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domingo, 27 de julio de 2014

DESTRUCCIÓN SISTEMÁTICA DEL PATRIMONIO SIRIO.

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La situación del patrimonio histórico de Siria solo admite la calificación de catastrófica. Sitios arqueológicos del tremendo valor de Apamea, Palmira o Dura-Europos sufren el saqueo sistemático de bandas organizadas construidas, al mismo tiempo, por gente pobre y desesperada y profesionales del robo. Estos últimos son quienes tienen los contactos y los medios necesarios para sacar las piezas expoliadas fuera del país. Junto a ellos, Maamoun Abdulkarim, responsable de la Dirección General de Antigüedades y Museos (DGMA) de Siria, señala la implicación de grupos afines a Al Qaeda, marchantes e islamistas radicales. Demasiados enemigos para las viejas y desprotegidas ruinas de Siria.

Para darse cuenta de la magnitud del desastre hay que mirar desde el cielo. Fíjense en la primera imagen bajo estas líneas. Está tomada por satélite el 28 de junio de 2012. Capta el sitio arqueológico de Dura-Europos. ¿Recuerdan? Conocida como la “Pompeya del desierto sirio” anda a medio camino de Alepo y Bagdad, en las riberas del Éufrates. Por ella han pasado, y dejado su historia, el mundo heleno, romano y cristiano.
La segunda fotografía se tomó el pasado 2 de abril y sí se percatan, arriba, a la derecha, verán un enjambre de puntos negros. Son cientos de pozos practicados por los saqueadores para expoliar piezas. Solo esa imagen sería evidencia más que suficiente para entender la magnitud del desastre. “Es una pesadilla”, admite Michel Al-Maqdissi, investigador del Louvre y hasta 2012 director d....
Al fin y al cabo, ¿cómo defender el patrimonio de un país cuando ni siquiera hay guardias vigilando las ruinas? Y si los hay son amenazados de muerte.

Una situación similar es la que ocurre en las históricas tierras de Apamea (actualmente Qal’at al-Madhīq). Situada en la orilla derecha del río Orontes, a unos 50 kilómetros de la ciudad de Hama, las fotografías del satélite revelan idéntico expolio que en Dura-Europos. Infinidad de rastros negros lo delatan en la vista área fechada el 4 de abril de 2012. Y desde entonces, el saqueo no ha cesado.

Michel Al-Maqdissi traza el paisaje en esta tormenta y es para preocuparse. A corto plazo llegan los robos, las excavaciones ilegales, los destrozos en los museos y la paralización de los trabajos arqueológicos sobre el terreno. A largo plazo habrá un éxodo de arqueólogos bien formados por la DGMA que ya no regresarán al país cuando la situación de Siria se normalice.

Con esta tormenta perfecta tiene que convivir estos días Siria, que se queja, con razón, pues se siente abandonada, cuando no torpedeada, por sus propios vecinos. Al Gobierno turco le ha dicho claramente que no está haciendo lo suficiente para prohibir y frenar el tráfico de obras expoliadas sirias a través de su frontera. La vulnerabilidad es evidente. A pesar de los esfuerzos de las patrullas fronterizas solo una “muy, muy pequeña cantidad de lo expoliado consigue recuperarse”, reconoce, en la revista art.netFrancesco Bodarin, experto en protección cultural de la Unesco.
Mientras esto sucede, y ante la imposibilidad de acceso de la comunidad internacional a las zonas en conflicto y al propio país, “hay muchos sirios que constantemente arriesgan sus vidas para proteger su patrimonio y su herencia cultural”, sostiene, en The Art Newspaper, Brian Daniels, director de investigación del museo de Pensilvania (Estados Unidos), quien está desarrollando un programa de formación junto al Gobierno interino sirio para formar comisarios y expertos en patrimonio que puedan actuar desde dentro del país. Son unas 20 personas, cuyos nombres están protegidos, y que han recibido el entrenamiento en un lugar sin especificar, pero fuera de Siria. Profesionales que se jugarán la vida por defender la identidad de su nación y de sus habitantes. Por proteger su pasado y poder, algún día, legarlo al futuro. Sin duda, la cultura es una de las primeras bajas en una guerra. A eso hemos llegado.




FUENTE- El País.