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jueves, 16 de abril de 2015

NAPOLES SE SUBLEVA CONTRA EL VIRREY ESPAÑOL

 CURIOSIDADES:




En julio de 1647, una parte del pueblo de Nápoles se sublevó contra el virrey español, capitaneados por su capitán, un tal Tomás Anielo, llamdo Masaniello, que fue hecho morir por sus propios seguidores y después fue ensalzado como un héroe. A continuación se relata mediante un residente de aquella época algo de estos sucesos.


RETRATO DE MASANIELLO DE MICCO SPADARO DEL MUSEO NACIONAL DE NÁPOLES


Este pueblo de Nápoles, que creo es el más numeroso que hay en cuantas ciudades tiene el mundo, estaba muy oprimido con la necesidad de la guerra; una gabela que el señor duque de Arcos les puso sobre la fruta, ha sido la que más molestia les ha dado, o porque el último se considera mayor, o porque su Excelencia fuese en todo poco dichoso; deseó quitarla y no lo pudo conseguir, por culpa de los ministros de cuyo ascenso se necesita. El pueblo hacia continuas instancias y amenazaba a su Excelencia con papeles que de noche fijaban a las esquinas, si no los complacía en esto; y viendo que las instancias no bastaban se valió de la violencia.

Domingo, 7 de julio, a las dos de la tarde, estando su Excelencia con el electo del pueblo y otros ministros tratando de la materia, vinieron delante de Palacio muchos muchachos con cañas en las manos, diciendo: “¡Viva Dios, viva el rey, y muera el mal gobierno!” Con este ruido discurrían por delante de Palacio, y con él llamaron mucho pueblo compuesto ya de personas de mayor edad, y armados de palos y algunas espadas desnudas. Alterase la compañía de guardia, y Su Excelencia desde una ventana les mandó que no se moviesen. Con esto los del tumulto entraron sin resistencia en Palacio, subieron al cuerto de Su Excelencia a matar al electo del pueblo, y rompieron la primera puerta.

Salió su Excelencia a aplacarlos, y todos puestos de rodillas gritaban: “Señor, misericordia, misericordia; quítenos Vuestra Excelencia esta gabela”. “Si, si hijos; esta y todas las demás os quiero quitar”. Pero era tanto el ruido de aquellos muchachos y mozos indiscretos, y tantos los que nuevamente iban entrando, que fue necesario que volviesen a cerrar. Se hizo así,, y como iba cerrando puertas, ellos las iban rompiendo. Los ministros que se hallaban allí, se retiraron al cuarto de Su Excelencia la señora duquesa, adonde ellos no quisieron entrar, y el electo se escondió debajo de la cama del duque en su cuarto; y aunque entraron dentro, iban tan ciegos que no les buscaron allí. Pasando Su Excelencia delante, cerrando las puertas, salió a una falsa que llama el caracol, y pidió un caballo para hacerse ver al pueblo sobre él, y no lo hubo. Halló allí un choche y salió en él. Su Excelencia y con mucho trabajo se entró en San Francisco de Paula, siguiéndole aquel tumulto, gente vil y desnuda, como eran todos, compuestos de la hez del pueblo que se aumentaba por instantes; y no juzgándose bien allí, los que le acompañaban le aconsejaron que saliendo disimulando en una silla por una casa vecina al convento, se fuese a San Telmo, porque ya no era posible volver a Palacio, y por él a Castil Novo, adonde la señora duquesa con sus hijos y familia se había retirado.

Mientras pasaban estas cosas, y viendo que no cesaban, quise ir a Palacio, y en entrando en la calle de Toledo, vi sobre mí una inmensidad de hombres, toda gente vil de la ínfima del pueblo y armados, que decían: “¡Viva Dios, viva el rey y muera el mal gobierno!” Nunca lo oí, no me hicieron mal alguno. Al fin de la calle que entra en Palacio, estaba el cuerpo de guardia del sargento mayor que no se había retirado, y reparándome en él, me informaron los soldados de lo que había sucedido. Pasé, adelante por asistir a Su Excelencia en San Francisco de Paula, al tiempo que ya nuestros soldados, perdida la paciencia, habían llegado a las manos con el pueblo, con muertes y heridas de algunos. Llegué a San Francisco de Paula y me dijeron los frailes que no estaba allí Su Excelencia, y saliendo por aquella confusión a buscarle, lo hico con tan buena dicha que le encontré en una silla ordinaria, acompañado de dos hombres de bien, napolitanos, que subía a San Telmo por el cuartel de Murtelas, y dos Próspero le seguía en otra silla. Volaban los silleros; yo solo le seguía detrás a pie, reventando, y no me molestaba tanto el cansancio como me afligía el peligro de Su Excelencia, porque por donde quiera que pasaba, toda la gente, hombres y mujeres, puestos ya en tumulto, le conocían y decían: “Aquí va, él es”, y esto yo sólo lo podía oír.

