Translate

lunes, 16 de marzo de 2015

BONAPARTE EN EL 18 BRUMARIO ANTESALA DEL GOLPE DE ESTADO


CURIOSIDADES:




Ya cornet, que preside la comisión de los Ancianos, hace proceder misteriosamente, en su despacho, a la convocación clandestina, para las cinco de la mañana, de los miembros que están en secreto de la conjuración o sobre los cuales puede contar. Ambas comisiones que se habían reunido en permanencia. La convocatoria ostensible de los diputados de  los Ancianos se hizo para las diez de la mañana y de los Quinientos para mediodía. Este último consejo se vería en la obligación de levantar la sesión después de la simple lectura del decreto de traslación cuyo voto dependía de los Ancianos. Yo lo había dispuesto todo para ser advertido a tiempo de lo que sucedería, en las comisiones, en casa de Bonaparte o en el Directorio.


NAPOLEON BONAPARTE

A las ocho de la mañana me entero de que el presidente de la comisión de los Ancianos, después de formar en convocatoria extraordinaria y una mayoría ficticia y de pronunciar una hinchada arenga diciendo que la República se halla en el mayor peligro, propone transferir los consejos a Saint – Cloud entregando a Bonaparte el mando en jefe de las tropas. Subo en seguida a mi coche, voy a las Tullerias donde me entero de que el decreto ha sido promulgado y llego hacia las nueve a casa de Bonaparte, cuyo partió está ya ocupado militarmente. Todas las avenidas estaban llenas de oficiales y generales y su casa no era suficiente para contener la multitud de amigos y adictos. Entré en el gabinete ovalado donde esta Bonaparte, que esperaba con impaciencia, con Berthier y el general Lefèvre, la resolución del Consejo de los Ancianos. Me anticipé a notificarle la aprobación del decreto que le favorecía y le reiteré mis protestas de adhesión y celo avisándole que iba a mandar cerrar las barreras e impedir la salida de correos y diligencias. Pero él me respondió, mientras entraban algunos generales:

“Todo es inútil, pues ya podéis ver que la concurrencia de ciudadanos y héroes que acuden en torno mío confirma que es con la nación y por la nación que yo obro. Sabré hacer respetar el decreto del Consejo y mantener la tranquilidad pública”.

En aquel preciso instante aparece Josefina y le anuncia, con aire contrariado, que el presidente Gohier ha enviado a su esposa, pero no se presentará en persona. Bonaparte insiste:

“Que le escriba Madame Gohier que acuda inmediatamente…”

Bonaparte, saliendo de su gabinete, da a conocer a sus adictos el decreto que le nombra general en jefe. Se dirige luego con imponente tropa a los campos Elíseos después de recomendarme que fuera a averiguar el partido que tomaría el Directorio al recibir el decreto de traslado.


NAPOLEON CON SUS TROPAS EN WATERLOO SERÍA ALGO PARECIDO AL TRASLADO A LOS CAMPOS ELISEOS

Me dirigí primero a casa, donde di orden de poner en forma de carteles una proclama firmada por mí, en el sentido de la revolución que había comenzado. Después fui al Luxemburgo.

Eran poco más de las nueve y encontré allí a Moulins y Gohier formando la mayoría del Directorio, con Barrás, en una completa ignorancia de lo que ocurría en París. Madame Tallien había ido a ver a Barrás notificándole que Bonaparte había actuado sin él. El indolente epicúreo le respondió:

“¿Qué queréis? Ese se nos ha metido a todos en el bolsillo”.

De todos modos, siempre con la esperanza de negociar, le envía a su scretarío íntimo, Botot, para preguntarle modestamente lo que puede esperar de él. Botot encuentra a Bonaparte en un mal momento, a la cabeza de las tropas, y recibe esta dura contestación:

“¡Decid a ese hombre que no quiero verle más!”.

Acababa de enviarle a Talleyrand y a Bruix para pedirle su dimisión. Yo entré en el  Luxemburgo y anuncié al presidente el decreto que transfería y anuncié al presidente el decreto que transfería las sesiones del Cuerpo Legislativo al castillo de Saint – Cloud.

