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martes, 24 de junio de 2014

ASESINTOS DENTRO DE LA HISTORIA.

CURIOSIDADES:


MUERTE DE VIRIATO

VIRIATO, EL HÉROE TRAICIONADO
No hay constancia fidedigna del lugar y fecha de nacimiento del caudillo lusitano Viriato, pero sí la hay de su muerte, traicionado por los suyos.
Viriato se destacó por ser el terror de Roma en las guerras de conquista peninsulares. Su carisma era tal, que, bajo su liderazgo no hubo disensiones ni motines. En las cercanías de la polis de Tríbola ejecutó una emboscada contra el pretor Cayo Vetilio, en la que este encontró la muerte. Tomó Segóbriga, y Roma, desbordada, optó por enviar otro ejército aún más poderoso, comandado por el cónsul Fabio Máximo Emiliano, que obligó a los hombres de Viriato a replegarse a Lusitania. Sin embargo, el caudillo lusitano no se rindió, y fue entonces cuando alcanzó su mayor gloria en la guerra de Numancia; en esta ofensiva, derrotó al pretor de la Citerior, Quincio, y avanzó por la Bética antes de volver a Lusitania, donde venció al cónsul Serviliano y llegó a firmar un tratado de paz con Roma, que su muerte impidió que se cumpliera.
Tras el empuje que disfrutó Roma con la llegada de Cepión, Viriato tuvo que replegarse de Erisana a Carpetania, e hizo frente al hostigamiento de los romanos desde la submeseta norte.
Los invasores no conseguían aniquilar a Viriato, cuya ignominiosa muerte fue consecuencia de la traición de los suyos, cuando un nuevo ejército romano, al mando del cónsul Cepión, sobornó a varios lugartenientes del lusitano para que lo asesinasen. Los ursonenses –naturales de Osuna– Audax, Ditalco y Minuro lo sorprendieron en la cama mientras dormía, clavándole un puñal en el cuello. Cuando los asesinos fueron a cobrar la recompensa, el cónsul Cepión se la negó con la conocida frase: Roma traditoribus non praemiat (“Roma no paga a traidores”).
El ejército lusitano que apoyaba a Viriato honró debidamente la memoria de su caudillo, con un magnífico funeral en el que fue incinerado, y, según la costumbre, se desarrollaron multitud de combates en su honor. Lo que no consiguió un gran imperio por la fuerza de las armas lo consiguieron la deslealtad y las conjuras. Los esfuerzos de Viriato en vida fueron, finalmente, en vano, pues, tras su muerte, la resistencia perdió fuerza y su sucesor, Táutalo, se vio obligado a firmar la paz con Roma. A la postre, el Imperio terminó por adueñarse de la Península aunque la zona no se pacificó definitivamente hasta los tiempos de Augusto, cuando se aplastaron los últimos focos de resistencia.
PEDRO DE ARBUÉS, EL INQUISIDOR CONDENADO
Fue un inquisidor “ejemplar” durante uno de los períodos más duros del Santo Oficio. Ejecutó sin miramiento los mandatos de los Reyes Católicos, que eran más políticos que religiosos, aunque para él todo era más religioso que político.
Se trató de un personaje de extensa y amplia formación, que llegó a ser, incluso, catedrático de Filosofía Moral en la Universidad de Bolonia. A los 33 años, la edad de Cristo, dejó la enseñanza para convertirse en canónigo de La Seo, una de las principales iglesias de la cristiandad. El gran inquisidor de la época, el mítico Torquemada, lo nombró principal inquisidor de la región. Ejecutó todo lo que pudo; quizá algo más.
Los judíos fueron el principal objeto de los ataques de Pedro de Arbués. No es casualidad, pues, que ocho judíos fueran los que tramaran el complot para acabar con su vida. Lo acuchillaron en el interior de la propia Seo hasta provocarle heridas mortales. Los asesinos fueron condenados a muerte. Lo cierto es que la figura de Pedro de Arbués exaltó los ánimos de todos. Fue excesivamente meticuloso: consiguió su objetivo, puesto que amedrentó con sus torturas a los sospechosos en toda la región, e incluso la nobleza vio peligrar su estatus y la estabilidad del reino durante su labor. Sin embargo, tras su asesinato, paradójicamente cometido cuando se encontraba rezando frente al altar mayor, la persecución a los conversos fue implacable. Hubo decenas de fallecidos, muchos de ellos entre los familiares de los responsables del asesinato.
Sin embargo, años después, la Inquisición levantó –un poco aunque fuera–, el gatillo, y aunque se decretó la expulsión de los judíos, los tiempos de Pedro de Arbués fueron, posiblemente, los peores de la época. Tras él no llegó nadie con la misma... brutalidad. Fue un punto de inflexión. Fue canonizado y sus restos están hoy en una capilla levantada en su honor en la catedral de la Seo.

FUENTE -Por: Javier Martín, Alberto de Frutos y Bruno Cardeñosa