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lunes, 2 de marzo de 2015

REBELIÓN EN PARÍS 1418 ENTRE ARMAÑAQUES Y BORGOÑONES






A continuación se narran unos episodios que transcurren en el segundo período de la guerra de los cien años; se relata cómo entra en París el duque de Borgoña, Juan sin miedo, aliado de los ingleses. Se produce el motín del pueblo de París contra los armañaques en los días finales de mayo y los primeros de junio de 1418. El caballero de la Corona de Aragón, de Valencia, Aznar de Pardo de la Casta que estuvo presente en aquellos sucesos escribió una carta describiendo los hechos al rey aragonés; Alfonso V el magnánimo, el 26 de junio desde Bourges, traducida del catalán. También se muestra un fragmento de los hechos relatados por el cronista de la época Enguerrand de Monstrelet.

El caso es demasiado triste para ser escrito, pero estoy molesto por no haber podido aún, hasta ahora, escribir a vuestra señoría, considerando que os he informado continuamente de todos los hechos pasados, y temo también que los relatos que llegarán a vuestras manos no os cuenten la verdad con tantos detalles como mi carta. Pero las tribulaciones son tan grandes hoy, en este reino, que me admira que los pájaros tengan aún el valor de ir allí a anidar, viendo como van las gentes.


ENTRADA DE LOS BORGOÑONES EN PARÍS


Muy excelente señor, es verdad, así como lo he hecho ya saber a Vuestra Señoría por varias cartas, que se preparaba un tratado de paz entre el duque de Borgoña y el condestable; fue roto una vez; después vinieron dos cardanales de la parte del Papa que han reanudado las negociaciones y las han conducido a buen fin, de manera que, a los dos días tenía que publicar la paz o al menos una tregua en la guerra. Pero el duque de Borgoña, usando de sus habituales bondades, mientras la paz llegaba al punto que acabo de decir, negoció con ciertos parisienses de manera que el último domingo de mayo, al alba, algunas gente del pueblo se reunieron y abrieron la puerta de Saint Jacques, tras la cual había unos quinientos hombres de armas del partido de los borgoñeses, teniendo a la cabeza a monseñor de L´Isle Adam; y sabiendo que la tropa había salido de Paris, entraron gritando: “¡Viva monseñor de Borgoña y la paz!” Y a este grito de la paz todo el pueblo estuvo súbitamente a su lado, y creo que era de buen grado.

Entrados en la ciudad, se repartieron en tres grupos; los unos fueron a la casa del Delfín, que con otras seis personas de su casa, se escapó por un jardín y se fue a la bastilla de San Antonio; los otros fueron a la casa del condestable que, también por su cuenta, escapó en el mismo día y fue a la mansión del preboste, que igualmente se les escapó y se fue a la bastilla donde estaba el Delfín.
Entonces se esparcieron por la ciudad, se apoderaron de los caballeros, gentilhombres y toda la gente del consejo y saquearon sus casas; se hicieron prisioneros a hombres nobles cuyos nombres no es necesario ahora mencionar.

El lunes siguiente, encontraron al condestable en la casa de un tendero, al que hubiera dado todo lo que hubiese querido con tal que le ayudase a escapar; pero hábilmente se marchó y fue a encontrar a monseñor de L´Isle Adam para decirle que un armañaqués se había escondido en su casa, que no sabía quién era, pero que aquel hombre le prometía mucho dinero; empero él prefería servir al duque de Borgoña y el dinero de este, por lo cual se lo denunciaba. Este fue a la casa y vio que aquel hombre era el condestable, al que solo a costa de grandes esfuerzo pudo conducir a la prisión porque el pueblo lo quería matar; fue, pues, conducido al Châtelet.

Al entrar aquellas gentes murieron solamente unos diez hombres, no más. A continuación, señor, después que el Delfín estuvo en la bastilla, subió a caballo y se dirigió a una ciudad que se llama Malun, donde estaba la compañía del preboste y tenía con él a siete compañeros; cuando llegó la hora de comer, encontraron que no tenían más que seis blancas, y en verdad, las cosas del Delfín no valían de cinco a seis sueldos.

