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viernes, 24 de octubre de 2014

LA SEPTIMA CRUZADA Y LOS TEMPLARIOS

 CURIOSIDADES:



Corría el año 1248 cuando el emir Beybars, un ex esclavo mongol, se apoderó de Damasco, Gaza y otras importantes plazas. Era el gran amo de aquellas tierras. Y esta cuestión no la podían tolerar los cristianos que pretendían recuperar Damieta y marchar hasta el Cairo después, puesto que se pensaba que el punto clave era conquistar Egipto y de esta forma cerrar de forma abrupta el paso a futuros ataques musulmanes a Tierra Santa.

En esas estaban que Luis IX, el rey de Francia, sale de su país con diversas embarcaciones pisanas y genovesas, acompañado de su esposa la reina Margarita, y sus hermanos, Roberto de Artois y Carlos de Anjou, y otros muchos familiares. El destino participar en una nueva cruzada. La base de operaciones sería la isla de Chipre, que se hallaba a tres jornadas de navegación de las costas egipcias.




LUIS IX EN LA SÉPTIMA CRUZADA


En esos tiempos, el temple carecía de gran mestre, puesto que no se contaba con la confirmación de la muerte de Armando de Périgord, desaparecido oficialmente. Le tocó, pues, cubrir sus funciones al gran comendador Juan de Roquefort, aunque le duró poco el cargo pues fue elegido Gillermo de Sonnac.

Se sabe que el decimoséptimo mestre tenía unas buenas relaciones con los sultanes más importantes de la zona hasta el punto, que se hospedó durante largas jornadas en los palacios de los emires, y se dice que convivió con ellos adoptando costumbres musulmanas. 

Guillermo de Sonnac, se postuló como diplomático entre el rey de Francia y los sultanes, y sobre todo con aquellos que no habían rendido pleitesía a Beybars, pero obtuvo esta respuesta: “¡Nos jamás haremos trato algunos con infieles!¡Confiamos que lo tengáis muy en cuenta de aquí en adelante, monseñor maestre!¡Voy a deciros algo más; no quiero enterarme de que habéis recibido a algún emisario turco sin mi autorización!¡Siempre debéis consultarnos, nunca lo olvidéis!”

Como se puede apreciar, este rey era considerado muy santo, pero como diplomático dejaba mucho que desear. Se debe pensar que en esos territorios, sometidos a tantas guerras, habiendo intereses políticos más fuertes que los propios religiosos, el poder mantener conexiones y alianzas con lo que se considera el enemigo podía ser de gran ayuda en los propios intereses durante un tiempo puntual. Pero, Luis IX, es obvio que no pensaba lo mismo, porque incluso se negó en aquellos tiempos a aliarse con el gran khan mongol que luchaba contra los musulmanes. El recibió a los embajadores asiáticos, pero para poder compartir las armas codo a codo, ellos se deberían convertir al cristianismo, sino nada de nada.

Pero hubo una tormenta que retrasó la salida de los barcos con rumbo a Egipto. Así, en mayo de 1249, los jefes cristianos ultimaron el plan de ataque a la fortaleza de Damieta. En los primeros días de junio se hallaban frente a la fortaleza, a un tiro de ballesta de la misma. Pero alzaron la vista en el horizonte y vieron como llegaban unos diez mil turcos a caballo y a pie, a los que se les veía bien equipados con armas de mano, dagas y alfanjes. Y raudos y veloces se adentraron en el agua, para abordar a las embarcaciones y combatir sin tregua.


BEYBARS


No obstante, fueron repelidos por una fuerza de orden superior, que portaba corazas y escudos. De hecho se vieron descender de las embarcaciones algunas con caballos y los ballesteros actuaron con diligencia y velocidad. Pero la batalla se prolongó durante unas ocho horas, hasta que los musulmanes, superados, se vieron obligados a desistir e huir.

