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miércoles, 11 de febrero de 2015

JULIO CÉSAR VENCE A PETREYO Y AFRANIO EN ILERDA

CURIOSIDADES:




Los marselleses, siguiendo el consejo de Lucio Domicio, preparan naves de líneas por un total de diecisiete, once de las cuales eran cubiertas. A este grupo agregan muchos navíos menores con la intención de alarmar a nuestra flota con sólo los efectos de la suya… Domicio hace que se le reserven a él algunas naves, y las llena de los colonos y pastores que había traído consigo. Aparejada así con toda clase de pertrechos la escuadra, avanzan con grandes esperanzas contra nuestras naves, que estaban al mando de Décimo Bruto. Hallábase estas ancladas en la isla situada frente a Marsella.



SOLDADOS ROMANOS A BORDO DE UN BIRREME


Bruto era inferior, con mucho, en número de naves, pero César había asignado a aquella escuadra hombres escogidos, los más esforzados entre todas las legiones, soldados de choque y centuriones: todos salieron voluntarios para aquel cometido. Habían estos preparados garfios de hierro y garrochas, y se habían pertrechado con gran cantidad de dardos, jabalinas y demás proyectiles. En estas condiciones, advertida la proximidad del enemigo, sacan las naves del puerto y empeñan combate con los marselleses. Por ambos lados se luchó con gran denuedo y encarnizadamente; los albicos, gente brutal, montaraz y ducha en armas, no se dejaban aventajar mucho en arrojo por los nuestros… en tanto que los pastores de Domicio, incitados por la esperanza de su manumisión, se afanaban por acreditar su valentía a los ojos de su señor.

Los de Marsella, por su parte, gracias a la ligereza de sus naves y a la pericia de sus timoneles, esquivaban a los nuestros y encajaban sus golpes, y mientras podían disponer de más ancho espacio procuraban, desplegando sus filas a mayor distancia, rodear a los nuestros o embestir con varias naves a una sola, o cruzando a toda velocidad, barrerles los remos si podían. Cuando era inevitable el abordaje, recurrían, en sustitución de la habilidad de los timoneles, a la bravura de los montañeses. Los nuestros, aparte de que sus remeros eran menos ejercitados y timoneles menos diestros, los habían improvisado tomándonos de la marina mercante sin conocer ni siquiera el nombre de los pertrechos de guerra, se veían entorpecidos, además, por la lentitud y pesadez de la naves. Estaban construidas estas, a toda prisa, de madera aún verde. Así, cuando se les ofrecía ocasión de abordaje, se enfrentaban a dos naves con una sola, arrojándoles garfios de hierro, y sujetándolas ambas, luchaban por los dos lados saltando a bordo de las naves enemigas. Después de matar a gran cantidad de albicos y de pastores, echan a pique parte de las naves, capturan algunas con sus tripulantes y obligan a las demás a retirarse al puerto. La flota marsellesa perdió en aquella jornada, incluyendo las apresadas, nueve naves.

César, ante Ilerda, recibe esta noticia; a su vez, terminado el puente, su fortuna se va trocando rápidamente. El enemigo, aterrorizado ante el arrojo de los jinetes, circula ya con menos audacia; unas veces, sin apartarse mucho del campamento para tener pronta la retirada, forrajeaban en reducido espacio; otras, dando un largo rodeo, evitaban las guardias y retenes de a caballo… o escapaban al divisar la caballería a lo lejos arrojando la carga en medio del camino. Al fin decidieron interrumpir el forrajeo por bastantes días, o hacerlo de noche, contra la general costumbre.

