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sábado, 24 de enero de 2015

CHAPLIN Y LA CAZA DE BRUJAS

CURIOSIDADES:



Tras la segunda guerra mundial, una buena parte de los políticos de los Estados Unidos inició lo que se denominó "la caza de brujas" contra actividades comunistas. Las principales víctimas fueron los representantes y figuras destacadas de la intelectualidad norteamericana. Siendo su máximo apogeo en los mandatos de Truman y de Eisenhower. En concreto, el comportamiento del senador Joseph Mccarthy, presidente del Comité de Actividades Anti norteamericanas, fue el eje de esa política.

 En Hollywood di una proyección privada para mis amigos. Al terminar Thomas Mann, Lion Feuchtwanger y otros cuantos se pusieron de pie y aplaudieron durante más de un minuto. Con entera confianza marché a Nueva York. Pero a mi llegada fui atacado inmediatamente por el Daily News: “Chaplin está en la ciudad para el estreno de su película. Después de sus hazañas como compañero de viaje, le desafío a que dé la cara en una conferencia de prensa, pues estaré allí para hacerle una o dos preguntas embarazosas”.


MCCARTHY FUE EL LÍDER CONTRA LOS INTELECTUALES AMERICANOS PROVOCANDO LA ANULACIÓN DE MUCHAS DE SUS CARRERAS POR SUPUESTAS ACTIVIDADES Y PENSAMIENTO ANTI NORTEAMERICANOS


El servicio de publicidad de la United Artits deliberó sobre si era aconsejable o no que celebrase una entrevista con la prensa americana. YO estaba indignado porque había ya recibido a la prensa extranjera la mañana anterior, dispensándose una cogida calurosa y entusiasta. Además, no tenia porqué estar intimidado.

A la mañana siguiente reservamos una gran salón en el hotel y recibí a la prensa americana. Después de que hubieron servido unos cocktails, hice mi aparición, pero olí algo malo. Hablé desde detrás de una mesita, y desplegando toda la capacidad de seducción que me era posible, dije: “¿Cómo están ustedes, señoras y caballeros? Estoy aquí para informarles de todo lo que les pueda interesar en relación con mi película y con mis planes futuros.”. Permanecieron callados. “No hablen todos a la vez”. Dije, sonriendo. 

Por fin, una periodista que estaba sentada casi enfrente dijo: “¿Es usted comunista?”. “NO”. Contesté rotundamente. “La siguiente pregunta por favor”. Entonces una voz empezó a murmurar algo. Creí que sería mi amigo del Daily News, pero este brillaba por su ausencia. El que hablaba era u n sujeto con aspecto desaseado, que tenía el gabán puesto y que se inclinaba sobre un manuscrito, del que estaba leyendo algo.

“Perdone”, le dije. “Tendrá que volver a leerlo; no comprendo una palabra de lo que está usted diciendo”. Empezó: “Nosotros, los ex combatientes católicos de la guerra…”. Le interrumpí: “No estoy aquí para contestar a ex combatientes católicos de la guerra; esta es una reunión de prensa”. 

“¿Por qué no se ha hecho usted ciudadano americano?” Dijo otra voz. “No veo ninguna razón para cambiar mi nacionalidad. Me considero un ciudadano del mundo”, contesté. Se produjo un gran revuelo. Dos o tres personas querían hablar a la vez. Sin embargo, una voz dominó a las demás: “Pero usted gana su dinero en América”. “Bueno”, dije sonriendo, “si coloca usted las cosas sobre base económica, iremos directamente a los hechos. Mis negocios son internacionales; el setenta por ciento de mis ingresos lo gano en el extranjero, y los Estados Unidos los gravan con un ciento por ciento de impuestos; de modo que, como ve, soy un invitado que paga muy bien”. Nuevamente el de la Legión católica arremetió con voz aguda: “Gane usted su dinero aquí o no, nosotros, los que desembarcamos en las playas de Francia, sentimos que no sea usted ciudadano de esta nación”.
“No es usted el único hombre que desembarcó en esas playas”, le dije, “mis dos hijos estuvieron también allí, en el ejército de Patton, firmes en primera línea, y no van alardeando ni explotando el hecho, como está usted haciendo”. 