Entonces el Delfín envió un mensaje al mariscal de Francia , Pierre de Rieux, que estaba en Méaux – en – Brie, a unas diez leguas de allí, conquistando las villas y castillos de los borgoñeses, con los setecientos hombres de armas que le acompañaban. En cuanto se recibió el mensaje del Delfín, partió este y nosotros tomamos el camino de Paris, pues el Delfín había dado orden de que allí fuésemos; llegamos al puente de Charenton, a dos leguas de París, donde encontramos al Delfín que ya había llegado. Éramos entre todos unos mil hombres de armas o un poco menos. Entonces, por mi fe, señor, no hay persona en el mundo que no se sintiera apiadada viendo al Delfín en el estado en que le hallamos: estaba en medio de un campo con otros dos personajes, sin armadura ni armas ni cota, con una pobre hopalanda y un más pobre birrete en la cabeza, despojado de todo su reino por sus propios vasallos, pues en verdad, en ese día se rebelaron más de veinte ciudades, por algunas de las cuales pasó él en persona, y nadie hubiese sospechado quién era, viéndole en este estado.


JUAN SIN MIEDO DUQUE DE BORGOÑA


Celebró su consejo, en el que no hubo muchos asistentes, como tampoco se acordaron muchas medidas, y lo que se decidió, aunque la necesidad más urgente hubiese debido ser asegurar la propia persona del Delfín, fue que, puesto que la bastilla de San Antonio le permanecía fiel, tratar de reconquistar por ella Paris, o perderlo todo antes de vivir así, teniendo en cuenta que, en Paris, había tantas gente de su parte como rebeldes, y que con los hombres de armas que allí había, o sea setecientos, nosotros, que éramos mil, nos impondríamos. Era esta una empresa de jóvenes temerarios más que de hombres razonables, pero con un impulso desesperado y para liberar al condestable, todos querían exponerse al martirio.

La cosa fue decidida y organizada del modo siguiente: aquella misma noche, que era el martes después de la rebelión de Paris, el mariscal de Francia con trescientos hombres de su compañía, debía entrar a pie en la bastilla, mientras el Delfín, que vendría con el resto de su tropa a caballo, se presentaría ante la Puerta de San Antoni9o. Los hombres de a pie saldrían el miércoles al alba, de la bastilla, y entrarían en Paris; mientras los unos defenderían el camino, los otros irían a abrir la Puerta de San Antonio, por la cual, si podía ser abierta, entraría primero el preboste de Paris con trescientos hombres en armas, visto que era muy temido en Paris, y todos, a caballo, recorrerían la ciudad. Después entrarían monseñor de Barbasán y Peyrón de Luppé con doscientos hombres de armas siguiendo el camino tomado por el preboste, y después el Delfín haría su entrada con otros doscientos hombres de armas. Una vez todos hubiesen pasado, se harían entrar las cabalgaduras nuestras, que íbamos a pie, y marcharíamos en seguimiento del Delfín.

El asunto estaba bien planeado, pero era más difícil de realizar que de combinar. No obstante, la cosa fue emprendida, y hacia medianoche entramos con el mariscal en número de trescientos hombres de armas a pie en la bastilla, y al alba, el Delfín se presentó ante la puerta. Entonces el mariscal que, en verdad, es un valiente y atrevido caballero, hizo una salida fuera de la bastilla y cien hombres recibieron la orden de ir a ganar la Puerta de San Antonio y abrirla; fueron , y encontraron a cincuenta hombres de la ciudad que la guardaban, y si no se hicieron con las llaves, abrieron la puerta y bajaron el puente levadizo.

