, según pudo comprobarse por sus propias demostraciones, que después de esperarse algún equitativo castigo, obtenían en vez de él la recompensa del licenciamiento. En efecto; habiendo surgido una disensión respecto al lugar y tiempo en que se realizaría, empezaron a manifestar con palabras y gestos, desde el vallado donde estaban asomados, que se les licenciara inmediatamente, pues ni con todas las garantías podían tenerlo por firme si se aplazaba para otra ocasión. Después d euna corta discusión a favor de una opinión u otra, se llega al acuerdo de que, quienes tengan domicilio o propiedad en Hispania, sean licenciados inmediatamente; los demás, a orillas del rio Varo. César garantiza que a nadie se le causará daño alguno ni se le obligará contra su voluntad a jurar bandera.

César se compromete a proveerles de trigo desde aquel momento, hasta que lleguen al rio Varo. Añade, incluso, que lo que cada uno de ellos haya perdido en la campaña y se halle en poder de sus soldados se devuelva a quienes lo habían perdido. A sus soldados, una vez valoradas aquellas cosas, se les compensa en dinero. En todas las discusiones que tuvieron luego entre sí los soldados, por propio impulso acudieron a César para que les hiciera justicia. Al exigir las legiones, poco menos que amotinadas, a Petreyo y Afranio sus soldadas, que estos decían no haber vencido todavía, se pidió a César que interviniera, y unos y otros se dieron por satisfechos con lo que él decidió. Licenciada en dos días alrededor de la tercera parte de las tropas, dio orden de que precediesen a los expedicionarios dos de sus legiones, y de que los siguiesen los demás, de modo que no acamparan a mucha distancia una de otras, y puso al frente de aquella misión al lugarteniente Quinto Fufio Caleno. De acuerdo con esta orden suya se hizo la expedición hasta el rio Varo y allí se licenció lo que quedaba del ejército.