“¿Conoce usted a Hanns Eisler?, dijo otro reportero. “Si, es un buen amigo mío; un gran músico”. “¿sabe usted que es comunista?”. “No me importa lo que sea; mi amistad no se basa en la política”. “Sin embargo, parece que le gustan a usted los comunistas”. Dijo otro.

“Nadie tiene por qué decirme lo que me gusta o me disgusta. Todavía no hemos llegado a tanto”. Luego una voz dijo en medio del bullicio: “¿Qué impresión se siente siendo un artista que ha enriquecido con tanta felicidad y comprensión al mundo de la gente humilde y es escarnecido por el odio y desprecio de los llamados de la prensa americana?” Estaba tan poco preparado a cualquier expresión de simpatía, que contesté bruscamente: “Lo siento, no le he seguido; tendrá usted que repetir la pregunta”. Mi encargado de publicidad me dio con el codo, murmurando a mí oído: “este tipo está de tu parte; te ha dicho una cosa muy amable”. Era Jim Agee, el poeta y novelista americano, que estaba trabajando por entonces como escritor y crítico literario para la revista Time. Me sentí confundido y depuse mi actitud de alerta.

“Lo siento”, dije; “no le he oído. ¿Tendría usted la amabilidad de repetirlo?”. “No sé si podré”, dijo, algo embarazado; luego repitió aproximadamente las mismas palabras. No se me ocurrió ninguna contestación; de modo que moví la cabeza y dije: “Sin comentario…; pero gracias”.

Después de aquello no me encontraba bien. Sus amables palabras me dejaron sin ninguna capacidad de lucha. “Lo siento, señoras y caballeros”, dije. “Pensé que esta conferencia iba a ser una entrevista para hablar de mi película; en lugar de ello, se ha convertido en una discusión política. Así que no tengo nada más que decir”.


MARCHA DE ACTORES HACIA WASHINGTON EN PROTESTA CONTRA LA POLÍTICA DEL COMITÉ CONTRA ACTIVIDADES ANTI AMERICANAS


Después de la entrevista sentí dolido el corazón, porque ya no tenía duda de que me enfrentaba con una violenta hostilidad. No podía creerlo aún del todo. Había recibido una extraordinaria correspondencia felicitándome por el “gran dictador”, que produjo más dinero que ninguna de las otras películas que había hecho, ni antes de la película había tenido que sufrir una tan considerable publicidad adversa. Además, confiaba mucho en el éxito de Monsieur Verdoux, y el personal de la United Artists tenía la misma impresión.

Mary Pickford telefoneó para decir que le gustaría ir con Oona y conmigo al estreno; así que la invitamos a cenar con nosotros en el restaurante 21. Mary llegó muy tarde. Dijo que se había entretenido en un coktail y que le resultó difícil poderse escapar.

Cuando llegamos al cine había un gran gentío congregado fuera. Mientras nos abrimos paso por el vestíbulo vimos un hombre que estaba fuera. Mientras nos abrimos paso por el vestíbulo vimos un hombre que estaba retransmitiendo por radio: “Y ahora acaban de llegar Charlie Chaplin y su esposa. ¡Ah! Y con ellos, como invitada, esa maravillosa actriz de los días del cine mudo que sigue siendo “la novia de América”: Miss Mary Pickford. Mary, ¿querría decir algunas palabras sobre este maravilloso estreno?”.

El vestíbulo estaba abarrotado, y Mary se abrió paso hacia el micrófono, llevándome todavía cogido de la mano. “Y ahora, señoras y caballeros, aquí está miss Mary Pickford…”. En medio de los empujones y apreturas, Mary dijo: “hace dos mil años nació Cristo, y esta noche…”. NO dijo nada más, pues teniéndome todavía cogido de la mano, fue apartada de un tirón del micrófono por un repentino empujón de la multitud. Muchas veces me he preguntado que iba a decir a continuación.

Aquella noche reinaba en el teatro un ambiente inquietante y se tenía la impresión del que el público había acudido para demostrar algo. Desde el momento en que empezó la película, en lugar de la anhelante impaciencia y el alborozo que habían saludado en otros tiempos mis películas, hubo algunos aplausos nerviosos mezclados con silbidos. Me avergüenza tener que admitirlo, pero aquellos pocos silbidos me hirieron más que toda la hostilidad de la prensa.

