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sábado, 24 de enero de 2015

CHAPLIN Y LA CAZA DE BRUJAS

CURIOSIDADES:



Tras la segunda guerra mundial, una buena parte de los políticos de los Estados Unidos inició lo que se denominó "la caza de brujas" contra actividades comunistas. Las principales víctimas fueron los representantes y figuras destacadas de la intelectualidad norteamericana. Siendo su máximo apogeo en los mandatos de Truman y de Eisenhower. En concreto, el comportamiento del senador Joseph Mccarthy, presidente del Comité de Actividades Anti norteamericanas, fue el eje de esa política.

 En Hollywood di una proyección privada para mis amigos. Al terminar Thomas Mann, Lion Feuchtwanger y otros cuantos se pusieron de pie y aplaudieron durante más de un minuto. Con entera confianza marché a Nueva York. Pero a mi llegada fui atacado inmediatamente por el Daily News: “Chaplin está en la ciudad para el estreno de su película. Después de sus hazañas como compañero de viaje, le desafío a que dé la cara en una conferencia de prensa, pues estaré allí para hacerle una o dos preguntas embarazosas”.


MCCARTHY FUE EL LÍDER CONTRA LOS INTELECTUALES AMERICANOS PROVOCANDO LA ANULACIÓN DE MUCHAS DE SUS CARRERAS POR SUPUESTAS ACTIVIDADES Y PENSAMIENTO ANTI NORTEAMERICANOS


El servicio de publicidad de la United Artits deliberó sobre si era aconsejable o no que celebrase una entrevista con la prensa americana. YO estaba indignado porque había ya recibido a la prensa extranjera la mañana anterior, dispensándose una cogida calurosa y entusiasta. Además, no tenia porqué estar intimidado.

A la mañana siguiente reservamos una gran salón en el hotel y recibí a la prensa americana. Después de que hubieron servido unos cocktails, hice mi aparición, pero olí algo malo. Hablé desde detrás de una mesita, y desplegando toda la capacidad de seducción que me era posible, dije: “¿Cómo están ustedes, señoras y caballeros? Estoy aquí para informarles de todo lo que les pueda interesar en relación con mi película y con mis planes futuros.”. Permanecieron callados. “No hablen todos a la vez”. Dije, sonriendo. 

Por fin, una periodista que estaba sentada casi enfrente dijo: “¿Es usted comunista?”. “NO”. Contesté rotundamente. “La siguiente pregunta por favor”. Entonces una voz empezó a murmurar algo. Creí que sería mi amigo del Daily News, pero este brillaba por su ausencia. El que hablaba era u n sujeto con aspecto desaseado, que tenía el gabán puesto y que se inclinaba sobre un manuscrito, del que estaba leyendo algo.

“Perdone”, le dije. “Tendrá que volver a leerlo; no comprendo una palabra de lo que está usted diciendo”. Empezó: “Nosotros, los ex combatientes católicos de la guerra…”. Le interrumpí: “No estoy aquí para contestar a ex combatientes católicos de la guerra; esta es una reunión de prensa”. 

“¿Por qué no se ha hecho usted ciudadano americano?” Dijo otra voz. “No veo ninguna razón para cambiar mi nacionalidad. Me considero un ciudadano del mundo”, contesté. Se produjo un gran revuelo. Dos o tres personas querían hablar a la vez. Sin embargo, una voz dominó a las demás: “Pero usted gana su dinero en América”. “Bueno”, dije sonriendo, “si coloca usted las cosas sobre base económica, iremos directamente a los hechos. Mis negocios son internacionales; el setenta por ciento de mis ingresos lo gano en el extranjero, y los Estados Unidos los gravan con un ciento por ciento de impuestos; de modo que, como ve, soy un invitado que paga muy bien”. Nuevamente el de la Legión católica arremetió con voz aguda: “Gane usted su dinero aquí o no, nosotros, los que desembarcamos en las playas de Francia, sentimos que no sea usted ciudadano de esta nación”.
“No es usted el único hombre que desembarcó en esas playas”, le dije, “mis dos hijos estuvieron también allí, en el ejército de Patton, firmes en primera línea, y no van alardeando ni explotando el hecho, como está usted haciendo”. 

“¿Conoce usted a Hanns Eisler?, dijo otro reportero. “Si, es un buen amigo mío; un gran músico”. “¿sabe usted que es comunista?”. “No me importa lo que sea; mi amistad no se basa en la política”. “Sin embargo, parece que le gustan a usted los comunistas”. Dijo otro.

“Nadie tiene por qué decirme lo que me gusta o me disgusta. Todavía no hemos llegado a tanto”. Luego una voz dijo en medio del bullicio: “¿Qué impresión se siente siendo un artista que ha enriquecido con tanta felicidad y comprensión al mundo de la gente humilde y es escarnecido por el odio y desprecio de los llamados de la prensa americana?” Estaba tan poco preparado a cualquier expresión de simpatía, que contesté bruscamente: “Lo siento, no le he seguido; tendrá usted que repetir la pregunta”. Mi encargado de publicidad me dio con el codo, murmurando a mí oído: “este tipo está de tu parte; te ha dicho una cosa muy amable”. Era Jim Agee, el poeta y novelista americano, que estaba trabajando por entonces como escritor y crítico literario para la revista Time. Me sentí confundido y depuse mi actitud de alerta.

“Lo siento”, dije; “no le he oído. ¿Tendría usted la amabilidad de repetirlo?”. “No sé si podré”, dijo, algo embarazado; luego repitió aproximadamente las mismas palabras. No se me ocurrió ninguna contestación; de modo que moví la cabeza y dije: “Sin comentario…; pero gracias”.

Después de aquello no me encontraba bien. Sus amables palabras me dejaron sin ninguna capacidad de lucha. “Lo siento, señoras y caballeros”, dije. “Pensé que esta conferencia iba a ser una entrevista para hablar de mi película; en lugar de ello, se ha convertido en una discusión política. Así que no tengo nada más que decir”.


MARCHA DE ACTORES HACIA WASHINGTON EN PROTESTA CONTRA LA POLÍTICA DEL COMITÉ CONTRA ACTIVIDADES ANTI AMERICANAS


Después de la entrevista sentí dolido el corazón, porque ya no tenía duda de que me enfrentaba con una violenta hostilidad. No podía creerlo aún del todo. Había recibido una extraordinaria correspondencia felicitándome por el “gran dictador”, que produjo más dinero que ninguna de las otras películas que había hecho, ni antes de la película había tenido que sufrir una tan considerable publicidad adversa. Además, confiaba mucho en el éxito de Monsieur Verdoux, y el personal de la United Artists tenía la misma impresión.

Mary Pickford telefoneó para decir que le gustaría ir con Oona y conmigo al estreno; así que la invitamos a cenar con nosotros en el restaurante 21. Mary llegó muy tarde. Dijo que se había entretenido en un coktail y que le resultó difícil poderse escapar.

Cuando llegamos al cine había un gran gentío congregado fuera. Mientras nos abrimos paso por el vestíbulo vimos un hombre que estaba fuera. Mientras nos abrimos paso por el vestíbulo vimos un hombre que estaba retransmitiendo por radio: “Y ahora acaban de llegar Charlie Chaplin y su esposa. ¡Ah! Y con ellos, como invitada, esa maravillosa actriz de los días del cine mudo que sigue siendo “la novia de América”: Miss Mary Pickford. Mary, ¿querría decir algunas palabras sobre este maravilloso estreno?”.

El vestíbulo estaba abarrotado, y Mary se abrió paso hacia el micrófono, llevándome todavía cogido de la mano. “Y ahora, señoras y caballeros, aquí está miss Mary Pickford…”. En medio de los empujones y apreturas, Mary dijo: “hace dos mil años nació Cristo, y esta noche…”. NO dijo nada más, pues teniéndome todavía cogido de la mano, fue apartada de un tirón del micrófono por un repentino empujón de la multitud. Muchas veces me he preguntado que iba a decir a continuación.

