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viernes, 20 de marzo de 2015

BONAPARTE GOLPE ESTADO 19 DEL BRUMARIO


CURIOSIDADES:





Al día siguiente, temprano, el camino de París a Saint – Cloud quedó cubierto de tropas, de oficiales a caballo, de curiosos, de coches llenos de diputados, funcionarios y periodistas. A toda prisa se habían preparado las salas para ambos Consejos. Pronto nos dimos cuenta de que el partido militar, en ambos Consejos, estaba reducido a un pequeño número de diputados más o menos entusiastas del nuevo orden de cosas… 

La sesión se abrió en los Quinientos que presidia Luciano Bonaparte, por un discurso insidioso de Emile Gaudin que tendía a hacer nombrar una comisión encargada de presentar en el acto una memoria sobre la situación de la República. Emile Gaudin, en su proposición concertada, pedía además que no se tomase una determinación cualquiera antes de haber oído la declaración de la comisión propuesta. Boulay de la Meurthe tenía ya preparado el documento.

Pero apenas Emile Gaudin hubo hecho su proposición, una espantosa tempestad agitó toda la sala. Los gritos de “¡Viva la constitución!¡Nada de Dictadura!¡Abajo el dictador!” se hicieron oír en todos lados. A proposición de Deibrel, apoyada por Grandmaison, la asamblea, levantándose por entero a los gritos de “¡Viva la República!” decidió renovar individualmente el juramento de fidelidad a la Constitución. Juraron todos, incluso aquellos que habían venido con el propósito de destruirla.

La sala de los Ancianos estaba casi tan agitada como la otra; pero el partido de Sieyés y Bonaparte, que quería apresurarse a erigir un gobierno provisional, estableció de hecho por una falsa declaración de Lagarde, secretario general del Directorio, que todos los directores habían dimitido. En el acto, los oponentes piden que se trabaje para substituir a los dimisionarios en las formas prescritas.


NAPOLEON IRRUMPE EN LA ASAMBLEA Y ES ABORDADO POR ARENA DE REFFET

Bonaparte, advertido de esta doble tempestad, juzga que ya es tiempo d entrar en escena. Atraviesa el salón de Marte y entra en el Consejo de los Ancianos. Allí, en un discurso verboso y entrecortado, declara que ya no hay gobierno y la Constitución no puede ya salvar a la República. Exhortando al Consejo que se apresure a adoptar un nuevo orden de cosas, protesta que no quiere ser sino el brazo encargado de sostener y hacer cumplir las órdenes del Consejo.

Esta arenga, de la que solo doy la substancia, fue pronunciada sin orden ni concierto; revelaba la agitación de que era presa el general, que tan pronto se dirigía en sus palabras a los diputados, tan pronto a los militares que se habían quedado en la puerta de la sala. Tranquilizado por algunos gritos de “¡Viva Bonaparte!” y por el asentimiento de la mayoría de los Ancianos, salió de la sala esperando causar la misma impresión en el otro Consejo.

No las tenía todas consigo sabiendo lo que había pasado, y con qué entusiasmo se había jurado fidelidad a la Constitución Republicana. Acababa de decretarse allí un mensaje dirigido al Directorio. Se proponía pedir a los Ancianos la comunicación de los motivos de la translación a Saint – Cloud, cuando se recibió la comisión del director Barrás, transmitida por el otro Consejo. Esta dimisión, ignorada hasta entonces, causó un gran asombro en la Asamblea. Se la consideró como resultado de una profunda intriga. En el mismo instante en que se debatía la cuestión de si la dimisión era legal y formal, llega Bonaparte seguido de un pelotón de granaderos. Con cuatro de ellos, avanza y deja el resto a la entrada de la sala. Envalentonado por la recepción de los Ancianos, presumía adormecer la fiebre republicana que agitaba a los Quinientos. Pero apenas penetra en la sala cuando la mayor agitación se apodera de la Asamblea. Todos los miembros, en pie, destacan con gritos la profunda impresión que les causa la aparición de las bayonetas y del general que viene, con aparato militar, al templo de la legislatura:


NAPOLEON ABUCHEADO EN EL CONSEJO DE LOS QUINIENTOS

“¡Estáis violando el santuario de las leyes!¡Retiraos!” le dicen varios diputados.

“¿Qué hacéis temerario? Le grita Bigonnet.

“¿Para esto has venido?” Le dice Destrem.

En vano Bonaparte llega a la tribuna y quiere balbucear algunas frases. De todas partes oye repetir gritos de “¡Viva la Constitución!¡Viva la República!” De todos lados le apostrofan “¡Abajo Cromwell!¡Abajo el Dictador!¡Abajo el tirano!¡Fuera de la ley el dictador!” Gritan los diputados furiosos. Algunos se lanzan sobre él y le empujan diciendo: “Harías la guerra a tu patria”. Uno de estos, Arena, hasta le enseña un puñal.

Los granaderos, viendo palidecer y vacilar a su general, atraviesan la sala para protegerle. Bonaparte se echa en sus brazos y se lo llevan. Ya desembarazado, pero perdiendo la cabeza, sube a caballo, toma el galope y dirigiéndose hasta el puente de Saint – Cloud grita a sus soldados:
“¡Han querido matarme!¡Han querido ponerme fuera de la ley!¡No saben que soy invulnerable!¡Qué soy el dios del rayo!”