A medida que la película iba pasando empecé a sentirme preocupado; las risas sonaban, si, pero divididas. No eran las risas de antes, de “la quimera del oro”, “de luces de la ciudad” o de “armas al hombro”. Era una risa desafiadora contra los elementos que silbaban. Mi corazón empezó a latir aceleradamente. NO pude permanecer sentado por más tiempo en mi butaca. Susurré al oído de Oona: “voy a salir al vestíbulo; no puedo soportarlo”. Me apretó la mano. Mi manoseado programa, que había retorcido hasta dejarlo destrozado, me quemaba la palma de la mano de forma que lotíre debajo de mi asiento. Me adentré por el pasillo y salí al vestíbulo. Por un lado, quería quedarme para oir las risas, y por otro, deseaba evadirme de todo. Luego subí al anfiteatro para ver como marchaban allí las cosas. Un hombre que estaba riendo más que el resto; sin duda, algún amigo, pero era una risa convulsiva y nerviosa, como si tuviera que demostrar algo. Lo mismo sucedía en el paraíso que en el anfiteatro.

Durante dos horas estuve dando paseos por el vestíbulo, en la calle, alrededor del cine; luego volví a ver la película. Me pareció que duraba una eternidad. Por último, terminó. Earl Wilson, el columnista, un tipo muy honrado, fue una de las primeras personas con las que me encontré en el vestíbulo.

“A mí me ha gustado”, dijo, recalcando el a mi. Luego vino Arthur Kelly, mi representante: “claro es que no nos va a producir doce millones, ni mucho menos”. Me dijo. “Bueno, me conformaré con la mitad”. Le contesté bromeado. Después dimos una cena para unos ciento cincuenta personas; pocos eran viejos amigos. Aquella noche las opiniones estaban dividas, y a pesar del champagne, fue deprimente. Oona se fue a casa para acostarse, pero yo me quedé medio hora más.

Bayard Swope, un hombre al que yo estimaba, estaba discutiendo con mi amigo Don Stewart sobre la película. A Swope le parecía detestable. Aquella noche solo unas personas me felicitaron. Don Stewart, un poco bebido, como yo, dijo: “Charlie, todos son un hatajo de bastardos, intentando hacer política con tu película; pero es formidable y al público le gusta. Por entonces no me importaba lo que pensase nadie. No tenía ya fuerzas. Don Stewart me acompañó al hotel. Oona estaba ya dormida cuando llegamos.

“¿Qué piso es el tuyo? Me preguntó Don. “El 17”. “¿Jesús!¿Te das cuenta qué habitación es esta? ¡pues la habitación en la que un chico se puso de pie sobre el borde de la ventana y pasó en ella doce horas antes de tirarse y matarse¿”. Estas noticias eran el clima adecuado para aquella noche. Sin embargo, creo que Monseur Verdoux es la película más inteligente y más brillante de las que he hecho hasta ahora.

Ante mi sorpresa, Monseieur Verdoux estuvo en cartel en Nueva York durante seis semanas y nos produjo buenos beneficios. Pero de repente se vino abajo. Cuando le pregunté a Grad Seers, de la United Artists, sobre este fenómeno, me dijo: “Cualquier película que haga usted será un gran negocio durante las tres o cuatro primeras semanas, porque tiene usted de su parte a sus antiguos admiradores. Pero después acude el público en general, y teniendo en cuenta que la prensa le ha amartillado a usted continuamente durante más de diez años, esto ha de tener forzosamente su efecto; por esto han disminuido las taquillas.

“Pero la masa de público, en general, tiene sentido del humor, creo yo”. Dije. “¡Mire!”, me enseñó el Daily News y los periódicos de la cadena de Hearst. “Y así ocurre en todo el país”. En uno de aquellos diarios se publicaba una fotografía de la Legión Católica dee Nueva Jersey desfilando por delante del cine de ese Estado en donde se proyectaba Monsieur Verdoux. Llevaban pancartas en las que se leía: “Chaplin es un compañero de viaje”, es decir un comunista. “Echemos a patadas del país al forastero”, “Chaplin está siendo un invitado de pago durante demasiado tiempo”, “Chaplin, el ingrato y el simpatizante comunista”, “Chaplin, a Rusia…”.


