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miércoles, 11 de marzo de 2015

EL PASO HONROSO DE SUERO DE QUIÑONES TORNEO MEDIEVAL

CURIOSIDADES:




Diremos que El Paso Honroso fue unos de los torneos de justas más famosos que tuvieron lugar en España. A continuación exponemos como en 1434 un caballero leonés, Suero de Quiñones, con la previa autorización del Rey Juan II, mando publicitar allende Europa en sus cortes cristianas una serie de carteles informando a todos los caballeros que, siendo prisionero de su dama, no podría recuperar la libertad a cambio de romper trescientas lanzas en batallas en torneos de justas e instaba a todo caballero a combates singulares a prestarse ante esa empresa. Se fijó que la duración del torneo sería de un mes; quince días antes y quince días después de la fiesta de Santiago, en las proximidades del puente del río Órbigo, en el camino de Santiago.  A este torneo acudieron sesenta y ocho caballeros; alemanes, bretones, italianos, portugueses, valencianos, catalanes, aragoneses y castellanos; pero únicamente se rompieron ciento sesenta y seis lanzas.


PUENTE DEL PASO HONROSO


Estando,  pues, el nuestro muy alto y muy poderoso rey de Castilla, don Juan el segundo, con la muy ilustre y muy esclarecida, virtuosa y discreta señora doña Maria, su mujer, y con el excelente príncipe su hijo y heredero don Enrique, y con el magnífico señor don Álvaro de Luna, su criado, maestre de Santiago y condestable de Castilla, y con asaz de muchos otros hombres ilustres, prelados y caballeros de su magnífica corte, en la noble villa de Medina del Campo, viernes primero día de enero del año mil cuatrocientos y treinta y cuatro del nacimiento de nuestro Redentor, a la primera hora de lanoche, poco más o menos, estando en su sala con grandes fiestas y gasajado, el honorable caballero Suero de Quiñones con los otros nueve caballeros e gentiles homes desuso nombrados, armados todos en blanco, muy discretamente y con muy humilde reverencia llegó adonde el señor rey sentado estaba y besándole pies y manos, con un faraute que decían Avanguarda, le presentó una perición fecha en la siguiente guisa:

“Deseo justo y razonable es los que en prisiones o fuera de su libre poder son, desear libertad; y como yo, vasallo y natural vuestro, sea en prisión de una señora de gran tiempo acá, en señal de la cual todos los jueves traigo a mi cuello este fierro, según notorio sea en vuestra magnifica corte y reinos, y fuera de ellos, por los farautes que la semejante prisión con mis armas han llevado, agora pues, poderoso señor, en nombre del apóstol Santiago yo he concertado mi rescate, el cuál es trescientas lanzas rompidas por el asta con fierros de Milán, de mí y de estos caballeros que aquí son en estos arneses, según más cumplidamente en estos capítulos se contiene, rompiendo con cada caballero o gentil home que allí verná tres, contando la que ficiere sangre por rompida, en este añoi, del cual hoy es el primero día, conviene saber quince días antes del día del apóstol Santiago, abogado e guiador de vuestros súbditos, y quince días después, salvo si antes de este plazo mi rescate fuere cumplido. Esto será en el derecho camino por donde las más gentes suelen pasar para la ciudad donde su santa sepultura está, certificando a todos los caballeros y gentiles homes extranjeros que allí se fallaren que allí fallarán arneses y caballos y armas y lanzas, tales que cualquier caballero ose dar con ellas sin temor de las quebrar con pequeño golpe. Y notorio sea a todas las señoras de honor que cualquiera que fuere por aquel lugar do yo seré, que si no llevare caballero o gentil home que faga armas por ella, que perderá el guante de la mano derecha. Mas lo dicho se entienda salvando dos cosas, que vuestra  majestad real no ha de entrar en estas pruebas ni el muy magnifico señor condestable don Álvaro de Luna”.

La cual perición ansí leída por el nombrado Avanguarda, el rey entró en consejo con sus altos hombres, y fallando que la debía conceder y otorgar, la concedió y otorgó, como en ella se contiene, para que ansí el virtuoso Suero de Quiñones se pudiese delibrar de su prisión.