“Me asombra que un ministro del Directorio se transforme así en mensajero del Consejo de los Ancianos”, dijo Gohier enfadado.

“He creído un deber participaros resolución tan importante y al mismo tiempo he creído conveniente venir a recibir órdenes del Directorio”. Le respondí. 

“Era mayor vuestro deber”, respondió con voz alterada él, “ de no permitir que ignorásemos las intrigas criminales que han conducido a semejante resolución. En vuestra calidad de ministro de Policía debisteis darnos a conocer todos esos concilios.”.

“Pero al directorio no le han faltado informaciones. Incluso me he servido de caminos tortuosos comprendiendo que no contaba con toda la confianza. El directorio no ha querido nunca creer mis advertencias. Por otra parte: ¿acaso no ha partido el golpe de su propio seno?”.

“La mayoría está aquí, en el Luxemburgo. Y si el Directorio tiene que dar órdenes, encargará su ejecución a hombres dignos de su confianza”. Replicó Gohier con viveza.

Entonces me retiré y Gohier se apresuró a convocar a sus dos colegas, Barrás y Moulins. Yo acababa de subir de nuevo a mi coche cuando vi llegar al mensajero de los Ancianos llevando al presidente la comunicación de que debían trasladarse a Saint – Cloud. Gohier se dirige en el acto a casa de Barrás y le hace prometer juntarse a él, y a Moulins, en la sala de deliberaciones, para aconsejar a cualquier partido.

Pero la perplejidad de Barrás era tal que sentía incapaz de adoptar una resolución enérgica. No tardó en olvidar las promesas hechas a Gohier, ante las amenazas de Talleyrand y de Bruix que le llevaban el mensaje de Bonaparte. Después de asustarle un poco le hicieron halagadoras promesas diciéndole que se le permitiría continuar su vida cómoda y alegre si renunciaba al peso de una autoridad que de todos modos se le escapaba de las manos. Talleyrand le llevaba ya una carta redactada de antemano para que la firmase, anunciando que estaba decidido a volver a la vida privada. Colocado así entre el temor y al esperanza, Barrás acabó por firmar lo que le presentaron y después de ponerse a discreción de Bonaparte, abandonó el Luxemburgo y aprtió para las tierras de Brosbois, escoltado por un destacamento de dragones.


PAUL FRANÇOIS JEAN NICOLAS VIZCONDE DE BARRAS

Así fue como, a primera hora de la mañana, no existía ya mayoría en el Directorio. Llega Dubois de Crancé, que persistiendo en su oposición solicita de Gohier y Moulins la orden de detener a Talleyrand. Barrás y otros principales conjurados, encargándose él, como ministro de la Guerra, de detener a Bonaparte y a Murat en el mismo camino de Saint – Cloud. Tal vez los directores, al fin desengañados, hubiesen llegado a ceder si Lagarde, secretario general que estaba ganado a la conspiración, no hubiese declarado que rehusaría dar el visto bueno a todo decreto que no tuviese mayoría.

“Además, ¿cómo queréis que haya en Saint – Cloud una revolución? Tengo aquí conmigo, en mi calidad de presidente, los sellos de la República”.

Moulins añadió que Bonaparte iba a comer con él en casa de Gohier y que pronto vería lo que llevaba en el corazón. Yo tenía ya, desde hacia tiempo, calificados a estos dos hombres tan poco aptos para gobernar el estado. Nada podía compararse a su ceguera a su inepcia. Se puede decir que se traicionaron a sí mismos.