Entretanto, los oscenses y calagurritanos… envíanle emisarios prometiendo ponerse a sus órdenes. Se le suman los tarraconenses, jacetanos y ausetanos, y pocos días después, los ilurgavonenses, ribereños del Ebro. A todos les pide ayuda de trigo. Se la prometen, y requisando todas las acémilas a su alcance, lo transportan al campamento. Incluso al conocer el acuerdo de su ciudad se pasa a él una cohorte de ilurgavonenses, desertando de sus puestos. Rápidamente cambió de modo radical la situación: terminado el puente, ganadas a su alianza cinco importantes ciudades, resuelta la cuestión del trigo, desvanecidos los rumores sobre unas legiones de refuerzo que, decíase, se aproximaban con Pompeyo a través de la Mauretania, otras muchas ciudades lejanas se desentienden de Afranio y entran en alianza con César.

Ante el temor que en el ánimo de los enemigos produjeron estos hechos, César, a fin de evitarse tener que enviar siempre la caballería a través del puente dando un gran rodeo, determinó, aprovechando un pareje apropiado, abrir varios canales de treinta pies de anchura, con los que sangrar parte del caudal de Segre con vistas a conseguir un vado en el río… Ante ello, Afranio y Petreyo acuerdan retirarse espontáneamente de sus posiciones y trasladar el teatro de la guerra a Celtiberia… porque los dos bandos en que se habían dividido las ciudades de la anterior guerra con Quinto Sertorio las vencidas sentían temor al nombre y autoridad de Pompeyo, aun ausente… en cambio, el nombre4 de César era entre los del país mas bien desconocido. Allí confiaban encontrar grandes efectivos de caballería y tropas auxiliares…

La noticia de que el puente del Ebro estaba casi listo, llegó aproximadamente al mismo tiempo en que se conseguía el vado del Segre. Naturalmente, ellos ya se daban cuenta de que esto era mayor motivo para acelerar su partida… No le quedaba a César más partido que incomodar y hostigar con la caballería la columna enemiga… Envía pues sus jinetes a atravesar el río… y súbitamente se presentan a la vista de la retaguardia de la columna, y desplegando sus crecidos efectivos, empiezan a retardarlos y estorbarles la marcha.

Al amanecer, desde las alturas inmediatas al campamento de César, se divisaba como, con el acoso de nuestra caballería, las últimas formaciones enemigas se veían en grave aprieto… Y en todo el campamento de César la tropa se puso a formar corros y lamentarse de que se estaba dejando escapar al enemigo de las manos prologándose la guerra sin necesidad. Presentábanse a los centuriones y tribunos rogándoles hicieran sabedor a César de que no tenía por qué ahorrarles esfuerzos ni peligro; estaban preparados. Eran capaces y se veian con ánimos de pasar el río por el punto donde lo había atravesado la caballería. César, impresionado por sus entusiastas clamores, aunque recelaba de exponer la tropa a tamaño caudal de río, opina, no obstante, que vale la pena intentarlo y hacer la prueba. En consecuencia, ordena entresacar de todas las centurias a los soldados más débiles, cuyo brío y fuerzas no parecían suficientes para resistirla, y los deja, con una legión, para guarnición del campamento, y a las demás legiones las saca, armadas a la ligera, y apostando un gran número de acémilas en el rio, arriba y abajo del vado, hace atravesarlo a la tropa. A Unos pocos de estos soldados, que perdieron sus armas en el rio, la caballería los recoge y reincorpora. Con todo, no perece ni uno. Pasado así incólume el ejército, César forma la tropa y empieza a hacerla avanzar en triple columna…


TOPOGRAFÍA DE LA CAMPAÑA DE CÉSAR EN ILERDA


Al distinguirlos, Afranio, cuando se vieron a lo lejos, y Petreyo con él, sobresaltado ante lo inesperado del caso, hace alto en unas elevaciones y forma en orden de batalla. César hace descansar la tropa en la llanura, para no exponerla a un combate fatigada. Al intentar ellos avanzar de nuevo, los persigue y retrasa. Se ven forzados a acampar antes de lo que se habían propuesto, en efecto, se acercaban a una zona montañosa, a cinco millas aguardaba un trayecto escarpado y angosto. Por aquellos montes ansiaban ellos penetrar, a fin de evadirse de la caballería de César, y apostando destacamentos en los desfiladeros, cortar la marcha a su infantería mientras ellos, sin riesgo ni sobresalto, pasarían la tropa al otro lado del Ebro. Esto deberían haber procurado ellos, y efectuarlo a todo trance, pero cansado por la lucha de todo el día y la fatiga de la marcha, lo aplazaron para el día siguiente. César acampó también, en una colina inmediata.