Aquella noche reinaba en el teatro un ambiente inquietante y se tenía la impresión del que el público había acudido para demostrar algo. Desde el momento en que empezó la película, en lugar de la anhelante impaciencia y el alborozo que habían saludado en otros tiempos mis películas, hubo algunos aplausos nerviosos mezclados con silbidos. Me avergüenza tener que admitirlo, pero aquellos pocos silbidos me hirieron más que toda la hostilidad de la prensa.

A medida que la película iba pasando empecé a sentirme preocupado; las risas sonaban, si, pero divididas. No eran las risas de antes, de “la quimera del oro”, “de luces de la ciudad” o de “armas al hombro”. Era una risa desafiadora contra los elementos que silbaban. Mi corazón empezó a latir aceleradamente. NO pude permanecer sentado por más tiempo en mi butaca. Susurré al oído de Oona: “voy a salir al vestíbulo; no puedo soportarlo”. Me apretó la mano. Mi manoseado programa, que había retorcido hasta dejarlo destrozado, me quemaba la palma de la mano de forma que lotíre debajo de mi asiento. Me adentré por el pasillo y salí al vestíbulo. Por un lado, quería quedarme para oir las risas, y por otro, deseaba evadirme de todo. Luego subí al anfiteatro para ver como marchaban allí las cosas. Un hombre que estaba riendo más que el resto; sin duda, algún amigo, pero era una risa convulsiva y nerviosa, como si tuviera que demostrar algo. Lo mismo sucedía en el paraíso que en el anfiteatro.

Durante dos horas estuve dando paseos por el vestíbulo, en la calle, alrededor del cine; luego volví a ver la película. Me pareció que duraba una eternidad. Por último, terminó. Earl Wilson, el columnista, un tipo muy honrado, fue una de las primeras personas con las que me encontré en el vestíbulo.

“A mí me ha gustado”, dijo, recalcando el a mi. Luego vino Arthur Kelly, mi representante: “claro es que no nos va a producir doce millones, ni mucho menos”. Me dijo. “Bueno, me conformaré con la mitad”. Le contesté bromeado. Después dimos una cena para unos ciento cincuenta personas; pocos eran viejos amigos. Aquella noche las opiniones estaban dividas, y a pesar del champagne, fue deprimente. Oona se fue a casa para acostarse, pero yo me quedé medio hora más.

Bayard Swope, un hombre al que yo estimaba, estaba discutiendo con mi amigo Don Stewart sobre la película. A Swope le parecía detestable. Aquella noche solo unas personas me felicitaron. Don Stewart, un poco bebido, como yo, dijo: “Charlie, todos son un hatajo de bastardos, intentando hacer política con tu película; pero es formidable y al público le gusta. Por entonces no me importaba lo que pensase nadie. No tenía ya fuerzas. Don Stewart me acompañó al hotel. Oona estaba ya dormida cuando llegamos.

“¿Qué piso es el tuyo? Me preguntó Don. “El 17”. “¿Jesús!¿Te das cuenta qué habitación es esta? ¡pues la habitación en la que un chico se puso de pie sobre el borde de la ventana y pasó en ella doce horas antes de tirarse y matarse¿”. Estas noticias eran el clima adecuado para aquella noche. Sin embargo, creo que Monseur Verdoux es la película más inteligente y más brillante de las que he hecho hasta ahora.

Ante mi sorpresa, Monseieur Verdoux estuvo en cartel en Nueva York durante seis semanas y nos produjo buenos beneficios. Pero de repente se vino abajo. Cuando le pregunté a Grad Seers, de la United Artists, sobre este fenómeno, me dijo: “Cualquier película que haga usted será un gran negocio durante las tres o cuatro primeras semanas, porque tiene usted de su parte a sus antiguos admiradores. Pero después acude el público en general, y teniendo en cuenta que la prensa le ha amartillado a usted continuamente durante más de diez años, esto ha de tener forzosamente su efecto; por esto han disminuido las taquillas.

“Pero la masa de público, en general, tiene sentido del humor, creo yo”. Dije. “¡Mire!”, me enseñó el Daily News y los periódicos de la cadena de Hearst. “Y así ocurre en todo el país”. En uno de aquellos diarios se publicaba una fotografía de la Legión Católica dee Nueva Jersey desfilando por delante del cine de ese Estado en donde se proyectaba Monsieur Verdoux. Llevaban pancartas en las que se leía: “Chaplin es un compañero de viaje”, es decir un comunista. “Echemos a patadas del país al forastero”, “Chaplin está siendo un invitado de pago durante demasiado tiempo”, “Chaplin, el ingrato y el simpatizante comunista”, “Chaplin, a Rusia…”.


LA CAZA DE BRUJAS


Cuando Candilejas estuvo terminada sentía yo menos preocupaciones respecto a su éxito de la que había tenido con ninguna otra de mis anteriores películas. Organizamos una proyección privada para nuestros amigos y todos quedaron entusiasmados. Así, pues, empezamos a pensar en marcharnos a Europa, pues Oona estaba deseosa de mandar allí a los niños al colegio, lejos de toda influencia hollywoodense. Tres meses antes había yo presentaod una solicitud para que me concedieran permiso para volver a entrar, pero no había recibido ninguna contestación. Sin embargo, seguí arreglando mis asuntos, preparándome para la marcha. Declaré mis impuestos y dejé su pago en regla. Pero cuando la Oficina de Contribuciones se enteró de que me disponía  marchar a Europa, descubrió que les debía más dine3ro aún. Y ahora inventaron una suma de seis cifras, exigiendo que pagase dos millones de dólares, una cantidad diez veces mayor de la que me había exigido. Mi instinto me dijo que no pagase nada y que insistiese en el caso se viese inmediatamente ante los Tribunales. Esto hizo que llegásemos rápidamente a un acuerdo por una suma muy razonable.

Ahora que ya no podían exigirme nada más, solicité de nuevo un permiso para volver a entrar, y esperé varias semanas, aunque sin obtener contestación. Así es que envié una carta a Washington comunicándoles que aunque no quisieran concederme aquel permiso, tenía la intención de marcharme.

Una semana después recibí una llamada telefónica del Departamento de Inmigración para decirme que desearían formularme algunas preguntas. ¿Podían venir a mi casa?. “Desde luego”, contesté.

Vinieron tres hombres y una mujer; la mujer tenía una máquina estenográfica. Los otros llevaban unas cajitas cuadradas que contenían, indudablemente, magnetófonos. El principal interrogador era un individuo alto y delgado, de unos cuarenta años, apuesto y astuto. Me di cuenta de que eran cuatro contra uno, y que debí haber hecho que estuviera presente mi abogado, aunque no tenía nada que ocultar.

Les conduje a la baranda y la mujer llevó su máquina estenográfica y la colocó sobre una mesita. Los otros se sentaron en un diván, con los magnetófonos delante El interrogador sacó un dossier de unos treinta centímetros de alto, que depositó cuidadosamente en la mesa que tenía junto a él. Me senté enfrente. Luego empezó a hojear su dossier, hoja por hoja.

“¿Es Charlie Chaplin su verdadero nombre?”, “Si”, “Algunas personas dice que su nombre es… (aquí se mencionó un nombre de evidente sonido extranjero) y que usted es originario de Galitzia”., “No. Mi nombre es Charles Chaplin, como mi padre, y nací en Londres, Inglaterra”. , “¿dice usted que no ha sido nunca comunista?”, “Nunca. No he formado parte jamás de una organización política en mi vida”. “Usted pronunció un discurso en el que dijo “camaradas”. ¿Quería usted dar a entender con eso?”. “Exactamente eso. Busqué la palabra en el diccionario. Los comunistas no tiene la exclusiva de esa palabra”. Continuó con preguntas por el estilo; luego, de repente, inquirió: “¿Ha cometido alguna vez adulterio?, “Óigame”. Le contesté, “si está usted buscando una argucia para echarme del país, dígamelo y arreglaré mis asuntos de acuerdo con ello, porque no deseo permanecer en ninguna parte donde se me considere persona non grata”.

