Translate

domingo, 26 de abril de 2015

CHAN CHAN

 MISTERIOS DE LA HISTORIA:




Si se viaja a Perú puedes ir a una provincia llamada Libertad. Se sabe que los primeros habitantes de la zona ya corrían por aquellas tierras hace unos 12.000 años y que tras el descubrimiento de una mujer y un niño es conocido que desde hace unos 4.500 años las gentes de la zona cultivaban la tierra y hacían sus vestidos.


CIUDADELA DE CHAN CHAN


Su capital es Trujillo. Fue fundada en 1534 por Don Diego de Almagro, que le dio el nombre de Trujillo en recuerdo de la ciudad donde nació Francisco Pizarro. Las nuevas ciudades en América trazadas por los españoles se hicieron con calles rectas y plazas amplias donde se levantaban iglesias y conventos y casas solariegas. En las fachadas de Trujillo, hoy sobreviven balcones trabajados con madera y con celosías y la existencia de algunas rejas idénticas a las de muchas ciudades españolas.

La mayor parte de los pobladores de hace cuatro siglos y medio fueron extremeños que hicieron de Trujillo una copia mejorada de sus pueblos, con calles rectas y anchas, pero con cierto gusto a ciudad española. Se fue haciendo grande y en el Siglo XVII era codiciada por piratas ingleses y holandeses, y por esta razón, el virrey, el duque de Pelata, mandó edificar una muralla que rodease la ciudad para defenderla. De hecho, junto a Lima, fueron las dos ciudades amuralladas del Perú. Pero Trujillo en 1820 fue la primera en proclamar la independencia y la primera en izar la bandera nacional.

Pero esto está muy reciente en el tiempo y lo que queremos exponer es algo anterior a la época de la conquista, e incluso de los incas. Trujillo no es el objetivo, sino otra ciudad legendaria y mucho más vieja; la mítica Chan Chan, una ciudad de barro que fue la capital de un imperio y el centro espiritual y administrativo de su territorio, el más seco del planeta que se extendió por 1.300 kilómetros de costa, desde el río Tumbes al norte, hasta el rio Chillón en el sur.

Esa tierra es estéril, eternamente sedienta, aunque siempre bañada por las aguas del Océano Pacífico. Es una tierra calcinada y de dunas, atraviesa por ríos que nacen de la sierra, pero portantes de agua durante unos meses del año. No obstante, hubo una serie de hombres que aprovecharon esa agua para realizar canales y acequias, y cuando faltaba el agua, hacían crecer las plantas con humedad del interior de la tierra. Existen en Chan Chan unos grandes fosos con paredes forradas de piedra; los wachakes, de tierra permeable que rezumaba agua un poco salobre que puede ser ingerida. Otros wachakes menos profundos proporcionaban humedad al terreno para cultivar. Hoy en día solo quedan los más grandes, pero debieron ser centenares los que hubo, lo de hoy son un conjunto de montículos ocres, donde ya no crece nada. Lo que queda son los restos de una ciudad que se extendía por 20 kilómetros cuadrados donde residían más de 50.000 personas ataviadas con vestimenta de alegre color.


RUINAS DE CHAN CHAN


Hoy en día, sus muros, apenas reconocibles, fueron los palacios y templos, talleres donde se fundían los metales; el bronce para armas, el oro y la plata para ornamentos. A la sombra de esos muros se instalaron puestos de alfareros y pescadores. Por sus calles, hoy en silencio, se oía el bullicio de las voces y las pisadas, el movimiento de mercancía… risas y canciones, porque sus gentes eran locuaces y alegres, y era un centro de peregrinación, de intercambio y demostraciones artísticas ante un público entregado. En cualquier cruce, hubo tiendas donde se vendió ropa de algodón. Un algodón que fue tan importante como el maíz o la patata, que era tejido e hilado y desconocido para la mayoría de los europeos, solo Herodoto se refirió al que se cultivaba en la India como planta exótica que en vez de fruto daba lana.

Chan Chan fue la capital del imperio Chimú. Sus descendientes directos son los yungas que viven en la costa norte. “El Dios creador vino del mar y enseñó a las gentes de Yunca a construir ciudades y templos. Les enseñó a abrir canales y a ensanchar los valles de la costa para que crecieran en los campos la yuca y el maíz, el algodón y las pitas, el melón y la calabaza”. Fue el mítico Tacaynamo, el fundador de la primera dinastía Chimú, que un día llegó al valle del río Moche, y se le suele representar sobre una balsa de madera arrastrada por dos nadadores. Es uno de esos dioses maestros que aparecen en las diferentes tradiciones americanas y a los que se alude como proveniente de las estrellas, unas veces; y otras, del otro lado del mar. Este Dios, llegó a la tierra de los yungas; les enseñó una forma de vida diferente y les condicionó para poder conquistar otros pueblos y consolidar un imperio y una ciudad desde donde gobernarlos.