Estando ya fuera de poblado, me alcanzaron dos caballeros españoles, y un paje de Su Excelencia, con cuya compañía respiré un poco; y en fin fue Dios servido que llegué salvo a San Telmo. Fueron viniendo después muchos caballeros napolitanos, también algunos españoles y criados de Su Excelencia, con los cuales a las diez de la noche bajamos a Castil Novo con mucha quietud.

El día siguiente, ya el pueblo se había congregado todo en el mercado, quién por voluntad, quién por fuerza, sin ser posible quererse quitar, aunque Su Excelencia les ofrecía quitarles todas las gabelas, por medio de caballeros.


LA REBELIÓN DE MASANIELLO POR CEQUOSSI DE LA GALERIA SPADA


Cabeza de este tumulto se hizo un pobre pescador, y ha llegado a tanto su autoridad, que tiene a su obediencia doscientos cincuenta mil hombres armados, y no solo Nápoles pero toda la Italia tiembla de él; pero más que todo es haber ganado Su Excelencia a este hombre la voluntad de manera, que fuera de armarse, no ha hecho cosa contra la voluntad de Su Excelencia, a quien luego aseguró que no era con él el enojo, sino contra la nobleza que tenía oprimido al pueblo, y contra los ministros que tenían usurpada la real hacienda.

Su Excelencia se fortificó muy bien en Palacio y en tanto procuraba quietarlo; pero este hombre proveído ya de personas de consejo, porque él no sabe ni leer ni escribir, asegurando a Su Excelencia en primer lugar, supo entretenerle de manera que ha saqueado todas las casas de los ministros que han enriquecido con el manejo de la haciendo real, y quemado cuanto tenían, sin tomar ni consentir que nadie tomase nada, pena de la vida; y procedía en este frenesí con tanta cordura que no se quemó ningún retrato ni imagen devoción, los cuales quitados y quemados los marcos daba a las iglesias más vecinas de las casas que saqueaba; y pasado el primer fuero reservaba todo el oro y plata, joyas y cosas preciosas para Su Majestad, depositándolo en bancos públicos. Los retratos del rey y de la reina que hallaba, los puso debajo de dosel en sus cuerpos de guardia, batiéndole sus banderas y aclamando a Su Majestad y al señor duque de Arcos como su virrey y ministro.

Su Excelencia lo tenía ya todo ajustado para que el miércoles 10 de julio viniese a Palacio a postrarse a sus plantas y pedirle perdón, y lo hubiera hecho si el duque de matalón y su hermano José Carrafa, ofendidos de que no se hubiese Anielo querido aquietar por su medio, no le hubieran procurado matar, con la compañía de muchos bandidos. Estos perturbó de nuevo el negocio, y habiendo escapado milagrosamente Matalón y el prior de la Rochela, quedaron muertos muchos bandidos, y el pobre don José Carrafa, mozo de hasta 28 años, al cual y a los dos de su compañía, habiéndoles quitado las cabezas y puéstolas en diferentes partes de la ciudad, arrastraron sus cuerpos por ella. Todos los vimos desde el castillo, si saber entonces quién era.

Esto ha sido lo más trágico del tumulto; pero lo ha hecho menos lamentable el haber tocado a personas, aunque tan ilustres, malquistas por sus inclinaciones, impropias a su calidad. De aquí ha resultado averiguarse por confesión de los hombres que murieron, de Matalón y su hermano, que estos caballeros fueron los que hicieron quemar la capitana de los bajeles en el puerto, y así el pueblo los tiene declarados por traidores, tanto al muerto como al vivo.


EN EL CASTILLO DE CASTILNOVO DE NÁPOLES SE REFUGIÓ LA FAMILÍA DEL VIRREY


Los caballeros que se retiraron al castillo quisieran que Su Excelencia hubiera llegado a romper con Tomás Anielo de Amalfi, que así se ha llamado este hombre; pero considerando que haciéndolo aventuraba la ciudad y el reino, prosiguió en aplacarle con blandura, y lo ha conseguido, porque el viernes 12 del mes, vino a palacio, y se puso a los pies de Su Excelencia representándole lo que el pueblo pedía, que era quitar todas las gabelas, y que se guardasen los privilegios de Carlos V. Su Excelencia lo concedió, y el día siguiente fue ajurar la observancia de ellos; con que esto queda quieto, esperando la confirmación de Su Majestad.

No deja de buena gana las armas la gente común; pero habiendo dejado Su Excelencia en su autoridad a este Tomas Anielo, él los ajustará, porque tiemblan de él. Su Majestad ha interesado en alguna manera mucho en este negocio, porque el reino y la ciudad sin la imposición de gabelas, han vuelto a su antigua abundancia, y ya conocemos los efectos. Sirve a Su Majestad con un millón que ha de entregar a Su Excelencia Tomás Anielo dentro de ocho días, y dentro de seis meses le ha de dar otros cuatro. Quien viene a perder son los caballeros y personas ricas, que tenían su hacienda en las gabelas, y la casa del marqués de Villafranca ha perdido de siete a ocho mil ducados de renta, y la de don Fabrique de Toledo, su hermano, la poca que tenía aquí.