LA CAZA DE BRUJAS


Cuando Candilejas estuvo terminada sentía yo menos preocupaciones respecto a su éxito de la que había tenido con ninguna otra de mis anteriores películas. Organizamos una proyección privada para nuestros amigos y todos quedaron entusiasmados. Así, pues, empezamos a pensar en marcharnos a Europa, pues Oona estaba deseosa de mandar allí a los niños al colegio, lejos de toda influencia hollywoodense. Tres meses antes había yo presentaod una solicitud para que me concedieran permiso para volver a entrar, pero no había recibido ninguna contestación. Sin embargo, seguí arreglando mis asuntos, preparándome para la marcha. Declaré mis impuestos y dejé su pago en regla. Pero cuando la Oficina de Contribuciones se enteró de que me disponía  marchar a Europa, descubrió que les debía más dine3ro aún. Y ahora inventaron una suma de seis cifras, exigiendo que pagase dos millones de dólares, una cantidad diez veces mayor de la que me había exigido. Mi instinto me dijo que no pagase nada y que insistiese en el caso se viese inmediatamente ante los Tribunales. Esto hizo que llegásemos rápidamente a un acuerdo por una suma muy razonable.

Ahora que ya no podían exigirme nada más, solicité de nuevo un permiso para volver a entrar, y esperé varias semanas, aunque sin obtener contestación. Así es que envié una carta a Washington comunicándoles que aunque no quisieran concederme aquel permiso, tenía la intención de marcharme.

Una semana después recibí una llamada telefónica del Departamento de Inmigración para decirme que desearían formularme algunas preguntas. ¿Podían venir a mi casa?. “Desde luego”, contesté.

Vinieron tres hombres y una mujer; la mujer tenía una máquina estenográfica. Los otros llevaban unas cajitas cuadradas que contenían, indudablemente, magnetófonos. El principal interrogador era un individuo alto y delgado, de unos cuarenta años, apuesto y astuto. Me di cuenta de que eran cuatro contra uno, y que debí haber hecho que estuviera presente mi abogado, aunque no tenía nada que ocultar.

Les conduje a la baranda y la mujer llevó su máquina estenográfica y la colocó sobre una mesita. Los otros se sentaron en un diván, con los magnetófonos delante El interrogador sacó un dossier de unos treinta centímetros de alto, que depositó cuidadosamente en la mesa que tenía junto a él. Me senté enfrente. Luego empezó a hojear su dossier, hoja por hoja.

“¿Es Charlie Chaplin su verdadero nombre?”, “Si”, “Algunas personas dice que su nombre es… (aquí se mencionó un nombre de evidente sonido extranjero) y que usted es originario de Galitzia”., “No. Mi nombre es Charles Chaplin, como mi padre, y nací en Londres, Inglaterra”. , “¿dice usted que no ha sido nunca comunista?”, “Nunca. No he formado parte jamás de una organización política en mi vida”. “Usted pronunció un discurso en el que dijo “camaradas”. ¿Quería usted dar a entender con eso?”. “Exactamente eso. Busqué la palabra en el diccionario. Los comunistas no tiene la exclusiva de esa palabra”. Continuó con preguntas por el estilo; luego, de repente, inquirió: “¿Ha cometido alguna vez adulterio?, “Óigame”. Le contesté, “si está usted buscando una argucia para echarme del país, dígamelo y arreglaré mis asuntos de acuerdo con ello, porque no deseo permanecer en ninguna parte donde se me considere persona non grata”.

“¡Oh, no!, me dijo, “es una pregunta que se hace al tramitar todos los permisos para una nueva entrada”. “¿Cuál es la definición de adulterio?” Pregunté. Los dos la buscamos en el diccionario. “Significa fornicación con la esposa de otro hombre”, me dijo. Reflexioné un momento. “No, que yo sepa”. Dije. “Si este país fuese invadido, ¿lucharía por defenderlo?”. “Con toda seguridad. Quiero a esta nación; aquí tengo mi hogar y aquí he vivido durante cuarenta años”. Contesté. “Pero usted no se ha hecho ciudadano americano”. “No hay ninguna ley contra eso. Sin embargo, pago mis impuestos”. “Pero, ¿por qué sigue las consignas del partido?”, “Si usted me dice lo uqe son esas consignas y de qué partido, podré contestarle si las sigo o no”. Hubo a continuación una pausa, que rompí diciendo: “¿Sabe usted cómo me he visto metido en este lio?” Denegó con la cabeza. “Por hacerle un favor a su gobierno”. Alzó las cejas en señal de protesta. 

