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jueves, 19 de febrero de 2015

LA CONJURACIÓN DE CATILINA

CURIOSIDADES:





Fue una de las más famosas conjuraciones tramadas de la historia que aconteció en el año 63 antes de Cristo. Fue dirigida por Catilina, con el refuerzo de algunos de los jóvenes de la nobleza para hacerse con el poder en Roma. Pero aquí os mostramos más abajo la descripción que realiza un protagonista de la época que conocía tanto a Catilina como a su mayor enemigo Cicerón. La redactó unos 20 años después de los hechos descritos y el nombre de este es Cayo Salustio Crispo.

En ciudad tan populosa y pervertida le fue bien fácil a Catilina agrupar a su alrededor, a manera de escolta, catervas de hombres infames y facinerosos de toda especie. En efecto, el desvergonzado, el lascivo, el tahúr que habían deshecho su patrimonio en el juego, la crápula o la fornicación y se habían cargado de deudas para redimir su deshonor o su crimen; los asesinos, los sacrílegos de toda procedencia convictos en juicio o temerosos de él por sus hechos; los que Vivian a costa de su lengua con el perjurio o de sus manos con la sangre de sus compatriotas, en fin, todos aquellos a quienes desazonaba la infamia, la necesidad o su propia consciencia, todos estos eran los íntimos y confidentes de Catilina. Y si alguno entraba inocente en su amistad, con el trato diario y los halagos fácilmente se hacían uno de tantos, semejante a los demás. Procuraba él, sobre todo, intimar con los jóvenes, cuyos ánimos blandos y resbaladizos prendían sin dificultad en sus engaños. Pues, según las aficiones que en ellos suscitaba el ardor de los pocos años, a los unos les procuraba mancebas, compraba a los otros caballos y perros, y no perdonaba gusto ni rebajamiento alguno con tal de tenerlos sujetos y fieles. Sé que hubo quien creyó que la juventud reunida de ordinario en casa de Catilina no respetaba ni su propia honestidad; pero este rumor tomaba fuerza no en noticia cierta de nadie, sino en lo demás de su vida.


REPRESENTACIÓN DE CATILINA


Ya de mozo había cometido Catilina muchas deshonestidades infames con una doncella noble y con una sacerdotisa de Vesta, y otras cosas de este jaez contra toda religión y derecho. Finalmente se enamoró de Aurelia Orestila, en quine ninguna persona honrada tuvo nunca que alabar más que la hermosura; y vacilando ella en casarse por miedo a un hijo ya mayor, que él tenía de otra mujer. Catilina, según se asegura, dejó libre su casa para aquellas nupcias criminales con el asesinato de este su hijo. Tal fue, mi parecer, la causa principal de que acelerase su crimen; porque aquel ánimo impuro, enconado contra los dioses y los hombres, no hallaba calma ni en la vigilia ni en sueño; de tal manera entregaban los remordimientos su alma exasperada. Su color era lívido, su mirada hosca, su andar, ya impetuoso, ya aletargado; finalmente, en su rostro y catadura estaba impreso el extravío.

A los jóvenes a quienes se había ganado, según queda dicho, los adiestraba de mil maneras en los delitos. Alquilaba de entre ellos signatarios y testigos falsos; hacia vilipendiar su propio crédito, su posición social y las contingencias judiciales; después, cuando ya había aniquilado su honor y su dignidad, les ordenaba otras cosas de más monta. Si no había por el momento ocasión de delito, no por esto dejaba de acechar y asesinar con motivo o sin él, pues con tal que las manos y el ánimo no se enervasen en la ociosidad, se hacía malvado y cruel sin especial provecho.

Catilina, confiando en semejantes amigos y aliados, viendo asimismo que todo el mundo estaba cargado de deudas y que muchos soldados de Sila, que habían dilapidado lo suyo, añoraban la victoria y los saqueos pasados y ansiaban la guerra civil, tomó la determinación de subyugar a la república. Ningún ejército había en Italia; Cneo Pompeyo guerreaba en los últimos confines de la tierra; tenía él gran esperanza en su petición del consulado; el senado estaba completamente desapercibido y la seguridad y la tranquilidad eran universales; todas estas circunstancias eran precisamente las que más favorecían a Catilina.