Alrededor de medianoche, capturados por la caballería unos que se habían alejado demasiado del campamento enemigo para hacer aguada, se entera César por ellos de que los jefes enemigos estaban evacuando las tropas del campamento sigilosamente. Al saberlo manda dar la señal y voces de ordenanza para recoger los bagajes. Ellos, al oír los gritos, temiendo verse obligados a un encuentro de noche y con el estorbo de los equipajes, o detenidos en los desfiladeros por la caballería de César, suspenden su marcha y retienen  todas las tropas en el campamento. Al día siguiente, Petreyo, con unos pocos de a caballo, sale a escondidas a reconocer el terreno. Idéntica precaución se toma en el campamento de César; se envía a Lucio Decidió Saxa con una patrulla a percatarse de la topografía. Uno y otro vuelven a los suyos con la misma información; quedaban cinco millas de trayecto llano, seguían luego parajes abruptos y montañosos; a quien primero ocupase aquellas gargantas ningún trabajo le costaría cerrar el paso al enemigo…

César, previa una explotación del terreno, al despertar al alba, saca todas sus tropas del campamento, y dando un gran rodeo, conduce el ejército a campo traviesa. Los caminos que llevaban al Ebro y a Otobesa le eran inaccesibles por tener enfrente el campamento enemigo. Tocábale atravesar muy grandes hondonadas, nada practicables; en muchos sitios., abruptos peñascos impedían el paso hasta el punto de que los soldados no tenían más remedio que pasarse las armas de mano en mano y efectuar gran parte de la etapa desarmados y sosteniéndose unos a otros. Pero nadie se hurtada a esta fatiga, porque estaban convencidos de que si lograban cerrar al enemigo el paso hacia el Ebro y cortarle el abastecimiento sería el final de las fatigas todas.

Al principio, los soldados de Afranio salían a contemplarlo corriendo, alborozados, y lanzaban a los nuestros gritos de burla, creyendo que por falta de recursos huían y regresaban a Ilerda, pues el itinerario aparente era distinto del que seguíamos y parecía tomar la dirección contraria. Naturalmente, los jefes enemigos colmaban de elogios su propia decisión de aguardar en el campamento, y se confirmaban en su opinión al ver nuestra marcha, sin acémilas ni impedimenta, creyendo que era debido a que nos faltaban los vivieres. Pero cuando observaron que la columna iba torciendo poco a poco hacia la derecha y advirtieron que la vanguardia rebasaba ya la línea de su campamento, no hubo nadie tan corto ni perezoso que no pensara en salir al instante del campamento y ganarnos la carrera. Dase la voz de coger las armas y todas las fuerzas, dejando unas pocas cohortes de guarnición, salen y emprenden la marcha en línea recta hacia el Ebro.

Toda la contienda era una cuestión de velocidad, quiénes ocuparían primero los desfiladeros y las montañas, pero al ejército de César lo retardaban las dificultades del trayecto, y a las tropas de Afranio habían llegado a verse en tal situación que, suponiendo que llegasen a las montañas, evitarían el propio peligro pero no podrían salvar la impedimenta de todo el ejército si los cohortes dejadas en el campamento, pues una vez copadas por el ejército de César no era posible ya llevarles socorro. Recorrió César la distancia primero, y ocupando una planicie desde unas grandes peñas, formó en lla en orden de batalla frente al enemigo. Afranio, con la retaguardia de su columna acosada por la caballería y viendo enfrente al enemigo, aprovechando una colina, hizo al to en lla. Desde allí envió cuatro chortes de rodeleros hacia un monte que destacaba a la vista de todos por su altura. Les manda ocuparlo a la carrera con intención de dirigirse también allí con todas las tropas, y cambiando de ruta, llegar a Otobesa por las crestas. Mientras marchaban hacia allá desviando su camino anterior, la caballería de César, dándose cuenta, se lanzó al ataque. Ni por un momento fueron los rodeleros capaces de resistir su embestida, y rodeados por lo nuestros, fueron exterminados todos a la vista de uno y otro ejército.

