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domingo, 4 de enero de 2015

UN TÍPICO DÍA DE EXPLORACIÓN POR AFRICA DE HENRY M. STANLEY


 CURIOSIDADES:




En el corriente mes de septiembre se cumplen quince años que contemplé por ver primera las aguas de la mar victoriana y lanzando a ellas mi bote navegué a lo largo de sus orillas, inspeccioné sus bahías y sus desembarcaderos y tracé un diseño de sus contornos. Seis meses más tarde dos periódicos, el Daily Telegraph y el New York Herad noticiaban a sus lectores, por la insignificante suma de un penique, que acababa de explorarse en Africa el mayor de los Nyanzas y que al norte de este lago había un monarca que reinaba sobre tres millones de negros cansados de vivr en las tinieblas y pidiendo la luz a voz en cuello. Algunos hombres de bien oyeron la súplica y enviaron al rey unos misioneros, que con ímproba labor instruyeron a él y a su pueblo. Al principio, la predicación dio escaso resultado, pero como la semilla había caído en terreno fértil, echó raíces y flores, y a pesar de la cizaña, los cardos y las malas hierbas que crecen el el suelo virgen, produjo abundante cosecha.



HENRY MORTON STANLEY


La mañana de nuestra partida hacia el litoral no pude menos que recordar que allá en el Congo, a mil cuatrocientas millas del Océano Atlántico, había tenido yo la suerte de arrojar los primeros vapores a las olas de aquel río caudaloso y de fundar en sus riberas unas estaciones que en 1887 no habían ayudado muy eficazmente en nuestra expedición y ofrecido fraternal hospitalidad, como lo había hecho dos años más tarde aquella misión de la cual entonces me despedía. Este recuerdo me trajo a la memoria aquella metáfora del Eclesiastés: “arroja tu pan a la superficie de las aguas y andando el tiempo lo volverás a encontrar”.

No pretendo extenderme en la descripción de las comarcas situadas entre el lago Victoria y Bagamoyo. Lo hice ya en otra parte y fuera excusado repetirlo. El aspecto de la región de Guengué, que desde nuestra partida aparecía cada más hermosa, hizo exclamar a la gente de color que los misioneros habían estado muy poco acertados al elegir el Usambiro por residencia. No echaban de ver que cuando más populosos eran los distritos del Usukuma y el Unyamuezi, más inhabitables eran para los pobres misioneros. Los insoportables impuestos y las desmedidas exigencias de los gobernantes, siempre groseros e inexorables, habían acabado por hacer imposible la permanencia de las misiones en el país, como no se conformasen con perecer de hambre.

En prueba de ello basta citar lo que nos pasó cuando llegamos a Ikoma el día 20 del expresado mes de septiembre. En Guengué y en Kungú ya nos habíamos preparado para continuar pacíficamente la jornada. A cada paso encontrábamos provocadoras muchedumbres que nos saludaban danzando y profieriendo gritos de guerra. Esto no nos daba cuidado, pero de pronto un maldito chiquillo empezó un fuego graneado de invectivas que acaloró muy pronto los ánimos. Los insultos de los naturales reducianse en suma a acusarnos de canibalismo, del cual creían ver una prueba en las cicatrices de los sudaneses, y gritaban como unos energúmenos que no querían antropófagos en sus tierra. Apresúreme a mandar que se formase el campamento, aunque la maleza era muy escasa y la hierba más todavía. Mientras estaba dando disposiciones para ello se me presentó un sirviente egipcio hecho una lástima; tenía el brazo atravesado por una flecha  y la cabeza rajada de un hachazo, y habían le arrebatado los vestidos, la carabina y su provisión de ropas. Bastábame abrir la boca para que fuese inmediatamente vengado, pero tuve que devorar esta y otras injusticias porque quería llegar a todo trance al día siguiente a Ikoma, capital del distrito y cuatro veces más populosa todavía.



EN EL CONGO 1890


Nuestra tarea en Ikoma era muy sencilla, Mr., Mackay nos había dicho que en aquella estación encontraríamos a un inglés llamado míster Stokes, tratante en marfil y amigo del jefe Malissa, que había almacenado una gran cantidad de provisiones europeas y deseaba deshacerse de ellas. Las galletas, la manteca, los jamones, el tocino que a él le sobraban nos vendrían de perlas a los diez europeos que íbamos en la caravana con más hambre que piernas. Mr. Mackay nos proporcionó dos guías zanzibaritas, para llegar hasta el posesor de estas provisiones, que deseábamos adquirir a toda costa. Yo alimentaba la esperanza de que siendo Malissa amigo de Stokes nos rogaría que no hiciésemos caso de la algarada atribuyéndola a ligereza de la juventud.