Así pues, hacia las calendas de junio del año en que fueron cónsules L. César y C. Figulo, comenzó a tantear por separado a cada uno de los suyos, a incitar a los unos y experimentar a los otros, mostrándoles sus recursos, el desapercibimiento de la república y los grandes resultados que traería la conjuración. Seguro ya de cuanto quería, reúne a todos aquellos que se hallaban en mayor apuro o mostraban mayor audacia…

Había asimismo varios nobles complicados un tanto secretamente en la trama, a quienes acuciaba, más que la indigencia y otra necesidad, la esperanza de poder. Por lo demás, la mayor parte de la juventud, sobre todo de la nobleza, favorecía los intentos de Catilina; gente  que, pudiendo vivir tranquila, ostentosa y regaladamente, prefería lo incierto a lo seguro y la guerra a la paz. Hubo por aquel tiempo quien creyó que  M. Luciano Craso estaba también al tanto del proyecto y que, como Pompeyo, a quien detestaba, tenía bajo su mando un gran ejército, procuraba el medro de quienquiera se opusiese a su influjo, confiando al mismo tiempo en que, de prevalecer la conjuración, no le costaría gran cosa hacerse jefe de los conjurados.

Al ver reunidos a aquellos de quienes hice mención, Catilina, aunque ya había tenido frecuentes y largas conferencias con cada uno, creyó conveniente dirigirse a la reunión y exhortarlos a todos juntos; retirase, pues, a los más escondido de su casa, y allí, alejado de todo castigo, les habló de este modo:

“Si vuestro valor y fidelidad no me constasen lo bastante, en vano nos favorecía la suerte e inútil sería tener un gran esperanza y aun el mismo poder en nuestras manos. Tampoco yo, si solo contase con hombres cobardes e inconstantes, dejaría lo seguro por lo que no lo es. Pero, como en muchas y grandes ocasiones os he visto valerosos y leales para mí, me siento animado a acometer la más grande y honrosa de las empresas; entiendo, además que son comunes nuestros intereses y desgracias, y esto, en sustancia, constituye la firme amistad; tener los mismos deseos y las mismas aversiones”.




“Ya antes habéis odio cada uno por separado cuanto yo he agitado dentro de mí. El ánimo se me enciende más cada día, considerando cuál va  a ser la condición de nuestra vida, si por nosotros mismos no reconquistamos nuestra libertad. Porque desde que la república cayó bajo la autoridad y el poder de unos cuántos privilegiados, los reyes y tetrarcas no son tributarios sino de ellos, y a ellos solos pagan sus impuestos los estados y pueblos; todos los demás, hombres animosos, capaces, de noble o plebeya condición, no hemos sido sino una grey sin favor ni influencia, esclavos de aquellos mismos a quienes tendríamos atemorizados, si la república estuviese en su ser. Solo ellos, o quienes ellos quieren, tienen valimiento, poder, cargos, riquezas: a nosotros nos han dejado las persecuciones y los fracasos, los procesos, las miserias. ¿Hasta cuándo, varones esforzados, habréis de soportar todo esto?¿No vale más morir con valor, por qué  perder indecorosamente una vida miserable y deshonrada, hecha ludibrio de la arrogancia ajena? Mas, por los dioses y los hombres, la victoria está en nuestras manos; fuertes son nuestra juventud y nuestros ánimos, en tanto que en ellos todo ha envejecido, no solo por los años, sino por la misma opulencia. No hay nada más que empezar: lo demás vendrá por sí mismo. ¿Quién si es verdaderamente hombre, puede sufrir que a ellos les sobren las riquezas hasta dilapidarlas en edificar sobre el mar y allanar los montes y a nosotros nos falte hacienda aun para lo necesario? ¿Qué ellos construyen dos o más casas, unas junto a otras, y nosotros no tengamos hogar en parte alguna? Comprando cuadros, estatuas y objetos cincelados; derribando lo que acaban de edificar y emprendiendo nuevas construcciones; arrastrando y maltratando, en fin, de mil maneras sus caudales, no consiguen que sus caprichos sin medida acaben con su fortuna. Y en tanto, nosotros no tenemos sino miseria en casa, deudas fuera, malo el presente, y mucho peor el porvenir. ¿Qué nos queda ya más que este alentar miserable? Despertad pues; he aquí aquella, aquella misma libertad que tantas veces habéis deseado, y con ella al alcance de nuestros ojos las riquezas, dignidad, la gloria. Todo esto os presenta la fortuna como premio de la victoria. La índole misma de la empresa, la ocasión, los peligros, la penuria, el magnífico botín de guerra os están exhortando más aún que mis palabras. Disponed de mi, como general o como soldado; en cuerpo y alma estaré con vosotros estáis mejor dispuestos para la servidumbre que para el mando”.

