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martes, 10 de febrero de 2015

LA LLEGADA DE JULIO CÉSAR A ILERDA


CURIOSIDADES:


Esto aconteció en el año 49 a.c. cuando el ejército de César se aproxima a Ilerda para entablar combate con los leales de Pompeyo; Afranio y Petreyo y sus amigos, inmersos en una guerra civil que tensiona al imperio romano por aquel entonces.

 En medio de estos preparativos y disposiciones, destaca César hacia Hispania a su lugarteniente Gayo Fabio con las tres legiones que había acantonado en Narbona y sus alrededores, para invernar, y le ordena ocupar rápidamente los pasos de los Pirineos, que a la sazón estaban dominados con unos destacamentos por el lugarteniente Lucio Afranio. A las restantes legiones que estaban acuarteladas más lejos les da orden de incorporársele. Fabio, acelerando según se le había ordenado, desalojó la guarnición de los pasos y a marchas forzadas se dirigió al encuentro del ejército de Afranio.

A la llegada de Lucio Vibulio Rufo, de quien ya quedó indicado que Pompeyo lo había enviado a Hispania. Afriano, Petreyo y Varrón, legados de Pompeyo ( el primero de los cuales gobernaba la Hispania Citerior con tres legiones, el segundo con dos legiones la Ulterior desde los desfiladeros de Cazlona hasta el Guadiana, el tercero desde el Guadiana el territorio de los vetones y la Lusitania con igual número de legiones), distribuyen sus cometidos en forma de que Petreyo se dirija desde Lusitania con todas sus tropas a través del territorio de los vetones a reunirse con Afranio, en tanto que Varrón resguardaría toda la Hispania Ulterior con sus legiones que tenía. Tomados estos acuerdos, Petreyo exige tropas montadas y auxiliares a toda la Lusitania, y Afranio a la Celtiberia, a los cántabros y a todos los bárbaros del litoral oceánico. Una vez concentradas, Petreyo llega rápidamente a reunirse con Afranio a través del territorio de los vetones, y deciden hacer la guerra, de común acuerdo, en las inmediaciones de Ilerda (Lleida o Lérida), en vista de las ventajas estratégicas de su situación.


SITUACIÓN DE LA CAMPAÑA EN ILERDA


Tres eran, según se ha indicado arriba, las legiones de Afranio; dos, las de Petreyo; además, cerca de cuarenta cohortes de la provincia Citerior, con escudos, y de la Hispania Ulterior con rodelas, y unos cinco mil hombres a caballo, de una y otra provincia. César había destacado hacia Hispania seis legiones, unos seis mil auxiliares de a pie, tres mil de a caballo, a todos los cuales había tenido en sus filas en las guerras anteriores, e igual cantidad de la parte de la Galia por él pacificada, alistados uno por uno, los más renombrados y valientes de cada ciudad. Les había agregado individuos de la excelente raza de los aquitanos y montañeses que confían con Provenza… Había oído decir que Pompeyo se dirigía a Hispania a través de la Mauritania con sus legiones, y que estaba por llegar de un momento a otro. Tomó dinero en préstamo de los tribunos militares y centuriones, y lo repartió entre las tropas. Con esto consiguió dos objetivos: asegurarse, con su deuda, de la fidelidad de los centuriones, y ganarse la adhesión de los soldados con su generosidad.
Intentaba Fabio, por medio de emisarios y de mensajes, atraerse a las ciudades vecinas. Había tendido dos puentes en el Segre, distantes cuatro millas entre sí. Por estos puentes enviaba a forrajear, pues todo lo que había a esta parte del río lo había agotado en los días anteriores. Más o menos lo mismo y por le mismo motivo hacían los generales del ejército pompeyano, con lo que menudeaban las refriegas entre una y otra caballería. Con ocasión de haber atravesado el río, según costumbre diaria, por le puente más próximo dos legiones de Fabio que salían para allá en apoyo de los forrajeadores, seguidas de la impedimenta y de toda la caballería, de pronto, con la furia del vendaval y una crecida del agua, quedó cortado el puente y bloqueado el grupo de caballería que faltaba pasar. Al darse cuenta de ello Petreyo y Afranio por el material y fajinas que llevaba el río, rápidamente trasladó Afranio por el puente suyo, que tenía en comunicación con la plaza y el campamento, cuatro legiones y la caballería completa, y fue al encuentro de las dos legiones de Fabio. Al saber que se acercaba, Lucio Planco, que estaba al frente de dichas legiones, obligado por la necesidad, ocupa una elevación del terreno y forma para el combate en dos frentes, a fin de que no pudiera ser copado por la caballería. Así, aunque enfrentándose en inferiores condiciones numéricas, resiste los fuertes ataques de las legiones y de la caballería. Habíase entablado ya combate en regla entre los de a caballo, cuando divisan unos y otros a lo lejos las enseñas de dos legiones que Fabio había enviado a los nuestros por el puente más lejano, sospechando que pasaría lo que en realidad ocurrió, que los generales de los enemigos aprovecharían la ocasión y la buena jugada de la suerte para echarse sobre los nuestros. A la llegada de aquellas, se disuelve la refriega, y uno y otros retiran sus legiones a los campamentos.