Alzábase ante nosotros, en el centro de una llanura que cubrían ha pocos siglos las aguas del lago Victoria, una colina que tres o cuatro siglos atrás debió de ser una isla montañosa y de la cual ha sido barrida desde hace mucho tiempo el último puñado de tierra. Hoy nos queda de ella sino el esqueleto, consistente en una cordillera de cenicienta ecnesia y en una infinidad de enormes peñascos diseminados en todas direcciones. A la sombra de ellos vive una población de unoas cinco mil almas. A la distancia de un tiro de fusil y a la que alcanza el sonido del cuerno y el de la voz humana, veíanse una infinidad de lugarejos o grupos de chozas rodados de vallas formadas por los euforbios. En la parte occidental de la llanura pacían muchos bueyes, carneros y cabras, legando a contar en aquella parte treinta y tres rebaños, de donde dedujimos que el Ikoma era un distrito próspero y bien defendido por sus muchos habitantes y sus inexpugnables fortalezas naturales.



HOY EN DÍA TODAVÍA EXISTEN POBLADOS COMO FUERON VISTOS POR STANLEY


A medida que íbamos acercándonos salían a recibirnos unas gozosas bandadas de chiquillos y de muchachas de tez reluciente y vigorosa musculatura, riendo y danzando con todo el abandono y jovialidad de la juventud. Así subimos una suave pendiente entre dos hileras de rocas descomunales que se elevaban a doscientos pies encima de nosotros, estrechándose un pco a la entrada de la aldea principal. De improviso vemos salir de ela una multitud de guerreros de flotantes vestiduras y relucientes lanzas, y cubiertas las cabezas de pintadas plumas, arremetiendo contra nosotros con infernal gritería. Entendimos que nos intimidaban la orden de retroceder. Respondiéndoles nuestros guías que éramos una pacifica caravana de amigos de Stokes y de Malissa, pero no hubo medio de hacerse oir ni de lograr que parasen sus gritos y amenazas. Acérqueme para ver si conseguía dominar el tumulto y veme amenazado en el acto por una multitud de lanzas. Un indígena asió mi carabina, mas dos zanzibaritas acudieron en mi auxilio obligándole a soltarla. Tendíeronse los arcos, enristrándose las lanzas y dos de los nuestros fueron heridos. No tuvimos otro remedio que cargar a aquella desatinada muchedumbre. En esta embestida cayeron diez de los agresores y fue hecho prisionero un monangua. Tras esta refriega no había que pensar en tratos ni negociaciones, y como todas las alturas iban cubriéndose de indígenas armadas de arcos y fusiles, procuramos alejarnos lo más pronto posible de la aldea a fin de preparar nuestro campamento de modo que no pudiese acabar con nosotros aquella multitud desaforada.

A poca distancia de la peñascosa colina sobre cuyos diseminados pedruscos descollaban unos monolitos parecidos a colosales menhires, había un estanque muy bien situado para nuestro propósito. Completamos el recinto amontonado en torno los fardos y las cajas que llevábamos, y nos pusimos a la expectativa.

Desde el campamento veíase el antiguo lecho del lago extendiéndose hasta una distancia de muchas millas y a cada media milla un grupo de chozas rodado de su correspondiente cerca. Cubría el llano una alfombra de hierba menuda como el musgo. La caravana se había apoderado de un rebaño de bueyes que mandé soltar. Entonces pregunté a nuestro prisionero por qué nos habían recibido los suyos tan ferozmente, a lo cual no pudo o no quiso contestarme. Vestile de pies a cabeza y le devolví la libertad encargándole que díjese a Malissa que éramos unos blancos amigos de Stokes, en cuya caravana había muchos portadores uasukumas y que no tenían ninguna intención hostil, sino el firme propósito de hacer lo humanamente posible para llegar cuanto antes a la costa. Escoltáronle hasta un cuarto de milla de la aldea, fuese y no volví a parecer.

En cambio renovarónse varias veces aquel día las tentativas de ataque hasta que a las cuatro de la tarde vimos avanzar por el este, el norte y el sur tres grupos muy numerosos hacía el campamento. En vista de ello mandé preparar la ametralladora.

Los uasukumas iban acercándose con suma precaución y hasta, al parecer, de mala gana. Al frente del grupo procedente del sur iban algunos tiradores que vinieron pavonearse a trescientas yardas del campamento.