Era una ocasión para librar un combate favorable. No se le ocultaba a César que un ejército atemorizado por el grave quebranto sufrido ante sus propios ojos no era capaz de resisitri, sobre todo al verse rodeado completamente por la caballería en caso de combatirse en terreno llano y abierto. Todos se lo pedían; legados, centuriones, tribunos, acudían a decirle que no dudara en empeñar batalla. Todos los soldados estaban muy bien dispuestos. Los de Afranio, al contrario, habían dado ya señales de temor… no habían acudido en socorro de los suyos, no se apartaban de la colina, apenas resistían a las incursiones de la caballería, y apretujándose con las enseñas en un solo lugar, no aguardaban ni sus unidades ni la formación. Y si César temía lo desfavorable del terreno, ya se ofrecería, a pesar de todo, oportunidad de luchar en algún lugar, pues sin duda Afranio se vería obligado a bajar de aquella posición ya que no podían continuar sin agua.

César había concebido la esperanza de poder terminar la campaña sin lucha y sin sangre para los suyos al haber cortado el aprovisionamiento del enemigo: ¿por qué perder ahora a algunos de sus hombres en un combate, aunque fuese favorable? ¿Por qué permitir que resultasen heridos unos soldados con tan óptimos méritos? ¿Para qué tentar a la fortuna, no siendo menos propio de los generales vencer con la inteligencia que con la espada? Movía le también la compasión por los ciudadanos que preveía  iban a encontrar la muerte mientras él prefería obtener la victoria quedando ellos sanos y salvos. Con este proyecto César, la mayoría no estaba conforme… pero este persevera en su parecer y se parpta un tanto de aquel terreno, a fin de disminuir el miedo al enemigo. Petreyo y Afranio, ante la ocasión que se le ofrece, se repliegan al campamento. César, dejando cerradas todas las rutas hacia el Ebro con destacamentos apostados en las montañas, establece el suyo lo más cerca que puede del campamento enemigo.


CESAR LA INTELIGENCIA  Y LA ENERGÍA EN LA BATALLA


Al día siguiente, los jefes adversarios, desazonados con la pérdida de toda esperanza de suministros de trigo, y no creyendo posible llegar al Ebro, Deliberan sobre las alternativas que les quedaban. Tenían un camino para regresar a Ilerda; otro para dirigirse a Tarraco. Estando en estas reflexiones, se enteran de que sus aguadores eran hostigados por nuestra caballería. Ante esta noticia, establecen una tupida red de puestos de guardia, de jinetes y cohortes auxiliares, con otras legionarias intercaladas, y emprenden el trazado de un vallado desde el campamento al agua, para poder, al amparo de tal fortificación, ir a hacer aguada sin inquietud y sin la intervención de los puestos de guardia. De aquella construcción se encargan por partes Petreyo y Afranio, quienes, para llevarla a término, se adelantan a bastante distancia.