“Su embajador en Rusia, míster Joseph Davies, iba a hablar en San Francisco a favor de la ayuda a la guerra rusa, pero a última hora sufrió un ataque de laringitis, y un alto representante de su gobierno me pidió que hablase en su lugar, y desde entonces me han estado dando golpes en los nidillos”. 

Me estuvieron interrogando durante tres horas. Una semana después volvieron a telefonear para preguntarme si quería ir a la Oficina de Inmigración. Mi abogado insistió en acompañarme, “por si quieren hacerle más preguntas”. Dijo. Cuando llegamos no podía haber sido acogido con mayor cordialidad. El jefe del Departamento de Inmigración, un hombre amable, de mediana edad, me dijo en un tono casi consolador: “Siento que le hayamos entretenido, míster Chaplin.  Pero ahora que tenemos ya establecido un anejo del Departamento de Inmigración en Los Ángeles, actuaremos con más rapidez, sin que las solicitudes tengan que ir y venir de Washington. Solo queda por hacer una pregunta, míster Chaplin ¿cuánto tiempo estará usted fuera?

“No más de seis meses”. Le contesté. “Sólo vamos a pasar unas vacaciones”. “En otro caso, si va a estar fuera más tiempo, deberá pedir una prórroga”. Dejó un documento sobre la mesa y luego salió de la habitación. Mi abogado lo examinó rápidamente. “¡Esto es!”, me dijo. “¡Es el permiso!”. El hombre volvió con una pluma: “¿Tendría la bondad de firmar aquí, míster Chaplin? Y claro es que tendrá que arreglar sus documentos de embarque”. Después de haber firmado, me palmeó afectuosamente en la espalda: “Aquí está su permiso. Espero que tenga unas felices vacaciones. Charlie, ¡y regrese pronto a casa!”.

Era sábado e íbamos a partir el domingo, por la mañana, en el tren de Nueva York. Quería yo que Oona tuviera acceso a mi caja fuerte en caso de que me sucediese algo, pues contenía la mayor parte de mi fortuna. Pero Oona seguía demorando la firma de los documentos en el Banco. Y ahora era nuestro último día de estancia en Los Angeles, y los Bancos estarán cerrados al cabo de diez minutos.

“Nos quedan exactamente diez minutos para ir; así que tenemos que darnos prisa”. Dije. Para esta clase de cuestiones, Oona es un poco dejada. Y me dijo: “¿No podríamos esperar hasta que regresemos de las vacaciones?” Pero yo insistí. Y en buena hora, pues de otra forma hubiéramos pasado el resto de nuestras vidas pleiteando para intentar llevarnos nuestra fortuna del país.

El día que nos marchamos a Nueva York fue un día doloroso. Mientras Oona estaba haciendo los últimos arreglos de la casa, yo me quedé fuera, en la pradera, contemplando la casa con sentimientos contradictorios. ¡Cuántas cosas me habían ocurrido en aquella casa! ¡Cuánta felicidad gocé en ella y cuánta angustia! Ahora el jardín y la casa tenían un aspecto tan apacible y amistoso, que me sentía conmovido al dejarlos. 

Después de decir adiós a Helen, la doncella, y a Henry, el mayordomo, me dirigí a la cocina para decir adiós a Anna, la cocinera. Soy muy tímido en tales ocasiones, y Anna, una mujer robusta y gorda, era un poco sorda. “Adiós”, tuve que repetirle, tocándola en el brazo.

Oona fue la última en salir. Después me contó que había encontrado a la cocinera y a la doncella llorando. Jerry Epstein, mi ayudante de dirección, estaba en la estación para despedirnos. El viaje a través del país fue un sedante. Pasamos una semana, en Nueva York antes de tomar el barco. Justamente, cuando está preparándome para iniciar le goce de las vacaciones me llamó mi abogado, Charles Schwartz, para decirme que un antiguo empleado de la United Artists había entablado un pleito contra la Compañía, reclamando no sé cuántos millones.

“No son más que ganas de fastidiar, Charlie. De todas maneras, quiero evitarte el tener que acudir a una citación judicial, porque esto te obligaría a regresar de tus vacaciones”. Por lo cual los últimos cuatro días estuve encerrado en mi habitación y me vi privado del gozo de ver Nueva York con oona y los niños. Sin embargo, tenía intención de dar una proyección privada de Candilejas para la prensa, con citaciones o sin ellas.