A los dos días, César, con novecientos jinetes que se había reservado para su escolta, llegó al campamento. El puente que aquella tempestad había cortado estaba casi reconstruido y ordenó tenerlo dispuesto por la noche. Por su parte, una vez reconocido el terreno, deja seis cohortes para guarnición del puente y del campamento, y toda la impedimenta; y al día siguiente, con el grueso de las tropas en triple línea, sale en dirección a Ilerda, hace alto al pie del campamento de Afranio, y deteniéndose allí un tanto, ofrece batalla en campo llano. Ante el ofrecimiento, Afranio saca sus tropas y las alinea en mitad de la colina, al pie del campamento.

César, al darse cuenta de que dependía de Afranio el que se empeñara el combate resolvió hacer un campamento a unos cuatrocientos pasos del pie de la montaña para evitar que durante la obra una repentina irrupción del enemigo espantara a los soldados e impidiera su trabajo, prohibió protegerlo con una empalizada, pues esta hubiese sobresalido viéndose de lejos. Antes dio orden de cavar por delante, frente al enemigo, un foso de quince pies. Tanto la primera línea con la segunda seguían bajo las armas, tal como habían formado al comienzo; detrás de ellas, la tercera línea llevaba a cabo el trabajo sin servista. Así quedó concluida la obra entera antes de que Afranio advirtiera que se estaba asentando un campamento. Al anochecer, César retira las legiones detrás de dicho foso y allí descansa, aquella noche, sobre las armas.

Al día siguiente retiene todo el ejército detrás del foso y , como había que ir a buscar el material demasiado lejos, por el momento dispone un plan de trabajo parecido, esto es, asigna la construcción de cada lado del campamento a una legión, con la orden de abrir fosos hasta la indicada anchura; a las restantes legiones las alinea sin impedimenta frente al enemigo. Afranio y Petreyo, para causar temor y estorbar los trabajos, avanzan tropas hasta el pie del cerro y hostigan con escaramuzas; pero no por ello interrumpe César la obra, confiado en el apoyo de las tres legiones y en la protección que representaba el foso. Ellos, sin detenerse más tiempo, ni rebasar el pie de la colina, retiran las tropas al campamento. Al tercer día, César rodea el campamento de una empalizada y da orden de que se le incorporan las restantes cohortes y la impedimenta que había dejado en el campamento anterior.

Había entre la plaza fuerte de Ilerda y la colina próxima donde Petreyo y Afranio tenían el campamento, una llanura de unos trescientos pasos, y casi a mitad de dicho espacio, un montículo que sobresalía un tanto; César confiaba que, de ocuparlo y fortificarlo, interceptaría a sus contrarios el acceso a la playa, al puente y a todo el aprovisionamiento que habían concentrado en la fortaleza. Con esta esperanza, saca del campamento tres legiones, y formando la línea de batalla en parajes apropiados, ordena a los de choque de una de las legiones avanzar a la carreta y ocupar aquel montículo. Advertido este movimiento, rápidamente las cohortes que estaban de guardia ante el campamento de Afranio son enviadas a ocupar el mismo punto por un camino más corto. Entablase combate, y y como los de Afranio habían llegado primero al montículo, los nuestros son rechazados, y al ir enviando el enemigo nuevos refuerzos, se ven obligados a dar la espalda y replegarse hacia las enseñas de las legiones.