Se hizo recuento y se observó que las bajas eran muy bajas, mientras que se estimaba en más de 500 hombres caídos y número similar de caballos entre los turcos. Tras la victoria vino la misa, y se improvisó una capilla en la cabeza de playa. Luis IX la dirigió con grandes rezos de agradecimiento. Una gran atmósfera de satisfacción se elevó entre los presentes, remarcando entre los mismos el sentimiento de ayuda por parte de Dios.

A la mañana siguiente, se percataron que Damieta había sido abandonada. Por lo que a continuación fueron colocados los estandartes en lo más alto de sus torres pertenecientes al rey de Francia. Los barcos se dispusieron de forma que sirvieran de puentes para que un gran número de cristiano pudieran entrar en la fortaleza. Todos los presentes se llevaron por un sentimiento de gran alegría y dispusieron convertir la mezquita en una catedral dedicada a la virgen. Se nombró a un obispo. Y resonó el canto por toda la fortaleza del “te deum”.




SOBRE DAMIETA


Se decidió repartir los edificios que conformaban la fortaleza entre los templarios, los hospitalarios, los genoveses y los pisanos, que eran los dueños de los barcos que habían permitido esta conquista, se les permitió construir un mercado y algunas calles para establecer negocios allí.

Pasados unos días, llegaron hasta allí, la reina Margarita y Balduino II, el emperador de Bizancio. En aquel verano, Damieta se convirtió en una plaza muy señorial e importante, pero la inactividad comenzó a reducir la moral de la soldadesca, así como a escasear el alimento y se extendió por la plaza enfermedades propias del África. Afuera de la fortaleza, se habían montado tiendas, puesto que no todos cabían dentro de la ciudadela. Sin embargo, pronto llegarían provisiones  y dinero para abonar los sueldos. Se pensó en subir el Nilo corriente arriba con los barcos, pero esa época era de inmensas crecidas, que impidieron cualquier plan al respecto pues se inundaron los cultivos y la corriente arrastraba muchos troncos y otros elementos.

Se dispuso esperar hasta el mes de septiembre, y esto supuso perder la ocasión favorable de que Ayub, el sultán del Cairo, se hallaba en agonía. Al conocer la noticia, los cristianos dedujeron que los ejércitos musulmanes no habrían podido reaccionar apropiadamente, al ser atacados, con la falta de uno de sus principales caudillos. Pero no se pudo aprovechar esta situación debido a las malas condiciones imperantes en el entorno.

El 28 de noviembre se dio el comienzo el avance por el Nilo. El grueso de las tropas marchaba por la orilla del río, acompañado por una flotilla de galeras. Pero el avance resultaba muy lento, puesto que las embarcaciones impulsadas por remeros iban contracorriente, avanzando unos dos kilómetros diarios. Y los turcos acechaban muy cerca.

Los templarios iban a la cabeza, y eran los encargados de repeler los primeros ataques. Pasó un mes hasta llegar a las cercanías de Mansura, donde el Tanis se unía al Nilo. Se construyó un malecón para cerrar el canal, aunque con infortunio al echarlo agua la corriente se lo llevó. Y más desgraciado fue presenciar como los mamelucos y turcos abatían con sus flechas a los trabajadores que se afanaron por fijar el malecón al fondo. Ante esto, los cruzados recurren a la estrategia de las torres de asalto rodantes, que siendo de madera son quemadas con suma facilidad por los proyectiles incendiarios que lanzan las catapultas de Mansura. Los cristianos se estaban enfrentando a dos grandes estrategas, Fakr al Din y Beybars, como demostró el segundo al vencer a los cristianos en Gaza.

Llega el 8 de febrero, los cruzados llevan la tienda del rey de Francia a un beduino, que conoce un atajo para poder salir de la trampa en la que se hallaban. Aunque el maestre del temple desconfía desde el primer momento de este colaborador, untado con una gran suma de dinero. Los demás dirigentes de la cruzada lo ven en exageración.


 
A LA IZQUIERDA GUILLAUME DE SONNAC




El atajo resultaba ser un acho brazo fluvial, que en ser cruzado estuvo a punto de ahogar a más de un centenar de cruzados, puesto que el agua les llegaba a la altura de los cinturones, y en algunas zonas las corrientes de agua eran potentes que derribaba a los débiles y hacía imposible el manejo de los caballos muy cargados.