Suero de Quiñones envió a cortar mucha madera para hacer cadahalsos, liza y sala, y los maestros fueron a la cortar a los montes de los concejos de Luna y de Ordás y de Valdellamas, lugares del señorío del famoso y generoso caballero Diego Fernández de Quiñones, padre del dicho Suero de Quiñones, que son a cinco leguas lo más cercano de la puente de Órbigo y andivieron muchos maestros y trabajadores en la dicha labor, con trescientos carros de bueyes. Junto al camino francés estaba una graciosa floresta, por medio de la cual armaron los maestros una gran liza de madera, que tenía ciento y cuarenta y seis pasos en largo, y en altura hasta una lanza de armas y por medio de la liza estaba hecho un rincle de maderos fincados en tierra, de un estado de alto y por encima de ellos otro rincle de maderos a manera de verjas, como se hacen los corredores, y estaba a lo luengo de la tela por donde iban los caballos. En rededor de la liza ficieron siete cadahalsos y el uno estaba en él un cabo, cerca de la puerta de la liza por dónde entraba Suero de Quiñones y sus compañeros, para que desde él mirasen las justas cuando ellos no justaban. Adelante estaban otros dos cadahalsos, uno en frente de otro, y la liza en medio, desde los cuales miraban los caballeros extranjeros que viniesen a hacer armas, ansí antes de las hacer como después de hechas. Otros dos cadahalsos estaban en medio de la liza, uno frente del otro, y el uno para los jueces y para el rey de armas y farautes y trompetas y escribanos, y el otro para los generosos, famosos, honrados caballeros que viniesen a honrar el Honrado Paso. Loso tros dos cadahalsos estaban más adelante para otras gentes, y para los trompetas y oficiales de los caballeros y gentiles homes que al paso viniesen. A cada punta de la liza había una puerta, y por la una entraban los defensores del Paso, y allí estaban las armas  o escudo de los Quiñones puesto en su bandera levantada en alto, y por la otra entraban los aventureros que venían a se probar de armas, y también allí estaba enarbolada otra bandera con las armas de Suero de Quiñones.


MURAL DE LA HISTORIA DE SUERO DE QUIÑONES SITUADO EN EL HOTEL CONDE LUNA DE LEÓN


Allende lo dicho se hizo un faraute de mármol, obra de Nicolao Francés, maestre de las obras de Santa María de Regla de León, y le asentaron sobre un mármol, bien aderezado de vestidos y de sombrero, puesta la mano siniestra en el costado y tendida la mano derecha hacia do iba el camino francés, en la cual estaban unas letras que decían: “Por ahí van al Paso”. Fue puesto este faraute de piedra allende la puente que dicen de San Marcos de la ciudad de León, en el camino francés, arredrado cuanto sesenta pasos de la puente, y fue acabado de poner allí con asaz de costa sábado a diez de julio, que fue el primero día de las justas.

En el camino sábado sobredicho, quince días antes de Santiago, notificaron el rey de armas Portugal y el faraute Monreal al virtuoso Suero de Quiñones, a la puerta de la liza, estando presentes Pero Barba y Gómez Arias de Quiñones, jueces diputados, como en lugar de la puente de Órbigo estaban tres caballeros que venían a las pruebas del Paso Honroso el uno alemán, llamado Micer Arnaldo de la Floresta Bermeja, del marquesado de Brandemburg, en la alta Alemaña, hombre de hasta veinte y siete años, blanco y bien sacado. Los otros dos eran valencianos y hermanos, de otra tanta edad, cuyos nombres eran Mosén Juan Fabra y Mosén Per Fabra, hijos de Mosén Juan Fabra, señor de Chella.

Suero de Quiñones holgó mucho con la venida de aquellos caballeros, y más oyendo que parecían de gran hecho de armas, y les envió sus ruegos con el faraute y el rey de armas se viniesen a posar a sus tiendas, y ellos lo hicieron, a los cuales él recibió muy de respeto a la puerta de la liza, delante de los dos jueces sobredichos. Ellos le notificaron como, en virtud de sus carteles enviados por toda la cristiandad, se venían a probar con él; y que pues aquel era el primero día de los señalados para las justas, que comenzasen luego antes que otros viniesen.

