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domingo, 26 de enero de 2014

SAMARCANDA LA CIUDAD DE TAMERLAN.

CURIOSIDADES:


SAMARCANDA

Legiones de escritores pronuncian el nombre de Samarcanda como si fuera un oasis mágico de cúpulas azules, un lugar de ensueño rodeado de un aura de leyenda. Sin embargo, Samarcanda existe, fue una de las capitales más importantes de la antigua Ruta de la Seda y se alza en la dura estepa de la Transoxiana, entre los ríos Amu Daria (Oxus, en la Antigüedad) y Sir Daria (Jaxartes), en el actual Uzbekistán. Aún hoy, debe su fama a la armoniosa disposición y belleza de las tres madrazas que se alzan en la céntrica plaza del Registán. Enfrente de esta plaza, con una mirada penetrante y fría, se encuentra la gran estatua sedente dedicada a Timur, el héroe que está indisolublemente unido al destino de la ciudad. Timur-i-Lenk  –Timur «el cojo», apodo que en Occidente se transformaría en Tamerlán– construyó un vasto imperio cuyos límites se extendían desde Anatolia hasta el océano Índico, y la relevancia de su figura es tal que traspasa los confines de varias civilizaciones entre dos épocas, la medieval y la renacentista. Tamerlán escogió Samarcanda como su capital, y pronto esta ciudad, donde confluían las caravanas procedentes de Oriente y Occidente, con sus especias y exóticos perfumes, acabó convirtiéndose en la residencia de una corte de leyenda.

Disponemos de un testimonio excepcional  sobre el esplendor mítico de la capital de Tamerlán: el de Ruy González de Clavijo, un caballero castellano enviado por Enrique III, rey de Castilla y León, como embajador ante la corte del conquistador asiático. La última de la larga serie de victorias de Tamerlán, lograda sobre el sultán otomano Bayaceto, había despertado el entusiasmo de los reyes de la Europa cristiana, que se veían así libres de la amenaza otomana y soñaban con firmar la paz con la potencia emergente de Asia, entre otras cosas para circular libremente por la Ruta de la Seda. Enrique III, tras recibir con agrado a un embajador de Tamerlán, envió a su vez a Clavijo cargado de regalos para el victorioso soberano oriental. Tras un viaje por Grecia, Anatolia y Mesopotamia que duró más de un año, el 31 de agosto de 1404 Clavijo llegó a Samarcanda. Permanecería allí casi tres meses, y tan maravillado quedó por la visión de aquella remota ciudad que a su vuelta escribió un relato de su experiencia, la Embajada a la corte de Tamerlán.

Nada más entrar en la ciudad, Clavijo comprobó que Tamerlán había sabido conjugar en ella lo mejor de Oriente y Occidente: Siria enviaba sus tejedores, vidrieros y armeros; Delhi proporcionaba albañiles, constructores y talladores de gemas, y Anatolia suministraba orfebres, cordeleros y maestros armeros. Clavijo recorrió los bazares de Samarcanda y observó cómo en las calles se mezclaban lenguas y religiones, desde el Islam hasta el zoroastrismo y el cristianismo nestoriano. En sus mercados abundaban todo tipo de productos procedentes de la Ruta de la Seda: de Rusia y Mongolia venían cueros y lienzos; de China, además de la seda, llegaban rubíes y diamantes, ruibarbo y perlas, y de la India, especias menudas como nuez moscada, jengibre, flor de canela y clavo de olor.  A ojos de Ruy de Clavijo, Samarcanda era la casa donde Tamerlán iba depositando los tesoros que le proporcionaban sus conquistas.