Murat se junta a él en el puente y le dice:

“No es razonable que quien ha triunfado de tantos enemigos tenga miedo de unos charlatanes. ¡Ea, general! ¡Valor, y la victoria es nuestra!”.

Bonaparte entonces vuelve bridas y se presenta de nuevo alos soldados tratando de excitar a los generales a acabar con ello, con un golpe de mano. Pero Lannes, Serrurier, el mismo Murat, están pocos dispuestos a dirigir las bayonetas contra la legislatura.

Mientras en la sala reinaba el más espantoso tumulto. Firme en el sillón de la presidencia. Luciano hacia vanos esfuerzos para restablecer la calma pidiendo, instando a sus colegas que su hermano fuera llamado de nuevo y escuchado; no obtuvo otra respuesta que gritos de “¡Fuera de la ley!¡Votemos que el general Bonaparte sea puesta fuera de la ley!”.

Y llegaron a decírselo al mismo Luciano, que propusiera votar la proscripción de su hermano. Entonces Luciano, indignado, abandona el sillón, abdica la presidencia y depone las insignias. Apenas baja de la tribuna cuando llegan unos granaderos y se lo llevan fuera. Luciano, asombrado, se entera de que es por orden de su hermano que le llama a su socorro, decidido a empelar la fuera para disolver la legislatura. Tal era la opinión de Sieyés, que relegado en una silla de postas de seis caballos, esperaba el desenlace de los acontecimientos a la entrada de Saint – Cloud.

No había que vacilar. Pálidos y temblorosos, los más celosos partidarios de Bonaparte estaban petrificados mientras que los más tímidos se declaraban ya contra la empresa. Se notaba que Jourdain y Augereau se mantenían ya apartados, espiando el instante favorable de arrastrar los granaderos hacia el partido popular. Pero Sieyés, Bonaparte y Talleyrand, llegados a Saint – Cloud con Roederer, habían juzgado, como también yo, que tal partido no tendría brazo ni cabeza.

Luciano, inspirando a Bonaparte toda su energía, monta a caballo y en su calidad de presidente, requiere el concurso de la fuerza para disolver la Asamblea. Arrastra a los granaderos, que avanzan en columnas apretadas conducidos por Murat, a la sala de los Quinientos, mientras el coronel Moulins manda el toque de carga. La sala es invadida al son de los tambores y a los gritos de los soldados, y los diputados saltan por las ventanas, arrojan la toga y se dispersan.

Tal fue el desenlace de la jornada de Saint – Cloud, el 19 Brumario, 10 de noviembre. Bonaparte la debió particularmente a la energía de su hermano Luciano, a la decisión de Murat y quizás a la debilidad de los que, no obstante serle adversos, no tuvieron valor para mostrarlo a cara descubierta.

Pero era preciso convertir en nacional aquella jornada antipopular, en que la fuerza había triunfado de una multitud de representantes que carecieron de jefe y de un verdadero orador. Hacía falta sancionar lo que la Historia llamará el triunfo de la usurpación militar.

Sieyés, Talleyrand, Bonaparte, Roederer, Luciano y Boulay de la Meurthe, que eran el alma de la empresa, deciden que es preciso apresurarse a reunir a los diputados de su partido, errantes en las salas y corredores de Saint – Cloud. Boulay y Luciano, se ponen a buscarlos, reúnen veinticinco o treinta y los constituyen en Consejo de los Quinientos. De este concilio sale pronto un decreto de urgencia diciendo que el General Bonaparte, los oficiales generales y tropas que le secundaron, han obrado en bien de la patria. Los dirigentes de la intriga acuerdan en seguida que se dará como hecho, en los periódicos del día siguiente, que varios diputados han querido asesinar a Bonaparte, y que la mayoría del Consejo ha sido dominada por una minoría de asesinos.


DISOLUCIÓN DEL DIRECTORIO POR MONNET

Vino en seguida la promulgación del Acta del 19 Brumario, concertada también entre los agentes del golpe de Estado para servir de base legal a la nueva revolución. Esta acta abolía el Directorio; instituía una comisión consular ejecutiva compuesta de Sieyés, Roger Ducos y Bonaparte; aplazaba ambos Consejos y tachaba de ellos a sesenta y dos miembros del partido popular entre los que figuraba el general Jourdan; establecía una comisión legislativa de cincuenta miembros tomados por igual en uno y otro consejo para preparar un nuevo trabajo sobre la Constitución del Estado. Llevada del concilio de los Quinientos al Consejo de los Ancianos para ser transformada en ley, esta acta fue votada por la minoría, permaneciendo la mayoría sombría y silenciosa.

Así, el establecimiento intermediario del nuevo orden de cosas fue convertido en ley por unos sesenta miembros de la legislatura, que por sí mismos se declararon aptos para ocupar los ministerios, los puestos de agente diplomático o de delegado de la Comisión Consular.

Bonaparte, con sus dos colegas, acudió a prestar juramento al Consejo de los Ancianos, y el 11 de noviembre, a las cinco de la mañana, el nuevo Gobierno abandonando Saint – Cloud fue a instalarse en el Palacio del Luxemburgo.


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FUENTE_ JOSEPH FOUCHE