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miércoles, 7 de enero de 2015

LA LIBERACIÓN DE MUSSOLINI EN EL GRAN SASSO

CURIOSIDADES:




En la historia de los tiempos y todos los pueblos figuran narraciones de fugas y de liberaciones dramáticas, románticas, a veces rocambolescas; pero, la de Mussolini se nos aparece ya como la más audaz, la más romántica y al mismo tiempo la más moderna, por los medios empleados y por el estilo. Verdaderamente, puede considerársela legendaria. 

Mussolini nunca había alimentado esperanzas, de ser liberado por italianos, ni siquiera por fascistas. Que alguno pensara en su liberación, es seguro; que entre los grupos de fascistas más animosos se trazaran algunos planes, queda fuera de duda; pero nada de esto pasó del simple proyecto; por otra parte, los grupos o individuos capaces de intentar su realización estaban estrechamente vigilados y carecían de los medios necesarios que hicieran posible el intento. Desde el primer día, el pensamiento de Mussolini se dirigió al Führer, para visitar a Mussolini; pero su petición fue denegada con esta nota: “Su Majestad el rey ha hecho presente al mariscal Badoglio el deseo del Führer. Al comunicaros que se encuentra en perfecto estado de salud y su agradecimiento por el trato que se le depara, el mariscal Badoglio lamenta no poder acceder a la petición de permiso para visitarlo, y esto en interés personal de Su Excelencia Mussolini. Sin embargo, está dispuesto a hacerle llegar las cartas de Su Excelencia el embajador estime oportuno enviarle, y transmitiros sus respuesta. – 29 de Julio 1943 – “. El jefe del gabinete del Ministerio de Asuntos Exteriores visitó al embajador alemán y dio cuenta después al mariscal Badoglio.


EL HOTEL DE MONTAÑA DEL GRAN SASSO OBJETIVO DE LOS HOMBRES LIDERADOS POR OTTO SKORZENY


Dada la situación del Gobierno italiano, que “fingía” ser aliado y estaba decidido a “continuar” la guerra, el Gobierno de Berlín no podía con “pasos” formales, como hubiera podido serlo la petición de una inmediata liberación, comprometer las relaciones entre los dos gobiernos, o anticipar la crisis de estas mismas relaciones. Estaba claro que Berlín dudaba ya del desenvolvimiento y de los objetivos de la política de Badoglio. Pero las relaciones diplomáticas obligaban a esperar que la duda se confirmase en algún hecho preciso. El 29 de julio nadie se acordó de Mussolini. Solo hubo una excepción: el mariscal del Reich, Hermann Göering, envió al Duce el siguiente telegrama, que fue llevado a Ponza por un oficial de carabinieri:

“Duce, mi mujer y yo os enviamos en este día nuestro mejores votos. Si las circunstancias me han impedido ir a Roma, como me proponía, para ofreceros, junto con mis saludos, un busto de Federico el Grande, esto hace que sean aún más cordiales mis sentimientos de plena solidaridad y fraternal amistad que os expreso en este día. Vuestra obra como hombre de Estado permanecerá en la historia de nuestros dos pueblos que caminan hacia un destino común. Deseo manifestaros que nuestros pensamientos os siguen constantemente. Quiero agradeceros la gentil hospitalidad que me ofrecisteis en otro tiempo y me proclamo una vez más, con fe indestructible, vuestro Göering”.

Ya durante su estancia en la isla de la Maddalena, Mussolini había observado algunos movimientos alemanes;: estos tenían una base utilizable al otro lado del mar, en Palau. Efectivamente, los alemanes habían elaborado un plan, que consta en tomar tierra con un submarino en apariencia inglés, y con tripulación dotada de uniformes ingleses, recibir de los italianos a Mussolini y libertarlo. El plan iba a ser puesto en ejecución cuando Mussolini fue trasladado al Gran Sasso.

