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viernes, 27 de febrero de 2015

LA BATALLA DE PAVÍA

CURIOSIDADES:




Corría el 24 de febrero de 1525 donde se iba a desarrollar la conocida como la batalla de Pavía donde las tropas francesas fueron derrotadas por las tropas del Emperador Carlos V. Abajo se reproduce los testimonios de dos franceses que presenciaron y batallaron ese día.

Mientras se hacían estas cosas, el condestable de Borbón hizo celebrar otro gran consejo para resolver y tener opinión de todos los capitanes de todo lo narrado y contenido en el último consejo  por él tenido, el cual no fue dada ninguna conclusión, como arriba se ha dicho. Este señor Borbón y sus susodichos capitanes, estando encerrados en una sala para celebrar este consejo, comenzaron a deliberar ampliamente sobre la proposición de Borbón, y habiendo debatido bien todo, se concluyó que deberían librar batalla al rey, lo cual hicieron, como se dirá a continuación.


INSTANTE DE LA BATALLA DE PAVIA TAPIZ DE VAN ORLEY SIGLO XVI


El rey advertido pronto de dicha conclusión, avisó a todas las gentes de armas alojadas lejos de él e hizo saber a todos los capitanes que él y sus gentes se tendrían dispuestos para cuando las trompetas y a tambores sonasen, se dirigiesen en el acto a sus banderas. Habiendo advertido todo, el rey dio orden de los lugares en que debían colocarse los hombres de a pie, según todas las naciones: suizos, lansquenetes, napolitanos, italianos, franceses, que estaban ordenados en las avenidas por donde podía psar dicho Borbón, y no en otra parte. Dispuso las gentes de armas, donde se debían colocar, tropa por tropa; las emboscadas ordenadas para los hombres de choque que constituirían la primera punta; estableció en varios lugares el emplazamiento de la artillería haciendo venir al gran maestre que estaba al otro lado del rio en el burgo de San Antonio, con cierto número de gentes de a pie y a caballo, retirarse dichas gentes de a pie y a caballo al campamento del rye, y después romper el puente de madera, cosa que él hizo.

Las dos partes, advertidas una de otra, a saber, el dicho Borbón, dispuesto a dar la batalla, y el rey, como se ha dicho, se había dispuesto y preparado para la misma, a defenderse, como magnánimo y poderosísimo rey cristiano. Borbón, un viernes, 24 de febrero de 1525, fiesta de San Matías, día en que el sol se levantó de buena mañana, hermoso a maravilla iluminando al celebrante de la misa matinal, las gentes del dicho Borbón comenzaron a dar alarma al campamento del rey; comenzaron a sonar trompetas, clarines y a tambores y cada uno se dirigió su enseña. Los capitanes de gastadores o pioneros condujeron cierto número de dichos hombres cerca de la muralla de Pavía, para excavarla con sus picos, palas y otros instrumentos apropiados; e hicieron tan bien su deber, que al poco tiempo hicieron derrumbarse un gran paño, por donde pasó una parte del ejército de Borbón para chocar y combatirla del rey. Así lo cuenta Sébastian Moreau, presente en la famosa batalla.

Ahora bien: no entraba en los planes del virrey de Nápoles ni del duque de Borbón el dar la batalla al rey, si no se presentaba la ocasión en su ventaja; sino solamente tratar de ganar la casa de Mirabel para retirar los hombres que allí dentro tenían en la ciudad y refrescarlos con nueva gente; de todos modos esto no podía hacerse sin pasar frente a nuestro campamento; y como el rey estaba acampado en lugar fuerte, se prepararon a dos efectos, a saber: si se les quería impedir el paso , y el rey salía de su fuerte con este fin, combatirle; de lo contrario, pasar, simplemente. Habiendo venido los imperiales a instalarse fuera del parque, del lado de la Cartuja, al alcance del cañón de nuestro campo, en cuyo lugar, pocos días después, comenzaron de noche a socavar la muralla del parque, de modo que dos días antes de la fecha, fiesta de San Matías, 1525, derribaron cuarenta o cincuenta toesas de dicha muralla; y habiendo caído esta, hicieron pasar por nuestro campo, por esta brecha, dos o tres mil arcabuceros españoles acompañados de algunos caballos ligeros, llevando cada uno una camisa blanca sobre su armadura para reconocerse, pues el día no clareaba aún; y después siguió a dichos arcabuceros un batallón de cuatro  mil, entre lansquenetes y españoles de las viejas bandas, mezclados, tras el cual marchaban tres batallones, uno de españoles y dos de lansquenetes, con dos grandes tropas de armados en las alas. Todos estos tomaron el camino de Mirabel dejando el ejército del rey a su izquierda, no queriendo, como ya he dicho, atacarlo, porque estaba situado en lugar demasiado ventajoso. Así lo vio otro presente, un tal Du Bellay.

