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miércoles, 3 de diciembre de 2014

EL NEGRERO DEL CONGO LEOPOLDO II

 CURIOSIDADES EXPRESS:




El pequeño Leopoldo II de Bélgica creció con el deseo de poseer algo mayor que su pequeña Bélgica, ya dijo de bien joven sobre ello: “Pequeño País, pequeña gente”. Gran amante de la geografía pudo recorrer el Mediterráneo y el sudeste de Asía, en los territorios dominados por las grandes potencias. Y como conclusión dijo: “Bélgica necesita una colonia”. Intentó comprar las islas de Fiji, Filipinas a los españoles, al no poder complacer sus deseos giró su mirada a África y siguió con interés las expediciones de Cameron y Stanley.


LEOPOLDO II


Stanley descubrió el curso del rió Congo, Leopoldo supo que ese territorio escasamente cartografiado podía significar el sueño que albergaba hecho realidad. Se reunió con Stanley y le patrocinó su segundo viaje con el objetivo de construir una carretera y que comprase todo el marfil posible. Paralelamente, creó una serie de asociaciones filantrópicas internacionales que justificaran sus actividades en la zona. Una expedición militar no tendría el apoyo internacional ni de su comunidad, por lo que echó una cortina en forma de objetivos humanitarios para civilizar esos territorios, hacerlos cristianos, y sobre todo, liberarlos de los traficantes árabes de esclavos.

Buenos son los europeos que decidieron llegar a un acuerdo en Berlin entre los años 1884 y 85 para repartirse el continente africano y Bélgica le tocó y fue aprobado por todos, su domino sobre esa colonia del Congo. En 1885, Leopoldo creo por decreto real el Estado independiente del Congo, del cual se hizo soberano personalmente. Este territorio era unas 66 veces más grande que Bélgica. 

Las grandes potencias fueron engatusadas por Leopoldo con la promesa de que si le dejaban reinar en ese territorio, este sería una zona de libre comercio. Pero pronto lo incumplió exigiendo impuestos a la importación. Mientras, creaba una serie de infraestructuras de ferrocarril y carreteras, con la meta de extraer marfil y establecía un sistema de comisiones para sus agentes, que mayor era tanto más barata se obtenía la materia prima. Hizo prohibir la circulación de dinero en el Congo, de forma que los únicos que podían cobrar eran los blancos europeos contratados como mercenarios para imponer orden o como comisionistas. Y tenían vía libre para conseguir los objetivos, y bien que lo hicieron; los nativos trabajaban sin horarios, con la única compensación de no ser castigados, mutilados o asesinados. Como ejemplo, un funcionario del Estado del Congo contó que sus baúles eran transportados “por filas de pobres diablos encadenados por el cuello” y un americano, de los primeros que delataron los malos tratos, dijo que “me ofrecieron esclavos a pleno día” y escribió una carta al propio Leopoldo denunciando que “el gobierno de Vuestra Majestad compra, vende y roba esclavos. Da tres libras esterlinas por cabeza de esclavos físicamente aptos para el servicio militar… La mano de obra de los puestos del gobierno de Vuestra Majestad en el cauce superior del rió está compuesta por esclavos de todas las edades y de ambos sexos… … dos oficiales del ejército belga vieron a cierta distancia, desde la cubierta de su vapor, a un nativo en una canoa… Se apostaron cinco libras esterlinas, a que podían acertarle con sus rifles. Se hicieron tres disparos y el nativo cayó muerto, con la cabeza perforada.”.


LOS NATIVOS ENCADENADOS


Tras la gran invención del neumático de caucho por John Dunlop, se produjo una gran demanda de látex que es su materia prima, motivada por la industria del automóvil y la bicicleta, que iba a impulsar una gran competencia internacional por dominar el mercado. En ese contexto, Leopoldo, también quería participar y para adelantarse a otros, impuso grandes cuotas de producción de caucho en el Congo, obligando a los nativos a cumplirlas con el uso de la fuerza y la violencia si esto era necesario. Y la cuota que debían realizar cada trabajador era el equivalente a una jornada a tiempo completo en condiciones penosas, debían extraer la materia subidos a los árboles en zonas pantanosas , haciendo luego secar la sustancia viscosa hasta coagular, lo que muchas veces pasaba si se depositaba sobre el mismo cuerpo y arrancándola posteriormente de forma dolorosa. Esto no gustaba a ningún indígena, por lo que se les aplicaba fuerza para forzarlos. Si una aldea de los nativos no cumplía con su cuota general se secuestraban las mujeres hasta que esta cuota fuera satisfecha y luego de esto, no piensen que se las devolvía sin más, no… se les revendían a su familia respectiva a cambio de ganado. Si por casualidad un poblado no acataba esta imposición se establecía un terrible castigo; se les cortaba una mano y se mostraban en cestas con más manos cortadas en otras aldeas para disuadirles y “motivarles” para trabajar el caucho. En 1896, se publicó una noticia que relataba como un funcionario belga de distrito, un tal León Flevez, había recibido en un solo día 1.308 manos cortadas. Un misionero americano llegó a descubrir 81 manos amputadas y ahumadas al fuego. También estos crueles funcionarios a veces decretaban expediciones de castigo a las aldeas a la caza del indígena a los que tiraban a matar y donde también cortaban cabezas. 


ESAS MANOS...


Pero los soldados, funcionarios blancos, de Leopoldo, tenían un incentivo: el cobro de unas comisiones o primas por producir una cantidad adicional de caucho recolectado, esto provocaba en ellos un endurecimiento de las condiciones de trabajo, y entre las más conocidas herramientas para ello tenemos el famoso “chicotte”, un látigo hecho de piel de hipopótamo, que servía para torturar tanto a mayores como a niños.


 
EL TERRIBLE CHICOTTE



En 1907, antes de esto Leopoldo había amasado una gran fortuna, cedió la soberanía del Congo a Bélgica, debido a que surgieron a la luz devastadores informes de abusos que fueron redactados por misioneros, diplomáticos y, finalmente, por una comisión de investigación del parlamento belga. En ellos se puede leer con horror como trabajaban los porteadores del caucho, los castigos aberrantes a los que sometían a mujeres y hombres. A pesar de todo esto, Leopoldo salió de rositas y el Estado Belga se quedó con el Congo, tras pagarle a su rey unos 95 millones, de los cuales 50 fueron en señal de gratitud por los grandes sacrificios realizados por él a favor del Congo, y asumir la deuda cifrada en 110 millones de francos del rey. Se estima que, durante el dominio de Leopoldo II y el 1920, la población del Congo se redujo en unos 10 millones de personas entre las muertes y el menor número de nacimientos.