Cuando llegan a tierra firme, cuenta unas 50 bajas y una gran pérdida de suministros. El beduino escapó hace tiempo por lo que no recibe ninguna represalia. Todos estaban furiosos, de forma que al toparse con el grupo de turcos, el conde de Artois dio orden de cargar contra aquellos. Sin embargo, el mestre del Temple, Gillermo de Sonnac le advierte que podían caer en una emboscada si marchan detrás del enemigo por ese terreno que no conocen, pero una vez más es ignorado puesto que el conde es muy orgulloso y se cree superior a un jefe templario.

Tras esto y en palabras de Luis IX, “al día siguiente ordenamos a nuestras tropas en batalla y nos dirigimos al vado. Atravesamos el río, no sin correr grandes peligros, pues era más profundo y difícil de superar de lo que habíamos supuesto. Muchos caballeros debieron pasar a nado. Tampoco resultaba sencillo salir del río por la altura de la Ribera, que estaba cubierta de fango. Después de superar tantas barreras, llegamos al lugar donde se habían preparado las máquinas de los sarracenos frente al camino que nos disponíamos a recorrer. Entonces nuestra vanguardia atacó al enemigo, y le mató mucha gente sin perdonar ni sexo ni edad. Los sarracenos perdieron un jefe y algunos emires.




LUIS IX ENTRA EN LIZA


“como algunos de los nuestros se habían dispersado, consiguieron llegar al pueblo llamado Mansura, donde dieron muerte a todo el sarraceno que encontraban. Sin embargo, como estos se dieron cuenta de la imprudencia de nuestros soldados, reagruparon sus fuerzas, se armaron de valor, contraatacaron hasta envolverlos y terminaron por aniquilarlos. Allí se hizo un gran carnicería de nuestros barones y guerreros, tanto de los religiosos Templarios y Hospitalarios como de los demás… También perdimos a nuestro hermano, el conde Artois, tan digno de terna memoria…”

“…aquel día los sarracenos nos atacaron por todas partes con una granizada de flechas. Intentamos sostener sus violentos asaltos hasta el anochecer, cuando el socorro que nos proporcionaba nuestra balística se perdió del todo. Finalmente, luego de quedar heridos o muertos muchos de los nuestros guerreros y caballos, mantuvimos la posición con la ayuda de Dios.  En el momento que conseguimos reagruparnos, intentamos llegar donde se hallaban las máquinas de los sarracenos…”.

“…Construimos un puente de barcas, para que pudieran venir los que se encontraban más allá del río. Las terribles máquinas enemigas pudieron ser destruidas, lo que nos permitió recibir a los que venían en nuestra ayuda. No éramos muchos, aunque estábamos convencidos de que la victoria volvería a ser nuestra aliada…”.

“…El viernes siguiente, los hijos de la perdición atacaron con audacia y en número infinito nuestras líneas. El choque fue tan terrible de una parte a otra como jamás se había visto en aquellas tierras. Con el apoyo de Dios, resistimos en todos los lados. Rechazamos al enemigo e hicimos caer un gran número bajo nuestros golpes…”.

“…Algunos días más tarde llegó a Mansura el hijo del sultán, procedente de las provincias orientales, y los egipcios le recibieron llenos de júbilo. Creo que su presencia redobló el valor de los sarracenos, porque a partir de ese momento todo marchó en nuestro campamento peor de lo que hubiéramos deseado. Además brotó una enfermedad contagiosa, que nos arrebató hombres y animales. Quedamos pocos para llorar a los compañeros perdidos. A tantas tragedias, debo añadir que el hambre empezaba a causar los mismos estragos que la enfermedad. Hacía mucho tiempo que las provisiones no nos llegaban de Damieta, debido a que, como luego nos enteramos, dos caravanas fueron asaltadas, se saqueó todo lo que portaban y se pasó después a cuchillo a los cristianos…”.