El sábado por la tarde, 11 de septiembre, una extraña atmósfera de incertidumbre y expectación reinaba en el Gran Sasso. Ya se sabía que el gobierno había huido, junto con el rey, del cual se anunciaba la abdicación. Los jefes encargados de la vigilancia de Mussolini parecían disgustados, ante la obligación de ejecutar una tarea particularmente desagradable. Durante la noche del 11 al 12, Mussolini se levantó y escribió una carta al teniente, en la cual le advertía que los ingleses no le habían de coger vivo. El teniente Faiola, después de haber retirado de la habitación del Duce todo aquello que fuera metálico y cortante, especialmente cuchillas de afeitar, le repitió:

“Fui hecho prisionero en Tobruk, donde caí gravemente herido, soy testigo de la crueldad británica con los italianos, y no entregaré jamás un italiano a los ingleses”. Y lloró de nuevo. El resto de la noche transcurrió tranquilamente.


SOLDADOS PARACAIDISTAS ALEMANES QUE SE DIRIGEN EN EL GRAN SASSO HASTA DONDE ESTA MUSSOLINI


Durante las primeras horas de la mañana del día 12, la cima del Gran Sasso aparecía cubierta de nubes blancuzcas; pero a través de ellas aún sería decisivo para su situación. Hacía el mediodía el sol rasgó las nubes y todo el cielo apareció luminosos, con una claridad septembrina.

Eran exactamente las dos de la tarde; Mussolini estaba sentado, con los brazos cruzados, ante la ventana abierta, cuando un aparato se posó a cien metros de distancia del edificio. De él salieron cuatro o cinco hombres vestidos de caqui que inmediatamente emplazaron dos ametralladoras y avanzaron después. Segundos más tarde otros aparatos tomaron tierra en los alrededores, y los hombres repitieron la misma maniobra. Más hombres descendieron de nuevos aparatos. Mussolini no pensó ni por un instante que se tratara de ingleses. Para serles entregado y conducido hasta Salerno no hubiera sido preciso recurrir a tan arriesgada aventura. Se dio la alarma. Carabinieri y agentes se precipitaron fuera del portón del edificio empuñando las armas y desplegando contra los asaltantes. Durante aquel tiempo el teniente Faiola irrumpió en la habitación del Duce, intimidándole: “¡Cerrad la ventana y no os mováis!”.

Mussolini ni hizo caso; permaneció en la ventana y todavía pudo observar como otro grupo, aún más nutrido de alemanes, ocupaba el funicular, subia, y desde la plazoleta de llegada se dirigía, compacto y decidió, hacia el hotel. A la cabeza de este grupo marchaba Skorzeny. Los carabinieri tenían ya las armas apuntadas cuando Mussolini divisó en el grupo de Skorzeny a un oficial italiano, en el que después, cuando estuvo más próximo, reconoció al general Soleti, del Cuerpo de Metropolitanos.

Entonces la voz de Mussolini se dejó oir en el silencio que precedía al tiroteo que íba a iniciarse: “¿Qué hacéis?¿No veis que viene un general italiano?¡No disparéis!¡Todo está en orden!”.

A la vista del general italiano que venía en cabeza con el grupo alemán. Bajaron las armas. Las cosas habían sucedido de esta manera. El general Soleti fue detenido durante la mañana por el grupo de Skorzeny; no se le dijo nada sobre el motivo ni los objetivos. Le fue quitada la pistola y partió sin conocer su destino. Cuando en el momento del asalto intuyó el motivo, se mostró complacido. Se declaró encantado de haber contribuido a la liberación de Mussolini, y de que, tal vez por su sola presencia, se hubiera evitado un conflicto sangriento. Dijo a Mussolini que no era conveniente volver inmediatamente a Roma, donde se respiraba una atmósfera de “guerra civile”, y dio algunas noticias sobre la fuga del Gobierno del rey; el capitán Skorzeny dio las gracias al general Soleti, quién rogó le fuera devuelta su pistola; se le devolvió; después pidió que le fuera permitido seguir a Mussolini adondequiera que fuese.

