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lunes, 25 de agosto de 2014

ASALTO AL CUARTEL DE MONCADA POR FIDEL CASTRO


 CURIOSIDADES:



Allá por el 26 de julio de 1953, los jóvenes revolucionarios cubanos dirigidos por Fidel Castro, realizó un asalto al Cuartel de Moncada de Santiago de Cuba. Fue el primer paso del plan de golpe de estado contra la dictadura de Fulgencio Batista. Fue un fracaso. Muchos revolucionarios murieron en el asalto o en los posteriores interrogatorios. Fidel Castro sobrevivió al cautiverio, gracias a la protección de las más altas jerarquías de la iglesia cubana. Más abajo se presenta un extracto del proceso que siguió contra Fidel Castro ante un tribunal en donde lanza un alegato donde cuenta a los jueces la organización y realización del asalto.


PREPARADOS PARA EL ASALTO




CUARTEL DE MONCADA


Escuché al dictador el lunes 27 de julio, desde un bohío de las montañas, cuando todavía quedábamos 18 hombres sobre las armas. No sabrán de amarguras e indignaciones en la vida los que no hayan pasado por momentos semejantes. Al par que rodeaban por tierra las esperanzas tanto tiempo acariciadas de libertar nuestro pueblo, veíamos al déspota erguirse sobre él, más ruin y soberbio que nunca. El chorro de mentiras y calumnias que vertió en su lenguaje torpe, odioso y repugnante, sólo puede compararse con el chorro enorme de sangre joven y limpia que desde la noche antes estaba derramando, con su conocimiento, consentimiento, complicidad y aplauso, las más desalmada turba de asesinos que pueda concebirse jamás. Haber creído durante un solo minuto lo que dijo es suficiente falta para que un hombre de consciencia viva arrepentido y avergonzado toda la vida. No tenia siquiera, en aquellos momentos, la esperanza de marcarle sobre la frente miserable la verdad que lo estigmatice por el resto de sus días y el resto de los tiempos, porque sobre nosotros se cerraba ya el cerco de más de 1.000 hombres, con armas de mayor alcance y potencia, cuya consigna terminante era regresar con nuestros cadáveres. Hoy, que ya la verdad empieza a conocerse y, que termino con estas palabras que estoy pronunciando la misión que me impuse, cumplida a cabalidad, puedo morir tranquilo y feliz, por lo cual no escatimaré fustazos de ninguna clase sobre los enfurecidos asesinos.



LOS ASALTANTES, FIDEL EL TERCERO POR LA IZQUIERDA


Es necesario que me detenga a considerar un poco los hechos. Se dijo por el mismo gobierno que el ataque fue realizado con tanta precisión y perfección que evidenciaba la presencia de expertos militares en la elaboración del plan. ¡Nada más absurdo! El plan fue trazado por un grupo de jóvenes ninguno de los cuales tenía experiencia militar; y voy a revelar sus nombres, menos dos de ellos que no están ni muertos ni presos: Abel Santamaría, José Luis Tasende, Renato Guitart Rosell, Pedro Miret, Jesús Muntané y el que le habla. La mitad han muerto, y en justo tributo a su memoria puedo decir que no eran expertos militares, pero tenían patriotismo suficiente para darles, en igualdad de condiciones, una soberana paliza a todos los generales del 10 de marzo juntos, que no son ni militares ni patriotas. Más difícil fue organizar, entrenar y movilizar hombres y armas bajo un régimen represivo que gasta millones de pesos en espionaje, soborno y delación, tareas que aquellos jóvenes y otros muchos realizaron con seriedad, discreción y constancia verdaderamente increíbles; y más meritorio todavía será siempre darle a un ideal todo lo que se tiene y, además, la vida.

La movilización final de hombres que vinieron a esta provincia desde los más remotos pueblos de toda la Isla, se llevó a cabo con admirable precisión y absoluto secreto. Es cierto igualmente que el ataque se realizó con magnifica coordinación. Comenzó simultáneamente a las 5:15 a.m. tanto en Bayamo como en Santiago de Cuba y, uno a uno, con exactitud de minutos y segundos prevista de antemano, fueron cayendo los edificios que rodean el campamento. Sin embargo, en aras de la estricta verdad,  aún cuando disminuya nuestro mérito, voy a revelar por primera vez también otro hecho que fue fatal; la mitad del grueso de nuestras fuerzas y la mejor armada, por un error lamentable, se extravió en la entrada de la ciudad y nos faltó en el momento decisivo. Abel Santamaría, con 21 hombres, había ocupado el Hospital Civil; iban también con él para atender a los heridos un médico y 2 compañeras nuestras.

Raúl Castro, con 10 hombres, ocupó el palacio de Justicia; y a mí me correspondió atacar el campamento con el resto, 95 hombres. Llegué con un primer grupo de 45, precedido por una vanguardia de 8 que forzó la posta 3. Fue aquí precisamente donde se inició el combate al encontrase mi automóvil con una patrulla de recorrido exterior armada de ametralladoras. El grupo de reserva, que tenía casi todas las armas largas, pues las cortas iban a la vanguardia, tomó por una calle equivocada y se desvió por completo dentro de una ciudad que no conocían. Debo aclarar que no albergo la menor duda sobre el valor de esos hombres, que al verse extraviados sufrieron gran angustia y desesperación. Debido al tipo de acción que se estaba desarrollando y al idéntico color de los uniformes en ambas partes combatientes, no era fácil restablecer el contacto. Muchos de ellos, detenidos más tarde, recibieron la muerte con verdadero heroísmo.