Al oír esto aquellos hombres, que en el colmo de todos los males nada bueno poseían ni esperaban, aunque ya el perturbar la tranquilidad le parecía ganancia grande, pidieron la mayor parte de ellos a Catílina que les expusiese las condiciones de la guerra, los resultados a que podían aspirar con las armas, y los recursos y probabilidades con que contaban en cada sitio. El, entonces, les prometió a anulación de los registros de créditos, la proscripción de los grandes terratenientes; magistraturas, sacerdocios, saqueos y todas aquellas cosas que trae consigo la guerra y el desenfreno de los vencedores. Añadió que tenía en la Hispania Citerior a Pisón y en la Mauritania, al frente de un ejército, a P. Sitio Nucerino, interesados ambos en sus proyectos; que su amigo C. Antonio, hombre estrechado por toda clase de apuros, solicitaría el consulado y sería probablemente su colega; juntamente con él había de inicar la empresa, una vez hecho cónsul. Después de esto, rompía en invectivas contra todos los buenos y alababa a cada uno de los suyos, apostrofándoles con su propio nombre; representable a este su indigencia; al otro su codicia; a no pocos, los peligros y la ignominia de su situación; a muchos la victoria de Sila, de la que habían sacado botín. Viéndolos ya entusiasmados a todos, disolvió la reunión, después de recomendar que trabajasen por su candidatura.

Hubo por aquel tiempo quien dijo que Catilina, al exigir el juramento de sus cómplices una vez terminado su discurso, hizo pasar en derredor unas copas en que había sangre humana mezclada con vino; y que habiéndola todos probado después de la imprecación, como es costumbre en los sacrificios solemnes, les descubrió su proyecto, y que solía decir había hecho esto para obligarlos más entre sí, con la mutua consciencia de tan gran culpa. En opinión del algunos, estas y otras muchas cosas no eran sino invenciones de los que pensaban aplicar el odio suscitado más tarde contra Cicerón., ensombreciendo más y más el crimen de los castigados por este. Para nosotros no está el particular tan averiguado como su gravedad lo exigiría.


CICERON


Figuraba asimismo en la conjuración un tal Quinto Curio, sujeto de noble origen pero lleno de vergüenzas y crímenes, a quien, por su infamia habían expulsado los censores del senado. La vanidad de este hombre era tan grande como su osadía; no llevaba cuenta alguna en callar lo que había oído, ni en ocultar sus propias maldades, ni finalmente en nada de cuanto hacía o hablaba. Tenía de antiguo trato deshonesto con una mujer noble de nombre Fulvia, y viéndose menos favorecida de ella, porque la penuria le forzaba a ser parco con sus dones, empezó de pronto a ufanarse y a ofrecer montes y maravillas, amenazando de vez en cuando con apuñalarla si no se rendía a su voluntad; mostrábase, en fin, más arrogante que de costumbre. Fulvia, a su vez, al conocer el motivo del cambio notado en Curio, no silenció tamaño peligro a la república, antes bien, sin descubrir el nombre de su informador, refirió a muchos, punto por punto, lo que sabía de la conjuración de Catilina. Esto fue lo que movió principalmente los ánimos a otorgar el consulado a Marco Tulio Cicerón; porque antes la mayor parte de la nobleza le profesaba encendida antipatía y daba como por mancillada la dignidad consular si llegaba a obtenerla un advenedizo, por egregio que fuese. Pero en presencia del peligro cedieron el orgullo y la aversión.