“¡Oh, no!, me dijo, “es una pregunta que se hace al tramitar todos los permisos para una nueva entrada”. “¿Cuál es la definición de adulterio?” Pregunté. Los dos la buscamos en el diccionario. “Significa fornicación con la esposa de otro hombre”, me dijo. Reflexioné un momento. “No, que yo sepa”. Dije. “Si este país fuese invadido, ¿lucharía por defenderlo?”. “Con toda seguridad. Quiero a esta nación; aquí tengo mi hogar y aquí he vivido durante cuarenta años”. Contesté. “Pero usted no se ha hecho ciudadano americano”. “No hay ninguna ley contra eso. Sin embargo, pago mis impuestos”. “Pero, ¿por qué sigue las consignas del partido?”, “Si usted me dice lo uqe son esas consignas y de qué partido, podré contestarle si las sigo o no”. Hubo a continuación una pausa, que rompí diciendo: “¿Sabe usted cómo me he visto metido en este lio?” Denegó con la cabeza. “Por hacerle un favor a su gobierno”. Alzó las cejas en señal de protesta. 

“Su embajador en Rusia, míster Joseph Davies, iba a hablar en San Francisco a favor de la ayuda a la guerra rusa, pero a última hora sufrió un ataque de laringitis, y un alto representante de su gobierno me pidió que hablase en su lugar, y desde entonces me han estado dando golpes en los nidillos”. 

Me estuvieron interrogando durante tres horas. Una semana después volvieron a telefonear para preguntarme si quería ir a la Oficina de Inmigración. Mi abogado insistió en acompañarme, “por si quieren hacerle más preguntas”. Dijo. Cuando llegamos no podía haber sido acogido con mayor cordialidad. El jefe del Departamento de Inmigración, un hombre amable, de mediana edad, me dijo en un tono casi consolador: “Siento que le hayamos entretenido, míster Chaplin.  Pero ahora que tenemos ya establecido un anejo del Departamento de Inmigración en Los Ángeles, actuaremos con más rapidez, sin que las solicitudes tengan que ir y venir de Washington. Solo queda por hacer una pregunta, míster Chaplin ¿cuánto tiempo estará usted fuera?

“No más de seis meses”. Le contesté. “Sólo vamos a pasar unas vacaciones”. “En otro caso, si va a estar fuera más tiempo, deberá pedir una prórroga”. Dejó un documento sobre la mesa y luego salió de la habitación. Mi abogado lo examinó rápidamente. “¡Esto es!”, me dijo. “¡Es el permiso!”. El hombre volvió con una pluma: “¿Tendría la bondad de firmar aquí, míster Chaplin? Y claro es que tendrá que arreglar sus documentos de embarque”. Después de haber firmado, me palmeó afectuosamente en la espalda: “Aquí está su permiso. Espero que tenga unas felices vacaciones. Charlie, ¡y regrese pronto a casa!”.

Era sábado e íbamos a partir el domingo, por la mañana, en el tren de Nueva York. Quería yo que Oona tuviera acceso a mi caja fuerte en caso de que me sucediese algo, pues contenía la mayor parte de mi fortuna. Pero Oona seguía demorando la firma de los documentos en el Banco. Y ahora era nuestro último día de estancia en Los Angeles, y los Bancos estarán cerrados al cabo de diez minutos.

“Nos quedan exactamente diez minutos para ir; así que tenemos que darnos prisa”. Dije. Para esta clase de cuestiones, Oona es un poco dejada. Y me dijo: “¿No podríamos esperar hasta que regresemos de las vacaciones?” Pero yo insistí. Y en buena hora, pues de otra forma hubiéramos pasado el resto de nuestras vidas pleiteando para intentar llevarnos nuestra fortuna del país.

El día que nos marchamos a Nueva York fue un día doloroso. Mientras Oona estaba haciendo los últimos arreglos de la casa, yo me quedé fuera, en la pradera, contemplando la casa con sentimientos contradictorios. ¡Cuántas cosas me habían ocurrido en aquella casa! ¡Cuánta felicidad gocé en ella y cuánta angustia! Ahora el jardín y la casa tenían un aspecto tan apacible y amistoso, que me sentía conmovido al dejarlos. 

Después de decir adiós a Helen, la doncella, y a Henry, el mayordomo, me dirigí a la cocina para decir adiós a Anna, la cocinera. Soy muy tímido en tales ocasiones, y Anna, una mujer robusta y gorda, era un poco sorda. “Adiós”, tuve que repetirle, tocándola en el brazo.

Oona fue la última en salir. Después me contó que había encontrado a la cocinera y a la doncella llorando. Jerry Epstein, mi ayudante de dirección, estaba en la estación para despedirnos. El viaje a través del país fue un sedante. Pasamos una semana, en Nueva York antes de tomar el barco. Justamente, cuando está preparándome para iniciar le goce de las vacaciones me llamó mi abogado, Charles Schwartz, para decirme que un antiguo empleado de la United Artists había entablado un pleito contra la Compañía, reclamando no sé cuántos millones.

“No son más que ganas de fastidiar, Charlie. De todas maneras, quiero evitarte el tener que acudir a una citación judicial, porque esto te obligaría a regresar de tus vacaciones”. Por lo cual los últimos cuatro días estuve encerrado en mi habitación y me vi privado del gozo de ver Nueva York con oona y los niños. Sin embargo, tenía intención de dar una proyección privada de Candilejas para la prensa, con citaciones o sin ellas.

Embarqué en el Queen Elizabetrh a las cinco de la madrugada, en una hora romántica, pero por la sórdida  razón de evitar que me entregasen una citación. Las instrucciones de mi abogado fueron que embarcase furtivamente, me encerrase en mi camarote y no apareciese en cubierta hasta que el práctico hubiese desembarcado. Como hacia doce años que estaba preparado a esperar lo peor, obedecí.

Había soñado verme en cubierta con mi familia, disfrutando de aquel emocionante momento que es la partida de un barco, cuando suelta sus amarras y se desliza conduciéndonos a otra vida. En lugar de esto, estaba encerrado ignominiosamente en mi camarote, atisbando a través de la portilla. “Soy yo”, dijo Oona, llamando a la puerta. La abrí. 

“Jim Agree acaba de llegar para despedirse de nosotros. Está en el muelle. Le he gritado que te había escondido para evitar que te entregasen la citación y que le saludaras desde la portilla. Allí está ahora, en el extremo del muelle.” Me dijo. Vi a JIm, algo separado de un grupo de personas, de pie bajo el implacable sol, mirando al barco. Con toda celeridad me quité el sombrero, saqué el brazo por la portilla y lo agité, mientras Oona miraba por la segunda portilla. “NO, no te ha visto todavía”. Me dijo ella.

Y Jim no me vio jamás; y aquella fue la última visión que tuve de Jim, de pie, solo, como si estuviera separado del mundo, atisbando y buscando. Dos años después murió de un ataque al corazón. Por fin emprendimos el viaje, y no bien el práctico se hubo marchado descorrí el cerrojo de la puerta y subí a cubierta como un hombre libre. Allí estaba la silueta altanera de Nueva York, distante y magnánima, alejándose de mí a la luz del sol, haciéndose más etéreamente bella a cada momento… Y la visión de aquel vasto continente que desaparecía en la niebla me produjo una sensación especial.


CHAPLIN A BORDO DEL QUEEN ELIZABETH


Aunque excitado de antemano ante la idea de visitar Inglaterra con mi familia, me sentía agradablemente sereno. El largo trayecto por el Atlántico es purificador. Me sentía otra persona. Ya no era un mito del mundo cinematográfico, blanco de la acritud de las gentes, sino el hombre casado que se marchaba de vacaciones con su esposa y su familia. Los niños estaban en cubierta, divertidos con sus juegos, mientras Oona y yo nos sentábamos en un par de tumbonas. Y de este modo comprendí lo que era la felicidad completa: algo muy cercano a la tristeza.

Hablábamos afectuosamente de los amigos que dejábamos detrás de nosotros. Hablamos incluso de la simpatía de la gente del Departamento de Inmigración. ¡Qué fácilmente se sucumbe a una larga cortesía! La enemistad es difícil de fomentar.

Oona y yo teníamos el propósito de tomarnos unas largas vacaciones y de divertirnos; y con la presentación de Candilejas aquellas vacaciones tendrían su finalidad. La idea de combinar los negocios con el placer era sumamente agradable. 

