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domingo, 17 de noviembre de 2013

EN BUSCA DE LA MESA DEL REY SALOMON.

CURIOSIDADES:


En el año 1500 arribó a la diócesis de Jaén Alonso Suárez de la Fuente del Sauce, obispo abulense que se supone anduvo buscando la mesa del Templo de Jerusalén, esto es, la Mesa de Salomón, bajo el suelo de la catedral jienense. Y parece ser que argumentos no le faltaron para ello. Cualquiera que se acerque a este templo se podrá cerciorar del riquísimo contenido iniciático que a decir de expertos como Juan García Atienza o el Planeta Juan Eslava Galán, guarda entre sus paredes. 

¿Pero quién era el tal Alonso Suárez? “Alonso Suárez de la Fuente del Sauce, el obispo insepulto que se enriqueció en una época de penuria económica para la mesa episcopal, construyendo obras cargadas de simbolismo, de criptogramas que conducían a un enigma inconcluso, ganándose el sobrenombre de ‘el edificador’, el constructor de una tradición ocultista que ansiaba llegar al gran descubrimiento”.

Así referían los cronistas la vida y milagros de este personaje, obispo de Jaén a comienzos del siglo XVI, y heredero de una saga de iniciados que al menos, hasta 1893, estuvieron buscando la citada Mesa, amén de varios documentos francamente reveladores, en el laberinto de pasillos que se sitúan bajo el ajedrezado suelo catedralicio. Y es posible que se toparan con algo muy interesante…
“Salomón envió a decir a Jiram de Tiro: Tú sabes que David, mi padre, no pudo edificar un templo en honor del nombre de Yahvéh, su Dios, a causa de las guerras en que se vio envuelto hasta que Yahvéh le puso a sus enemigos bajo las plantas de los pies. Pero ahora Yahvéh, mi Dios, me ha concedido paz por todas partes, pues no tengo enemigos ni conflictos. Por ello he decidido edificar un templo al nombre de Yahvéh, mi Dios, conforme a lo que prometió Yahvéh a mi padre David cuando le dijo El hijo tuyo, al que yo pondré en tu lugar sobre tu trono, ése construirá el templo a mi nombre” (1, Reyes 5–25)
En la Biblia queda recogido. Hacia el 930 a.C., el sabio y poderoso rey Salomón mandó edificar un templo para así glorificar el sagrado nombre de Dios. Y fue el propio Yahvéh quien, dada la humildad del hijo de David, concedió riquezas infinitas y capacidad para obrar siempre con justicia y sabiduría. De este modo el templo, la casa del Todopoderoso en la Tierra, debía ser un enclave en el que la riqueza y el simbolismo brillaran con luz propia. No en vano, en su interior se rendiría culto a la divinidad, y además albergaría en sus majestuosas estancias tres objetos revestidos con el poder de Dios; la mítica Arca de la Alianza, protectora de las Tablas de la Ley; la Menoráh –el candelabro de siete brazos–; y la Mesa de los panes.

Los siglos pasaron y Jerusalén, la “ciudad de la paz” –las paradojas son así–, fue saqueada en múltiples ocasiones. Sin embargo no sería hasta el año 70 de nuestra era cuando las legiones de la poderosa Roma, encabezadas por el emperador Tito, entraron en la ciudad antigua y esquilmaron el templo judío, llevando en su haber las riquezas materiales y espirituales que guardaba con celo la casa de Dios. Cuenta el historiador y cronista Flavio Josefo en su Guerra de los judíos, VI, XXXII, que “fue tan grande el botín que hicieron los romanos, que el oro se vendió en Siria posteriormente sólo a la mitad de lo que valía antes”. Y continuaba narrando en su obra, en los apartados VII, XVIII: “Todo lo que las naciones más venturosas habían podido acumular de más precioso, de más maravilloso y de más caro con el paso de los siglos, quedaba reunido aquel día para dar a conocer al mundo hasta qué punto se elevaba la grandeza del imperio. Entre la gran cantidad de botines, lo que destacaba con dorado brillo eran los que habían sido capturados en el Templo de Jerusalén, la mesa de oro que pesaba varios talentos y el candelabro de oro…”.

Fue una época turbadora. Las constantes invasiones de los bárbaros del norte de Europa acabaron por hacer mella en un ya debilitado Imperio Romano, allá por el año 410 d.C. Los feroces guerreros del godo Alarico ahogaron sus ansias de lucha con la sangre de los vencidos. Las hordas triunfales traspasaron el umbral de la ciudad del Tíber, elevando con orgullo los pendones y las armas al caminar junto al mítico arco de Tito, en el que siglos atrás los mejores artesanos de la piedra grabaran, como un irónico canto a la inexistencia del poder eterno, los relieves en los que se ensalzaba la victoria y el asedio final de la Ciudad Santa, y la situación final del fantástico tesoro en el cercano templo de Júpiter Capitolino y en el palacio de los Césares. De nuevo pasaba a manos extrañas, pero el verdadero valor no anidaba en la suntuosidad de sus joyas o del oro; el verdadero valor del mismo residía en los conocimientos de una supuesta casta de iniciados, que sabedores de su trascendencia, lo protegieron con su vida. No en vano, la tradición secreta afirmaba que su poseedor tendría la llave de acceso al Conocimiento Absoluto… con mayúsculas, que para eso es único.

Pese a tratarse de un punto en el que los historiadores no se ponen de acuerdo, las pistas parecen indicar casi con toda certeza que los utensilios sagrados del Templo de Yahvéh fueron incorporados en su totalidad al llamado “Tesoro Antiguo” de los visigodos, arrastrándolo en sus arcas cuando éstos se asentaron en el sur de Francia, en el siglo VI, concretamente en la ciudad de Carcasona. Con el paso de los siglos la región del Languedoc galo sería “ocupada” por clanes de judíos nómadas, en lo que años más tarde compondría la Septimania, y donde antes de su definitiva expulsión, debieron ocultar una información en cierto desestabilizadora, y si no que se lo pregunten a Dan Brown, el autor de El código da Vinci.



Por: Lorenzo Fernández Bueno