MARCHA DE EXPEDICIÓN DEL UNYORO


Ya habíamos muerto a alguno de ellos cuando de pronto les arrojó la ametralladora un chorro de proyectiles que no bajaba de ciento cincuenta cartuchos. No fue herido ninguno de los naturales,; pero el extraordinario alcance del arma y la lluvia de balas que vomitaba, fueron bastantes para que los más atrevidos echasen a correr. Envié una compañía a cerrar el paso a los que venían del este y otra a detener a los que avanzaban por la parte del norte, y los uasukumas volvieron más que de prisa a sus madrigueras. Solo un indígena había muerto en aquella escaramuza, en la cual tomaron parte probablemente dos mil guerreros.

No teníamos tiempo para entretenernos en pelear con los uasukumas; por consiguiente,. Al otro día, que era el 21, continuamos la marcha hacia la costa, bastante pesarosos, lo confieso, de tener que renunciar al jamón y al tocino que contábamos adquirir en aquella aldea que tan inhospitalaria se nos había mostrado. Malissa había perdido también, por su parte, los presentes que le destinaba.

No bien emprendimos la marcha, toda la población de Urima echó a andar en pos de nosotros. A las ocho de la mañana empezó a atacarnos. Aquel día no tuvimos necesidad de recomendar a los egipcios que no se dispersasen. Marchaban formando un grupo compacto en pos de dos compañías y seguidos de la retaguardia, compuesta de los sudaneses de Bonny y de la compañía de Shukri Agha. Los uasukumas no podía causarnos de esta manera ningún daño, aunque hubiesen sido en número triplicado; sin embargo, no cesaban de perseguirnos, haciendo ademán de atacarnos por el flanco y por la retaguardia. Así llegamos al mediodía a Muanza, al borde de una torrentera que llaman el Nullah del Jordán, ancha de cuarenta yardas, que atraviese el antiguo depósito lacustre, y de la cual sacan agua, abriendo hoyos en su arenosos lecho.

Viendo que los naturales continuaban persiguiendo a la caravana, quise probar un último esfuerzo para apaciguarlos, enviándoles en calidad de parlamentario el jefe de los guías uasukumas, Poli-Poli, apodo que literalmente traducido quiere decir: “¡Calma, calma!”.

A fuerza de gritar y de llamarles, logró que un monagua y cuatro de los suyos entrasen en el campamento, donde fueron muy bien recibidos, porque todos veían en su aparición un presagio de paz. Cambiamos, al vernos, amistosas palabras; regalé a todas hermosas ropas y di permiso a los demás para acercarse. Apenas acababan de salir de mi tienda el monagua y sus cuatro compañeros, muy satisfechos, en apariencia, cuando oí una descarga que me pareció tirada por cincuenta fusiles. Salí corriendo, y vi que el enemigo se nos había echado alevosamente encima, traspasando de una lanzada a uno de los nuestros; las cabras huian en todas direcciones, porque los uasukumas pretendían apoderase de ellas, y el cauce de la Nullah habíase llenado de enemigos que saltaban y corrían como unos poseídos. Siete indígenas fueron muertos dentro de un radio de diez yardas alrededor del campamento, el traidor monagua fue herido de un balazo en la espalda y huyó tirando la tela que le habíamos regalado. También recobramos las cabras que se habían dispersado durante la refriega. Si sen consideran las circunstancias de este episodio, bien puedo decir que de buena escapamos.


EL ENCUENTRO ENTRE STANLEY Y EMIN PASHA EN KAVALLI EN EL LAGO ALBERT, NYASALAND 1888


Al día siguiente, partíamos a la hora acostumbrada, no cesando de encontrar a derecha e izquierda del camino aldeas y más aldeas, cuyos habitantes salían de ellas con los fusiles cargados, formando apretadas columnas que a veces tenían dos millas, y tirando sin tregua contra nosotros. Así fueron acompañándonos por espacio de tres horas, hasta que al entrar en el distrito de Mamara hicieron una tentativa de ataque, profiriendo desaforados gruitos de guerra. Dejamos las cargas en el suelo, arremetimos a ellos y les vimos huir como alma que lleva el diablo, pero en cuanto proseguimos la marcha, volvieron a seguirnos hasta el territorio de Seké, de modo que hicieron inútilmente una fatigosa jornada de seis horas.

El día 23 fuimos del Seké septentrional al Seké Kuikuru o Seké el mayor, siempre seguidos por una hostil muchedumbre. Harto comprendía que una insignificante demostración no podía producir grande efecto en el ánimo de aquellos energúmenos, y por lo tanto, me abstuve de exacerbar su cólera, no deteniendo la caravana sino algunos minutos para rechazar un ataque.


FUENTE_HENRY M. STANLEY "In darknest Africa"