La comida al día siguiente no pudo ser más alegre. Nuestros invitados fueron Arthur Rubinstein y su esposa y Adolph Green. Pero estando en la mitad de ella entregaron a Harry Croker un cablegrama. Iba a guardárselo en el bolsillo, pero el repartidor le dijo: “Están esperando contestación por la radio”. Mientras lo leía se le ensombreció la cara; luego se disculpó y se levantó de la mesa.

Poco después me llamó a su camarote y me leyó el cable. Me anunciaban que las puertas de los Estados Unidos estaban cerradas para mí, y que antes de que pudiera entrar de nuevo en el país tendría que presentarme ante el Comité Investigador de Inmigración para contestar a unas acusaciones de orden político y de depravación moral. La United Press deseaba saber si tenía yo algún comentario que hacer.

Mis nervios se pusieron en tensión. El volver a entrar o no en aquel desdichado páis tenía poca importancia para mí. Me hubiera agradado haberles dicho que cuanto antes me viera libre de aquella atmósfera cargada de odio sería mejor, que estaba harto de los insultos de América y de su farisaica moral, y que todo el asunto era una pesada molestia. Pero todo cuanto yo poseía estaba en los Estados Unidos, y me aterraba pensar que pudiesen hallar una forma de confiscarlo. Ahora podía esperar de ellos cualquier acción carente de escrúpulos. Así es que eme destapé con una declaración pomposa, diciendo que regresaría para contestar a todas sus acusaciones, y que el permiso de retorno que tenía no era un papel mojado, sino un documento que se me había dado de buena fe por el Gobierno de los Estados Unidos… y bla, blablá…

No tuve reposo ya en el barco. Recibí telegramas de la prensa de todas las partes del mundo pidiéndome declaraciones. En Cherburgo, nuestra primera escala ante de Southampton, más de cien periodistas europeos subieron a bordo para interviuvarme. Decidí  concederles una hora en el comedor después del almuerzo. Aunque se mostraron simpáticos, la prueba fue pesada y agotadora.

El viaje a Southampton a Londres fue desasosegado, pues mucho más importante que ser rechazado por los Estados Unidos era mi ansiedad por saber cuál sería la reacción de Oona y de los niños cuando vieran por vez primera la campiña inglesa. Durante años enteros había estado alabando la maravillosa belleza de la aparte del suroeste de Inglaterra: Devonshire y Cornualles, y ahora estábamos pasando ante lúgubres bloques de edificios de ladrillo rojo y de calles de casas uniformes serpenteando sobre las colinas. Oona dijo: “Todas parecen iguales”. “Danos una oportunidad”, le dije. “Sólo acabamos de salir de Southampton”.

Y a medida que nos fuimos adentrando el paisaje se hizo, claro es, más bello. Cuando llegamos a Londres, por la estación de Waterloo, la muchedumbre fiel estaba allí, tan leal y entusiasta como siempre. Las gentes nos saludaban y aplaudían cuando salimos de la estación. “Háblales fuerte, Charlie”, gritó una voz. Aquello confortó mi corazón. Cuando, por fin, Oona y yo tuvimos un momento de tranquilidad, permanecimos asomados a la ventana de nuestra suite en el piso quinto del Savoy Hotel. Le señalé el nuevo puente de Waterloo; pese a su belleza, ahora significaba poco para mí, salvo que me conducía a mi infancia. Permanecimos callados, gozando de la vista más emocionante de una ciudad que puede existir en el mundo. He admirado la romántica elegancia de la Plaza de la Concordia en París, he sentido el místico mensaje de un millar de ventanas resplandecientes a la puesta del sol en Nueva York; pero, para mí, la vista del Támesis desde nuestra ventana del hotel las supera a todas en grandeza funcional, teniendo al mismo tiempo un sentido profundamente humano.

Mis amigos me han preguntado cómo me las arreglé para suscitar estar hostilidad de los americanos. Mi estupendo pecado fue, y sigue siendo, mi carácter no conformista. Aunque no soy comunista, me negué a seguir la corriente y a odiarlos. Esto, naturalmente, ha molestado a muchos, incluyendo la Legión Americana. No me opongo a esta organización en lo que respecta a su significación, verdaderamente constructiva; medidas como la enseñanza obligatoria, la Carta de Derechos y otros beneficios para los ex combatientes y sus hijos necesitados, son excelentes y humanitarios. Pero cuando los Legionarios rebasan sus derechos legítimos y bajo la máscara del patriotismo utilizan su poder para abusar de los demás, entonces cometen un delito contra la estructura fundamental del Gobierno americano. Estos superpatriotas pueden llegar a ser las células que conviertan América en una nación fascista.

En segundo lugar, yo era opuesto al Comité de actividades antiamericanas, ya de principio un título deshonesto, lo suficientemente elástico para cerrar su garra alrededor de la garganta y estrangular la voz de cualquier ciudadano americano cuya honrada opinión sea minoritaria.

En tercer lugar, nunca he intentado hacerme ciudadano americano. Sin embargo, hay una gran cantidad de americanos que se ganan la vida en Inglaterra y que no han intentado nunca hacerse súbditos británicos; por ejemplo, un director americano de la M. G. M:, que gana en dólares a la semana un sueldo de cuatro cifras, ha vivido y trabajado en Inglaterra desde hace más de treinta años sin hacerse súbdito británico, y los ingleses no le han molestado nunca.



fuente_CHARLES CHAPLIN


viernes, 23 de enero de 2015

LA CONQUISTA DEL PACÍFICO.

CURIOSIDADES:


ISLAS MARQUESAS

Cuando, en el año 1513, el extremeño Vasco Núñez de Balboa atravesó el istmo de Panamá y se convirtió en el primer europeo que contemplaba la inmensidad del océano Pacífico, estaba abriendo una nueva dimensión a la tarea exploradora de los españoles en el siglo XVI. Unos años antes, Cristóbal Colón había emprendido sus célebres viajes en busca de una ruta marítima hacia Oriente y sus míticas riquezas, para toparse en el camino con el continente americano. Ahora esa ruta volvía a ser posible. En los años siguientes, Magallanes (1521), Jofre de Loaísa (1526), Saavedra (1527), Grijalva (1536) y López de Villalobos (1542) surcaron el Pacífico para conectar las costas americanas con las islas Molucas –la mítica fuente de las preciadas especias–, las Filipinas, China y Japón. Gracias a ellos Urdaneta pudo inaugurar, en 1565, la ruta de vuelta de Asia a América que seguiría durante siglos el galeón de Manila.


Paralelamente a esta ruta principal transpacífica,  los navegantes españoles se adentraron en un área distinta y totalmente inexplorada: el Pacífico sur. En el siglo XVI no se sabía de la existencia de Australia, Nueva Guinea o los archipiélagos de Melanesia y Polinesia; en cambio, se creía que en el hemisferio sur se extendía un inmenso continente antártico, la llamada Tierra Austral. De hecho, la búsqueda de este territorio mítico fue uno de los alicientes de los exploradores españoles, junto con otras creencias que circularon en Perú desde su conquista en la década de 1530, como la leyenda inca sobre unas ricas islas situadas en el corazón del mar Occidental o la idea de que también allí se encontraban la tierra de las Amazonas y las islas de Ofir, donde según la Biblia se hallaban las minas del rey Salomón. Fue así como en 1567 un capitán gallego, Álvaro de Mendaña, puso en marcha la primera expedición marítima en busca de estos territorios míticos.


Mendaña fue elegido para la empresa por su tío Lope García de Castro, gobernador interino del Perú. Al mando de dos naos con una dotación de 156 hombres, partió del puerto limeño del Callao el 19 de noviembre de 1567. Las desavenencias entre Mendaña y dos de sus oficiales, el cosmógrafo Pedro Sarmiento de Gamboa y el piloto mayor Hernán Gallego, provocaron varios cambios de rumbo hasta que, tras casi 60 días de navegación, avistaron una isla de exuberante vegetación, perteneciente al archipiélago de las Ellice. Tres semanas más tarde, el 7 de febrero

de 1568, llegaron a una nueva isla que formaba parte de otro archipiélago más extenso. Convencidos de que habían alcanzado las míticas islas de Ofir, lo llamaron islas Salomón.