Reunidos los comicios, fueron declarados cónsules M. Tulio y C. Antonio, hecho que había sido en el primero momento un rudo golpe para los conjurados. No disminuyó, sin embargo, la furia de Catilina, sino que cada vez tramaba cosas nuevas, disponía armamentos por toda Italia en lugares propicios, y hacia llevar a Fésulas a poder de un tal Manlio, iniciador más tarde de la guerra, los dineros tomados a préstamo con su propia garantía o la de sus amigos. Dícese que por aquel tiempo se atrajo a muchos hombres de toda condición y alagunas mujeres, que al principio habían subvenido a sus grandes gastos con el comercio de su cuerpo, y que más tarde, cuando la edad, sin poner límites a sus dispendios, los puso a sus ganancias, habían contraído un cúmulo de deudas. Catilina esperaba ganarse por medio de ellas a los esclavos de la ciudad, incendiar Roma y atraerse a sus esposos o darles muerte.

Una de ellas era Sempronia, mujer que muchas veces había realizado hechos de una audacia verdaderamente varonil. Le favorecía su linaje y su hermosura, así como la calidad de su marido e hijos; era entendida en letras griegas y latinas, en cantar y en bailar con más garbo del que conviene a la mujer honrada, y en otras muchas artes de disipación. DE cualquier cosa hacía más aprecio que de su decoro y honestidad; no podías saberse que le importaba menos, si su caudal o su honra, y su lujuria era tan encendida, que más veces solicitaba ella a los hombres que los hombres a ella. Ya antes había faltado muchas veces a su palabra y negado con perjurio los préstamos recibidos. Se había complicado en asesinatos, y entre el lujo y la penuria se había degradado totalmente. Tenía, sin embargo, un natural agradable; sabía hacer versos, promover chanzas y dar variedad al tono de su conversación, haciéndola ya molesta, ya insinuante, ya provocativa; era, en fin, en sumo grado ocurrente y graciosa.

No por tener preparado todo lo dicho dejaba Catilina de solicitar el consulado para el año siguiente, esperando que una vez designado podría disponer a su arbitrio de Antonio. Ni estaba ocioso entretanto; antes bien, tramaba toda clase de asechanzas contra Cicerón. A este, sin embargo, no le faltaban añas ni trazas para guardarse; ya desde el principio de su consulado había conseguido, prometiendo en grande y valiéndose de Fulvia, que Curio, a quien he citado poco antes, le descubriese los proyectos de Catilina. Mediante un arreglo en el gobierno de las provincias, había movido también a su colega Antonio a deponer todo pensamiento contrario a la república; en derredor de sí tenía siempre guardias secretas de amigos y clientes. Cuando llegó el día de los comicios y a Catilina no le salieron bien ni su candidatura ni las asechanzas preparadas contra los cónsules en el campo de Marte, se resolvió a hacer la guerra y a probar los más desesperados extremos, ya que sus manejos ocultos habían tenido éxito tan desagradable y vergonzoso.

Despachó pues a C. Manlio a la ciudad y comarca de Fésulas, en Etruria; a un cierto Septimio de Camerino, al campo Piceno; a C. julio, a la Apulia, y asimismo a otros a otras partes, según donde le parecía que había de serle cada cual de más provecho. Seguía él entretanto en Roma, maquinando mil cosas; disponía celadas contra los cónsules; preparaba incendios; ocupaba con hombres armados determinados lugares; llevaba siempre armas y mandaba a las gentes que hiciesen otro tanto; exhortábalos a estar de continuo vigilantes y dispuestos; se afanaba velando día y noche, sin dejarse vencer por el trabajo ni el insomnio. Finalmente, no saliéndose adelante ninguna de tantas cosas como removía, convoca segunda vez a medianoche a los principales conjurados en casa de M. Porcio Leca; y después de dolerse largamente de su inacción, les anuncia que ha enviado por delante a Manlio a que se reúna con la muchedumbre que tenía apercibida para tomar las armas; que asimismo ha mandado a otros a varios lugares escogidos, para que emprendan la guerra, y que él, por su parte, deseaba vivamente marchar al ejército, pero acabando antes con Cicerón, estorbo principal de sus proyectos.