Aprovechando los soldados la oportunidad de entablar conversaciones que la ausencia de los generales les ofrecía, sin distinción, avanzan unos y otros y pregunta cada cual por los conocidos y paisanos que tienen en el campamento de César, y los llaman afuera… Comienzan por darles las gracias por la consideración que les habían tenido el día anterior, en medio de su pánico… Después les preguntan sobre la nobleza de ánimo de su general, si harían bien en confiarse a él, y se duelen de no haberlo hecho desde un principio y de haber llevado sus armas contra las personas de sus propios allegados y parientes. Animados con estas conversaciones, piden garantía de su general para las vidas de Petreyo y Afranio, no fuese a sospecharse que habían albergado intenciones criminales o entregadas a los suyos a traición. Obtenida garantía en estos puntos, aseguran ellos que trasladarán inmediatamente las enseñas, yu envían a César, como comisionados para las gestiones de paz, a los centuriones de los primeros rangos. Mientras tanto, unos se llevan invitados a sus amigos al campamento, a otros se los traen los suyos, hasta el punto de que ya parecían reunidos en unos los dos campamentos; numerosos tribunos y centuriones se presentan a César y se confían a él. Eso mismo hacen los próceres hispanos que ellos habían llamado a su lado y tenían consigo en el campamento a modo de rehenes. Buscaban estos a sus conocidos y alegados por hospitalidad, por medio de los cuales pudiese cada uno ser presentado y recomendado a César. Incluso un hijo joven de Afranio negociaba con César, por mediación del lugarteniente Sulpicio, a favor de su vida propia y la de su padre.

Todo era alegría y felicitaciones, unos por haber escapado a tan graves riegos, los otros, por haber terminado incruentamente unas campañas de tal envergadura. César recogía, según la opinión general, el gran fruto de su clemencia de la víspera, y su decisión era elogiada por todos.

Notificado a Afranio lo que acontecía, abandona las obras emprendías y se retira al campamento, dispuesto, al parecer, a llevar con paciencia y ecuamidad cualquier infortunio que pudiese aguardarle. Petreyo, en cambio, no se entrega. Arma a sus esclavos; con ellos y su cohorte pretoria de rodeleros y unos cuantos jinetes del país protegidos suyos, que solía usar como escolta personal, se presenta volando de improviso ante la empalizada, interrumpe las conversaciones de los soldados y expulsa a los nuestros del campamento dando muerte a los que alcanza. Los restantes se agrupan, y espantados ante aquel súbito peligro, cubren su izquierda con el capote, desenvainan la espada y en esta forma se defienden de los rodeleros y jinetes confiando en la proximidad del campamento; se repliegan hacia él, y las cohortes que estaban de guaria a la puerta cubren su retirada.


ESPECIFICACIÓN DE UN CAMPAMENTO ROMANO


Hecho esto, Petreyo, con lágrimas en los ojos, va de manipulo en manipulo, interpela a los soldados y les suplica que no le entreguen a él ni a Pompeyo, su generalísimo ausente, a sus adversarios para el suplicio. Rápidamente se produce una afluencia ante el pretorio. Les requiere a que juren todso que no abandonarán el ejército ni a sus jefes, ni les entregarán a traición, ni tomarán acuerdos a espaldas de los demás. Jura él en este sentido el primero; idéntico juramento le exige a Afranio; siguen los tribunos y centuriones; los soldados, desfilando por centurias, juran lo mismo. Pregonase la orden de que, cuantos tuvieran consigo algún soldado de César, lo entregaran; una vez entregados, les dan muerte en presencia de todos, ante el pretorio. Pero a la mayoría, quienes les habían acogido, los ocultan, y de noche los hacen salir por la empalizada. Así el terror producido por los jefes, su crueldad en el suplicio y el lazo de un nuevo juramento frustró la esperanza de una rendición inmediata, cambiaron las disposiciones de la tropa y devolvieron la situación a su anterior estado de guerra.

César da orden de buscar con la mayor diligencia a los soldados del enemigo que habían venido a su campamento durante el tiempo de la confraternización, y remitirlos. Pero del grupo de tribunos y centuriones, no pocos, por voluntad propia, se quedaron con él. Túvoles en lo sucesivo en gran consideración; a los centuriones los restituyó a sus anteriores rangos y a los caballeros romanos, a su categoría de tribunos.