La realidad, sin embargo, pronto desmintió sus esperanzas de haber llegado a un paraíso. Durante los seis meses que pasaron explorando las islas de Santa Isabel, Guadalcanal o San Cristóbal –topónimos españoles que hoy siguen manteniéndose–, se produjeron constantes episodios de violencia con los indígenas. Por ejemplo, el cronista Luis de Belmonte cuenta que cuando unos españoles desembarcaron para tomar agua en Santa Ana, una pequeña isla baja y redonda con un cerro en medio a manera de castillo, «los indios acometieron a los nuestros con muchos dardos, flechas y alaridos; venían embijados [pintados], con ramos en las cabezas y unas bandas por el cuerpo». Dos indios resultaron muertos durante el enfrentamiento; entre los españoles hubo tres heridos, y antes de partir incendiaron el pueblo de los nativos. Pese a ello, los expedicionarios lograron pacificar y dominar varias islas. No encontraron grandes riquezas, pero algunos creyeron hallar indicios de oro y especias, lo que indujo a Mendaña a retornar a Perú para organizar una expedición colonizadora con más medios.Para volver siguieron un amplio círculo que los llevó hasta la costa de California, desde donde descendieron hasta atracar en El Callao.

Para organizar la nueva expedición, Mendaña viajó a España, donde el 27 de abril de 1574 firmó con las autoridades unas capitulaciones por las que era nombrado adelantado, goberna­dor y capitán general de las islas que había descubierto; a cambio, debería financiar él mismo íntegramente la empresa. De regreso a Perú, en 1577, Mendaña no logró el apoyo del virrey Francisco de Toledo, por lo que tuvo que esperar hasta la llegada de su sucesor, el segundo marqués de Cañete, en 1589, para hacer realidad su proyecto. Era una empresa más ambiciosa que la anterior. La flota estaba formada por dos naos, una galeota y una fragata, y contaba con una tripulación de 280 hombres además de un centenar de colonos que debían establecerse en las islas Salomón, entre ellos varias mujeres. Una era la esposa de Mendaña, Isabel de Barreto, que había aportado su dote para completar la flota. El piloto mayor era el portugués Pedro Fernández de Quirós.


Tras partir de El Callao, la flotilla se adentró en el océano desde el puerto de Paita, en Perú, el 16 de junio de 1595. Al cabo de un mes de travesía se toparon con el archipiélago de las Marquesas, bautizado así en honor de la esposa del virrey, Magdalena Manrique, cuya intercesión había sido fundamental para la salida de la expedición. Pasaron dos meses explorando las islas, en los que se produjeron violentos choques con los indígenas. En una ocasión, cuando Mendaña mandó a un grupo de veinte soldados a buscar puerto o agua en una de las islas, «salieron muchos indios en muchas canoas y, acercándose, los cercaron», a lo que los españoles respondieron con fuego, matando a varios de ellos. Bermúdez cuenta que un indio quiso escapar a nado con su hijo en los brazos, pero un soldado español les disparó con un arcabuz y ambos se ahogaron. El soldado «decía después con gran dolor que el diablo había de llevar a quien se lo había mandado».

Los expedicionarios reanudaron la navegación en busca de las Salomón, pero durante más de un mes no vieron más que agua a su alrededor. El descontento crecía entre la tripulación, que creía que Mendaña y su piloto se habían perdido en el inmenso Pacífico. Finalmente, el 7 de septiembre avistaron Santa Cruz, una isla de gran belleza. Estaba apenas a 400 kilómetros de las Salomón, pero la expedición no llegaría nunca a su destino. De hecho, a partir de ese momento todo fue una cadena de desastres. Al día siguiente de llegar a Santa Cruz, una de las naves desapareció con sus 182 ocupantes, sin que jamás se volviera a tener noticia de ellos. El resto de los expedicionarios permanecieron en la isla y comenzaron algunas edificaciones, pero pronto la situación se hizo insostenible. Una parte de la tripulación se quejaba del lugar –«¡A dónde nos han traído!», exclamaban–, y pronto se envenenó la relación con los indígenas a causa de los desmanes de los soldados que iban en la expedición. Por último,  se declaró una extraña enfermedad pestífera, de la que murió, entre otros, el propio Álvaro de Mendaña. El mando pasó entonces a su viuda Isabel de Barreto, caso único de mando femenino durante la conquista y colonización española de América y Oceanía. Fue ella quien decidió renunciar al proyecto de colonización y tratar de salvarse dirigiéndose a las Filipinas.

Sobre el papel de Barreto en el resto de la expedición ha habido cierta polémica. Según el historiador Ramón Ezquerra, su fama es inmerecida, dado que quien dirigió la flota de hecho fue el piloto Fernández de Quirós, mientras que «ella demostró sólo pequeñez de ánimo y egoísmo, dedicando su agua a lavar su ropa, cuando la tripulación perecía de hambre, sed y enfermedades». Pero también se sabe que mostró un férreo carácter y a lo largo del viaje fue capaz de detener varios motines.

En cualquier caso, la travesía hasta Manila fue penosísima. Sin agua ni provisiones, cada día morían uno o varios hombres víctimas de la epidemia. «Los marineros, por lo mucho que tenían a que acudir, y por sus enfermedades, y por ver la nao tan falta de los remedios, iban ya tan aborridos [abatidos] que no estimaban la vida en nada», dice Bermúdez. Algunos pedían incluso que se hundiesen las naves para morir todos de una vez. Al final, apenas un centenar de supervivientes llegaron a Manila el 10 de enero de 1596.


Tras mucho rogar en la corte española, en 1606 Fernández de Quirós lograría organizar una nueva expedición, convencido de que llegaría a la mítica tierra austral y descubriría un «nuevo mundo» cual «segundo Colón». Su fracaso puso fin a la gran etapa de la exploración española del Pacífico sur, cuando el mar del Sur fue, efectivamente, un «lago español».

FUENTE- Salvador Bernabéu Albert. Investigador Científico. Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)


miércoles, 21 de enero de 2015

EL MISTERIO DE LA GRAN ESFINGE


MISTERIOS DE LA HISTORIA:




La esfinge posee un cuerpo de león y una cabeza humana. Los antiguos egipcios le llamaban Shesep Ankh, la imagen viviente, nombre que se daba a las estatuas reales. Se dice que simbolizaba la fuerza y el poder, atributos propios del faraón mismo. Las esfinges llevaban por ello el pañuelo real nemes, el llamado el ureo que era la representación de la diosa cobra Uadyet en unión a una barba postiza ritual, que como se sabe son características de los reyes egipcios.


LA GRAN ESFINGE

Se piensa que desde tiempos predinásticos la figura del león se asoció a los jefes tribales, y más tarde, en la civilización puramente egipcia, a los faraones. Este actuaba como protector y rey de su pueblo, siempre atento contra los enemigos de Egipto a los que se enfrentaba siempre victorioso. Los egipcios imaginaron que el león, por sus características, era un poderoso guardián, y por esta razón, muchos de los amuletos, talismanes y sobre las puertas de los templos tienen la forma de león. Algunos relieves del Imperio nuevo nos enseñan al león domesticado acompañando al rey en batallas y ceremonias religiosas. 

A partir del Imperio nuevo, comienzan a haber esfinges femeninas representativas de reinas, hasta entonces solo hubo esfinges masculinas. A estas esfinges se la representa en actitud yacente, siempre con las patas extendidas hacia delante o bien se las representan andando en cuatro patas o sentadas. Sin embargo, se pueden encontrar representaciones de esfinges en actitud diferente, con las patas delanteras sustituidas por antebrazos humanos que sostienen vasos para la ofrenda. 

Como primera representación de una esfinge en forma de león y cabeza humana se tiene una de mediados del III milenio a.c. correspondiente a la IV dinastía, en pleno cénit del Imperio antiguo egipcio y fue encontrada en Abu Rawash, dentro del complejo funerario de Didufri, hijo y sucesor del faraón Keops, perteneciente a la princesa Hetepheres II, que era media hermana y esposa de Didufri. A ese rey también se le representó como una esfinge, si bien, solo nos llegó a nuestros días una cabeza esculpida en arenisca, localizada en el museo del Louvre. Pero fue en el año 1970 cuando fue hallada en plena meseta de Gizeh, delante del complejo funerario de Kefrén, el sucesor de Didufri, una pequeña esfinge de su época.