Mientras los demás vacilaban atemorizados, se ofreció a la empresa C. Cornelio, caballero romano, y entre él y el senador L. Vargunteyo, determinaron introducirse aquella misma madrugada con hombres armados en casa de Cicerón, con pretexto del saludo de la mañana, y asesinarle por sorpresa, allí, en su propia morada. Al entender Curio el grave peligro que amenazaba al cónsul, se apresuró a advertirle por medio de Fulvia de la traición que se urdía. Así fue que, habiéndose impedido a ellos la entrada, de nada les sirvió haber cargado con semejante delito.


MONUMENTO DEL SIGLO I A.C. EL TEMPLO DE LA FORTUNA VIRIL DE ROMA


Manlio, entretanto, procuraba soliviantar en Etruria al pueblo, a quien la miseria y el dolor de los agravios padecidos tenían ya ansioso de revolución, pues bajo el despotismo de Sila había perdido sus campos y bienes todos. Se atrae además a los forajidos de toda especie de que había gran abundancia en la comarca, algunos de ellos antiguos colonos de Sila que habían consumido totalmente en vicios y despilfarros el producto de sus grandes rapiñas.

Al enterarse Cicerón de todo esto, impresionado por la doble amenaza, porque ni podía por si solo seguir protegiendo a la ciudad contra aquellas tramas, ni tenía bastante averiguadas las fuerzas y determinación del ejército de Manlio, dio cuenta la senado del asunto, traído y llevado ya en las hablillas del pueblo. Conforme suela hacerse en situaciones de apuro, el senado dispuso que velasen los cónsules para que no sufriese la república ningún quebranto. La potestad que por este decreto senatorio se confiere a un magistrado, es la mayor de las estatuidas en Roma; comprende la leva de ejércitos, las decisiones de guerra, la represión omnímoda de aliados y ciudadanos y el poder y la jurisdicción supremos en lo civil y en lo militar. No siendo de este modo, ninguna de estas facultades tiene el cónsul, sin mandato del pueblo.

Pocos días después, el senador L. Senio leyó en el senado una carta que decía haber recibido de Fésulas, en la que se consignaba que C. Manlio había tomado armas con una gran multitud el día sexto antes de las calendas de noviembre. Al mismo tiempo, como suele suceder en tales casos, los unos noticiaban maravillas y agüeros, los otros hablaban de conventículos, de transportes de armamentos, de rebeliones de esclavos en Capua y en Apulia. Por un decreto del senado, fueron mandados Q. Marcio Rex a Fésulas y Q. Metelo Crético a la Apulia y lugares vecinos. Ambos se hallaban a las puertas de la ciudad, investidos del generalato y sin poder conseguir los honores del triunfo. Lo estorbaban las intrigas de unos cuantos ciudadanos que tenían por costumbre hacer mercado de todo, lo mismo de los honores que de la ignominia. También los pretores Q. Pompeyo Rufo y Q. Metelo Celer fueron enviados el uno a Capua y el otro al campo Piceno, con encargo de levantar tropas, según la ocasión y el peligro lo requiriesen. Se decretó, además, recompensas para los que hiciesen revelaciones sobre la conjuración tramada contra la república; si eran esclavos, la libertad y cien sestercios; si personas libres, la amnistía y doscientos sestercios. Se ordenó asimismo que las servidumbres de gladiadores fuesen distribuidos por Capua y demás municipios, según los recursos de cada uno, y que en todos los lugares de Roma se mantuviesen guardias nocturnas, bajo las ordenes de los magistrados inferiores.