MARCO PETREYO


El tipo de lucha de las tropas enemigas consistía en avanzar primero a la carrera con gran furia, tomar posiciones audazmente, no guardar mucho sus formaciones, luchar a distancia y dispersos, y no considerar deshonroso dar paso atrás y abandonar el puesto, si se veían acosados, acostumbrados como estaban con los lusitanos y demás autóctonos a una especie de tipo extranjero de lucha; pues suele ocurrir casi siempre que cada soldado se deja llevar de la costumbre de los países en que ha permanecido largo tiempo. En aquella ocasión, dicha táctica desconcertó a los nuestros, desacostumbrados a tal tipo de lucha; pensaban, en efecto, al verlo correr uno a uno, que les estaban rodeando por su flanco descubierto; en cambio ellos creían que convenía mantener la formación, no apartarse de las enseñas y no abandonar sin grave motivo el puesto que ocupaban. Así, pues, desbaratados por los de vanguardia, la legión alineada a aquella ala no mantuvo su posición, y se replegó a la colina inmediata.

César, con sus filas casi todas llenas de terror, que se había producido contra la costumbre y sin esperarla él arenga a los suyos y lleva en su apoyo a la legión novena; contiene al enemigo que, atrevida y encarnizadamente, venía persiguiendo a los nuestros, y les obliga volver de nuevo las espaldas, replegarse hacia la fortaleza de Ilerda y apostarse al pie de sus murallas. Pero los soldados de la legión novena, dejándose llevar de su ardor, persiguiendo más lejos de lo prudente al enemigo fugitivo en su deseo de vengar el revés sufrido, avanzan hacía un lugar desventajoso, hasta encontrarse al pie del cerro en que estaba asentada la ciudad de Ilerda. Al querer retirarse de allí, otra vez los enemigos desde una posición elevada presionaban sobre los nuestros.

El paraje era escarpado y cortado por ambos lados; en anchura era de un espacio que tres cohortes formadas cubrían totalmente, de modo que ni se podían enviar refuerzos por los flancos ni serles útil la caballería en aquel trance. En cambio desde la fortaleza descendía en pendiente de leve inclinación un trecho de unos cuatrocientos pasos. Por aquí se replegaban los nuestros, ya que, llevados de su ardor, habían avanzado imprudentemente hasta allí; tal era el teatro de la lucha, desventajoso por su estrechez, y por haberme detenido al pie mismo del cerro, que no se perdía un solo dardo lanzado por el enemigo. A pesar de todo se sostenían gracias a su valor y resistencia y soportaban todas las heridas. Aumentaban los efectivos del enemigo; repetidamente, desde el campamento y haciéndolas pasar por la plaza, iban enviado más cohortes para llevar a las tropas agotadas por otras de refresco. César se veía obligado a hacer lo mismo, enviar al mismo lugar nuevas cohortes y  retirar a los agotados.

Después de cinco horas de continuo combate al modo descrito, y aumentando la presión del enemigo, superior en número, sobre los nuestros, estos agotadas todas las municiones, acometen a espada contra las cohortes monte arriba, y derribando a unos cuantos obligan a los demás a volver espaldas. Rechazadas las cohortes hasta el pie de la muralla y, en parte también, empujadas por el terror hasta dentro la ciudad, fue fácil para los nuestros la retirada. Por su parte nuestra caballería, aunque se había situado en terreno hundido y más bajo, se esforzó en ambos lados, con extraordinaria valentía, en alcanzar la Creta, y evolucionando entre uno y otro ejército  proporciona  alos nuestros una retirada más fácil y segura. Tuvo pues el combate sus alternativas. De los nuestros cayeron en el primer encuentro unos setenta, entre ellos Quinto Fulginio, centurión del primer manípulo de lanceros de la legión decimocuarta, que por su excepcional bravura había ido ascendiendo hasta dicha graduación desde puestos inferiores, y resultaron heridos más de seiscientos. De los de Afranio murieron el centurión de primera clase Tito Cecilio, otros cuatro centuriones y más de doscientos soldados.