Embarqué en el Queen Elizabetrh a las cinco de la madrugada, en una hora romántica, pero por la sórdida  razón de evitar que me entregasen una citación. Las instrucciones de mi abogado fueron que embarcase furtivamente, me encerrase en mi camarote y no apareciese en cubierta hasta que el práctico hubiese desembarcado. Como hacia doce años que estaba preparado a esperar lo peor, obedecí.

Había soñado verme en cubierta con mi familia, disfrutando de aquel emocionante momento que es la partida de un barco, cuando suelta sus amarras y se desliza conduciéndonos a otra vida. En lugar de esto, estaba encerrado ignominiosamente en mi camarote, atisbando a través de la portilla. “Soy yo”, dijo Oona, llamando a la puerta. La abrí. 

“Jim Agree acaba de llegar para despedirse de nosotros. Está en el muelle. Le he gritado que te había escondido para evitar que te entregasen la citación y que le saludaras desde la portilla. Allí está ahora, en el extremo del muelle.” Me dijo. Vi a JIm, algo separado de un grupo de personas, de pie bajo el implacable sol, mirando al barco. Con toda celeridad me quité el sombrero, saqué el brazo por la portilla y lo agité, mientras Oona miraba por la segunda portilla. “NO, no te ha visto todavía”. Me dijo ella.

Y Jim no me vio jamás; y aquella fue la última visión que tuve de Jim, de pie, solo, como si estuviera separado del mundo, atisbando y buscando. Dos años después murió de un ataque al corazón. Por fin emprendimos el viaje, y no bien el práctico se hubo marchado descorrí el cerrojo de la puerta y subí a cubierta como un hombre libre. Allí estaba la silueta altanera de Nueva York, distante y magnánima, alejándose de mí a la luz del sol, haciéndose más etéreamente bella a cada momento… Y la visión de aquel vasto continente que desaparecía en la niebla me produjo una sensación especial.


CHAPLIN A BORDO DEL QUEEN ELIZABETH


Aunque excitado de antemano ante la idea de visitar Inglaterra con mi familia, me sentía agradablemente sereno. El largo trayecto por el Atlántico es purificador. Me sentía otra persona. Ya no era un mito del mundo cinematográfico, blanco de la acritud de las gentes, sino el hombre casado que se marchaba de vacaciones con su esposa y su familia. Los niños estaban en cubierta, divertidos con sus juegos, mientras Oona y yo nos sentábamos en un par de tumbonas. Y de este modo comprendí lo que era la felicidad completa: algo muy cercano a la tristeza.

Hablábamos afectuosamente de los amigos que dejábamos detrás de nosotros. Hablamos incluso de la simpatía de la gente del Departamento de Inmigración. ¡Qué fácilmente se sucumbe a una larga cortesía! La enemistad es difícil de fomentar.

Oona y yo teníamos el propósito de tomarnos unas largas vacaciones y de divertirnos; y con la presentación de Candilejas aquellas vacaciones tendrían su finalidad. La idea de combinar los negocios con el placer era sumamente agradable. 

La comida al día siguiente no pudo ser más alegre. Nuestros invitados fueron Arthur Rubinstein y su esposa y Adolph Green. Pero estando en la mitad de ella entregaron a Harry Croker un cablegrama. Iba a guardárselo en el bolsillo, pero el repartidor le dijo: “Están esperando contestación por la radio”. Mientras lo leía se le ensombreció la cara; luego se disculpó y se levantó de la mesa.

Poco después me llamó a su camarote y me leyó el cable. Me anunciaban que las puertas de los Estados Unidos estaban cerradas para mí, y que antes de que pudiera entrar de nuevo en el país tendría que presentarme ante el Comité Investigador de Inmigración para contestar a unas acusaciones de orden político y de depravación moral. La United Press deseaba saber si tenía yo algún comentario que hacer.