En toda esta rápida sucesión de acontecimientos, Gueli no tomó parte. Solamente se dejó ver al final. Los hombres de Skorzeny, después de haberse apoderado de las ametralladoras colocadas a los lados de la puerta principal del refugio, subieron el grupo a la habitación de Mussolini, Skorzeny, sudoroso y conmovido, se puso firme, y dijo:

“El Führer, que desde que fuisteis capturado ha pensado noches y noches en la forma de libertaros, me encargó de esta misión. Con infinitas dificultades, ha seguido día a día vuestras aventuras y vuestras peregrinaciones. Hoy tengo la gran alegría, al libertaros, de haber cumplido de la mejor forma posible la misión que me fue encomendada.”. 


SALIDA DE LA PRISIÓN DE MUSSOLINI ENTRE SOLDADOS ALEMANES


El Duce respondió: “Desde el principio estaba convencido de que el Führer me daría esta prueba de amistad. Le doy las gracias por ello, y con él os las doy a vos, capitán Skorzeny, y a vuestros camaradas que han hecho posible mi liberación”.

La conversación derivó hacia otras cosas mientras se recogían los papeles y objetos de Mussolini. En la planta baja, carabinieri y agentes confraternizaban con los alemanes, entre los cuales había algunos heridos, no gravemente, en el aterrizaje. A las tres de la tarde todo estaba dispuesto para la partida. A la salida, Mussolini saludó efusivamente a los caradas del grupo de Skorzeny, y todos juntos, incluso los italianos, se dirigieron hacia una pequeña llanura, situada algo más abajo yen la cual esperaba un aparato “cigüeña”.

El capitán que lo pilotaba, muy joven, se presentó: Gerlach. Era un as de la aviación. Antes de subir, Mussolini se volvió a saludar al grupo de sus antiguos guardianes; parecían atónitos. Algunos estaban sinceramente conmovidos. A otros les asomaban las lágrimas a los ojos. 

El espacio disponible para el despegue de la “cigüeña” era verdaderamente exiguo. Se situó más atrás para ganar unos metros. Al final de la llanura había un corte bastante profundo. El piloto ocupó su puesto; detrás de él se colocaron Skorzeny y Mussolini. Eran las tres de la tarde. El aparato se puso en movimiento. Rodó un poco. Recorrió rápidamente el espacio pedregoso, y cuando se encontraba a un metro del precipicio, ujn violento golpe de timón lo puso en vuelo. Todavía se oyó algún grito. Algunos brazos que se agitaban y después el silencio de las grandes alturas. Minutos después se pasó sobre el Aquila, y una hora más tarde la “cigüeña” planeaba sobre el aeropuerto de Pratica di Mare. Aquí esperaba ya un gran trimotor. Mussolini subió a él. La meta del vuelo era Viena, adonde se llegó caída ya la noche. Algunos esperaban en el aeródromo. De allí al Continental, donde se descansó. Al día siguiente, a mediodía, un nuevo vuelo hasta Múnich.


MUSSOLINI ANDA HASTA LA AVIONETA PARA ESCAPAR DEL GRAN SASSO


A la mañana siguiente, la acogida en el Cuartel General del Führer fue simplemente fraternal. La liberación de Mussolini, por obra de unos valerosos alemanes, suscitó en toda Alemania una ola de entusiasmo. Puede decirse que el acontecimiento fue festejado en todas las casas. La radio anunció, en repetidas emisiones, una extraordinaria noticia; cuando esta al fin fue comunicada, hacia las diez de la noche, no desilusionó a nadie. Todos lo consideraron como un acontecimiento excepcional.

Recibió Mussolini centenares de telegramas, cartas, poesías, de todas partes del Reich. El acontecimiento, en cambio, no tuvo una repercusión parecida en Italia. Eran los días del caos, de la destrucción, del saqueo, de la degradación. La noticia fue recibida como una sorpresa desagradable y molesta, con rencor. Se comenzó negando su certeza; se difundió el rumor de que se trataba de una ficción, que Mussolini había muerto, que había sido entregado a los ingleses, que el discurso de Múnich lo pronunció un doble de Mussolini. Estos rumores continuaron circulando muchos meses después,; eran la expresión de un deseo.


Fuente_ BENITO MUSSOLINI