Con el mariscal éramos doscientos hombres de armas, y mientras la puerta se abría, avanzamos, siguiendo el mejor orden posible, por la calle de San Antonio. El primer encuentro que tuvimos fue con los centinelas de los borgoñeses, cerca de las lombardas, que tiraban contra la bastilla; eran unos quince hombres de armas, y como los encontramos dormidos, los quitamos de en medio. Después, continuando nuestro avance, encontramos el gran retén, o sea, unos setenta u ochenta hombres de armas con un estandarte; tras su barrera comenzaron a defenderse, pero nosotros nos apoderamos de su estandarte, y por mi fe, creo que no escaparon muchos, visto que el mariscal no quería que se hiciese ningún prisionero, pensando que habría aún mejor faena por delante; derrotados estos, fuimos delante, y en otra barrera encontramos algunos hombres en actitud de defensa, pero, por su cortesía, no nos aguardaron, y en verdad, señor, entrábamos como en una ciudad abandonada, de suerte que recorrimos toda la calle hasta la iglesia de San Antonio. Allí nos detuvimos por dos razones; la principal, a causa de la fatiga, y a continuación porque habiendo perdido muchas de nuestras gentes en París todo lo que tenían, entraban en las casas para saquear, del tal modo que, por mi fe, señor, junto al estandarte del mariscal, donde nos habíamos detenido, no había cine hombres de armas.

En esta entrada cálculo que, en total, murieron, tanto de hombres de armas como de gentes de la ciudad, unos ciento cincuenta o doscientos, mientras que nosotros no perdimos un solo hombre.

Cuando los negocios hubieron llegado a este punto, la Puerta de San Antonio quedó abierta y el preboste entró, de lo que no tuvimos poca alegría, y avanzó más lejos que nosotros, hasta la Puerta Baudet; después entró monseñor de Barbasán que recorrió el mismo camino. Todo esto, señor, no se hizo sin que pasase mucho tiempo, durante el cual el gran rumor se esparció por París y se alzó la voz de que entraban los armañaques. Y lo que fue peor, y nos perdió, corrió la voz por la ciudad de que matábamos a los habitantes, como los borgoñones, y entrábamos a saco.

Entonces los hombres de armas de los borgoñones se reunieron, y con los de la ciudad, acudieron juntos a presencia del preboste. Y cualesquiera sean los intereses de quienquiera, solo diré a vuestra señoría la pura verdad; la cosa fue de tal manera que el estandarte del preboste, acompañado de otro seis, pues monseñor de Barbasán ya se había unido a él, volvió la espalda con todos sus hombres de armas: entonces fue una bella desbandada. En cuanto a nosotros, que íbamos a pie y esperábamos al Delfín que debía entrar, vuestra señoría puede imaginar cuál fue nuestra alegría cuando vimos huir a nuestros caballeros, estando nosotros fatigados y muy lejos de nuestro cuartel con la mitad de nuestro contingente dispersado por las casas; y lo que fue peor para nosotros es que, al retirarse, nuestras gentes nos encontraron en medio del camino, y en su prisa por pasar, no tuvieron con nosotros más consideraciones que a desconocidos; a galope tendido, pasaron por en medio de nosotros, derribando uno y otro aquí y allá, de tal manera que fueron nuestros mismos hombres quienes nos derrotaron, pues por mi fe, creo que sin ellos jamás los borgoñones nos hubieran hecho gran daño, pero cuando se replegaron, nos encontraron deshechos y por los suelos. Dios sabe como dieron sobre nosotros y con qué ferocidad. De la escolta del mariscal murieron en este lugar unos setenta hombres de armas, y nosotros, con la ayuda milagrosa de Dios, pudimos, en compañía del mariscal, retirarnos hasta la bastilla, pero en tal estado, que cualquier madre se hubiese apiadado de su hijo al verle así, pues en verdad no había un hombre que no hubiese sido maltratado hasta el punto de que, en todo el año, no servirá para nada.