Después de este Dios, dicen que hubo nueve reyes, antes de que el imperio y la ciudad fueran conquistados por los incas. Por eso, en Chan Chan existen 9 ciudadelas. Una de ellas es la que denominan Tscdhudi, que ha sido parcialmente reconstruida por los arqueólogos para dar una idea de cómo podían ser aquellos tiempos. 

Cada rey construyó su propia ciudad dentro de la ciudad; no eran palacios sino recintos en que vivían la familia real, los sacerdotes, los sirvientes; donde había lo necesario para poder vivir independientemente si es menester, wachake con agua, plazas para las ceremonias, un palacio, almacenes, santuarios y una zona militar. Aparece la muralla, para aislarse del resto de la ciudad, que mide kilómetro y medio de perímetro y en su parte más alta llega a los doce metros de altura. 

En su interior, la capital mostraba abiertas plazas de gran sencillez, llenas de luz, pintadas de brillantes de colores. Zócalos, cenefas, frisos, donde animales esquemáticos daban sustancia a las paredes lisas. Abundaban la decoración peces y aves marinas, lógico por otra parte, puesto que del mar vivían. Y entre los jardines, un día murió el rey que habitaba en la ciudadela y ya no quedó nada sino silencio y soledad. Una vez que el rey moría las puertas de la ciudad se sellaban, con todos los servidores dentro, y la ciudadela se transformaba en una inmensa tumba y su sucesor iniciaba la construcción de una nueva.

Los palacios, almacenes y plazas quedaban abandonados a la muerte. Y se dice que los únicos que la visitaban era los dioses, que acudían a recolectar las almas de los que quedaban allí encerrados. Fuera, en el cementerio del pueblo, las almas de este no debieron ser tan felices y sus huesos fueron profanados una y otra vez por los huaqueros, buscadores de tesoros, cubriendo la tierra sacaba de unas tumbas y trasladadas a otras, convirtiendo el cementerio en un gran caos donde los arqueólogos están trabajando ahora.


RECONSTRUCCIÓN 3D CHAN CHAN


Sin embargo, no vayamos a pensar que las tumbas de los grandes señores se encontraron a salvo, ni mucho menos. Desde los incas, con mayores riquezas en su interior, poco ha ido a los museos, el resto de máscaras mortuorias, de orejeras, prendedores, collares y otros mil objetos de plata y oro fueron fundidos a lo largo de los últimos cinco siglos por todos los que saquearon dichas tumbas. En las tumbas de Chan Chan debió haber grandes cantidades enterradas. En 1566 el Rey de España recibió 268 kilos de oro procedentes de la zona, lo que se llamó el “quinto” que era reservado a la corona. Si se tiene en cuenta que la quinta parte era de lo que oficialmente se extraía, no es extraño pensar que la cantidad en su totalidad pasara de las dos toneladas y media de oro.

En 1592, la Corona de España recibiría otros 124 kilos de oro en concepto de quinto. Y aún va a quedar mucho por extraer de las huacas y de la tumbas de Chan Chan y del valle del rió Moche. Sin embargo, el adobe de Chan Chan se está perdiendo debido a que en esa zona de Perú casi nunca llueve, no sobra la piedra y hace calor, por eso el adobe es ideal para construir. Esa tierra seca recibe cada 25 años, la lluvía, pero como un castigo que inunda los campos, arrasa los poblados y permite disolver las ruinas de adobe como si fuera un helado puesto al sol. En 1925, la lluvía torrencial redujo a Chan Chan a un montículo arcilloso apenas reconocible. En los cincuenta pasó lo mismo y en 1983 volvió a acontecer. Esas lluvias fueron nefastas para la conservación de las ruinas ya que está constituida de barro, si bien, unas casas cimentadas de piedra no han sufrido tanto con estas lluvias.

Para contrarrestar esto se debería perfeccionar el sistema de drenaje para evacuar aguas rápidamente y derivarlas hacia plazas muy amplias. Desgraciadamente, los arqueólogos sin estos recursos instalados, verá como gran parte de esta ciudad de barro irá desapareciendo hasta que no quede nada.