Con todo la impresión que salió de aquella jornada fue atribuirse unos y otros la victoria. Los de Afranio porque aun pareciendo menos aguerridos, habían resistido tanto tiempo un cuerpo a cuerpo, aguantando la acometida de los nuestros, manteniendo al principio sus posiciones, conservando la loma cuya posesión había dado lugar al combate y habiendo hecho volver las espaldas a los nuestro al primer encuentro. Los nuestros, a su vez, porque enfrentados en lugar desfavorable y en menor número, habían sostenido el combate cinco horas, porque a espada limpia habían escalado la montaña y porque habían hecho volver las espaldas al enemigo pese a hallarse en posición más elevada y le habían rechazado hasta la plaza. La loma por cuya posesión se había luchado fue asegurada por ellos con considerables fortificaciones y apostaron en ella un destacamento.

A los dos días de estas operaciones ocurrió un percance súbito; se desencadenó tal tormenta, que no se recordaban lluvias más copiosas en aquellos lugares. Esto hizo fundir la nieve en todas las montañas y ocasionó el desbordamiento del río; los dos puentes que Gayo Fabio había tendido se los llevó en un mismo día. Esto acarreó al ejército de César graves inconvenientes. En efecto: hallándose el campamento, según antes se ha indicado, entre los dos ríos, el Segre y el Cinca, separados por un trecho de treinta millas, como ninguno de los dos podía atravesarse, se encontraban los hombres irremediablemente confinados en tan exiguo terreno. Ni podían hacer llegar trigo a las ciudades que se habían aliado con César, ni regresar los forrajeadores que se habían alejado demasiado, pues los ríos les cerraban el paso, ni unos importantes convoyes procedentes de Italia y Galia podían tampoco alcanzar el campamento. Por otra parte era la época más crítica, cuando los trigos no estaban aún amontonados ni les faltaba mucho para la sazón; y las ciudades estaban desprovistas porque Afranio, antes de la llegada de César, había concentrado en Ilerda casi todo el grano, y si quedó algún resto. César no había consumido en días anteriores; el ganado, que hubiera podido ser muy útil en tal escasez, había sido alejado por los habitantes de las ciudades vecinas por miedo a la guerra. A los que habían ido por forraje y trigo les hostigaba la caballería ligera de los lusitanos y los rodeleros de la Hispania Citerior, buenos conocedores de aquel terreno, que podían fácilmente atravesar el rio a nado, pues todos tenían la costumbre de no acudir a filas sin ir provistos de odres.


LAS LEGIONES DE JULIO CESAR


En cambio, el ejército de Afranio disponía en abundancia de toda clase de provisiones y con anterioridad había recogido y almacenado gran cantidad de trigo, y se le seguía suministrando desde toda la provincia. Tenía a mano forraje en gran abundancia. Facilitándole disponer de todas estas provisiones, sin peligro alguno, el puente de Ilerda y las regiones intactas de la otra parte del río, a donde César no podía alcanzar de ningún modo.

Duró aquella crecida varios días. Intentó César reconstruir los puentes, pero ni lo permitía la riada ni las cohortes del enemigo que estaban apostadas en la orilla. Fácil les era impedirlo tanto por la configuración misma del cauce y crecida del caudal como porque desde la otra orilla se arrojaban los proyectiles contra un lugar solo, y por añadidura, estrecho; con lo que resultaba difícil hacer construcciones en medio de una corriente rapidísima y esquivar al mismo tiempo los dardos.