Suero de Quiñones rogó a los dos hermanos que no le forzasen a pelear en domingo, y que porque el caballero alemán había quince día que tenía la vez esperando aquel día, los rogaba le diesen el primero lugar de justar. Los dos hermanos se lo concedieron todo, aunque  por haber ellos entrado primero en la liza que el alemán, se les debía el primero lugar, mas que por su ruego le cedían su derecho y esperarían al lunes siguiente para probar con él.

Luego los jueces, Pero Barba y Gómez Arias, requirieron al faraute y al rey de armas que, conforme a las condiciones publicadas acerca de la guarda del Paso Honroso, quitasen las espuelas derechas a los tres caballeros, porque habían pasado cincuenta pasos dentro de la liza, hasta que hobiesen de comenzar las justas, cuando se les habían de restituir a todos.

Las espuelas les fueron quitadas y colgadas con acto solemne sobre un paño francés que estaba en el cadahalso de los jueces; y los tres caballeros hicieron homenaje a los jueces de estar allí hasta probar el aventura, si les guardasen las condiciones de los carteles.


LA ORGANIZACIÓN DE UN TORNEO EN EL SIGLO XV CON LA LIZA Y LOS CADAHALSOS QUE SE ARMABAN PARA SU CELEBRACIÓN


Otro día, domingo a once de julio, al amanecer, comenzaron a renosar las trompetas y otros ministriles altos y a mover y azorar los corazones de los guerreros para las armas jugar. Y Suero Quiñones y sus nueves compañeros se levantaron, y juntos oyeron la misa en la iglesia de San Juan, en el hospital que allí está de la orden de San Juan; y tornados a su albergue salieron poco después para recibir su campo y liza en la manera siguiente. Suero de Quiñones salió en un caballo fuerte con paramentos azules, bordados de la devisa y fierro de su famosa empresa, y encima de cada devisa estaban bordadas unas letras que decían: “Il faut deliberer”. Y él llevaba vestido un falsopeto de aceituní, vellud vellutado, verde brocado; sus calzas eran de grana, italianas, y una caperuza alta de grana, con espuelas de rodete, italianas, ricas y doradas, en la una mano una espada de armas, desnuda dorada. Llevaba en el brazo derecho, cerca de los morcillos, su empresa de oro, ricamente obrada, tan ancha como dos dedos, con letras azules alrededor, que decían: “Si vous noe plaist de ouyr mesure, certes, je di que je sui sans venture”.

Y tenía también de oro unos bolloncillos redondos alrededor de la mesma empresa. Llevaba su arnés de piernas y brazales con muy fermosa continencia. En pos del cual iban tres pajes en muy fermosos caballos. Delante de Sueros de Quiñones iban sus nueve compañeros de su empresa, uno en pos de otro a caballo.

Con tal orden entró Suero de Quiñones en la liza, y dio las dos vueltas, y a la segunda hizo su parada con sus nueve compañeros delante del cadahalso de los dos jueces y allí los requirió que sin respeto a amistanza o a enemistanza juzgasen de lo que allí pasase, igualando las armas entre todos y dando a cada uno la honra  y prez que mereciese por su valentía y destreza.

Como el lunes siguiente quiso amanecer, las músicas comenzaron su alborada, moviendo los humores de los peleadores para les poner mayor brío y esfuerzo en sus corazones, y los dos jueces subieron a su cadahalso, y con ellos el rey de armas y el faraute y Banda y Cintra, porsevantes, y también las trompetas y los escribanos para dar testimonio de lo que los justadores ficiesen.

