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sábado, 10 de enero de 2015

CHARLOT EN LA CAPITAL DE LA DIPLOMACIA GINEBRA

CURIOSIDADES:



 Chaplin sale mal de los Estados Unidos y se instala en Ginebra donde interpretaría nuevas películas, entrando en plena decadencia artística. Pero allí pudo sufrir en sus propias carnes el peso de la fama que les reportó sus anteriores cuarenta años de carrera. Charlot en esos años 50 y en esa capital tuvo la oportunidad de tener unos cuántos encuentros con las personalidad políticas releventes de la época. Se demuestra el gran poder de comunicación global que tuvo y tiene el cine, capaz de convertir a Charlot en un símbolo común para cualquier ciudadano en el mundo.

Después de los estrenos de París y Roma regresamos a Londres, en donde permanecimos varias semanas. Tenía aún que encontrar una casa para mi familia. Un amigo me sugirió Suiza. Naturalmente, me hubiera gustado instalarme en Londres, pero dudábamos que si el clima les sentaría bien a los niños, y por entonces estábamos francamente preocupados por el dinero bloqueado.


CHARLES CHAPLIN EN VEVEY


Así, pues, y con cierta melancolía, empaquetemos nuestros bártulos y con los cuatro niños llegamos a Suiza. Nos alojamos por el momento en el hotel Beau – Rivage, en Lausana, frente al lago. Era otoño y resultaba algo triste, pero las montañas eran hermosas.

Estuvimos cuatro meses buscando una casa que nos conviniera. Oona, que esperaba el quinto hijo, dijo terminantemente que cuando saliera de la clínica no quería volver a un hotel. Esto fue lo que me hizo apresurarme en buscar algo, y nos acomodamos, por último, en el Manoir de Ban, en el pueblo de Corsier, un poco más arriba de Vevey. Ante nuestro asombro, descubrimos que tenía más de quince habitaciones, con un terreno que, entre otras cosas, produce grandes guindas, deliciosas ciruelas claudias, manzanas y peras;  y una huerta en la que dan la fresa, unos maravillosos espárragos y maíz, huerta a la cual, en la época en sazón, y estemos en donde estemos, hacemos una visita especial. Enfrente de la terraza hay una pradera de cinco acres, con magníficos y corpulentos árboles, que encuadran las montañas y el lago, a lo lejos.

Tomé un personal muy competente: Miss Rachel Ford, que se ocupó de montar nuestra casa y que se convirtió más adelante en administradora mía, y madame Burnier, mi secretaria anglosuiza, que ha escrito y repetido, a máquina este libro muchas veces.

Estábamos un poco asustados por lo postinero de la mansión y nos preguntábamos si se adaptaría a nuestros ingresos; pero cuando el propietario nos dijo lo que costaba su mantenimiento, vimos que estaba dentro de los límites de nuestro presupuesto. Y así, nos fuimos a vivir al pueblo de Corsier, que tiene una población de 1.350 habitantes.

Nos llevó casi un año orientarnos. Durante cierto tiempo los niños fueron a la e3scuela del pueblo de Corsier. Era un problema para ellos el que les enseñaran de repente todo en francés, y sentíamos ciertos temores en cuanto a efecto psicológico que esto podría tener sobre ellos. Pero no pasó mucho tiempo sin que hablasen francés con soltura, y era emocionante ver lo bien que se habían adaptado a la forma de vida suiza. Incluso Kay Kay y Pinnie, las encargadas de los niños, se decidieron a luchar con el francés.

Y entonces empezamos a romper los vínculos con los Estados Unidos. Estos nos llevó un tiempo considerable. Fui a ver al cónsul americano y le entregué mi permiso de vuelta, diciéndole que renunciaba a mi residencia de los Estados Unidos.

   " ¿no va a volver, Charlie?"
 
-          NO, dije casi disculpándome, soy un poco demasiado viejo para soportar más tonterías de esas.

NO hizo ningún comentario, pero dijo:

-          Bien; pero siempre podrá usted volver con un visado ordinario, si desea regresar.

Sonreí, moviendo la cabeza: “He decidió establecerme en Suiza”.

Nos dimos la mano y eso fue todo. Oona decidió después renunciar a su ciudadanía americana. Para ello, cuando estábamos visitando Londres, lo comunicó a la embajada americana. Sin embargo, le dijeron que llevaría, por lo menos, tres cuartos de hora terminar todas las formalidades. “¡Qué tontería!”, dije a Oona, “Es ridículo que tarden tanto. Iré contigo”.

Cuando llegamos a la Embajada todos los insultos y calumnias del pasado se hincharon dentro de mí como un globo a punto de estallar. En volz alta pregunté por la oficina del Departamento de Inmigración. Oona estaba azorada. Se abrió una de las puertas de la oficina y apareció un hombre, que dijo: “¡Hola, Charlie! ¿Quiere entrar aquí con su mujer?”

