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sábado, 12 de julio de 2014

PROCESO Y MUERTE DE JUANA DE ARCO


 CURIOSIDADES:


A continuación vamos a exponer unas cuantas declaraciones de Juana durante su proceso, y luego la disposición que realiza Isambert de la Pierre, uno de sus acusadores y que presenció su muerte en la hoguera de Ruán el 30 de mayo de 1431.


EXTRACTO DEL INTERROGATORIO DE JUANA DE ARCO EL 22 FEBRERO 1431. 

A la edad de trece años tuve una voz de Dios para ayudarme a gobernarme y la primera vez tuve gran miedo; esta voz vino al mediodía, en verano, en el huerto de mi padre; era un día de ayuno: oí la voz a la derecha del lado de la iglesia. Vi al mismo tiempo una gran caridad; después de oir tres veces la misma voz, reconocí que era la del Arcángel Miguel; esta voz me ha guiado muy bien siempre y comprendo muy bien lo que se me anuncia; me decía tres o cuatro veces por semana que me era preciso partir y venir a Francia; me repetía que haría levantar el sitio de Orléans; en vano yo le respondía que no era más que una pobre muchacha que no sabía cabalgar ni conducir la guerra; la voz insistía de parte de Dios; tenía un tal impaciencia de obedecerle que no podía permanecer donde estaba, y partí sin hablar de ello a mi padre, de miedo que los borgoñeses lo supiesen y pusiesen obstáculo a mi viaje. Un hermano de mi madre me llevó a Vaucouleurs, y allí conocí a Robert de Baudricourt sin haberle jamás visto, tan sólo porque mis voces me decían que era él.


JUANA DE ARCO ES LLEVADA ANTE LOS JUECES


Le declaré que yo estaba llamada por Dios para socorrer Francia; él rehusó creerme y me rechazó dos veces; a la tercera me escuchó, como mis voces me lo habían predicho. El dicho Robert hizo jurar a los que debían conducirme, que me llevarían bien seguramente, y me dijo cuando le dejé:

-          Ve, y suceda lo que quiera.

       ¿Cómo os habéis encontrado desde el último sábado pasado?
 
-          Me he encontrado lo mejor que puedo.

-          ¿Habéis ayunado cada día de esta cuaresma?

-          Todos los días.

-          Desde el sábado. ¿Habéis oído la voz que viene a vos?

-          Varias veces.

-          ¿Qué os ha dicho?

-          Que os responda con valor.

-          ¿Os aconseja la voz responder a todo lo que os preguntamos?

-          Entre las revelaciones que me han sido hechas, las hay que son para mis jueces; otras que sólo se dirigen a mi rey.

-          ¿Es la voz de un ángel, de un santo, de una santa o de Dios?

-          De Santa Catalina y de Santa Margarita.

-          ¿Cómo sabéis que son de esas dos santas?

-          Sé muy bien que son ellas, y las distingo perfectamente una de otra.

-          ¿Cómo las distinguís?

-          Hace siete años que se han encargado de conducirme; y las reconozco porque se nombran al dirigirse a mí.

-          ¿Van vestidas las dos con la misma tela?

-          No os diré otra cosa por hoy.

-          ¿Tienen vuestra misma edad?

A esta pregunta y otras muchas semejantes, no hubo respuesta.

-          ¿Cuál fue la voz que vino a vos a la edad de trece años?

-          San Miguel.

-          ¿Visteis vos a San Miguel y sus ángeles corpórea y realmente?

-          Como os veo a vos.

-          ¿Qué os dijo el arcángel la primera vez?

No hay respuesta.

-          ¿Cómo era la cara San Miguel?

-          NO sé.

-          ¿Estaba desnudo?

-          ¡Pensáis que Dios no tiene de qué vestirle!

-          ¿Tenía cabellos?

-          ¿Por qué se los habrían cortado?

-          ¡Qué experimentasteis a la vista de San Miguel y de sus ángeles?

-          Cuando les vi alejarse, lloré y hubiese querido de buena gana que me llevasen con ellos.

-          ¿Os ha ordenado Dios venir a Francia?

-          Hubiese preferido ser descuartizada por caballos que venir a Francia sin el permiso de Dios.

-          ¿Qué revelaciones tuvo vuestro rey?

-          No oiréis esto de mí en todos los días de mi vida; fui interrogada durante tres semanas en Poitiers y en Chinon; el rey tuvo señal de mis hechos antes de que quisiera creer en ellos; los eclesiásticos de mi partido sólo encontraron cosas buenas en mis hechos, etc.

-          ¿Habéis ido a Santa Catalina de Fierbois?

-          Si, y cuando hube llegado a Tours, envié a buscar una espada quie estaba en la iglesia de Santa Catalina.

-          ¿Cómo sabíais que esta espada estaba allí?

-          Por mis voces.

-          ¿Habéis ceñido esta espada?

-          Hasta mi partida de Saint-Denis, después del ataque de París.

-          ¿Habéis puesto esta espada sobre el altar para que fuese más afortunada?

-          No, pero he deseado siempre que mis armas tuviesen fortuna.