Ahora se relata el inicio de la acción:

Llegando así la alarma al campamento del rey y viendo que eera preciso combatir, en el acto hizo sonar las trompetas y a tambores para que se fuese cada cual a su insignia y a los limites prescritos, sobre las avenidas de dicho Borbón, tal como se ha dicho más arriba. Cuando cada uno estuvo en su lugar y emplazamiento apropiado, las trompetas comenzaron a sonar de un lado y otro, dentro. ¡Oh, si los hubieseis visto hacer, mano a mano! Pero antes de chocar, la artillería del rey lanzó tan gran abundancia de tiros, que se veían volar por los aires los arnés de los enemigos, cabezas y brazos de gentes de a caballo y a pie, que se hubiese dicho el rayo mismo. Había también una batería de otro lado, que apuntaba a la avenida de los de a pie, que explotó igualmente, de modo que causaba estragos entre las gentes de a pie y lanzaba al aire cabezas, brazos, piernas y cuerpos, que era bien maravillosa y lastimera cosa de verse.

Precisa no olvidar el decir que la artillería de dicho Borbón no hizo su deber, de tirar contra el ejército del rey; hizo así por la gracia divina, porque estaba asentada en un lugar más alto que el campamento del rey. Por esta cusa, pasaron los proyectiles por encima de dicho campo sin hacer daño, sino bien poco. Así lo cuenta Sébastian Moreau.

Os he dicho más arriba que nuestros enemigos debían pasar frente a la cabeza de nuestro ejército, por lo cual el señor Jacques Galliot señor de Acié, senescal de Armignac, gran maestre de la artillería de Francia, había situado sus piezas en un lugar tan ventajoso para nosotros, que al paso de su ejército se veían forzados a correr en fila para ganar un valle en que ponerse a cubierto de dicha artillería; pues golpe tras golpe, hacían brechas en sus batallones, de modo que allí solo hubieseis visto brazos y cabezas volar. Lo cual motivó que el rey, viéndolos en hilera, creyó que el enemigo estaba en desbandada, con un informe que le fue dado de que la compañía del duque de Alençon y del señor de Brion habían derrotado algunos españoles que querían pasar a nuestra derecha, y habían ganado cuatro o cinco piezas de artillería ligera. Estas cosas, en conjunto, motivaron que el rey abandonase la posición ventajosa que tenía para salir en busca de los enemigos, de manera que cubrió su propia artillería y le quitó el medio de jugar su papel. Nos cuenta Du Bellay.


DISPOSICIÓN DE LAS TROPAS EN LA BATALLA DE PAVIA


Los imperiales, viéndose fuera del peligro de nuestra artillería, y al rey saliéndoles al paso, volvieron hacia él la cabeza de ataque que habían dirigido hacia Mirabel desbandado dos o tres mil arcabuceros entre su gente de armas. El rey, teniendo a mano derecha el batallón de sus suizos, que era su principal fuerza, marchó en derechura al marqués de Santangel que llevaba la primera tropa de los suyos, rompiéndola, y murió dicho marqués de Santangel. Pero los suizos, que de cuando en cuando debían atacar a un batallón de lansquenetes imperiales que respaldaban a dicha gente, en vez de venir a combate, se retiraron camino de Milán para ponerse a salvo. Nuestros lansquenetes, que no podían ser más de cuatro o cinco mil, de los que se encargaba, Francisco, señor de Lorena, hermano del duque de Lorena, y el duque de Suffolk Rosa Blanca, marcharon, la cabeza baja, derechos hacia el grueso del batallón imperial que iba en busca del rey. Pero siendo pocos en número, como he dicho, fueron envueltos por dos grandes batallones de alemanes, y combatiendo valientemente fueron deshechos; si los suizos hubiesen hecho otro tanto, la victoria estaba dudosa. Y murieron en dicho combate dicho Francisco señor de Lorena y el duque de Suffolk, y no menos mal lo pasaron sus soldados. Nos relata Du Bellay.