Debió de haber leído mi pensamiento, pues su primera observación fue; lo que va a hacer y estar en sus cabales. Por eso empleamos este tipo de interrogatorio: para proteger al ciudadano. Desde luego aquello me pareció natural. Era un hombre que frisaba en los sesenta años.

“Le vi a usted en Denver en 1911, en el antiguo Empress Teatre”. Me dijo, mirándome con reproche. Me suavicé, naturalmente, y estuvimos hablando de los buenos tiempos viejos. Cuando terminó aquella prueba, estuvo firmado el último papel y le dimos un cordial adiós, me sentí un poco triste por mi falta de emoción en aquel asunto.

En Londres vemos de cuando en cuando algunos amigos, y entre ellos a Sydney Bernstein, Ivor Montagu, Sir Edward Beddington – Behrens, Donald Ogden Stewart, Ella Winter, Graham Greene, J.B. Priestley, Max Reinhardt y Douglas Fairbanks, hijo. Aunque los veamos raras veces, pensar en ellos nos resulta confortable, como el placer de saber que existe una amarra en alguna parte si en alguna ocasión queremos anclar en un puerto.

En una de nuestras visitas a Londres recibimos una nota diciendo que a Jruschov y a Bulganin les complacería entrevistarse con nosotros en una recepción dada por la Embajada Soviética en el Hotel Claridge. Cuando llegamos el vestíbulo estaba abarrotado por un gentío, acordonado y en plena excitación. Con ayuda de un miembro de la Embajada rusa empezamos a abrirnos paso a través de la masa. De repente, viniendo desde enfrente, vimos a Jruschov y a Bulganin; también ellos se estaban abriendo paso, y por su expresión notamos que estaban molestos y se íban a retirar.


CON NIKOLAI BULGANIN


Se podía advertir que jruschov, hasta en un momento de apuro, no carece de humor. Cuando estaba empujando para encontrar una salida, nuestro acompañante le llamó: “¡Jruschov!” Pero él se alejó, haciendo con la mano un gesto para mostrar que estaba harto. “¡Jruschov, Charlie Chaplin! Gritó nuestro hombre.

Tanto Bulganin como Jruschov se detuvieron, dieron la vuelta y sus caras se iluminaron. Naturalmente, esto me halagó. En medio del oleaje y del amontonamiento de la multitud, fuimos presentados. Por medio de un intérprete, Jruschov dijo algo respecto a lo mucho que el pueblo ruso apreciaba mis películas; luego nos ofrecieron vodka. Me pareció que habían derramado el tarro de la pimienta dentro, pero a Oona le gustó.

Nos las arreglamos para formar un corrillo, de modo que pudiéramos ser fotografiados juntos. Debido al ruido yo no podía decir nada. “Vamos a la habitación de al lado”, dijo Kruschov.

La gente comprendió nuestras intenciones y se libró una batalla. Con ayuda de cuatro hombres fuimos lanzados como con catapulta en un salón privado. Una vez solos, Jruschov y todos los demás suspiramos: “UF” . Ahora tenía ocasión de recurrir a mi ingenio y hablar. Jruschov acababa de pronunciar un maravilloso discurso, lleno de buena voluntad, a su llegada a Londres. Fue como un rayo de sol, y así se lo dije, explicándole que había dado esperanzas de paz a millones de personas en todo el mundo.

Fuimos interrumpidos por un reportero americano: “He sabido, mister Jruschov, que su hijo estuvo por ahí anoche divirtiéndose”. Jruschov tuvo una sonrisa regocijada, pero un poco molesta: “Mi hijo es un muchacho serio, que estudia de firme para hacerse ingeniero… pero supongo que se divertirá algo de vez en cuando”.

Unos minutos más tarde trajeron una nota diciendo que Míster Harold Stessen estaba fuera y que le gustaría a ver a Mister Jruschov. Se volvió hacía mi con aire jovial: “¡No le importa!? Es americano.” Me eché a reír: “No me importa”.

Poco después, míster y mistress Stassen y míster y mistress Gromyko entraron, lanzados por la puerta. Entonces Jruschov se disculpó conmigo, diciendo que solo se entretendría unos minutos, y fue hacia un rincón apartado de la habitación para hablar con Stassen y Gromyko. Por entablar conversación pregunté a mistress Gromyko si iba a regresar a Rusia. Dijo que volvía a los Estados Unidos. Observé en ella y su marido residía allí hacía mucho tiempo. Se echó a reír, un poco cohibida. “No me importa”, dijo. “Me gusta aquello”.