Antes que otra cosa saliese al campo, salieron los nueves compañeros de Suero de Quiñones en la defensa del Honroso Paso, reclamando de que su capitán Suero hubiese subsistido a los tres caballeros susodichos en su lugar, si él faltase. Luego fueron a la gran tienda donde Suero de Quiñones tenía su capilla y altar con preciosas reliquias y ricos ornamentos, el cual, con ellos y con el almirante don Fadrique y otros principales caballeros,  oyeron misa de algunos religiosos de la orden de los Predicadores que allí tenía Suero de Quiñones, y le decían cada día tres misas, una al amanecer, tora a la hora de prima y la tercera a hora de tercia. Salidos de esta tienda se fueron a otra, donde sus armas tenían para ser armar, y Suero mandó venir los jueces allí para que viesen de qué armas se vestía, y vistas estas los envió a la tienda en que se armaba el caballero alemán, al cual ya llamamos Micer Arnaldo de la Floresta Bermeja; y llegados allá les fue dicho que se sentía mal de una mano, mas el teniendo en poco aquel inconveniente, dijo que antes querría a la muerte que dejar de hacer aquellas armas; y mostró sus armas y caballo, que se aprobaron por los jueces, sin embargo que el caballo era mejor que el de Suero.

Los jueces proveyeron de gente de armas que asegurase el campo igualmente a todos, y fueron treinta buenos escuderos con asaz de ballesteros y de piqueros, cuyos capitanes fueron Diego Gónzalez de Aller y Pero Sánchez de la Carrera. Los jueces fueron a su cadahalso, mandaron poner a par de sí pieza de lanzas mayores, medianas y menores con fuertes fierros, de que cada uno pudiese escoger la que más le atalantase. Los dichos jueces mandaron, y mucho contra voluntad de Suero de Quiñones, que las lanzas se corriesen arrancando los caballeros con ellas puestas en ristre y no sobre el muslo, en lo cual consintió fácilmente Micer Arnaldo alemán.

Suero de Quiñones vino a la liza muy acompañado y con mucha música, y poco después entró el alemán acompañado de los dos hermanos Fabra, valencianos, y de otros caballeros que le quisieron honrar y con buena música. Y al punto los dos jueces mandaron al rey de arma sy al faraute dar una grida o pregón que ninguno fuese osado, por cosa que sucediese a ningún caballero, dar voces o aviso o menear mano ni facer seña, so pena de que por hablar le cortarían la lengua y por hacer seña le contarían la mano.

 Al caballero alemán tornaron la espuela que le habían quitado el sábado antes. Aquí mandaron los jueces sonar toda la música con grandes estruendos y en tono rasgado de romper en batalla, y mandaron luego al rey de armas y al faraute dar otra grida, en esta manera: “¡Lexe les aler, lexe les aler, e fer son dever!”.
 
Los caballeros arrancaron al punto, sus lanzas con los ristres, y Suero encontró al alemán en el arandela y salió de ella y tocóle en el guardabrazo derecho y desguarnecióselo y rompió su lanza en él por medio. El alemán le encontró a él en el guardabrazo izquierdo y desguarnecióselo y levóle un pedazo del borde, sin romper la lanza. Y tomó el alemán un común revés ansí por el encuentro que dio como por el que recibió, según vista de los jueces y del rey de armas y el faraute. Tenía Suero de Quiñones entonces veinte y cinco años de edad, como el alemán veinte y siete.

En la segunda carrera encontró Suero al alemán en el cabo del plastrón, y no le falsó, y salióle la lanza por so el sobaco, con que todos pensaron quedar ferido, por cuanto el alemán dijo en recibiendo el encuentro: “¡O las!”, e desguarneció el guardabrazo derecho sin romper lanza. El alemán la encontró en la babera del almete, rompiendo allí su lanza dos palmos del fierro, e ambos dos pasaron con muy buen continente, sin muestra de revés.

A la carrera tercera encontró Suero de Quiñones al alemán en la guarda de la manopla izquierda y falsósela y apuntóle el fierro con la punta de ella y desguarneciósela, sin romper lanza e sin revés en alguno de ellos; y el alemán faltó del encuentro.

En la cuarta carrera encontró Suero al alemán en el guardabrazo izquierdo, y no prendió ni rompió lanza, y el alemán no encontró.

En la quinta carrera faltaron ambos de se encontrar; mas en la sexta Suero encontró al alemán en mitad de la falda del guardabrazo izquierdo en derecho del corazón, y entró al fierro de la lanza en el guardabrazo y calóse hasta la mitad, mas no le falsó del todo, y rompió su lanza por medio; y el alemán no encontró.

Luego subieron al cadahalso donde los jueces dieron sus justas por cumplidas pues habían rompido tres lanzas entre ambos, y les mandaron salir de la liza. Y Suero convidó a cenar al alemán, y ambos fueron llevados muy acompañados y con mucha música a sus posadas, y Suero se desarmó en público.


