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martes, 9 de diciembre de 2014

UNA REINA EN APUROS EN LA NOCHE DE SAN BARTOLOME

CURIOSIDADES EXPRESS:




Era tiempo de discordias y guerras entre los hugonotes y los católicos que hacía años desangraban las tierras francesas y culminarían con lo que se llamó la noche de San Bartolomé en Paris, en una terrible matanza. El 24 de agosto de 1572, carlos IX confía el poder al partido hugonote, el almirante Coligny su figura más importante, y eso contrarió el ánimo del partido católico que era el preferido del pueblo. Su jefe, el duque de Guisa, organizó con otros la matanza que tendría lugar. A continuación se presenta el testimonio de Margarita de Valois relatando una escena que ocurrió en el palacio del Louvre.

El rey Carlos que era muy prudente y había sido siempre muy obediente a su madre, y príncipe muy católico, viendo el camino que tomaban las cosas, tomó súbitamente la resolución de juntarse a la reina madre y conformarse con su voluntad, y garantizar su persona contra los hugonotes por los católicos; sin embargo, no sin extremo sentimiento de no poder salvar a Teligny, Lanoue y el señor de la Rochefocauld, y entonces, yendo a encontrar a la reina su madre, mandó a buscar al señor de Guisa y todos los demás príncipes y capitanes católicos, con los que se tomó resolución de hacer, la noche misma, la matanza de San Bartolomé. Y poniendo súbitamente manos a la obra, tendidas todas las cadenas, sonando el rebato, corrió cada cual a su barrio, según el orden dado: tanto a casa del almirante como a todos los hugonotes. El señor de Guisa se dirigió a la casa del almirante, le arrojó por la ventana a su amor el señor de Guisa.



MARGARITA DE VALOIS ESPOSA DEL FUTURO ENRIQUE IV DE FRANCIA


En cuanto a mí, no me decán nada de todo esto; yo veía a todo el mundo en acción; los hugonotes desesperados de esta herida; los señores de Guisa temiendo que se quisiera hacer justicia, hablándose entre sí al oído. Los hugonotes sospechaban de mi porque era católica, y los católicos porque me había casado con el rey de Navarra que era hugonote, de manera que nadie me decía nada, hasta la noche en que asistiendo a la ceremonia de acostarse la reina mi madre, sentada sobre el cofre al lado de mi hermana la de Lorena, a la que veía muy triste, la reina madre se dio cuenta de mi presencia hablando con algunos y me dijo que me fuese a acostar. Al hacer yo la reverencia, mi hermana me asió del brazo y me detiene echándose a llorar, y me dice: “¡Dios mío, hermana mía, no vayáis!”.

Esto me asustó en extremo. La reina mi madre se dio cuenta de ello y llamó a mi hermana, encolerizándose mucho con ella y prohibiéndole me dijese nada. Mi hermana le dijo que no había apariencia de enviarme a sacrificar así como así, y sin duda, si descubrían alguna cosa, se vengarían en mi. La reina mi madre responde que, si placía a Dios, yo no recibiría ningún daño; pero fuese como fuese, era preciso me retirase, no sospechasen algo que impidiese el efecto.

YO veía claramente que disputaban y no entendía sus palabras. Ella me mandó otra vez, con rudeza, que me fuese a acostar. Mi hermana, rompiendo a llorar de nuevo, me dijo buenas noches, sin atreverse a añadir otra cosa; y yo me fui, transida, sin poder imaginar qué debía temer.

Cuando estuve en mi gabinete me puse a orar a Dios para que se dignase tomarme en su protección, y que me guardase, sin saber de qué ni de quién. El rey mi marido que se había acostado, me ordena me vaya a acostar también, lo que hice, y encontré su cama rodeada de treinta o cuarenta hugonotes que aún no conocía en absoluto, pues hacía muy pocos días que estaba casada. En toda la noche no hicieron otra cosa que hablar del accidente que había ocurrido al señor almirante, decidiéndose, cuando fuese de día, a pedir al rey justicia contra el señor de Guisa, y que si no se la hacían se la tomarían por su mano.

YO, que tenía siempre en corazón las lágrimas de mi hermana y no podía dormir por la aprehensión en que me había puesto sin saber de qué, pasé la noche así, sin pegar ojo. Al agunatar el día, el rey mi marido dijo que quería ir a jugar a la pelota, esperando que despertarse el rey Carlos, y entonces, pedirle justicia. Sale de mi cámara y todos los gentilhombres con él. Yo, viendo que era de día, creyendo que el peligro de que mi hermana habló había pasado, vencida por el sueño, dije a mi nodriza que cerrase la puerta para dormir a gusto.



PINTURA RECREANDO LA NOCHE DE BARTOLOMÉ DONDE SE DESARROLLA ESTE RELATO


Una hora después, estando yo dormida, viene de pronto un gentilhombre al golpear con pies y manos la puerta gritando: “¡Navarra!¡Navarra!”. Mi nodriza, pensando que fuese el rey mi marido, corre deprisa a la puerta y abre. Fue un caballero llamado el señor de Leran que tenía una cuchillada en el codo y un golpe de alabarda en el brazo; lo perseguían cuatro arqueros, que entraron tras él en mi cuarto. Él, queriendo protegerse, se arrojó sobre mi cámara, y yo, sintiendo aquel hombre que me tenía asida, salté al pie de la cama, y él en pos de mí, asiéndome siempre por la cintura. YO no conocía a aquel hombre y no sabía si había venido para ofenderme, ni si los arqueros iban por él o por mi. Gritamos ambos, y estábamos tan asustados el uno como el otro. En fin: Dios quiso que el señor de Naçay, capitán de la guardia, viniese, y encontrándome en aquella situación, aunque sintió compasión, no pudo menos que echarse a reir, y enfadándose de veras con los arqueros, por esta indiscreción, los hizo salir y me dio la vida de ese pobre hombre que me tenía asida, al cual hice acostar y vendar en mi gabinete hasta que estuvo curado del todo. Y cambiándome la camisa, porque me había llenado toda de sangre, el señor de Nançay me contó lo que pasaba y me aseguró que el rey mi marido estaba en la cámara del rey y que no sufriría ningún mal. Haciéndome echar sobre los hombros un mantón de noche, me llevó al cuarto de mi hermana, Mme. De Lorena, donde llegué más muerta que viva y donde, al entrar en la antecámara cuyas puertas estaban abiertas, un gentilhombre llamado Bourse, huyendo de los arqueros que le perseguían, fue atravesando de un golpe de alabarda a tres pasos de mi. Yo caí casi desmayada entre los brazos del señor de Nançay y me parecía que ese golpe nos había atravesado a los dos. Reponiéndome un poco, entré en la cámara donde estaba acostada mi hermana. Cuando estaba allí, el señor de Miossans, primer gentilhombre del rey mi marido, y Armagnac su primer criado de cámara, vinieron a encontrarme para rogarme les salvara la vida. Fui a echarme de rodillas ante el rey y mi madre la reina, para pedirles lo que al fin me concedieron.