Le dije: “No creo que la verdadera América esté en Nueva York ni en la costa del Pacifico, personalmente, me gusta mucho más el Oeste medio, lugares como Dakota del Norte y del Sur, Minneapolis y San Pablo. Me parece que allí se encuentran los verdaderos americanos”. Mistress Stassen exclamó de repente: “¡Oh! Me alegra mucho que usted diga eso. Mi marido y yo procedemos de Minnesota”. Se echó a reir nerviosamente y repitió: “¡Me alegra que usted diga eso!”.

Creyó que me proponía soltar una andanada contra los Estados Unidos y que las piedras flechas que había recibido de aquel país mehabían dejado resentido. Pero no erra así, y aun, en caso afirmativo, no soy de los que descargan su rencor contra una dama tan encatadora como mistress Stassen.

Vi que Jruschov y los demás iban a tener una larga charla; así que Oona y yo nos levantamos. Cuando Jruschov vio que nos íbamos dejó a  Stassen y vino a decirnos adiós. Mientras nos dábamos la mano eché una mirada a Stassen; estaba recostado contra la pared y miraba hacia delante, sin querer enterarse de nada. Me despedí de todos, sin fijarme en Stassen, lo cual en tales circunstancias creía que era lo más diplomático, aunque en la rápida visión que tuve de él me agradó. 

La noche siguiente Oona y yo cenamos solo en la Parrilla del Savoy. Cuando estábamos tomando el postre, Sir Winston Churchill y Lady Churchill llegaron y se detuvieron ante nuestra mesa. No había visto a Sir Winston ni tenido noticias suyas desde 1931. Pero después del estreno de Candilejas en Londres recibí unas líneas de United Artists, nuestros colaboradores, solicitando permiso para proyectar la película ante Sir Winston en su casa. Lo dí, claro es, de muy buen grado. Unos días después me envió una carta dándome las gracias y diciéndome lo mucho que le había gustado.

Y ahora Sir Winston estaba ante nuestra mesa, mirándonos. “¡Bien! Dijo. Pareció haber un matiz desaprobador en aquel “¡Bien!”. Me puse de piue en seguida, todo sonriente, y pregunté a oona, que en aquel momento se iba a aretirar. Una vez que Oona se hubo marchado, pregunté si podá acompañerles para tomar café, y fuims a su mesa. Lady Churchill dijo que había leído en los paródicos mi entrevista con Jruschov. “Siempre me he llevado bien con Jruschov”. Dijo Sir Winston.


WINSTON CHURCHILL Y CHARLES CHAPLIN


Pero durante todo el rato pude notar que Sir Winston tenía un resquemor contra mi. Naturalmente, habían ocurrido muchas cosas desde 1931. El había salvado a Inglaterra, con su indomable valor y su inspirada elocuencia; pero yo estimaba que su discurso de Fulton sobre el “telón de acero” no había conseguido nada más que una intensificación de la guerra fría.

La conversación recayó en mi película Candilejas. Acabó él por decir: “Le mandé una carta hace dos años felicitándole por su película, ¿la recibió?”. “¡Oh, sí!” Dije con entusiasmo. “Creí que no requería contestación” Dije disculpándome. Pero no se dejó engañar: “¡Hum!”. Me pareció que era una especie de censura. “¡Oh, no! Claro que no. Contesté. “A pesar de todo” añadió para poner fin a la discusión. “siempre disfruto con sus películas”.

Quedé encantado ante la modestia del hombre, que se acordaba de una carta sin contestar de hacía dos años. Pero no he visto nunca con buenos ojos su política. “No estoy aquí para presidir la disolución del Imperio Británico”, decía Churchill. Esto puede ser una frase elocuente, pero resulta una declaración fatua ante los acontecimientos modernos. Esta disolución no es obra de los políticos, de los ejércitos revolucionarios, de la propaganda comunista, de la excitación de la pl.ebe ni de la lucha económica. Los conspiradores son los medios de difusión internacionales: la radio, la televisión, y las películas, el automóvil y el tractor, las innovaciones de la ciencia, la aceleración de la velocidad y las comunicaciones. Estos son los revolucionarios responsables de la disolución de los imperios.

Poco después de regresar a Suiza recibí una carta de nehru, dentro de la cual venía una nota de presentación de Lady Mountbatten. Estaba segura de que Nehru y yo teníamos mucho en común. Iba él a pasar por Corsier y tal vez pudiéramos entrevistarnos. Como se estaba celebrando la Conferencia anual de embajadores en Lucerna, escribía diciendo que le encantará que pudiera yo ir a Lucerna y pasar allí la noche; al día siguiente me dejaría en  el Manoir de Ban. De modo que marché a Lucerna.