Entre otros, el señor Francisco de Vilanova fue apresado por dos veces y a punto de ser muerto, si Dios y su valor no lo hubiesen impedido. Una vez que nos hubimos retirado de la bastilla, los borgoñones comenzaron a acercarse a nosotros, que aún no habíamos entrado todos, y comenzaron a atacarnos; algunos caballeros nuestros regresaron a la ciudad. Las escaramuzas duraron unas cuatro horas, y fueron tales que, por mi fe, señor, creo que a la última, entre los que nos atacaban por delante y los que estaba a nuestros flancos, teníamos hasta sesenta mil hombres en contra, pero la bastilla estaba bien provista de bombardas y  de ballestas y se les hizo mucho daño.

Al fin nos fue preciso retirarnos y regresamos a caballo al puente de Charenton, no demasiado felices de la manera como habían ido las cosas para nosotros, aunque ello no fuese nada asombroso; pero lo que es un verdadero milqagro es que uno solo haya podido escapar de topdos los que habían entrado, considerando que aquellos villanos nos perseguían como demonios.

Mientras habíamos vuelto al puente de Charenton, los borgoñones se dispersan por París, y creyendo que no habríamos emprendido semejante ataque sin tener espías en la ciudad, se apresuraron a matar a todos los que ellos pensaban ser nuestros cómplices; y de estos no hubo menos de unos quinientos, entre los cuales Aimery hermano del vizconde de Narbona, y aunque este día no matasen a ningún prisionero, he aquí como sucedió la muerte del tal Aimery; había sido detenido en la calle por la cual nosotros entramos, y viendo que le habíamos comprometido a armarse, a fin de que no s juntase, cuando los borgoñones llegaron, le encontraron armado y le mataron junto con cinco o seis más que habían hecho prisioneros con él.

Después, muy excelente señor, el jueves siguiente, los borgoñones hicieron pregonar por París que todos aquellos que tuviesen prisioneros los llevasen al Chàtelet o al Petit Palais, pues temían que el Delfín volviese de nuevo, y que si los prisioneros se rebelaban ocasionarían grandes disturbios. Y entonces los prisioneros fueron llevados con el condestable, al Petit Palais. Allí permaneció hasta el domingo 12 de junio con otros prisioneros en gran número.

En dicho domingo, el bajo pueblo de París, al que se había unido unos cuatro mil villanos llegados de fuera, de Senlis y de Pontoise, se sublevó. Invadieron las prisiones y mataron al condestable y a todos los demás prisioneros. Se esparcieron por la ciudad y mataron sin cuartel a los que creían ser del partido de los armañaques, y para mejor lograrlo se hizo correr el rumor de que todos los extranjeros debían morir, es decir, los bretones, gascones, castellanos y catalanes, lombardos y genoveses, de modo que hubo hasta cuatro mil muertos o más; el que quería mal a su vecino no tenía sino decir que era armañaques, pues el que lo decía primero de otro tenía ventaja sobre él. Han saqueado a todos los mercaderes lombardos y genoveses y una infinitud de otras casas, de modo que en París desde hace un mes no se ha abierto una tienda. Para los bienes materiales este es el menor de los males pues si unos los pierden los otros los ganan, pero en cuanto al asesinato sin ninguna razón, es cosa inhumana.


EL CONDE DE ARMAGNAC


Entre los hombres de primer rango cuya muerte se sabe están: el condestable, el señor de Peyra, el canciller de Francia, Ramonet de la Guerre, Malrigo de Saunyach, el señor de Luppia y una infinitud de otros caballeros; el bastardo de Orleans había sido apresado, no se sabe si ha muerto, pero corre el rumor de que han muerto todos los prisioneros.

Entre vuestros vasallos han sido apresados el bastardo Mercader, Antonio de Heredia y el Navarro; no sé si han muerto, pero temo mucho que hayan sufrido la suerte común. El señor Lorenzo había salido de París el viernes antes de la rebelión para irse a Pont de L´Arche donde estaba el señor de Graville, que se ha hecho borgoñón y ah despojado al señor Lorenzo; se le ha dejado venir con harto trabajo; ahora está en Meaux en Brie con una veintena de hombres de armas; en cuanto a los otros, no he podido saber de ellos; se ignora donde están y aquí se cuenta que el señor de Graville los ha retenido por fuerza.