Los de Afranio se veían apurados en el forrajeo; se proveían de agua con apuros. Los legionarios tenían trigo en cierta cantidad , pues habían recibido orden de sacar de Ilerda provisión para veintidós días. Laos rodeleros y tropas auxiliares, ninguna, pues sus medios de adquirirla era escasos, y no estaban acostumbrados a llevar peso. Así, todos los días se pasaba un número considerable de ellos hacia César. En tales apuros se hallaba la situación. En cuanto a los dos planes que habían considerado, parecía más práctico regresar a Ilerda, porque allí habían dejado un poco de trigo y confiaban que precisarían el resto del plan. Tarraco estaba a mayor distancia y se daban cuenta de que, en aquel trecho, podía su propósito sufrir muchos percances. Aprobado este proyecto, parten del campamento. César, enviando por delante la caballería a hostigar y entorpecer la retaguardia de su columna, los sigue al frente de sus legiones. No pasaba momento sin que se vieran enzarzados en lucha con la caballería.

El tipo de lucha era el siguiente. Cerraban la retaguardia cohortes armadas a la ligera, y en las llanuras hacían frente otras más. Si había que escalar una montaña, la misma configuración del terreno fácilmente alejaba el peligro, pues desde lugares más elevados, los que precedían cubrían a los suyos que iban subiendo; cuando se acercaba un valle o una cuesta bajo, y los de delante no podían prestar ayuda a los de la zaga, mientras la caballería, en cambio, desde arriba les disparaba sus dardos por la espalda, entonces la situación se hacía más crítica. Quedaba el recuerdo de, cuando se había llegado a un lugar así, dar orden a las legiones de hacer frente, y con fuerte acometida, rechazar a la caballería; al apartarse esta, bajar juntos, a la carrera, a los valles, y después de atravesarlos ráp8idamente, detenerse de nuevo en posiciones más elevadas. Pero estaban tan lejos de poder recibir ayuda de sus jinetes, aunque los tenían en efectivos importantes, que los llevaban amedrentados por los anteriores combates en el centro de la columna, más bien defendiéndolos. A ninguno de ellos le era posible apartarse del camino sin verse apresado por la caballería de César…


LAS TROPAS DE POMPEYO SERÍAN DERROTADAS EN ILERDA


Entonces, como realmente no se les daba posibilidad de ir en busca de un paraje apropiado para acampar, ni de continuar adelante, se ven forzados a hacer alto y poner el campamento lejos del agua y en sitio desfavorable. Más César, por las mismas razones que hemos indicado antes, no empeñó el combate. Y aquel día no permitió que se montaran las tiendas, a fin de que estuvieran todos más a punto de perseguirles, así salieran de día como de noche. Ellos, dándose cuenta de la inferioridad de su campamento., dedican la noche entera a prolongar sus líneas de fortificación, y van cambiando un campamento por otro. Lo mismo hace al día siguiente desde el amanecer, gastando en ello el día entero. Pero cuanto más allá llevaban el campamento, adelantando la obra, tanto más lejos se hallaban del agua, con lo que remediaban el inconveniente con otro inconveniente. La primera noche nadie salió del campamento por agua; al día siguiente, dejando una guarnición en el campamento, llevan a todas las tropas a la aguada y no mandan a nadie al forrajeo. César prefería que se vieran obligados a una capitulación por aquellas penalidades, que derrotarles en una batalla. NO obstante, intenta rodearles con un vallado y un foso para entorpecer lo más posible sus escapadas repentinas, a las que pensaba se verían obligados a recurrir. Ellos, inducidos por la falta de forraje y con el fin de hallarse, además, expeditos para la marcha, dan orden de sacrificar todas las bestias de transporte de equipajes.