El caso ha sido admirable y de notables circunstancias; la de la fidelidad a Su Majestad y a su virrey, y el no haber ofendido a ningún español, ni su casa, aunque fuese de los ministros que ellos llaman ladrones, ha sido muy digna de ponderar, en medio de tanto desorden.

Las personas que ha padecido no las digo a vuestra merced, porque no las conoce. El señor Juan Chacón fuera uno de ellos, que ya comenzaban a sacar su ropa, y con un recado de Su Excelencia se retiró. Ayer, 15 de este, que dio por acabada la revolución, quiso el pueblo, por hacer a Su Excelencia mayor lisonja, que se concluyese con el mismo poderío que había comenzado. Trajeron muchos muchachos delante de Palacio en forma de compañía, armados de cañas, y conducidos de un mozo de aquellos de la sedición, a caballo, y de esta manera se pusieron en escuadrón delante de las ventanas de Palacio en acto de pedir el perdón del error que habían hecho en entrar en el cuarto de Su Excelencia, el cual sin verlos, porque estaba en el castillo, se lo concedió y se fueron. Después se echó a un bando en nombre del Tomás Anielo de orden de Su Excelencia que todo el pueblo se retirara a sus casas; y aquella noche hizo en el mercado tales disparates que, considerado con otros que habían precedido, lo juzgaron por loco. Traía todavía en alboroto aquella parte del pueblo, de su proporción, que es la más vil, y los bancos ya no podían disimular tantos desórdenes, porque se proseguía en saquear casas como al principio, y usaban otras violencias, todo lo cual era contra lo ajustado con Su Excelencia, a quien los buenos del pueblo, con el nuevo Electo que habían nombrado, dieron cuenta, pidiendo licencia y autoridad para remediarlo. Se la dio Su Excelencia y se fueron al mercado a ponerlo en ejecución, y en tanto a medianoche mandó Su Excelencia que todas las compañías de napolitanos del mismo pueblo, que residen en nuestros carteles, tomasen las armas, y volviesen a sus puestos sin tocar cajas, sino avisándose unos a otros. Asi lo hicieron, y hoy martes, a 16, muy de mañana, saliendo del castillo Marcos Vital, secretario de Tomás Anielo, vio la compañía de su pueblo más vecina a Palacio con armas; preguntó que qué hacía allí, y respondió el teniente de ella, que estaba de orden de Su Excelencia. Él Replicó: “Que ¿cómo de orden de Su Excelencia si Tomás Anielo había mandado lo contrario?”. El teniente respondió: “Yo no conozco más órdenes que las del duque de Arcos, virrey de Nápoles”. Quiso maltraerlo el secretario y el alférez lo mató a él.

Muerto el secretario de Tomás Anielo, antes que Su Excelencia supusiese lo que se había hecho en el mercado, sintió mucho este accidente, por lo que de él podía resultar. Rascando las trincheras de Palacio, y haciendo otras nuevas, ocupó toda la calle de Toledo con caballería e infantería de su devoción. Al mismo punto comenzó a proveer los castillos, resuelto ya a que le pueblo se quitase de una vez, y este fue el punto en que la ciudad se vio en mayor confusión y miedo; pero Dios y Nuestra Señora del Carmen, que era su día, inspiraron al pueblo la elección del mejor partido. El Electo con sus capitanes prendieron a Tomás Anielo, y todos los del mercado vinieron a Palacio, que parecía un juicio final, aclamando a su virrey y pidiendo su favor contra el tirano que los tenía opresos. Le mataron y trajeron la cabeza a Palacio, con la de un escaldo del duque de Matalón, a quien él había hecho capitán, porque dijo que su amo había mandado quemar la capitana de los bajeles. Después trajeron a la mujer de Tomás Anielo, pero viva, y está en Palacio.


LUIS DE GUZMÁN PONCE DE LEON Y TOLEDO CUARTO DUQUE DE ARCOS, VIRREY DE NÁPOLES


Pidió el pueblo a Su Excelencia que se dejase ver por la ciudad y salió por toda ella a caballo acompañado de muchos caballeros, y ya no hay más peligro en esto, porque todo el pueblo se ha humillado a su virrey, y el Electo va haciendo cortar las cabezas de aquellos íntimos de Tomás Anielo que le inducían a proseguir el alboroto; y hoy ha muerto hasta doce.

Toda la confusión se ha convertido en alegría, y ya no hay quien se acuerde de lo perdido, y Su Excelencia queda con el gusto que es de inferior, habiendo asegurado este reino, que le vio perdido. Todos en general, nobles y plebeyos, chicos y grandes, niños y mujeres, aún en medio del alboroto, sentían que en su tiempo hubiese sucedido esto, porque no lo merece su proceder y modo de gobernar. Gracias a Dios que ha sido para más gloria suya, y aplauso de Su Excelencia. A 16 de Julio de 1647.

 FUENTE_MEMORIAL HISTÓRICO ESPAÑOL 1865"