Cesando dicha artillería de uno y otro lado, comenzaron a llegar los españoles de a pie, que formaban la primera punta del campo de Borbón contra aquellos franceses, ya cansados y trabajados del combate, con los que tuvieron mucho que hacer. No obstante, en su socorro vino el duque de Suffolk y sus seis mil lansquenetes, que combatieron uno contra el otro muy valientemente que de uno y otro lado quedaron casi todos o muertos o heridos; en la cual batalla quedó muerto en el sitio el duque de Suffolk, casi todos sus capitanes y varios gentilhombres franceses, que habían avanzado con él a pie.

Mientras este combate se hacía, el rey, estando a caballo, armado, en triunfante orden y con la insignia de los gentilhombres de su casa cerca de sí, armados y pertrechados que nada les faltaba, tenía gran alegría de ver así combatir a los lansquenetes sin tomar aliento. En este instante vinieron los de a caballo de dicho Borbón, de otro lado, para atacar ciertos escuadrones de gentes de a pie, cosa que les hizo gran mal, y pasaron adelante, encontrando después una buena banda de gentes de armas que chocaron y hubo bastantes muertos y heridos.

Del otro lado estaba el dicho Borbón, bien acompañado de gentes de armas que fueron a chocar con la compañía del rey y lo hizo tan ásperamente que se dieron muchos mandobles. El rey, desde que vio venir al primero que quería chocar con él, que era el marqués de Civita Sancto Angelo, puso su lanza en ristre y chocó tan bien a dicho marqués que le traspasó completamente y cayó muerto. Después de este hecho, tomó su espada de armas y combatió mano a mano, no contra uno solamente  sino contra tres o cuatro que le acometieron a buenos golpes de maza, sin tener más que poco auxilio. Estando en esto, se gritó al señor de Alençon que era jefe o teniente general de un centenar de hombres armados situados en vanguardia, que viniesen en auxilio del rey, los cuales en el acto y a galope tendido acudieron. Pero la impedimenta que hallaron en el camino estorbó a muchos aunque de todos modos, muchos hubo que hicieron su deber. Así lo contempló Sébastian Moreau.

El rey, tal como he predicho, habiendo derrotado la primera tropa que halló, deshecho sus lansquenetes y retirados sus suizos, vio caer sobre si todo el peso de la batalla, de manera que al fin su caballo murió entre sus piernas, y él quedó herido en una. Y de los que estaban junto a él fueron muertos el almirante Bonnivet, el señor Luis de la Trimouille, de edad de setenta y cinco años; el señor Galeazo de Saint Severin, gran escudero de Francia, el señor Saint Severin, primer maestre de la casa real; el señor de Marafin, que era también  su primer escudero de escudería. Y fueron apresados el mariscal de Foix y el bastado de Saboya, gran maestre de Francia, los cuales murieron después, de las heridas recibidas. El conde de Saint Pol fue apresado junto al rey, herido en la cara y en otras partes, de manera que se le tuvo por muerto más que por vivo; de todos modos fue curado en Pavía a donde le condujeron. El mariscal de Chabannes con la vanguardia, combatía de la otra parte; y no tuvo mejor fortuna que los otros, pues estando nuestro ejército arruinado a más no poder, no hubo modo de que sostuviese el combate por su parte, por lo que sucumbió en el sitio, y la mayor parte de los que con él estaban tuvieron semejante fin.

El mariscal de Montmorency, que el día precedente había sido enviado con cien hombres de armas y mil hombres de a pie, franceses, que estaban, según creo a cargo del señor de Bussy D ´Amboise, y dos mil suizos de Saint Ladre para guardar un paso, llegando a este lugar permaneció en armas hasta apuntar el día y cuando oyó disparar la artillería se retiró para venir a juntarse con el rey, pero fue demasiado tarde. Incluso tuvo impedimento en hacer tal , pues fue envuelto y apresado antes de poder alcanzar el lugar a donde iba. También caía la ruina sobre nosotros.