Dos días se consumen en dichos trabajos y proyectos. Al tercero estaba ya tendida gran parte de la línea de circunvalación emprendida por César. Ellos, para impedir lo que faltaba, alrededor de la hora sexta dan la señal, sacan las legiones y forman en línea de combate al pie del campamento. César llama de la obra a sus legiones, ordena concentrarse toda la caballería y forma en orden de batalla, puesto que dar la impresión de que, contra la opinión que tenían los soldados de su fama, rehuía el combate, le acarreaba grave perjuicio. Pero los mismos motivos que ya se conocen le impulsaban a no querer combatir, y aun más porque el poco espacio de que se disponía, aun en caso de ahuyentar al enemigo, no podía ayudar gran cosa a que la victoria fuese definitiva. En efecto: un campamento no distaba del otro más de dos mil pies. Dos terceras partes de dicho trecho las ocupaban los dos ejércitos alineados; quedaba una tercera para el arranque y carga de los soldados. Si se trataba el combate, la proximidad del campamento ofrecía  a los derrotados un pronto refugio en su huida. Por este motivo había decidido resistir si le acometían, pero no tomar el la incitativa del ataque.

La formación de Afranio era con sus cinco legiones en doble línea; una tercera de refuerzo la cubrían las cohortes alarias; la de César en triple línea; ahora bien, la primera estaba ocupada por cuatro cohortes de cada una de las cinco legiones; detrás de cada grupo de estas seguían tres de refuerzo y luego otras tantas, de su respectiva legión; los arqueros y honderos quedaban encuadrados en la línea central; la caballería ceñía los flancos. Con una formación tal, uno y otro daban a entender que se mantenían en su propósito: César en no trabar combate a menos de ser obligado a ello; al enemigo, en impedir los trabajos de César. Con todo, la situación se prolonga y se conserva la formación hasta la puesta del sol; a continuación regresan unos y otros al campamento. Al día siguiente César se dispone a concluir la circunvalación proyectada; ellos, a tantear el paso del Segre, por si les era posible atravesarlo. César, al darse cuenta, pasó al otro lado del rio tropas germanas armadas a la ligera y parte de la caballería, y apostó en las orillas un denso cordón de puestos de guardia.


FORMACIONES ROMANAS


Al fin, cortados todos los suministros, después de tener tres días a las bestias encerradas sin comida, faltos de agua, leña y trigo, piden parlamentar, y a ser posible, en un lugar alejado de la tropa. César les niega esto último asintiendo en cambio el parlamentar en presencia de todos, y entregan a título de rehén al hijo de Afranio. Se acude al lugar señalado por César. A oídas de uno y otro ejército. Afranio toma la palabra, diciendo que no se les ha de reprochar ni a ellos ni a sus soldados el haber querido guardar fidelidad a su generalísimo Gneo Pompeyo. Pero ya habían cumplido su deber suficientemente y arrostrado bastante penalidades con haber padecido escasez de toda clase de recursos; pero ahora que, acorralados poco menos que como animales salvajes, se les privaba de agua y de la libertad de movimientos, no podían resistir más el dolor físico y la ignominia moral. Por tanto se declaraban vencidos; pedían y suplicaban que, si quedaba algún lugar para la misericordia, no se les llevara irremediablemente al último suplicio. Expuso Afranio estos conceptos lo más humilde y sumisamente de que fue capaz.