Y SUERO DERRIBÓ A SU OPONENTE


Viernes siguiente, a seis de agosto, por la mañana entró en el campo presentándose a los jueces para probar el aventura, Mosén Francés Pedro Baste, aragonés de la casa de mosén Juan de Barbaji, e habiendo fecho las solemnidades acostumbradas, fue admitido para la prueba. Luego entró en la liza Suero, fijo de Álvar Gómez de Quiñones, por defensor, aunque malsano de la ferida que ya escribimos haber recebido; y por conquistador el desdichado Esterbe de Claramonte, aragonés, los cuales corrieron la primera vez sin encontrarse, mas en la segunda el aragonés encontró a Suero en el arandela y de allí surtió al guardabrazo derecho y se le desguarneció, sin romper lanza ni tomar revés alguno de ellos. Tras lo cual corrieron otras cuatro carreras sin encuentros.

El aragonés traía un caballo que al tiempo del encuentro se apartaba, y por eso pidió el caballo en que andaba su contrario Suero, pareciéndole más concertado; y Suero se le dio por gentileza y por ser constitución de la guarda del Paso Honroso. Mas, quien tales mejoras buscaba, fuera estaba de buscar los mayores peligros con igualdad para ganar mayor honra, que era el fin de esta aventura. Hallándose ambos a caballo, corrieron la séptima carrera, y Suero firió al aragonés encima de la vista del almete, y doblóle la lanza sin la romper, y sin ellos recibir revés; y a la carrera octava Suero tornó a encontrar al aragonés en el guardabrazo izquierdo y desguarneciósele, dejando la punta de la lanza en él y el fierro abrió, del gran encuentro, y rompió su lanza en piezas, sin revés en alguno de ellos.

A la novena y triste carrera tornó Suero a encontrar al miserable caballero Claramonte, y diole por la visera del almete, metiéndole todo el fierro de la lanza por el ojo izquierdo hasta los sesos, y rompió allí su lanza un palmo del fierro. Claramonte bajó tanto su lanza que firió en la tierra y metió el fierro por ella y quebróla; y ansí ayudado de ambos encuentros, dado y recebido, fue fuera de la silla recostado en el caballo, hasta el fin de la liza, donde del todo cayó del caballo en tierra, y sin fablar palabra expiró luego.

Como le quitaron el almete falláronle el ojo derecho tan hinchado como un gran puño, y su cara parecía de hombre muerto ya de dos horas. 

Grandes llantos ficieron por el desdichado defuncto todos los aragoneses y catalanes que allí se fallaron, y Suero de Quiñones no menos., empero más agramente Suero el que le mató, doliéndose en el alma de tan gran desventura.

Suero de Quiñones procuró todas las honras que puedo para el cuerpo muerto, y para lo del alma no lo puso en olvido, antes envió por su confesor el maestro fray Antón y por los tros religiosos que allí tenía para administrar los sacramentos, y rogándole que cantasen un responso sobre el cuerpo muerto, según la costumbre de la santa Iglesia, como si él fuera el muerto.

El maestro le dijo que la santa Iglesia no tiene por hijos a los que mueren en tales ejercicios, porque no se pueden facer sin pecado mortal., ni ruega por ellos a Dios, como dejándolos por condenados, de lo cual dispone el Derecho Canónico en el título de los torneos; mas por ruego de Suero fue con su carta al obispo de Astorga a le suplicar diese licencia para le sepultar en sagrado; y prometió Suero, si la licencia se daba, de le llevar a León y enterrarle en la capilla de su linaje de Quiñones, que tenía en San Isidro. Y entre tanto llevaro al cuerpo a una ermita de Santa Catalina que está en la puente de Órbigo, al cabo, como van de Astorga para León. Y allí estuvo hasta la noche, cuando tornó el maestro sin licencia; y ansí le enterraron fuera de sagrado, cerca de la dicha ermita, con la mayor honra que pudieron, y con muchas lágrimas de la caballería que allí se falló.


FUENTE_PEDRO RODRÍGUEZ DE LUNA