Con estas cosas estaba la ciudad conmovida y se había demudado su aspecto; tras el regocijo y despreocupación que había traído consigo la larga paz, invadió a todos repentina tristeza; se afanaban, se turbaban, no se fiaban de persona ni de lugar alguno, perdían la paz sin hacer la guerra, y cada cual media el peligro por sus propios temores. Las mujeres, en quienes el gran poder de la república había suprimido ya de largo tiempo el miedo a la guerra, se afligían y se daban de golpes, levantaban sus manos suplicantes al cielo, lamentaban la suerte de sus hijitos, hacían una pregunta tras otra, se sobresaltaban al menor rumor, se arrancaban sus adornos y dejaban el Fausto y los placeres, se juzgaban perdidas, juntamente con la patria. Entretanto, Catilina continuaba con toda la crueldad de su ánimo sus anteriores maquinaciones, aunque ya se habían tomado medidas de defensa y el mismo había sometido por L. Paulo a un interrogatorio sobre la violación de la ley Plaucia. Finalmente, ya fuese por disimulo, ya con propósito de exculparse, si se le provocaba, se presentó en el senado. Entonces M. Tulio, asustado de verle allí o arrebatado por la ira, pronunció para bien de la república un brillante discurso, que después escribió y publicó. Terminada la oración, Catilina, dispuesto a levar al extremo su fingimiento, comenzó a rogar a los senadores, con humilde además y voz suplicante, que no pensasen mal de él sin motivo, pues la familia de que procedía y su propia conducta desde la mocedad bastaban a darle las mayores esperanzas; que no fuesen a creer que él, persona patricia, a cuyos mayores como él mismo tantos beneficios debía el pueblo romano, necesitaba para nada de la ruina de la república mientras se daba por salvador de esta a un forastero avecindado en Roma, como era M. Tulio. Habiendo añadido a esta otra injuria, le interrumpieron todos, llamándole a voces enemigo y parricida. Entonces él exclamó fuera de sí: “Puesto que mis adversarios me cercan para perderme, apagaré bajo ruinas el incendio que en mí se prende”.


DISCURSO DE CICERÓN CONTRA CATILINA EN EL SENADO


Dicho esto se retiró precipitadamente del senado a su casa. Allí, después de muchas vueltas al asunto, viendo el fracaso de sus celadas contra el cónsul y comprendiendo que la ciudad estaba bien protegida contra el incendio por las guardias nocturnas, creyó que lo mejor sería reforzar el ejército y tomar las múltiples medidas que la guerra imponía, antes que se alistasen las legiones.
Así pues, a medianoche y con escasa compañía salía hacia el campamento de Manlio. Antes había encargado a Cetego, a Léntulo y a los demás cuya decisión y audacia bien conocía, que corroborasen por todos los medios las fuerzas del partido, acelerasen las tramas contra el cónsul y preparasen las matanzas, incendios y demás actos de guerra, pues él vendría en breve a la ciudad con un gran ejército…

Después de detenerse algunos días en tierras de Arezzo, encasa de C. Flaminio, para armar la población, ya de antemano sublevada, se encaminó al campamento de Manlio, llevando los haces y demás insignias de la autoridad consular.

Al saberse todo esto en Roma, son declarados enemigos públicos por el senado Catilina y Manlio, y a los demás se les señala un plazo para que puedan deponer las armas sin sufrir castigo, con excepción de los reos de pena capital. Se decretó además que los cónsules hagan levas, que Antonio, al frente del ejército, se apresure a perseguir a Catilina, mientras Cicerón toma a su cargo la guarda de la ciudad.

En aquella ocasión me pareció más miserable que en ninguna otra el poder de la nación romana, pues teniendo sujeto por las armas al mundo todo, de Oriente a Occidente, y abundando en el interior de riquezas y de paz, las dos cosas más estimadas por los hombres, hubo, no obstante, ciudadanos que se lanzaron obstinadamente a su propia perdición y a la de su patria. En efecto, a pesar de los dos decretos del senado, no hubo en tan gran muchedumbre un solo hombre que a estímulos de la recompensa diese noticias de la conjuración; ni uno solo tampoco que desertara del campo de Catilina; tanta era la fuerza de aquel mal que a modo de pestilencia había atacado a la mayoría de los ciudadanos.

Tras esto, Cicerón pudo reunir diversos tipos de pruebas de todos los cómplices de Catilina logrando que el Senado diese el visto bueno a una condena a muerte sin un juicio legal, como estaba así dispuesto en la ley romana. Llegaron las ejecuciones de los cómplices y de esta forma acabaría el apoyo popular a la conjura. Tras fracasar esta, muchos de los fieles decidieron abandonar la causa y de unos 20.000 hombres que disponía Catilina, solo le fueron fieles unos 4.000. Esta circunstancia obligó a Catilina huir hasta las Galias. Las tropas romanas se movilizaron y le pusieron cerco en la ciudad de Pistoia, donde le derrotarían, tras cruentos combates entre las partes.  Es allí donde acabaría la aventura de Catilina.