-          ¿Teníais con vos vuestra espada de Fierbois cuando os apresaron?

-          No, sino una espada arrebatada a un borgoñón; esta última era una buena espada de guerra y propia a dar buenos tajos y mandobles.

-          ¿Dónde habéis dejado la otra?

-          Esto no es del proceso.

-          Cuando vinisteis a Orléans, ¿teníais un estandarte?

-      Un estandarte sembrado de flores de lis con un mundo con dos ángeles a los lados; estaba bordado de franjas de seda y llevaba estas dos palabras escritas: Jesús, María.

-          ¿Qué preferíais: vuestro estandarte o vuestra espada?

  Mucho más, cuarenta veces más ver mi estandarte que mi espada. Yo misma llevaba este estandarte cuando atacaba a los enemigos, para evitar matar a alguno; jamás he matado a nadie.

-        ¿Qué ejercito os confió vuestro rey cuando os puso a la obra?

-        Diez o doce mil hombres.

-       ¿Estabais segura de hacer levantar el sitio de Orléans?

-       Dios me lo había revelado, y se lo había dicho a mi rey.

-       ¿No decíais a vuestros soldados que desviaríais las flechas de los ingleses?
 -
-       Les recomendé estar sin temor. Muchos han sido heridos a mi lado, y yo misma lo he sido.

-       ¿Teníais presciencia de ello?

-       Lo había anunciado antes del combate.


MUERTE DE JUANA DE ARCO, SEGÚN ISAMBERT DE LA PIERRE


Dice y depone, que una vez estando él y otros varios presentes, se amonestaba y solicitaba a dicha Juana a someterse a la Iglesia. A lo cual ella respondió que de buena gana se sometería al Santo Padre, requiriendo ser conducida a él y que de ningún modo se sometería al juicio de sus enemigos. Y cuando entonces el fray Isambert le aconsejó someterse al concilio general de Basílea, dicha Juana le preguntó que era este concilio. Respondió el que habla que era congregación de toda la Iglesia universal en la cristiandad, y que en este concilio había tantos de su partido como el de los ingleses. Oído y entendido esto, ella comenzó a exclamar:

-       -   ¡Ah! ¡Ya qué en este lugar hay algunos de nuestro partido, quiero bien ir y someterme al concilio de Basilea!

Y en el acto, con gran despecho e indignación, el obispo de Beauvais, Pierre Cauchon, comenzó a gritar:

-         - ¡Callaos, por el diablo!


JUANA DE ARCO EN EL SUPLICIO


Y dijo al notario que se guardase de escribir la sumisión que había hecho ella al concilio general de Basilea. A causa de estas cosas y otras varias, los ingleses y sus funcionarios amenazaron horriblemente a dicho fray Isambert, hasta decirle que si no se callaba lo arrojarían al Sena.
Dice u dispone que después que ella hubo renunciado y adjurado y vuelto a tomar vestidos de hombre, él y otros más estuvieron presentes cuando dicho Juana se excusaba por haber revestido hábitos de hombre diciendo y afirmando públicamente que los ingleses le habían dicho o hecho hacer en la prisión muchos entuertos y violencias cuando ella estaba vestida de hábitos de mujer. Y de hecho la vio llorando, el rostro lleno de lágrimas, desfigurado y ultrajado de tal manera que el que habla tuvo piedad y compasión.

Depone el que habla que, después de su confesión y percepción del Sacramento del Altar, se dio la sentencia contra ella y fue declarada herética y excomulgada.

Dice y depone haber visto y claramente percibido a causa de haber estado siempre presente asistiendo a todas las deducciones y conclusiones del proceso, que el juez secular no la ha condenado a muerte ni a consunción por el fungo, aunque el juez secular haya comparecido y se haya encontrado en le mismo lugar en que fue prendía últimamente y abandonada a la justicia secular. De todos modos sin juicio ni conclusión del dicho juez ha sido entregada en manos del verdugo y quemada, aunque se haya dicho al verdugo simplemente, sin otra sentencia:

-          - Cumple tu deber.

Depone el que habla que dicha Juana tuvo al fin tan grande constricción y bello arrepentimiento que era un cosa admirable, diciendo palabras tan devotas, piadosas y católicas, que todos cuantos la contemplaban, en gran multitud, lloraban ardientes lágrimas, talmente que el cardenal de Inglaterra y otros muchos ingleses no pudieron evitar llorar y tenerle compasión.

Dice además que la piadosa mujer le pidió, requirió y suplicó humildemente, puesto que estaba cerca de ella el instante de su muerte, que fuese a la iglesia vecina y le trajeses la cruz para tenerla alzada, derechamente, antes sus ojos hasta el trance de su muerte, a fin de que la cruz de que Dios pendió estuviese viva continuamente ante su vista. Dice además que estando ya envuelta en la llama, nunca cesó hasta el fin de confesar en alta voz el santo de Jesús, implorando e invocando sin cesar la ayuda de los santos y las santas del Paraíso, y lo que aún es más, al rendir su espíritu inclinando la cabeza, profirió el nombre de Jesús en señal de que ella era ferviente en la fe de Dios.