Después, muy excelente señor, el Delfín se ha retirado a Bourges, en Berri, donde está ahora. Ha enviado correos al duque de Bretaña, al duque de Anjou y al conde de Foix, al conde Tonnerre y otros grandes personajes, para acordar lo que debe hacer, pero debe partir pronto para reunirse con el duque de Bretaña, a irá a Blois sur Loire.

De lo que sucederá, vuestra señoría será informada por mi carta. Con el delfín hay ahora mil hombres de armas. La mayor gracia que Dios nos hace es que entremos en verano, pues, por mi fe, señor, no nos ha quedado más que nuestras armaduras, y una sola hopalanda, pues todo lo que teníamos estaba en parís; por tanto, si alguno tiene negocios o dineros, que se guarde bien de llevarlos a París, pues si no, podría ser que se hallase solamente con una tropa, y no de buen paño.

Después muy excelente señor, el rey de Inglaterra, que recoge los frutos de todo esto, está con su vanguardia a doce leguas de París; ha sitiado y tomado dos ciudades que están sobre el Sena y se llaman Mantes y Vernon; y se cree que vendrá a Paris si puede; si no, en todo caso, les dará gran miedo, y creo que si Paris solo no le resiste, no hay nada en Francia que se le resista, vistas las disensiones que hay entre ellos.

En cuanto a la muerte del condestable, se dice que ha sido un golpe preparado por el duque de Borgoña que ha levantado al pueblo a fin de apartar las sospechas contra él; otros dicen que quienes están en París por el duque de Borgoña que ha levantado al pueblo a fin de apartar las sospechas contra él;  otros dicen que quiénes están en Paris por el duque de Borgoña son los promotores, temiendo que el Delfín encontrarse algún medio de entrar; otros dicen que el Papa y el duque de Saboya, que es hijo de la condesa de Armagnac, habían escrito al duque de Borgoña y a la reina de Francia que, en todo caso el condestable debía ser perdonado y que la reina y el duque lo habían bine querido, y que al saberlo los que habían sido desterrados de <parís montaron a caballo dirigiéndose a París y efectuando dicho levantamiento.

Quienquiera lo hay querido, la cosa se ha hecho, y he aquí, señor, que tanta gente ha hallado en ello la muerte y bien pocos de entre nosotros han escapado, no hay otra expresión del dolor entre esta gente ha muerto, no hablemos más de ello.

No hay nada más por ahora, muy excelente señor, que pueda yo escribir a vuestra señoría, si no es que me mande lo que le plazca como a humilde vasallo y servidor. Yo Aznar Pardo de la Casta en Bourges de Berri el 26 de junio.

Entonces, ese Perrinet Le Clerc, cuando ellos estuvieron dentro, cerró la puerta con llave, y después, viéndolos todos juntos, los arrojó por encima de la muralla; después comenzaron a caminar silenciosamente a caballo hasta muy cerca del Châtelet en cuyo lugar encontraron alrededor de cuatrocientos combatientes de dichos parisienses, dispuestos a marchar con ellos.

Y entonces concluyeron de común acuerdo asaltar varias residencias de los gobernadores del reino, y ordenaron dos bandas que marcharon por diversas calles, gritando en alta voz y diciendo además que los querían la paz fuesen, en armas, en su compañía. A cuyo grito fue pronto grande la multitud de pueblo, con lo que fueron, como se ha dicho, a invadir y asaltar varios hospedajes del rey, en Saint Pol, donde rompieron las puertas y ventanas, y tanto hicieron, que hablaron al rey, el cual estuvo contento de concederles todo lo que pedían. Y en seguida le hicieron montar a caballo y al hermano del rey de Chipre con él, y cabalgar con ellos por villa de París; y los otros fueron a la residencia del condestable para apresarlo; pero él estaba ya advertido y había huido en vestido anónimo refugiándose en la casa de un pobre hombre, muy cerca de su hospedaje, y algunos más se refugiaron en casa del canciller Ramonet de la Guerre, y fueron detenidos.