Mis nervios se pusieron en tensión. El volver a entrar o no en aquel desdichado páis tenía poca importancia para mí. Me hubiera agradado haberles dicho que cuanto antes me viera libre de aquella atmósfera cargada de odio sería mejor, que estaba harto de los insultos de América y de su farisaica moral, y que todo el asunto era una pesada molestia. Pero todo cuanto yo poseía estaba en los Estados Unidos, y me aterraba pensar que pudiesen hallar una forma de confiscarlo. Ahora podía esperar de ellos cualquier acción carente de escrúpulos. Así es que eme destapé con una declaración pomposa, diciendo que regresaría para contestar a todas sus acusaciones, y que el permiso de retorno que tenía no era un papel mojado, sino un documento que se me había dado de buena fe por el Gobierno de los Estados Unidos… y bla, blablá…

No tuve reposo ya en el barco. Recibí telegramas de la prensa de todas las partes del mundo pidiéndome declaraciones. En Cherburgo, nuestra primera escala ante de Southampton, más de cien periodistas europeos subieron a bordo para interviuvarme. Decidí  concederles una hora en el comedor después del almuerzo. Aunque se mostraron simpáticos, la prueba fue pesada y agotadora.

El viaje a Southampton a Londres fue desasosegado, pues mucho más importante que ser rechazado por los Estados Unidos era mi ansiedad por saber cuál sería la reacción de Oona y de los niños cuando vieran por vez primera la campiña inglesa. Durante años enteros había estado alabando la maravillosa belleza de la aparte del suroeste de Inglaterra: Devonshire y Cornualles, y ahora estábamos pasando ante lúgubres bloques de edificios de ladrillo rojo y de calles de casas uniformes serpenteando sobre las colinas. Oona dijo: “Todas parecen iguales”. “Danos una oportunidad”, le dije. “Sólo acabamos de salir de Southampton”.

Y a medida que nos fuimos adentrando el paisaje se hizo, claro es, más bello. Cuando llegamos a Londres, por la estación de Waterloo, la muchedumbre fiel estaba allí, tan leal y entusiasta como siempre. Las gentes nos saludaban y aplaudían cuando salimos de la estación. “Háblales fuerte, Charlie”, gritó una voz. Aquello confortó mi corazón. Cuando, por fin, Oona y yo tuvimos un momento de tranquilidad, permanecimos asomados a la ventana de nuestra suite en el piso quinto del Savoy Hotel. Le señalé el nuevo puente de Waterloo; pese a su belleza, ahora significaba poco para mí, salvo que me conducía a mi infancia. Permanecimos callados, gozando de la vista más emocionante de una ciudad que puede existir en el mundo. He admirado la romántica elegancia de la Plaza de la Concordia en París, he sentido el místico mensaje de un millar de ventanas resplandecientes a la puesta del sol en Nueva York; pero, para mí, la vista del Támesis desde nuestra ventana del hotel las supera a todas en grandeza funcional, teniendo al mismo tiempo un sentido profundamente humano.

Mis amigos me han preguntado cómo me las arreglé para suscitar estar hostilidad de los americanos. Mi estupendo pecado fue, y sigue siendo, mi carácter no conformista. Aunque no soy comunista, me negué a seguir la corriente y a odiarlos. Esto, naturalmente, ha molestado a muchos, incluyendo la Legión Americana. No me opongo a esta organización en lo que respecta a su significación, verdaderamente constructiva; medidas como la enseñanza obligatoria, la Carta de Derechos y otros beneficios para los ex combatientes y sus hijos necesitados, son excelentes y humanitarios. Pero cuando los Legionarios rebasan sus derechos legítimos y bajo la máscara del patriotismo utilizan su poder para abusar de los demás, entonces cometen un delito contra la estructura fundamental del Gobierno americano. Estos superpatriotas pueden llegar a ser las células que conviertan América en una nación fascista.

En segundo lugar, yo era opuesto al Comité de actividades antiamericanas, ya de principio un título deshonesto, lo suficientemente elástico para cerrar su garra alrededor de la garganta y estrangular la voz de cualquier ciudadano americano cuya honrada opinión sea minoritaria.

En tercer lugar, nunca he intentado hacerme ciudadano americano. Sin embargo, hay una gran cantidad de americanos que se ganan la vida en Inglaterra y que no han intentado nunca hacerse súbditos británicos; por ejemplo, un director americano de la M. G. M:, que gana en dólares a la semana un sueldo de cuatro cifras, ha vivido y trabajado en Inglaterra desde hace más de treinta años sin hacerse súbdito británico, y los ingleses no le han molestado nunca.



fuente_CHARLES CHAPLIN