ESFINGE DE HETEPHERES II


El uso de esfinges sería más habitual en el Imperio medio, a finales del III milenio a.c. Así, en Tanis, ejemplos de las mismas que pertenecían a Amenemhat III, de la XII dinastía, se nos muestra al faraón con el rostro humano, mientras que el resto del cuerpo, la melena, orejas son de león. Sería a partir del inicio del Imperio nuevo, a mediados de II milenio a.c. cuando aparecieron las esfinges más desarrolladas con las características animales más suavizadas. Así, sobre el pañuelo real se colocan nuevos tipos de adornos y tocados, como la doble corona del Alto y Bajo Egipto y la corona Atef, que es la corona blanca del Alto Egipto con dos plumas de avestruz. Es común, observar que amplios collares y alas plegadas o el cuerpo cubierto de plumas, que evocaban al Dios halcón Horus. 

Ahora bien, últimamente se atribuye esa esfinge al Dios Amón Re, una esfinge con cuerpo de león y cabeza de carnero, que es el animal sagrado de Amón. Y las mejores esfinges se consiguen en la XVIII dinastía, en el Imperio nuevo. En el siglo IV a.c. las esfinges se nutren del arte griego, con alas y femenina.

Pero entre todas las esfinges, la más destacable, es la gran esfinge de Gizeh, atribuida por la mayoría de expertos a Kefrén, pero no existen documentos del imperio antiguo que digan que esto fue así. Y , por tanto, de hace unos 4.500 años.

Pero esta esfinge, ubicada a lado del templo del valle de jafra, flanqueado por el lado norte por la calzada procesional que hace de unión el templo con su pirámide, está tallada en roca, sobre un montículo ya existente sobre la planicie y que profundiza por los laterales de la estatua a modo de foso. Se sabe que la cabeza es la parte más dura del cuerpo, mientras que este alterna estratos de roca más blanda con otros que son más duros. Se estima que la erosión del viento y la humedad han ido haciendo que aparecieran surcos horizontales por toda la escultura.


TIPOS DE EROSION QUE SE DAN EN LA GRAN ESFINGE

Ahora bien, el señor Harrel, propuso una teoría que la erosión fue motivada por la acumulación de tierra húmeda por capilaridad proveniente de las inundaciones del Nilo. Así, también Gauri, nos propone que el rocío puede producir un efecto semejante en las rocas calizas. 

Por otra parte, Reader, nos dice que aunque el total anual de precipitaciones de Gizeh es de 20 mm, es decir, muy seco, y no susceptible de producir los efectos de erosión observados; si defiende que el clima fue evolucionado de uno seco pero con procesos de fuertes lluvias temporales en la zona desde el período predinástico hasta el final de V dinastía, hasta el actual más seco. Con lo que, Reader, piensa que en esos cientos de años si fue posible que se produjera el efecto erosionado que vemos actualmente en la esfinge.

Vandecruys, sin descartar que la erosión por escorrentía durante las dinastías IV y V pudiera tener su punto de influencia, otorga a otras causas las grietas verticales de las paredes que bordean a la esfinge. Si observamos la dirección de las grietas de la pared oeste, vemos que la mayoría siguen una misma dirección, lo que hace pensar en un origen tectónico de las mismas, cuya erosión se ha acentuado por la humedad del ambiente.

Sin embargo, Robert Schoch y West, geológos de la Universidad de Yale defienden que la gran esfinge es bastante más antigua que la mayoría de egiptólogos defienden, emplazando su construcción al 7000 a.c., y para defender esto nos dice que el tamaño de la cabeza es desproporcionado con el del cuerpo de la escultura, que cree tallado después sobre lo que era la escultura original. El cuerpo del león está esculpido a una escala 22:1, mientras que la cabeza está a 30:1. Aunque, Mark Lehner, egiptólogo, nos cuenta que esto es debido a la geología del terreno donde se asienta, ya que la meseta de Gizeh posee varios estratos, estando localizada la esfinge sobre una capa más blanda. Como se escarbó el foso de los laterales, pudieron observar como una fisura del terreno en esa zona debía haber albergado la parte más fina del cuerpo del león, y como no lo pudieron usar en las proporciones deseadas, los constructores alargaron el cuerpo para así evitar que la roca se partiera, y cambiaron, entonces, la proporción de las patas. La cabeza, en cambio, ya esculpida, no pudo ser sustituida y se quedó con ese tamaño más reducido.


LAS PROPORCIONES DE LA ESFINGE CORRESPONDE A UN GRAN FÉLINO

Pero Schoch, piensa que las paredes del foso que flanquean la esfinge tienen señales de erosión por torrentes de agua de lluvia. En esa zona de Gizeh, el clima es semi desertico, por lo que deberíamos remontarnos a una época del pasado para encontrar un clima más lluvioso. Y eso fue así, entre el 9000 y el 7000 a.c.. Y según, Jonh Cutwark, climátologo, mediante simuladores por ordenador y el conjunto de datos que nos proporciona el material de la zona del norte del Africa en forma de fósiles, dieron la razón a los geológos en el sentido que hace unos 9000 o 10.000 años, el Sahara era mucho más húmedo que en la actualidad y que se sabe que hubo lagos y masas boscosas, con lo que necesariamente el ritmo de precipitaciones sería lo suficientemente alto para poder producir lluvias torrenciales que afectasen a la construcción de la esfinge, entre otras. 


LAS LLUVIAS TORRENCIALES DE HACE MILES DE AÑOS FORMARON LA EROSIÓN QUE SE OBSERVA EN LA GRAN ESFINGE

Pensemos que Schoch y West demostraron en un congreso de geología americano y ante la academia de ciencias que, teniendo en cuenta que las diferentes capas de los estratos que componen la esfinge con diferente nivel de dureza unos a otros, que los superiores aún siendo más duros que los intermedios presentaban más erosión y degaste y grietas y fisuras verticales por donde corría el agua, a diferencia a lo que los egiptólogos aceptan; el desgaste horizontal producido por el viento y la humedad.

Mark Lenher y los egiptólogos suponían que aceptar que una cultura antediluviana era la constructora de la esfinge y el templo adyacente era aceptar que existía una cultura A y una cultura B, que habrían evolucionado en el mismo lugar pero en diferentes momentos, y en un espacio de tiempo entre 1000 y 2000 años no habría habido nada allí. Además, si se aceptaba esto; significaría que deberíamos tener muchos objetos y evidencias reales de esa cultura A y esto no es así. No obstante, Schoch y West argumentaron que tal vez, no se había ido a buscar en los lugares correctos; al fin y al cabo, el lecho actual del Nilo ha variado en la historia, y no era el mismo hace 4500 años ni hace 9000 años. Pero ellos investigaron por su cuenta en el Osirion, el templo atribuido a Seti I, y observaron que este se halla entre 15 cm y 20 cm más bajo de nivel en suelo, y es el único en su zona que sigue los patrones de construcción propios de la meseta de Gizeh, antes de las excavaciones estaba sepultado y ellos defienden que podría ser datado en la misma época de la construcción de la esfinge, es decir, hace 9.000 años.

Con la ayuda Thomas Dobecki, sismográfico y geólogo, West y Schoch usaron sismógrafo en el suelo de la esfinge, el sismográfico capta señales de rebote que llegan a unos geófonos para saber que grado de densidad hay posee el suelo enterrado bajo la superficie tras golpear una parte del sismógrafo con un martillo. De esta forma, se puede saber que grado de erosión posee esas capas, y hasta saber si son huecas o no. Se hallaron lo que parece ser cámaras, y se comprobó que el grado de erosión de la parte delantera del suelo de la esfinge es de 1,5 metros, con lo que dijeron que se trabajó en él en la época de Kefren hace 4500 años. Pero la parte opuesta el nivel de erosión llegaba hasta los 2,5 metros, lo que daba una probabilidad de que se hubiera excavado y trabajado en esa zona de entre un 50% y 100% adicional de antigüedad, es decir, entre 7000 y 9000 años.