A la hora y día convenidos, Ruy de Clavijo se presentó ante Tamerlán. Clavijo descubre la fragancia de los jardines de Samarcanda, repletos de jazmines y violetas, y la fresca sombra de las yurtas, las típicas tiendas mongolas. Éste era el ambiente preferido por Tamerlán y su corte, ya para las largas recepciones oficiales o para practicar su pasatiempo favorito, el ajedrez. Fogoso soldado a la vez que experimentado y prudente capitán, Tamerlán sabía rodearse en su corte de artistas y literatos que le hacían gozar tanto de la poesía y de la historia persas como del relato de sus conquistas militares. Tras las oportunas reverencias, Tamerlán los mandó acercarse. Clavijo esperaba encontrarse con el «azote de las estepas», de cuerpo nervudo y recio, ojos amenazadores, gesto brusco y poderosa y bronca voz. Sin embargo, lo que vio fue un anciano ya caduco, acomodado entre cojines de seda bordada; «tan viejo era –dice Clavijo– que hasta los párpados de sus ojos estaban caídos». Todo fueron cortesías para Clavijo y su rey: «Mirad aquí estos embajadores –proclamó solemne Tamerlán ante sus cortesanos–, son éstos los que me envía mi hijo, el Rey de España, que es el mayor Rey que hay en los francos». Copioso fue el banquete con el que se obsequió a Clavijo: carneros cocidos y asados, ancas de caballo sin su corvejón, jugosos melones, uvas y duraznos servidos en la dulce leche fermentada de las yeguas; y todo ello ofrecido en fuentes de oro y plata, junto a finas obleas de pan y escudillas con arroz, salsas y condimentos varios. No faltó tampoco el vino, con la venia del propio Tamerlán (aunque él era musulmán), escanciado en tazas de oro que descansaban sobre platos de fina porcelana.

Igualmente Clavijo observó la sensibilidad de Tamerlán por el arte y la cultura, en contraste con el devastador efecto de sus campañas. El conquistador puso especial empeño en sembrar su capital de espléndidas construcciones. Ruy de Clavijo presenció incluso cómo Tamerlán mandaba demoler parte de la mezquita de su esposa, Bibi Khanum, para que ésta fuera reconstruida a su gusto en tan sólo diez días. El monarca no reparó en gastos; incluso mandó traer el mármol, portado a lomos de un centenar de elefantes, desde las canteras de la India. Pero, apurado por sus campañas, delegó la dirección de las obras en su mujer, que también había iniciado la construcción de una tumba para ella misma enfrente de la mezquita.
Cuenta la leyenda que el arquitecto de la mezquita se enamoró perdidamente de Bibi Khanum. La reina, en un intento de disuadirlo, le mostró cuarenta huevos y le dijo: «Miradlos, cada uno está pintado de una forma diferente y, sin embargo, da igual su color; pues ya sea éste rojo, azul o verde, su sabor siempre será el mismo». El arquitecto guardó silencio entonces, pero una semana más tarde volvió a presentarse con cuarenta botas, treinta y nueve con agua y una llena de vino: «¡Ay mi Bibi Khanum! –le susurró malicioso–. Aunque todas ellas te puedan parecer iguales, el agua de unas me refresca y apacigua mis sentidos, pero tan sólo el vino de esta última ha logrado embriagarme». Bibi Khanum, vencida, accedió a recibir un beso, pero su mano tendría que separar sus mejillas de los labios de ese loco adulador. Sin embargo, la pasión del arquitecto era tan fuerte que traspasó esa barrera y el beso dejó una marca indeleble. Tamerlán, al volver, se encontró con la mezquita casi acabada: la grandiosa belleza de ésta, su riqueza y exquisitas proporciones emocionaron incluso a un hombre rudo como él. Se volvió a agradecérselo a su mujer, pero observó entonces con horror la huella del furtivo beso. Lleno de furia, se cuenta que Tamerlán empujó a su mujer al vacío y que ésta se salvó gracias al vuelo de sus trajes. Quiso también castigar ejemplarmente al arquitecto, pero éste ya había huido o se había dado muerte.
Durante la estancia de Ruy de Clavijo en Samarcanda, Tamerlán, que se hallaba inmerso en los preparativos de su última campaña contra China, cayó enfermo. Sus ministros despidieron entonces a los castellanos, que tuvieron que emprender el viaje de vuelta el 18 de noviembre de 1404. El emperador murió poco después de la marcha de Clavijo, a los 71 años, el 19 de enero de 1405.
Por Juan Pablo Sánchez. Northeast Normal University, Changchun (China),