Volvamos a donde he dejado al rey a pie. Habiendo caído por tierra, fue asaltado de todos lados, y exhortado de muchos a rendirse, cosa que no quería hacer; y siempre, mientras le duró el aliento, se defendió, aunque conocía que no podía resistir la voluntad de Dios; pero temía que, por las querellas que veía ya surgir entre los imperiales por el botín, al verle rendido, por despecho, entre unos y otros le matasen. Al instante, llegó el señor de Pompearant, del que he hablado, que se había ido con el señor de Borbón, por haber matado al señor de Chissé en Amboise; el cual, súbitamente, se puso en pie cerca del rey, espada en mano, e hizo retirar a todos de junto a su persona, hasta que llegase el virrey de Nápoles, a quien el rey se rindió. Tal como lo contempló Du Bellay.

Ya los enemigos se habían apoderado del rey, al menos mientras combatía, e hizo acto de verdadero Roland, a pie y a caballo, que no hay memoria de mayor valentía de príncipe ni mayor resistencia.  Los españoles y todo el campo de Borbón comenzaron a gritar a una: “¡Victoria!¡España!¡España!¡El rey está prisionero!” Y gritaban: “¡Es el rey!”.


DURO ES PARA UN REY RENDIRSE


Y espantándose las gentes del rey volvieron brida los de a caballo y de a pie para escapar; los unos hacia el Tesino para pasarlo vadeando, donde muchos se ahogaron; los otros tomaron el camino de Milán y los otros hacia Galleras, dejando a su valiente príncipe. Pero las gentes de bien que quisieron combatir de verdad y mostrarse tales como eran, hicieron tan grande hazaña que unos fincaron muertos y los otros heridos; por ejemplo, la Guiche, ese gentil y bravo capitán, le iba bien claras las cicatrices de la acción.

Dicho señor mirando tras sí después de haber recibido muchos golpes y defendiéndose hasta el extremo y no viendo junto a sí muchas gentes para socorrerle, no pudo menos que entregarse prisionero, y Dios le hizo tal gracia, considerando los grandes azares que había pasado. Entonces apareció el virrey de Napoles, Minguebal, nativo de Valenciannes, en Hainaut, uno de los más distinguidos del ejército del emperador, y algunos francés que estaban con él, que dijeron al rey sobre esta materia:

“Señor, nosotros os conocemos bien: rendíos, a fin de no haceros matar. Ya veis que no tenéis comitiva, y que vuestras gentes huyen y vuestro ejército está derrotado”.

Entonces el bueno y valiente príncipe, después de haberse defendido y haber guerreado tanto, como arriba se ha dicho, alzó la visera de su  yelmo no teniendo casi aliento ni resuello del esfuerzo con que se había puesto a combatir, se descalzó su guantelete y lo entregó a dicho virrey. Entonces le quitaron su casco y le entregaron un gorro de terciopelo, para  comenzar a tomar aliento. Trompetas, clarines, a tambores y pífanos en el campo de dicho Borbón hicieron pregonar y difundir la nueva de la victoria, y fue llevado a la dicha ciudad de Pavia. Así lo cuenta Sébastian Moreau.

Y como Francisco I envía un escrito a Luisa de Saboya, duquesa de Angulema, su madre y regente de Francia comunicando lo siguiente:

“Señora, para haceros saber cómo marcha el resto de mi infortunio, de todas las cosas solo me queda el honor, y la vida que está a salvo. Y para que, en vuestra adversidad, esta notica os dé un poco de consuelo, he rogado que me dejasen escribiros esta carta, lo que fácilmente me han concedido, suplicándoos no os dejéis arrebatar a ningún extremo, usando de vuestra acostumbrada prudencia, pues espero al fin que Dios no me abandonará, recomendándoos vuestros hijos pequeños y los míos y suplicándoos deis salvoconducto a este portador para regresar a España, pues se dirige al emperador, para saber cómo querrá que me traten. 

Y con esto, se recomienda muy humildemente a vuestra gracia vuestro muy humilde y obediente hijo. Francisco.