A sus palabras contestó César diciendo que a ningún otro le cuadraba menos que a él el papel de lamentación y enternecimiento. En efecto: todos los demás habían cumplido con su deber; él que aun en condiciones propicias, en momento y posición ventajosos no había querido llegar a las armas, a fin de que todo estuviera dispuesto para la paz lo más íntegramente posible. Su ejército, que aun después de ultrajado y de haberse dado muerte a sus camaradas, había salvado y protegido a los del contrario que tenía en su poder; en fin, los soldados de este mismo ejército quienes espontáneamente trataron de concertar la paz, en cuyo intento creyeron que había que procurar por la vida de todos los suyos. Así, la actuación de todos los grados de su ejército se había basado en la misericordia. Ellos, los jefes, habían rehuido la paz; ellos no habían guardado ni las leyes de las negociaciones ni las de la tregua, y a unos hombres inexpertos, atrapados parlamentando les habían dado muerte con toda crueldad. Les sucedía por tanto lo que casi siempre ocurre a los hombres de excesiva contumacia y soberbia, que recurren y piden ansiosamente lo que poco antes habían despreciado. Y ni siquiera ahora, ante su humillación, ni por ninguna otra ventaja momentánea reclama él nada que sirviera para aumentar sus efectivos; exigía, en cambio, que se licenciaran aquellos ejércitos que contra él llevaban sosteniéndose desde tantos años, pues no por otro motivo se habían destinado a Hispania seis legiones y alistado allí la séptima, preparado tantas y tan potentes escuadras y enviado jefes peritos en el arte militar. Ninguna de estas medidas se había planeado para la sumisión de las Hispanias ni para las necesidades de la provincia que, dado el tiempo que llevaban en paz, no requería socorro alguno. Todo aquello se había ya dispuesto de antemano contra él, contra él se habían instituido nuevos mandos, de modo que una misma persona dirigía la política de la Ciudad desde sus puertas, y gobierna a distancia dos provincias belicosísimas durante tantos años. Contra él se alteraban los derechos de los magistrados, en forma que no se envíen a las provincias, como siempre, después de la pretura y el consulado, sino avalados y elegidos por los oligarcas; contra él no había tenido efectividad el alegar motivos de edad para que no se reclamara a ponerse al frente de los ejércitos a hombres acreditados ya en anteriores guerras; solo en su caso no se observaba lo que se había concedido siempre a todos los generales vencedores; que terminadas victoriosamente sus campañas, regresen a Roma o con algunas honras, o de todos modos, sin bochorno, y despidan a sus tropas. Sin embargo el lo había sobrellevado todo y lo sobrellavaría con paciencia; y tampoco ahora intentaba quitarles el ejército para quedárselo a sus órdenes, cosa que a pesar de todo no le sería difícil, sino de que no lo tuvieran ellos para usarlo contra él. Así, que conforme a lo dicho, salgan de las provincias y despidan al ejército; si lo hacían así, él no se vengaría de nadie. Esta era la única y la última condición de paz.
A los soldados les fue sobre todo agradable y satisfactorio, según pudo comprobarse por sus propias demostraciones, que después de esperarse algún equitativo castigo, obtenían en vez de él la recompensa del licenciamiento. En efecto; habiendo surgido una disensión respecto al lugar y tiempo en que se realizaría, empezaron a manifestar con palabras y gestos, desde el vallado donde estaban asomados, que se les licenciara inmediatamente, pues ni con todas las garantías podían tenerlo por firme si se aplazaba para otra ocasión. Después d euna corta discusión a favor de una opinión u otra, se llega al acuerdo de que, quienes tengan domicilio o propiedad en Hispania, sean licenciados inmediatamente; los demás, a orillas del rio Varo. César garantiza que a nadie se le causará daño alguno ni se le obligará contra su voluntad a jurar bandera.

César se compromete a proveerles de trigo desde aquel momento, hasta que lleguen al rio Varo. Añade, incluso, que lo que cada uno de ellos haya perdido en la campaña y se halle en poder de sus soldados se devuelva a quienes lo habían perdido. A sus soldados, una vez valoradas aquellas cosas, se les compensa en dinero. En todas las discusiones que tuvieron luego entre sí los soldados, por propio impulso acudieron a César para que les hiciera justicia. Al exigir las legiones, poco menos que amotinadas, a Petreyo y Afranio sus soldadas, que estos decían no haber vencido todavía, se pidió a César que interviniera, y unos y otros se dieron por satisfechos con lo que él decidió. Licenciada en dos días alrededor de la tercera parte de las tropas, dio orden de que precediesen a los expedicionarios dos de sus legiones, y de que los siguiesen los demás, de modo que no acamparan a mucha distancia una de otras, y puso al frente de aquella misión al lugarteniente Quinto Fufio Caleno. De acuerdo con esta orden suya se hizo la expedición hasta el rio Varo y allí se licenció lo que quedaba del ejército.