Entonces Tanneguy du Châtel, preboste de París, ante aquel pánico, inmediatamente huyó a casa del Delfín, a quin envuelto solamente en un lienzo, llevó a la bastilla de San Antonio. Con él se retiraron pronto muchas de sus gentes que oían el griterío que corría por la ciudad de París.

Además toda aquella noche, el primero y el segundo día, los mencionados señores, con sus gentes e infinito pueblo de París con ellos, registraron varias casas de los susodichos gobernadores yu de sus partidarios, que despojaron de todos sus bienes y tomaron prisioneros si número y los llevaron a Palacio, al Louvre, al Châtelet y a otros muchos lugares. Entre estos fueron apresados los obispos de Senlis, de Bayeux, de Cortances, el señor Héctor de Chartres, el señor Enguerrand du Martinet y otros sin número.

El lunes, alrededor de las seis, por orden del rey, al son de trompeta, fue desposeído Tanneguy de Châtel del prebostazgo de París, y en su lugar fue constituido para tal cargo Le Veau de Bar, baile de Auxois. Y para ser breves, diremos que todos los consejeros del rey, de la Cámara del Parlamento, del Consejo del Estado y otros burgueses de París que pertenecían al partido del conde de Armagnac, fueron saqueados, apresados o muertos cruelmente…

El pobre hombre en cuya casa estaba el conde de Armagnac fue a denunciarle a dicho preboste, el cual sin dilación fue allí y le encontró tal como le había dicho, y le hizo subir a su propio caballo a la grupa y le condujo al palacio con los otros que estaban prisioneros. Después de las cosas susodichas el señor TAnneguy de Châtel, lo más hábilmente que pudo, envió por el puente de Charenton, a Corbeil, a Melun, y de allí a Montargis, a Carlos, duque de Turena, Delfín. Y pronto hizo levantar en todo su bando gentes de armas que acudiesen a él a la Bastilla de San Antonio de París. Y en semejante coyuntura, el señor de L´Isle Adam y los otros grandes señores enviaron a buscar entre todos los partidarios del duque de Borgoña, hasta Picardía, gentes de armas para que vinieran sin lación a París, las cuales, en los días inmediatos acudieron en gran multitud.

Y así fue como el miércoles siguiente se produjo dicha toma de París, y el mariscal de Rieux, el señor de Barbasan y Tanneguy de Châtel y en total miul seiscientos combatientes, gente escogida, entraron en París por la Puerta de San Antonio, con intención de subyugar y reconquistar dicha villa de París; y una de las columnas se dirigió a la residencia del rey, en Saint Pol, por detrás, tratando de sorprenderle para apresarle y llevarlo con ellos.

Pero el día anterior se le había conducido, con todo su séquito, al castillo del Louvre; y los otros,, a estandarte desplegado, cabalgaron muy recio todos juntos, hasta delante del edificio de Oso, gritando a grandes voces:

“¡Viva el rey y el Delfín, y el condestable conde de Armagnac!”

A cuyo grito, súbitamente, los parisienses se reunieron en gran número, armados, con el nuevo preboste de París, el señor de L´Isle Adam y todas las gentes de armas que había en la ciudad, y vinieron vigorosamente y de todas partes a combatir a los susodichos, en cuyo lugar hubo muy áspera batalla, pero al fin, por la multitud de dichos parisienses que venían de todas partes, fue preciso que dicho mariscal de Rieux y su gente se retirasen a dicha bastilla, no sin pérdida, pues quedaron muertos en el sitio de tres a cuatrocientos de sus mejores hombres. Y de dichos parisienses y de los su partido murieron alrededor de cuarenta hombres, entre los cuales murió un gentilhombre llamado Harpin de Goy, que era señor de L´Isle Adam. Y después, Barbasan y Tanneguy du Châtel, viendo multiplicarse cada vez más su pérdida, pusieron cierto número de gentes en dicha bastilla; y después se retiraron unos a Meaux – en – Brien, otros a Corbeil, otros a Melun, y a otros lugares que les obedecían.