MOMENTO DEL ASALTO


Todo el mundo tenía instrucciones muy precisas de ser, ante todo, humano en la lucha. Nunca un grupo de hombres armados fue más generoso con el adversario. Se hicieron desde los primeros momentos numerosos prisioneros, cerca de 20 en firme; y hubo un instante, al principio, en que 3 hombres nuestros, de los que habían tomado la posta: Ramiro Valdés, José Suárez y Jesús Montané, lograron penetrar en una barraca y detuvieron durante un tiempo a cerca de 50 soldados. Estos prisioneros declararon ante el tribunal, y todos sin excepción han reconocido que se les trató con absoluto respeto, sin tener que sufrir ni siquiera una palabra vejaminosa. Sobre este aspecto si tengo que agradecerle algo, de corazón, señor Fiscal; que en el juicio celebrado a sus compañeros, al hacer su informe, tuvo la justicia de reconocer como un hecho indudable, el altísimo espíritu de caballerosidad que mantuvimos en la lucha.

La disciplina por parte del ejército fue bastante mala. Vencieron en último término por el número, que les daba una superioridad de 15 a 1, y por la protección que les blindaban las defensas de la fortaleza. Nuestros hombres tiraban mucho mejor y ellos mismos lo reconocieron. El valor humano fue igualmente alto de parte y parte.

Considerando las causas del fracaso táctico, aparte del lamentable error mencionado, estimo que fue una falta nuestra dividir la unidad de comandos que habíamos entrenado cuidosamente. De nuestros mejores hombres y más audaces jefes, había 27 en Bayamo, 21 en el Hospital Civil y 10 en el Palacio de Justicia; de haberse hecho otra distribución el resultado pudo haber sido distinto. El choque con la patrulla ( totalmente casual, pues 20 segundos antes o 20 segundos después, no habría estado en ese punto), dio tiempo a que se movilizara el campamento, que de otro modo habría caído en nuestros manos sin disparar un tiro, pues ya la posta estaba en nuestro poder. Por otra parte, salvo los fusiles calibre 22, que estaban bien provistos, el parque de nuestro lado era escasísimo. De haber tenido nosotros granadas de mano, no hubieran podido resistir 15 minutos.

Cuando me convencí de que todos los esfuerzos eran ya inútiles para tomar la fortaleza, comencé a retirar nuestros hombres en grupos de 8 y de 10. La retirada fue protegida por 6 francotiradores que, al mando de Pedro Miret y de Fidel Labrador, le bloquearon heroicamente el paso al Ejército. Nuestras pérdidas en la lucha habían sido insignificantes, el 95% de nuestros muertos fueron producto de la crueldad y la inhumanidad cuando aquella hubo cesado. El grupo del Hospital Civil no tuvo más que una baja; el resto fue copado al situarse las tropas frente a la única salida del edificio, y sólo depusieron las armas cuando no les quedaba una bala. Con ellos estaba Abel Santamaría, el más generoso, querido e intrépido de nuestros jóvenes, cuya gloriosa resistencia lo inmortaliza ante la historia de Cuba. Ya veremos la suerte que corrieron y cómo quiso escarmentar Batista la rebeldía y heroísmo de nuestra juventud. Nuestros planes eran proseguir la lucha en las montañas caso de fracasar el ataque al regimiento. Pude reunir otra vez, en Siboney, la tercera parte de nuestras fuerzas; pero ya muchos estaban desalentados. Unos 20 decidieron presentarse; ya veremos también lo que ocurrió con ellos. El resto, 18 hombres, con las armas y el parque que quedaban, me siguieron a las montañas. El terreno era totalmente desconocido para nosotros. Durante una semana ocupamos la parte alta de la cordillera de la Gran Piedra y el ejército ocupó la base. Ni nosotros podíamos bajar ni ellos se decidieron a subir. NO fueron, pues, las armas; fueron el hambre y la sed quienes vencieron la última resistencia. Tuve que ir distribuyendo los hombres en pequeños grupos; algunos consiguieron filtrase entre las líneas del Ejército, otros fueron presentados por monseñor Pérez Serantes. Cuando sólo quedaban conmigo 2 compañeros; José Suárez y Oscar Alcalde, totalmente extenuados los 3, al amanecer del sábado 1 de agosto, una fuerza al mando del teniente Sarria, nos sorprendió durmiendo. Ya la matanza de prisioneros había cesado por la tremenda reacción que provocó en la ciudadanía, y este oficial, hombre de honor, impidió que algunos matones nos asesinasen en pleno campo con las manos atadas.



PRISIONEROS PARA INTERROGAR


No necesito desmentir aquí las estúpidas sandeces que, para mancillar mi nombre, inventaron los Ugalde Carrillo y comparsas, creyendo encubría su cobardía, su incapacidad y sus crímenes. Los hechos están sobradamente claros.

Mi propósito no es entretener al tribunal con narraciones épicas. Todo cuento he dicho es necesario para la comprensión más exacta de lo que diré después.

Quiero hacer constar dos cosas importantes para que se juzgue serenamente nuestra actitud. Primero: pudimos haber facilitado la toma del regimiento deteniendo simplemente a todos los altos oficiales en sus residencias, posibilidad que fue rechazado, por la consideración muy humana de evitar escenas de tragedia y de lucha en las casas de las familias. Segundo: se acordó no tomar ninguna estación de radio hasta tanto no se tuviese asegurado el campamento. Esta actitud nuestra, pocas veces vista por su gallardía y grandeza, le ahorró a la ciudadanía un rio de sangre. Yo  pude haber ocupado, con solo 10 hombres, una estación de radio y haber lanzado al pueblo a la lucha. De su ánimo no era posible dudar; tenía el último discurso de Eduardo Chibás en la CMQ, grabado con sus propias palabras, y poemas patrióticos e himnos de guerra capaces de estremecer al más indiferente, con mayor razón cuando se está escuchando el fragor del combate, y no quise hacer uso de ello, a pesar de lo desesperado de nuestra situación.