Quedé sorprendido al encontrarme con un hombre pequeño, como yo. Su hija, mistress Gandhi, estaba también presente, y era una mujer atractiva y tranquila. Nehru me dio la impresión de ser un hombre de humor cambiante, austero y sensible, con una mente sumamente despierta y evaluadora. Al principio se mostró reservado, hasta que salimos juntos de Lucerna y nos dirigimos al Manoir de Ban, donde le había invitado a comer. Su hija iba en otro coche porque se dirigía a Ginebra. Por el camino tuvimos una interesante conversación. Habló muy bien de Lord  Mountbatten, quién, como Virrey de la India, había realizado una excelente labor al liquidar los intereses de Inglaterra. Le pregunté en qué dirección ideológica marchaba la India. Me respondió: “Sea cual sea la dirección, es en bien del pueblo indio”.


CON NEHRU E INDIRA GANDHI


Y añadió que había inaugurado ya un plan quinquenal. Habló brillantemente durante el trayecto, mientras su chófer conducía a más de ciento veinte kilómetros por hora, rodando a esa velocidad junto a precipicios, por carreteras estrechas y haciendo de repente virajes cerrados. Nehru estaba embebido por la exposición de la política de la India; pero debo confesar que perdí la mitad de lo que decía, preocupado por aquel modo suicida de conducir. Mientras los frenos chirriaban, lanzándonos hacia delante, Nehru seguía imperturbable. Gracias a Dios tuvimos un respiro cuando, por fin, el coche se detuvo un momento en un cruce de carreteras, donde su hija se iba a separar de nosotros. Fue entonces cuando Nehru se mostró como un padre cariñoso y solícito: abrazó a su hija y le dijo con ternura: “Cuídate”, palabras que hubieran resultado más apropiadas dichas por la hija al padre.

Durante la crisis coreana, cuando el mundo estuvo en suspenso ante aquella coyuntura tan sumamente peligrosa, la Embajada china me telefoneó para decirme si quería prestar Luces de la ciudad para proyectarla en Ginebra ante Chu En lai, que era el eje central a cuyo alrededor iba a girar la decisión de paz o de guerra.

Al día siguiente el primer ministro nos invitó a cenar con él en Ginebra. Antes de salir para esta ciudad, el secretario del primer ministro telefoneó para decir que Su Excelencia iba a tener que retrasarse porque había surgido de pronto un importante asunto en la Conferencia y que no le esperásemos; después se reuniría con nosotros.

Cuando llegamos, y ante nuestra sorpresa, Chu en lai nos estaba esperando en la escalinata de su residencia para darnos la bienvenida. Como el resto del mundo,  yo sentía ansiedad por saber que había ocurrido en la Conferencia, así es que se lo pregunté. Me dio unos golpecitos en el hombro: “Todo se ha arreglado amistosamente hace cinco minutos”.

Había oído muchos relatos interesantes referentes a como los comunistas habían tenido que retroceder hacia el interior de la China en los años 30, y como, bajo el caudillaje de Mao Tse Tung, unos cuántos de ellos se reorganizaron h habían emprendido la marcha sobre Pekín, reagrupando fuerzas a medida que avanzaban. Aquella marcha les ganó el apoyo de seiscientos millones de chinos.

Aquella noche Chu En lai nos contó una historia emocionante sobre la entrada triunfal de Mao Tse Tung en Pekín. Había un millón de chinos presentes para darle la bienvenida. Habían levantado una gran tribuna, de quince pies de altura, en un extremo de la gran plaza, y cuando iba subiendo los escalones, por la parte de atrás apareció la parte superior de su cabeza, y un rugido de bienvenida brotó de las gargantas de un millón de personas, creciendo y creciendo a medida que la figura solitaria se hacía totalmente visible. Y cuando Mao Tse Tung, el conquistador de China, vio aquella enorme multitud, permaneció en pie durante un momento, y luego, de repente, se cubrió la cara con las manos y lloró.


CON CHU EN LAI DE CHINA


Chu En Lai había compartido con él las penalidades y congojas de aquella famosa marcha a través de China, y sin embargo, cuando contemplaba yo su vigoroso y agradable rostro, quedé asombrado de ver lo tranquilo y joven que parecía. Le dije la última vez que había estado yo en Shanghai fue en 1936. “¡Ah, si! Dijo pensativo. “Eso fue antes de que nosotros nos pusiéramos en marcha”. “Bien; ahora ya no les queda mucho terreno por recorrer” Dije, bromeando. 

Durante la cena bebimos champán chino, y como los rusos, hicimos muchos brindis. Brindé por el porvenir de China, y dije que aunque yo no era comunista, me unía de todo corazón a su esperanza y a su deseo de una vida mejor para el pueblo chino y para todos los pueblos.


fuente_ CHARLES CHAPLIN