Recibe Afranio noticia de que importantes convoyes destinados a César se hallaban detenidos ante el rio. Allí habían llegado arqueros enviados por los rutenos y jinetes de la Galia con muchos carros y aparatosa impedimenta, según la práctica corriente entre los galos. Había además unos seis mil hombres de toda condición, con sus esclavos e hijos, pero sin orden ni mando fijo, siendo así que cada uno resolvía por su cuenta y todos marchaban sin temor, habituados a la despreocupación de las etapas de los días anteriores. Había bastantes jóvenes de buena familia, hijos de senadores y caballeros, había legaciones de ciudades y también legados de César, todos ellos detenidos por la riada. Sale Afranio, para acometerlos, siendo aún de noche, con toda la caballería y tres legiones; y haciendo tomar la delantera a los de a caballo, les atacó desprevenidos. Con todo, los jinetes galos se aprestan rápidamente y traban combate; y con ser pocos, mientras se pudo luchar en igualdad de armas, resistieron a la multitud de enemigos, pero cuando empiezan a acercarse las enseñas de las legiones, se repliegan, con pocas bajas, a las montañas próximas. El tiempo que duró este encuentro ofreció a los nuestros magnífica oportunidad para ponerse a salvo, pues aprovechando el intervalo, se retiraron a lugares más elevados. Las pérdidas en aquel día fueron alrededor de doscientos arqueros, unos cuantos jinetes y un número no considerable de acemileros y bagajes.

Pero con todo esto aumentó el precio del trigo, según suele de ordinario encarecerse, no solo ante la escasez del momento sino ante el temor de lo futuro. Dicho precio había alcanzado ya a cincuenta denarios el modio; la penuria de trigo había debilitado el vigor de los soldados y diariamente crecían las dificultades. En tan pocos días se había cambiado la situación y vuelto la balanza de la fortuna en forma tal, que mientras los nuestros se veían en aprieto por la gran escasez de los recursos de primera necesidad, ellos tenían en todo abundancia y se les consideraba superiores. César, a las ciudades que habían hecho alianza consigo, viendo que eran menores sus posibilidades de trigo, les exigía ganado; enviaba hombres de la intendencia a las ciudades más lejanas, y personalmente procuraba contrarrestar aquella carestía por todos los medios a su alcance.

Afranio, Petreyo y sus amigos comunicaban en detalle, y aun exageradas y abultadas, estas noticias a sus partidarios de Roma. Otros muchos añadían habladurías llegando a parecer incluso que la guerra estaba casi terminada. Al llegar a Roma tales carteas y mensajes acud`´ia mucha gente a casa de Afranio, con calurosas felicitaciones; muchos partían de Italia al encuentro de Pompeyo, unos para dar la impresión de ser los primeros en llevarle tan importante noticia, otros, la de que no habían esperado el resultado de la guerra o pasándose a él los últimos.

AFRANIO Y PETREYO MORIRÁN EN TAPSO EN EL AÑO 46 A.C.


En tan apurada situación, hallándose todos los caminos bloqueados por la infantería y caballería de Afranio, y sin poder terminarse debidamente los puentes, César ordenó a sus soldados construir  naves del tipo que les había enseñado en anteriores años la experiencia adquirida en Britania; las quillas y costillajes se hacían de madera de poco peso; el resto del casco, trenzado de mimbre, iba recubierto de piel. Una vez terminadas las traslada, de noche, en carros emparejados, a veintidós millas del campamento. Transporta en dichas naves tropas a la otra orilla y toma de improviso un ribazo que descendía hasta ella. Lo fortifica rápidamente antes de que los adversarios puedan darse cuenta. Luego traslada allí una legión y emprende desde una y otra ribera un puente que deja listo en dos días. Así recibe con seguridad los convoyes y a los que habían ido por trigo, y empieza a solucionar la cuestión triguera.

Aquel mismo día llevó gran parte de la caballería al otro lado del rio y atacando con ella por sorpresa a los forrajeadores, que se habían esparcido sin temor alguno, se apodera de un número considerable de acémilas y de hombres, y al llegar en su auxilio unas cohortes de rodeleros, hábilmente se reparten ellos en dos grupos; unos para quedar a la defensa del botín, otros para resistir y rechazar a los que van acudiendo; y a una cohorte que temerariamente se había adelantado a las demás fuera de la formación, le rodean aislándola, la exterminan, e incólumes y con gran botín regresan por el mismo puente al campamento.