ESQUEMA DE UN SISMOGRAFO

Mark Lehner hizo un modelo computarizado de la cara de Kefrén y la cara de la esfinge vistas de lateral, y aparentemente, demostró que pertenecían a Kefren, pero Schoch no estaba muy convencido de esto y consultó con Frank Domingo, forense expertos en caras, y fue hasta el Museo del Cairo que posee una colección importante de caras y bustos en su interior. Una vez allí y con la ayuda de la fotógrafa Davis, realizaron fotografías de frente y perfil al nivel de los ojos del busto de Kefrén como se hace en las investigaciones policiales. Se iban a comparar con otras fotografías hechas del faraón, así como de realizaron mediciones de los diferentes ángulos de las facciones de la estatua. Frank observó que el rostro de la esfinge es más cuadrado que el de la estatua, que es más ovalado. Y respecto a la boca, esta es proporcionalmente más grande en la esfinge, siendo más fina en el busto. Los ojos son muchos más grandes en la esfinge respecto a los de Kefrén. En New York habría que establecer un método para fijar el estudio de los ángulos, proporciones de la cara para hacer una comparación. Era difícil debido a los daños de la esfinge, pero estableció varios puntos de referencia con la estatua, la barbilla, ojos, borde de cejas y vio diferencias entre las líneas verticales de los laterales del rostro, y en menor medida en el frontal. Así, consiguió el hallazgo más concluyente que fue el ángulo entre la esquina exterior del ojo y el plano vertical; en Kefrén el ángulo era de 14 grados, en la esfinge, el ángulo era de más del doble, 32 grados. Esto explica porque sobresale la mandíbula de la esfinge. La conclusión más evidente, es que el personaje que representa la cara de la esfinge no corresponde con el rostro de la estatua de Kefrén. Son tipos diferentes.


PERFIL CARA DE LA GRAN ESFINGE
 
PERFIL CARA KEFREN

¿Quién era pues el personaje? Lo que es cierto es que a algunos visitantes siempre han pensado que podía tratarse de la representación de la cara de un hombre negro. Si nos centramos en lo que relata los zulus, estos afirman que sus ancestros Vivian en el norte de Africa, cuando este norte era húmedo y una vez que lo que conocemos como Sahara se transformó en el páramo árido que es se vieron obligados a emigrar hasta el sur. Y eso tiene alguna base porque Frank Domingo sostiene que la cara de la esfinge concuerda con los rasgos generales faciales de la raza negra africana. Cuando Frank Domingo publicó su estudio en New York Times paralelamente el experto en ortodoncia Sheldon Peck llegó a la misma conclusión defendiendo que la estructura de los huesos en la parte de la boca correspondía con la raza negra. Si la cara de la esfinge representa un rey negro o reina es un hecho muy interesante, pero si sumamos que los zulus dijeron que provenían de Marte a bordo del “marakaiba”, una nave espacial que los llevó hasta la Tierra que concuerda con la palabra en hebreo “merkaba” que significa “el vehículo divino” que usaban las inteligencias divinas para visitar a su creación en la Tierra.

Uno de los argumentos que defienden que la esfinge fue tallada en tiempos de Kefrén es una estela en granito a pie de la esfinge que cuenta que se le apareció a Tutmosis IV en un sueño y le prometió la corona de Egipto si apartaba la arena que la cubría. Dice: “Mirame Tutmosis, hijo mío, soy tu padre Horus en el horizonte. Hacía ti vuelvo mi cara y mi corazón en busca de protección puesto que todos mis miembros se hallan enfermos. Las arenas del santuario en que descanso me han cubierto. “. Tutmosis retiró la arena y sí que llegó a ser rey. Pero que es lo que dice la estela sobre Kefrén; en la zona de debajo de la misma algunos de los signos jeroglíficos que componen el nombre de Kefrén, y que se han borrado a lo largo del tiempo. En todo caso en ningún lugar de la estela se menciona a Kefrén como constructor de la esfinge. Aún a pesar de esto, los egiptólogos siguen defendiendo que la esfinge fue tallada en la época de Kefrén. 


ESTA INSCRIPCIÓN DEMUESTRA SEGÚN LOS EGIPTOLOGOS QUE LA ESFINGE SE ATRIBUYE A KEFRÉN

Existe una prueba circunstancial que no ha sido tenido en cuenta por los egiptólogos que aportó West que es “la estela del inventario”; cuenta que Keops, el antecesor de Kefrén, construyó un templo para Isis al lado de la esfinge. Esto demuestra que la esfinge estuvo antes de los tiempos de Kefrén. Sin embargo, los egiptólogos dudan de la veracidad de la estela del inventario debido a que es una copia de un documento más antiguo y está escrito en un lenguaje jeroglífico más moderno.
Para construir la esfinge se usaron muchos bloques grandes, y fueron retirándose bloques para ir dándole la forma de esfinge. Con los bloques restantes se fue construyendo el templo anexo como lo demuestra que las capas y la litografía es la misma tanto en la esfinge como el templo adyacente. Bien, algunos de estos bloques miden 9,14 metros de largo, 3 metros de alto, y  3,65 metros de ancho y pesan 200 toneladas. La pregunta es cómo se voltearon y elevaron los bloques hasta colocarlos en su posición a 15 metros del suelo? Tradicionalmente se argumenta que se hizo con rampas, palancas, cuerdas, y mucha mano de obra. Por ejemplo, hoy en día con una grúa con armazón de 67 metros de altura y un contrapeso de 160 toneladas para no volcar se puede usar para elevar una gran caldera de 200 toneladas con la ayuda de unos 20 operarios y el trabajo de una semana e izarla sobre un gran buque. Para los jefes en ingeniería observando a donde se han de colocar los bloques y el escaso espacio de maniobra que tienen en el foso de la esfinge no saben cómo hacerlo. ¿Qué tecnología usaron pues? Cuerdas y palancas o, tal vez, como sugiere el director del proyecto Boris Said, quién demostró que los antiguos egipcios comprendían los principios de la acústica y los incorporaban en su arquitectura. Para ello, realizando pruebas con un obelisco roto se comprueba como resuena después de golpearlo, como un diapasón gigante usando un aparato de medición de las vibraciones sobre la roca.

La biblia habla sobre la batalla de Jericó: “Y sucederá que cuando hagan un gran estruendo con un cuerno de carnero, y cuando oigan el sonido de la tropeta, todo el pueblo empezará a gritar clamorosamente y los muros de la ciudad se derrumbarán.”. El sonido afecta la materia, una voz aguda puede romper un vaso. ¿Pero puede hacer que levite un objeto pesado? Los ingenieros aeroespaciales tienen clara la idea de levitación acústica que consiste en hacer flotar un objeto en el aire usando un sonido muy alto. Así, podemos hacer levitar una bola mediante dos focos emisores de ondas sonoras y un reflector, así el sonido rebota en el reflector y al regresar a la fuente, las dos ondas de sonido se entrelazan en la región donde se produce la interferencia de estos dos campos de sonido donde se producen pequeños “vacios” donde se puede hacer levitar pequeños objetos del tamaño de un guisante. Sonido alto, por supuesto. Para hacer levitar un bloque como los de la esfinge o pirámides, deberíamos poder emitir sonidos a una frecuencia bajísima, probablemente hoy en día todavía no tengamos ningún generador de este tipo, y el reflector tendría más o menos una anchura de unos 400 metros.

Por otra parte, la base de la esfinge corresponde con las proporciones reales de un león, pero la cabeza deKefrén es muy pequeña, mientras que las representaciones de esfinges halladas en los museos la cabeza y el cuerpo poseen las proporciones correctas. Entonces, ¿por qué se talló una cabeza tan pequeña? Frank Domingo especuló que debido a que la cabeza original estaba muy erosionada por la lluvia tuvo que ser tallada por la que se ve hoy en día.