“…La carencia absoluta de víveres sembró la desolación y el terror en nuestro ejército. Decidimos regresar a Damieta; pero como los caminos de la Providencia no están en el hombre sino en Aquel que dirige sus pasos y lo dispone según su voluntad, el 5 de Abril caímos en poder del enemigo, no sin gran carnicería y efusión de sangre cristiana. La mayor parte de los que volvían por el río fueron también apresados o muertos. Debo reconocer que todos dieron grandes muestra de valor, nadie retrocedió y se luchó hasta que la resistencia se hizo imposible. Creo que yo perdí el sentido en cierto momento…”.

Los acontecimientos narrados sucedieron en un período comprendido de cuarenta días. Aparte del conde Artois también murieron Gillermo de Sonnac, más de doscientos monjes guerreros, 350 hospitalarios, 500 francos y otros cientos de diferentes nacionalidades.




CABALLERÍA CRUZADA EN ACCIÓN


Cuentan que los peces del río se convirtieron en carnívoros al devorar restos descompuestos, ya que se amontonaban formando un lodo rojizo en el fondo donde el agua fluía con menos fuerza.
El sultán que levantó la moral de los suyos era Turanshah Ayub. Bien preparado para las batallas fluviales, que ordenó construir varios botes ligeros en decenas llevados a las orillas del Nilo en camellos. Estos les permitió interceptar a los barcos que portaban provisiones para  el rey de Francia y sus hombres.

Finalmente, llegó la rendición cristiana el 5 de abril, si bien no fue decisión de Luis Ix, que estaban enfermo y sin fuerzas, sino que se dice que fue un capitán de los francos sobornado por un emir mameluco, que corrió la voz entre los cientos de supervivientes cristianos; “¡nuestro santo monarca ha ordenado que nos rindamos!”. También se supo que se pagó un gran rescate por los prisioneros cristianos. Se dice que fueron muchos días enteros los que fueron necesarios para poder pesar en balanzas todas las monedas de oro, piedras preciosas y joyas, de forma, que se pudo llenar hasta sus techos en grandes cestos, una espaciosa habitación. Y aún, a pesar de haber pagado tamaña fortuna, más de 300.000 libras, se exigió una suma adicional de 30.000 libras. Pero ya las arcas de los cruzados se encontraban exiguas. Entonces, se demandó a la orden del Temple, que se sabía acaudalada, al actual en tierra santa como banqueros. Para ello se llamó a Esteban de Otricourt a la tienda del rey, como comendador encargado de las finanzas.

“Lo siento majestad. He sido obligado, por medio de un juramento sagrado, a defender esos fondos con mi propia vida. Solo puedo ponerlos en las manos de quienes me lo confiaron. Si consiguierais que estos caballeros, cuya relación tengo en mi poder, os autorizaran a utilizarlos, yo me encontraría libre de mis responsabilidades”.

Los consejeros de Luis IX miraron el listado, pero comprobados consternados que estos insignes señores se encontraban en Europa o en otras zonas muy lejanas de Tierra Santa.

“No os libramos de ese juramento”. Ofreció el rey santo, echado en un sillón que casi le hacía de cama, pues se hallaba convaleciente de su enfermedad. “Tomadlo como un préstamo, que os será devuelto dentro de un tiempo, lo más corto posible, con los intereses que estipuléis. Tenéis la palabra de un rey, ¿acaso no os parece suficiente?” 

“Señor de Francia, podéis tranquilizaros.”. En esto que interviene Rinaldo de Vichiers, mariscal del Temple, máxima autoridad en el mismo tras la muerte de Guillermo de Sonnac. “Vais a disponer de ese dinero cuanto gustéis, ya que parecéis haber olvidado que nos habéis confiado en San Juan de Acre unas propiedades, además de ciertas cantidades, de las que nos podremos cobrar para resarcir esta suma que ahora podemos entregaros.”