Los sucesos habían comenzado a desarrollarse. Bonaparte, a caballo, seguido de numeroso Estado Mayor, se había dirigido a los Campos Eliseos donde estaban en formación varios cuerpos de tropa. Fue después a las Tullerias con un tiempo magnifico, en que se pudo desplegar una imponente parada guerrera. Fue saludado por las aclamaciones de ciudadanos y militares y presentándose ante el Consejo de los Ancianos eludió prestar juramento a la Constitución. Después, saliendo del castillo fue arengar a las tropas dispuestas a obedecerlo. Allí se entera de que el Directorio está desorganizado, que Sieyés y Roger Ducos ahn venido a dimitir ante la comisión de inspectores de los Ancianos, y que Barrás, coaccionado y rompiendo la mayoría, está en vísperas de suscribir las condiciones de su retirada. Pasando a las comisiones de los inspectores reunidos, el general encuentra allí a Sieyés, Roger Ducos y varios diputados de su partido. Siguen Gohier, presidente del Directorio, con su colega Moulins, que rehúsan su adhesión a lo que está ocurriendo. Gohier y Bonaparte se traban de palabras.


ROGER DUCOS

“Mis proyectos  no son hostiles; la República está en peligro; es preciso salvarla, ¡lo quiero así!”.

Al instante llega la noticia de que el barrio de Saint Antoine está agitado por obra de Santerre. Era pariente de Moulins. Bonaparte se vuelve hacia este, le interpela sobre el rumor que acaban de traer, y le dice:

“Mandaré un destacamento de caballería a matar a Santerre si mueve un solo dedo”.

Moulins trata de apaciguarle diciendo que Santerre es incapaz de arrastrar cuatro hombres consigo. En efecto: no era ya el mismo hombre de la insurrección de 1792. Yo, por mi parte, dije que no había ni sombra de movimiento popular y que respondía de la tranquilidad de París. Gohier y Moulins no tienen otro recurso que amainar velas y regresan al Luxemburgo para ser testigos de la defección de su guardia. Se presenta allí el general Moreau y los coloca en estado de sitio, pues Bonaparte ha dado ya órdenes que ponen en su poder todos los edificios públicos. Todo camina sin obstáculos.

Al anochecer hubo consejo en la comisión de inspectores, bien para preparar los ánimos a los hechos del día siguiente, bien para planear lo que había de suceder en Saint – Cloud. Yo estaba presente y vi allí por vez primera al descubierto y uno frente al otro los partidos unidos en el mismo fin, pero uno de los cuales parecía ya asustado del ascendiente que tomaba el partido militar. Se discutió mucho al principio sin entenderse demasiado y sin concluir nada. Todo lo que proponía Bonaparte o hacia proponer por sus hermanos olía a dictadura de sable. Los hombres de la legislatura que se habían lanzado a su partido venían a hablarme aparte y a hacérmelo notar.
“Pero ya está hecho; el poder militar está en manos el general Bonaparte; sois vosotros mismos quienes se lo habéis entregado, y no podríais dar un paso sin su dictadura”.

Pronto vi que la mayoría hubiesen querido retroceder, pero ya no había modo. Los más timoratos se apartaron y cuando nos hubimos desembarazado de los inseguros y los miedosos, se convino establecer tres cónsules provisionales, a saber: Bonaparte, Sieyés y Roger Ducos. Sieyés propuso en seguida mandar detener a unos 40 oponentes o supuestos tales. Hice decir a Bonaparte, por conducto de Real, que no consintiese en ello, y en los primeros pasos en la carrera del poder supremo, que no se entregase a los furores de un abate resentido. Me comprendió y alegó que el expediente era demasiado prematuro, pues no habría oposición ni resistencia.

“Ya lo veréis mañana en Saint – Cloud”. Respondió Sieyés, amoscado.


JOSEPH SIEYÉS

Confieso que yo tampoco estaba muy seguro del desenlace de la jornada del día siguiente. Todo lo que oía estaba de acuerdo en que los autores del movimiento no podían contar ya con la mayoría de los miembros de ambos Consejos. Todos tenían la idea de que se pretendía destruir la Constitución y establecer el poder militar. Incluso una gran parte de afiliados rechazaban la dictadura y se jactaban de conjurar. Pero ya Bonaparte ejercía una influencia inmensa fuera y en la esfera de estas autoridades vacilantes; Versalles, París, Saint – Cloud y Saint – Germain se adherían a su revolución, y su nombre entre los soldados era un auténtico talismán…



ENLACES RELACIONADOS:
 

FUENTE_JOSEPH FOUCHÉ