Debemos añadir que la gran esfinge ha sido reparada durante los últimos 4.500 años. La prueba es que los diferentes bloques que recubren el cuerpo de la esfinge dan evidencias unos de ser más antiguos que otros. De hecho, las primeras reparaciones datan del imperio antiguo, y si se da por bueno que en época de Kefrén se construyó la gran esfinge, pasados los primeros 300 años de vida del monumento ya se comenzó a reparar y se afirma por los egiptólogos  que tan pronta reparación es debido a que la piedra caliza era de muy mala calidad y en esos 300 años se erosionó unos 90 centímetros de profundidad lo que supone unos 30 cm cada 100 años.  A ese ritmo de erosión la esfinge habría de haber desaparecido hace unos 500 años. Un egiptólogo egipcio Farouk el Baz argumentó que para la formación de la gran esfinge; él observó los antiguos patrones de erosión por el agua del cuerpo de la esfinge y dijo que era un “yardang”, una formación rocosa moldeada por los elementos viento, agua. Y esos elementos son los que dieron la forma más básica que fue moldeada por los egipcios para crear la esfinge. De esta forma, con el paso de los tiempos, el viento fue moldeando el antiguo promontorio rocoso dándole una forma que se fue pareciendo cada vez más a una esfinge. Sin embargo, si se observa la parte trasera del foso de la esfinge se aprecia los ángulos rectos que son difíciles de moldear por la acción natural del viento. Además, algunos de los bloques que se extrajeron del recinto de la esfinge se usaron para construir templos que se asientan en la parte delantera de la esfinge. Es difícil imaginar cómo procesos naturales podrían haber cortado y extraído bloques y re ensamblado como templos delante de la esfinge. Además, la cabeza de la esfinge sobresale sobre el nivel de la meseta de Gizah con lo que la cabeza si que pudiera ser un “yardang”, pero el resto del cuerpo, en su conjunto, lo fuera debido a que se tuvo que excavar el foso de la esfinge.


EXPLICACIÓN DE LOS YARDANGS

VEMOS COMO EL VIENTO PUEDE MOLDEAR LA FIGURA BÁSICA CON LA QUE DESPUÉS TRABAJAR


Según Schoch, si se observan bloques se pueden ver estratos de roca que es exactamente la misma roca que la del recinto de la esfinge. Se ve una caliza de buena calidad, sólida, que no se pulverizaría ni se desmoronaría al cortarla. Si la caliza fue de mala calidad, no se habría podido usar para ensamblar un templo con los bloques provenientes de la gran esfinge. 

Por tanto, West y Schoch defienden que los templos de Gizeh y la esfinge no fueron construidos por Kefrén, sino que fueron reparados. En el templo del valle se encontró una inscripción sobre el granito con el típico estilo de construir del imperio antiguo. La traducción es: “El amado de… viviendo para siempre”. Lo que nos dice que ese granito ya estaba en los tiempos del imperio antiguo. Y, por tanto, determinaron que los bloques centrales de caliza del templo son más antiguos que el granito de la inscripción. En la reparación del templo o templos se alisó un poco los bloques de caliza que estaban tan erosionados como los de la gran esfinge, y después de revistió de granito porque en las zonas donde se ha extraído el granito la caliza posee un patrón de erosión muy antiguo que fue pulido un poco superficialmente para poner granito encima y de hecho, la parte posterior de los bloques de granito fue tallada para que encajara en la superficie antigua. Así, que no fue posible construir todo al mismo tiempo y conseguir ese efecto.


EL OSIRION CONSTRUIDO CON LA MISMA PIEDRA QUE LA ESFINGE

Pero vamos a volver sobre el tema de las cámaras descubiertas a los lados y bajo de la esfinge. Son pequeñas cámaras de 9 x 12 metros y están a unos 5 metros de profundidad. Son rectangulares. Pero esto sugiere que han podido ser hechas por el hombre. Edgar Cayce, bajo los efectos profundos de un trance, relató detalles sobre el antiguo Egipto y dijo que se descubriría una cámara bajo las patas delanteras de la esfinge. Según él esta cámara contiene registro de la civilización que dio pie a la cultura egipcia. Él la llamó Atlántida. Según Cayce, los atlantes eran una sociedad avanzada tecnológicamente que huyó hasta Egipto cuando su mundo colapsó bajo las aguas. ¿Fantasía? Puede, pero hay cavidades detectadas por el sismógrafo allí donde Cayce dijo que estarían. En los años 95 y 97 Dobecki y Schoch hacen un estudio alrededor de la gran esfinge y descubren una cámara adicional bajo la pata derecha de la esfinge y también un túnel que parece ir directo hasta la segunda pirámide. En ese año 1997 Boris Said realiza una investigación con los mismos aparatos que Dobecki y descubre un nuevo túnel en la parte posterior de la esfinge descubriendo una tapa de 45 cm de ancho que lleva al interior de un espacio de 2,5 m de ancho bajo otros 2,5 m de profundidad con un alto abovedado con una inclinación declinante en dirección a la esfinge. El gobierno egipcio jamás ha dado autorización para excavar en aquellos lugares.


POSIBLE LOCALIZACIÓN DE LAS CÁMARAS DESCUBIERTAS POR EL SISMOGRAFO EN LA GRAN ESFINGE



Pero lo más sorprendente es la extraña conexión con el planeta Marte de la gran esfinge. Recuerdan los zulus, o más recientemente la cara descubierta por las sondas Viking en 1976. En la fotografía 35 72 en región de Cydonia.  Una ilusión de luces y sombras.  Pero la cámara de de baja calidad, y los esbozos de boca y dientes, tocado egipcio etc.…  Unos ingenieros de la nasa en los 80 realizaron unos trabajos que dieron un grado de simétrica entre los dos lados de la cara del 95%. Aparentemente nada natural. Esa esfinge era un misterio, pero más misterioso es la supuesta pirámide de 3,2 km de largo y 800 metros de altura y cinco lados situada a pocos km de allí. Fue Errol Torent, un miembro del equipo de cartografía del departamento de defensa que resolvió el problema porque encontró al medir la geometría interna de la pirámide esta contenía una estructura geométrica increíble. Según él, constantes matemáticas fundamentales. Con las imágenes originales de la cara de marte, si se superponía la parte izquierda de la cara obtenían dos lados simétricos iguales formando una cara de una especie de homínido. En cambio, si era de lado derecho lo que se obtenía era el rostro de una especie de felino. Ese juego de superposición de los lados de la cara nos daba una conexión con la esfinge de la Tierra. Si bien, la reciente misión a Marte ha demostrado que todo es una ilusión óptica. 


MISTERIOS DE MARTE SOBRE LA GRAN ESFINGE



Pero y si la esfinge fuera todavía más antigua. En la conferencia de arqueominerología realizada en 2008 en Ucrania fue presentado por dos expertos ucranianos , Vjacheslav I. Manchev del instituto geoquímica ambiental nacional de Ciencias de Ucrania y Alexander Parkhomenko del instituto geográfico de la academia nacional de las ciencias de Ucrania, una serie de estudios y evidencias de que la edad de la gran esfinge es de hace 800.000 años. En esa conferencia asistieron muchos científicos de varios lugares. Se centran en el estudio de la erosión del cuerpo de la esfinge. Realizaron un estudio sobre el litoral y las montañas del caucáso se fijaron que la erosión de las montañas producidas por el viento y la erosión de la esfinge siguen un patrón completamente diferente. Por tanto, no fue el viento y las lluvias de Schoch la que provocaron la erosión, sino producidas por inundaciones. 


PARTE SUPERIOR MÁS EROSIONADA
 
LA PARTE SUPERIOR SE HA DESPRENDIDO POR INUNDACIONES


La parte superior estaba menos erosionada que la inferior, como si existieran dos procesos de erosión diferentes. La erosión era en forma ondulada como las del litoral del Mar Negro. Se fijaron que el patrón de erosión de las costas era el mismo que la de la esfinge, y por tanto, la esfinge debió estar completamente sumergida durante muchos milenios. En el cuerpo de la esfinge existe una erosión ondulada para cada capa. Encontraron extrañas oquedades en la superficie de la esfinge y encontraron fósiles marinos. Ellos relacionan el período calabriense y las oquedades con fósiles cuando el agua del mediterráneo ocupaba parte de la región del Nilo. Y esa época se data hace 800.000 años. Pero nada es concluyente.