LUIS IX DE FRANCIA


Con esto se pudo resolver el problema del rescate. Pero la decisión del mariscal era arriesgada para su futuro, porque no se podían disponer de tales fondos de los clientes sin haber consultado con anterioridad a la junta de caballeros encargada de las finanzas de tierra santa. Y la cuestión de cobrar a partir de las propiedades y las cantidades de San Juan de Acre no era sencilla, porque se debían de superar unos farragosos procedimientos administrativos y contar con la aprobación de los administradores templarios de la ciudad. Sin embargo, los compañeros del mariscal le respaldaron en su decisión y al cabo de unos meses, pudo ocupar el cargo de gran mestre al ser elegido por votación secreta por todos los caballeros participantes en la misma.

Luis IX era el representante del Papa en aquella cruzada, y por tanto, todas las órdenes religiosas estaban bajo su mandato. A pesar de la sonada derrota de Mansuria, en todas las plazas era recibido como un héroe. Estuvo en Palestina durante dos años. Durante ese tiempo debió de resolver muchos casos difíciles, como fue el que los Templarios se reunieran con sultanes de la zona en secreto. Así: “… El hermano Hugo de Jouy, que por esas fechas era mariscal del Temple, fue a visitar al sultán de Damasco en nombre de su maestre de la Orden, con la intención de obtener los beneficios correspondientes a unas tierras. Se efectuaron las negociaciones de esa manera, poniendo la condición de que el rey había de estar de acuerdo. Al cabo del tiempo, el hermano volvió acompañado de un emir, que era embajador del sultán de Damasco, a la vez portaba un documento.”.

“El maestre le contó todo lo anterior al rey, el cual se enfadó en gran manera, por lo que le dijo que había sido muy osado al establecer unas relaciones con el sultán sin antes haberle consultado. El rey terminó afirmando que el asunto debía enderezarse. Para conseguirlo el rey levantó las tres esquinas de sus pabellones, con lo que el asunto se hizo público. Llegó mucha gente. También el maestre del Temple y la totalidad de su convento, la mayoría descalzos.”.

“En su momento el rey ordenó que ante él se sentaran el maestre del Temple y el embajador del sultán; luego, exigió al maestre con voz muy alta:¡Monseñor, quiero que le digáis al embajador que os duele haber mantenido tratos con el sultán sin antes haberme consultado!¡Y cómo nos habéis hablado nada con nos de ello antes, le libraréis de toda la responsabilidad asumida y, luego, le devolveréis los documentos firmados”.

“El maestre tomó los documentos y los dejó en las manos del emir, al que dijo: Os devuelvo porque he actuado mal, de lo que me arrepiento. A continuación, el rey le demanda al maestre que se levante y da orden para que hagan lo mismo a sus hermanos. En ese momento exige: “¡Poneros de rodillas para retractaros ante mí por lo que habéis hecho sin contar con mi aprobación!”. El maestre se tiró de rodillas y le tiende el extremo de su manto como señal de súplica. El rey prosigue: “¡Quedáis obligado a conseguir que el hermano Hugo de Jouy, el que hizo ese trato con el sultán, sea desterrado inmediatamente del reino de Jerusalén!”. Las órdenes se van a cumplir, nadie podía evitar ese destierro.

Tanta fue la humillación pública para el Temple que el maestre fue expulsado de la Orden de inmediato. A las pocas semanas se nombró en voto secreto a su sucesor en la persona de tomas Berard. Hugo de Jouy llegó hasta Aragón, donde sería nombrado maestre de Cataluña. Si bien, pasado un tiempo, se vio enfrentado con varios capellanes de la Orden, lo que hizo que el Papa dictase unas bulas para actuar contra esos rebeldes. Este Rinaldo de Vichiers murió en 1256 y por lo visto su actuación en tierra santa no le restó ni un ápice de su estatus más allá de aquellas tierras.



BIBLIOGRAFÍA:

Historia de las curzadas de Steven Ruciman.

La meta secreta de los templarios de Juan García Atienza.

Las cruzadas vistas por los árabes de Amin Maalouf